día de muertos

El ritual del ‘Muerto Nuevo’ en Michoacán

Michoacán es uno de los lugares más turísticos para Día de Muertos; pero el ritual del "Muerto Nuevo" no se parece nada a lo que se ve en la publicidad cultural.

por Mariana Castillo
27 Octubre 2016, 5:00pm

Es 29 de octubre de 2015 y las hermanas María Inés y Carmen Dimas Carlos están listas para rendir homenaje a su madre, María Luisa Carlos Garay, quien murió meses antes a los 99 años. Se aproxima el Día de Muertos, la fiesta en la que celebramos a los seres queridos que dejaron de ser terrenales, en la que lo que fundamental es el cariño.

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Ellas son purépechas. Nacieron en Santa Fe de la Laguna, Michoacán, un pueblo ubicado en la cuenca del Lago de Pátzcuaro, en México. Ahí aprendieron a cocinar de su abuela paterna, Susana Villa Bravo, quien fue "robada" de Huaniqueo de Morales cuando tenía doce años para convertirla en esposa y madre. Ahora son conocidas en la comunidad por su gran sazón para cocinar, pues comenzaron a vender comida por necesidad, como muchas otras cocineras tradicionales del estado.

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María Luisa y Carmen alistan la parangua (como ellas llaman al fogón), las ollas y los comales; sólo tienen un par de días para preparar el ritual del "Muerto Nuevo", este año dedicado a Luisa Paulina —como fue bautizada su madre—. Ya prepararon el atole de pinole, pues las noches son frías y la espera larga. Pasarán tres días en vela cocinando y recordando.

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Carmen y María Inés Dimas.

"Me agarraste con unos pants viejitos; sólo traigo mi blusa de diario, para mí es más cómodo trabajar así", me dice Inés, la menor, disculpándose por no vestir como lo hace en los encuentros de cocina tradicional que organiza cada año la Secretaría de Turismo del estado: ataviada con trenzas largas, collares brillantes y vestidos coloridos bordados con listones. Esta es la realidad cotidiana, sin folklor turístico.

El también llamado "Muerto del Año", es un ritual tradicional que forma parte de la fiesta purépecha de Todos Santos, celebrada el 1 y 2 de noviembre, aunque en realidad comienza varios días antes con el trabajo colectivo de los preparativos. La tradición dice que las familias que perdieron a alguien querido a lo largo del año organizan una comida colectiva —en purépecha llamada ketsitakua— para rendir tributo a la memoria del difunto. La familia anfitriona tiene los más esplendorosos altares de muerto, con arcos floridos y mesas repletas de comida y bebida para recibir a los invitados. Llegarán conocidos y extraños, pero hay para todos; sean cientos o miles.

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La comida varía. En la ketsitakua casi siempre hay nacatamales, que son tamales de carne de cerdo con chile guajillo (algunos usan también manzano) envueltos en hoja de totomoxtle. María Inés y Carmen decidieron acompañarlos con el atole de pinole, pues así todos se mantienen calientitos durante la noche en vela. Otras familias ofrecen pozole de maíz rojo con cabeza de cerdo y chile manzano. El pan de muerto no falta. Hay algunos con formas de personas y otros de patos, pues antes era común utilizar esta ave para los guisados de estas celebraciones (hoy en día ya no está en el menú, solo se representa en estos vistosos alimentos para acompañar con atole y café humeante).

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Todo aquel que llega al hogar de un "muerto del año" debe llevar alguna ofrenda. Frutas olorosas para que las ánimas "aspiren el sabor" y veladoras para que iluminen el trayecto. Se da para recibir. Esa es la energía que siempre transita y permite un balance natural en la comunidad.

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Esa noche, la del 1 de noviembre, 'enchina' la piel, te deja el pecho con una sensación cálida. María Inés y Carmen se ven agotadas pero están de pie recibiendo las dádivas de quienes vienen a invocar a su madre. Los creyentes (que son los más) se persignan frente a la foto de Luisa Paulina, saludan a los familiares y dejan nísperos, plátanos, naranjas y flores como regalos.

Todo huele a cempasúchil, a incienso y a nostalgia. Hay lágrimas, pero el luto es de color naranja y la tristeza es diferente: es parecida a la saudade. Por toda la casa hay sillas: algunos cenan ahí, charlan y platican, y todos salen con bolsas y abundantes itacates tamaleros.

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Afuera se está jugando uarhukua o pasárhutakua, un juego de origen prehispánico en el que diez jugadores golpean con un bastón similar al del hockey una pelota encendida. Es surreal ver esa bola de fuego entre la obscuridad. Tan antiguo es su origen y tan modernos los premios: los ganadores se llevan electrodomésticos y dinero.

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La estatua de Tata Vasco está en la iglesia principal, el templo en el cual se venera el 6 de diciembre a San Nicolás de Bari, el santo patrono del poblado. Ese lugar está adornado y florido, abierto a quien quiera llegar a orar. En la calle hay puestos que se alumbran apenas con unos modestos focos y se escuchan pirekuas en los altavoces.

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La voracidad de los turistas pisando las tumbas, los guías explicando el significado de los altares sin respetar a los dolientes, los reporteros transmitiendo en vivo, enviando drones a los panteones y tomándole fotos a la gente de frente sin pedir permiso, y los investigadores invadiendo con preguntas desde la frialdad académica, son escenarios comunes en esas fechas en Michoacán. La cultura a veces es vista como espectáculo. Santa Fe de la Laguna no escapa a esos curiosos ni a la falta de tacto para observar las costumbres del pueblo; pero lo esencial es que en los hogares, las calles y los sepulcros, la gente sigue viviendo su fiesta a pesar de esa vorágine de hacerlo todo una foto "pa'l Face" o algo instagrameable. Todo eso es parte de los cambios de una época, pero mientras ellos sigan creyendo en que las ánimas, sus amadas ánimas, están ahí esos días, lo demás sale sobrando.

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En la comunidad no se acostumbra llevar la comida al panteón. María Inés y Carmen llevarán flores, fruta y velas al camposanto el 2 de noviembre. Llevarán sus rezos, su fe, su llanto silencioso, sus suspiros y sus recuerdos, pues la muerte es sólo un paso inminente y algún día volverán a abrazar a María Luisa, a quien tuvieron la fortuna de tener en este plano casi una centuria.

Todas las fotos son de la autora. Síguela en @madame_bijoux.