LGTB

Mucho más que 'el gay' y 'la lesbiana': así ha cambiado el papel de los personajes LGBTQ en las series españolas

La evolución del colectivo LGTB en la ficción es bastante representativa del cambio que se está produciendo en nuestra sociedad.
05 Mayo 2020, 3:55am
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Todas las capturas de pantalla vía A3Media

La cultura se define como la herramienta a partir de la que se regulan las costumbres, prácticas, códigos, normas de personalidad, estética, religión e ideología de una sociedad. A mi lo de llamar a la cultura una herramienta siempre se me ha parecido insulso. Creo que es, mejor dicho, un espejo: un instrumento a través del que podemos ver nuestro reflejo, mirarnos a los ojos y aprender.

Si entendemos la cultura como un espejo, es lógico pensar que esta y la sociedad van de la mano. La primera es el reflejo de la segunda y, por tanto, en el fondo, son lo mismo. E igual que la sociedad progresa la cultura ha pasado por diferentes fases de adaptación hasta diversificar sus contenidos e incluir diferentes colectivos históricamente discriminados como, por ejemplo, el LGBTQ.

La televisión es uno de los medios que representa la cultura. Siguiendo con la analogía del espejo, sería algo así como un trozo del cristal. Un cristal multicolor, de hecho. La televisión, al menos en nuestro país, siempre ha sido un medio asociado al colectivo LGBTQ, la plataforma que ha dado espacio a multitud de personajes, tanto de realidad como de ficción.

Dentro de la ficción, la evolución del colectivo LGBTQ es bastante representativa del cambio que se está produciendo en nuestra sociedad. Los personajes homosexuales, bi y trans de las series de televisión españolas han cambiado, pasando de los estereotipos -o inexistente, en algunos casos- a escribir papeles más complejos, realistas y con tramas que tratan más allá de su orientación sexual. Por que sí, durante décadas la característica predominante -y casi única- de cualquier personaje que fuese gay o lesbiana era su condición sexual.



No fue hasta los 90, de hecho, que empezó a haber un cambio. Nuestra sociedad se estaba modernizando cada vez más, y el movimiento LGBTQ no se quedó atrás. La lucha contra el sida marcaron las acciones del colectivo durante esta década: asociaciones como Gais Positius, el primer grupo formado por hombres homosexuales seropositivos y un teléfono gratuito con información sobre el VIH: 900 Rosa. Además, se fundaron otros grupos como la Associació de Cristians Gais i Lesbianes (ACGIL), que trabajaban -y trabajan- por la normalización de homosexuales en el seno de la Iglesia.

En televisión, Al salir de clase (1997-2002) introducía una de las primeras tramas gay de la pequeña pantalla con el romance adolescente de Santi (Alejo Sauras) y Rubén (Bernabé Fernández). Santi fue el primer personaje abiertamente gay, el que conquista a Rubén -que salía con una chica- y le ayuda a aceptarse tal y como es. La trama y el arco narrativo de los personajes giraba principalmente entorno a eso, la aceptación, tanto tuya personal como por parte de tus seres queridos. La condición sexual de una persona todavía era algo que se debía "aceptar", como el que acepta un cheque regalo. Estos dos chicos adolescentes protagonizaron también el primer beso entre dos hombres en la ficción española, pero eso no pasó hasta el siglo XXI. Parece tarde, pero hay que recordar que tan solo 5 años antes, en 1995, todavía seguía vigente la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, aprobada durante el régimen franquista y que perseguía a homosexuales, entre otros.

El 2 de Julio de 2005, el gobierno socialista de Zapatero aprobaba el matrimonio homosexual en España y, seis meses después, Hospital Central celebraba la boda de dos mujeres lesbianas, Maca (Patricia Vico) y Esther (Fátima Baeza), de la que los medios se hacían eco. Un poco después, entre 2005 y 2006, un estudio de violencia homfóbica realizado por el Front d'Alliberament Gai de Catalunya (FAGC) -uno de los motores de la defensa de derechos LGBTQ en nuestro país- revelaba que las denuncias habían subido en un 5%. El aumento se atribuyó a la polémica por la nueva ley de matrimonios propuesta por el PSOE. Era una época en la que el gobierno dijo que los homosexuales podían casarse y las series de televisión empezaban a mostrar relaciones románticas estables entre personas del mismo sexo. Y eso había a gente que le jodía bastante.

Destaca el caso de series como Aquí no hay quien viva y la relación de Mauri y Fernando, interpretados por Luis Merlo y Adrià Collado. Mauri era un periodista gay que durante los 3 años que duró las serie vivió en el 1ºB de la Calle Desengaño 21. Era cotilla y excéntrico, características cliché que siempre se solían otorgar a personajes LGTBQ. Mauri tuvo varios romances durante la serie, pero el importante era Fernando, un abogado de carácter tranquilo y con una actitud más varonil, de acuerdo a los estándares marcados por la sociedad sobre qué es másculino y qué no. Además, el periodista tuvo un hijo por inseminación artificial con su amiga Bea (Eva Isanta), la cual era lesbiana.

Es cierto que la personalidad de Mauri, o incluso la de Fernando, en contraste eran un topicazo: Una pareja formada por un hombre con mucha pluma y otro que aparentaba ser más varonil. Lo que se conoce como femenino y masculino, y hasta ahí llegaba la diversidad. Pero lo interesante de esos personajes y de la serie son las cuestiones que empezaron a plantear a la sociedad. Mauri era un hombre abiertamente homosexual, con pluma, que no se sentía avergonzado ni asustado. Estaba orgulloso de ser quien era y, a través de la comedia, nunca dejaba de defender su identidad. Eso sin mencionar su amistad con Bea, en mi opinión más interesante que la relación con Fernando por todo lo que representaba: un gay y una lesbiana teniendo un hijo por inseminación artificial.

Y esto era entre los años 2003 y 2006, cuando a gran parte de la sociedad todavía le explotaba un ojo solo de pensar en algo así. De hecho, semanas antes de que se aprobase el matrimonio entre personas del mismo sexo, el Foro Español de la Familia convocó una manifestación en Madrid para protestar contra el proyecto de Ley y defender la familia tradicional que convocó a 180 000 personas (o 166 000 según la Policía Nacional). Y mientras tanto los hermanos Caballero, creadores de ANHQV, enseñaban a asociaciones como esta que las familias también pueden estar formadas por un gay, una lesbiana y un niño fecundado in vitro.

A partir de entonces, se produce un parón bastante importante en la escala evolutiva del colectivo LGTB en nuestra ficción. Ya se habían mostrado relaciones homosexuales, su dificultad de aceptación personal y social e incluso el hecho de que podían formar una familia. Durante los próximos años, series como Los Hombres de Paco con Silvia y Pepa, Física o Química con Fer y David y Aída con Fidel incluían personajes LGTB en sus historias que, si bien es verdad que no estaban mal, no contaban nada nuevo.

A nivel social, pasó un poco lo mismo. Hubo buenas y malas noticias, ninguna especialmente trascendente. En 2011, por ejemplo, se inauguró el Monumento en memoria de los gais, lesbianas y personas transexuales represaliadas a lo largo de la historia. Un año después, el Partido Popular planteaba un recurso de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional de España en contra de la reforma que permitía el matrimonio entre homosexuales. Fue desestimado.

Por un momento parecía que todo estaba hecho, pero nada más lejos de la realidad. Las personas LGTB, igual que el resto, somos diferentes unos entre otros, tenemos convicciones distintas e inquietudes diversas. Por lo que el colectivo empezó a demandar precisamente eso: diversidad. Ya no bastaba con el chico que sale del armario, las mujeres que se casan o el hombre afeminado, porque estos solo representan una parte del colectivo y porque, a fin de cuentas, sus papeles quedaban siempre condicionados por su orientación sexual, dando a entender que ser parte del colectivo se basa solo en eso.

En 2015 se estrena Vis a Vis y marca un punto de inflexión, porque consiguió algo que hasta ahora no se había hecho: poner a las mujeres en el centro y otorgarles -por fin- el protagonismo. Dentro del elenco, también contaban con varios personajes LGTBQ. Estaba Macarena (Maggie Civantos), mujer que se presenta como cishetero pero que pronto descubre su bisexualidad gracias a Rizos (Berta Vázquez), la cual también mantuvo una relación con Saray (Alba Flores), mujer gitana que escondía su condición sexual de sus padres por motivos religiosos. También pudimos disfrutar de un personaje trans, Luna, interpretado por una mujer trans, Abril Zamora. Un papel que sembró las primeras semillas de representación del colectivo trans en la ficción española.

Además de estar liderado por un elenco femenino, respecto al colectivo LGTBQ, Vis a Vis también supuso un cambio, ya que las historias de sus personajes estaban definidas por algo que no fuese su orientación sexual. De hecho, la tenían bastante clara y se aceptaban perfectamente, lo cual fue refrescante. Sin quitar valor a la importancia de denunciar las injusticias y discriminaciones que ha sufrido el colectivo a través de sus personajes, desde la ficción entendieron que hay otras vías que también son efectivas como dar diferentes capas de personalidad a sus personajes, centrándose en aspectos que no fueran la debilidad, la inseguridad o el miedo a ser aceptado.

El proceso de crear personajes LGTBQ diferentes e innovadores está siendo lento. Pero se ven algunos cambios sutiles y va apareciendo gente como Helsinki (Darko Peric) de La Casa de Papel, atracador servio, fuerte, bruto y homosexual. También está Irene (Cayetana Guillén Cuervo) de El Ministerio del Tiempo, jefa de logística, agente especial y mujer lesbiana que vivía atrapada en el franquismo hasta que pudo "escapar" a su nueva vida. O el caso de Élite con Polo (Álvaro Rico), que es claramente bisexual, se da a entender durante toda la serie y no se plantea como un problema sino todo lo contrario: acaba teniendo varias relaciones poliamorosas con hombres y mujeres.

Hasta ahora, prácticamente todos los personajes LGTBQ que se han escrito han sido en realidad LG: lesbianas y gays. El colectivo trans, por desgracia, siempre ha estado extremadamente discriminado. No fue hasta 2018 que la OMS sacó la transexualidad de la lista de enfermedades mentales y pasó a ser una disfunción sexual. En otras palabras, pasó de considerarse un trastorno psicológico a una disconformidad del cuerpo respecto al género que siente la persona.

Y no ha sido hasta este año con el estreno Veneno que hemos podido ver a un personaje trans como protagonista en una serie que narra la vida de Cristina Ortiz, la estigmatización del colectivo trans y la lucha por sus derechos. Con esta biopic, los Javis han dado un paso más hacía la inclusión y ahora necesitamos seguir avanzando. Hay que escribir papeles donde las personas LGTBQ -y en especial personas trans y queer- dejen de estar en un segundo plano o sufriendo todo el tiempo y se conviertan en personas líderes, los héroes y heroínas de la historia. Porque también pueden.

Creo que, a día de hoy, se puede decir que la ficción española ha representado bien al colectivo LGTBQ. Y lo creo porque, aunque el proceso va despacio y hay veces que damos pasos atrás, nuestra cultura está históricamente predominada por un único modo de representación social: el heteronormativo. Teniendo en cuenta esto, creo que nuestras series y nuestra cultura siempre se han esforzado por ir al ritmo -o por delante- de los acontecimientos.

Vivimos en una sociedad que, en general, asume que cada uno es libre de amar a quien quiera, independientemente de su género. Pero es que además, es una sociedad que todavía está despertando a un nueva realidad donde existen perspectivas diferentes respecto al significado de identidad de género y lo que separa lo masculino de lo femenino. Para mi es igual de válido sentirse más hombre, más mujer, ambas o ninguna de las dos. El espectro es muy amplio y mientras nos respetemos, qué más da.