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Fotografías cortesía de @historiasdeunamesa y Ricky's Place.
Munchies

Esta cantina de Rosarito era la favorita de los actores de Titanic

Muros tapizados de dólares, sostenes donados a la causa, un tubo de poledance y un cantinero, no se le puede pedir mucho más a la vida.
9.1.19

Artículo publicado por VICE México.

Ricky's Place es el lugar a donde llegan a beber los viejos lobos de mar de Rosarito, los estadounidenses retirados con poco dinero y los traileros fatigados por las rectas eternas al lado del mar azul de la carretera transpeninsular de Baja California.

Es el kilómetro 36 de la carretera Tijuana-Ensenada. La sede de la fiesta local de cualquier día, donde ni Leonardo DiCaprio, Rusell Crowe, ni el director de cine James Cameron, ni los cantantes de música popular mexicana Ramón Ayala y los Tucanes de Tijuana, ni la actriz Paty Manterola, se han negado a una cerveza helada, o a un tamal y un burrito de carne deshebrada con frijoles recién hechos.


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Ricky’s Place es la guarida de Ricky, un cantinero solitario de sombrero ranchero, que siempre recibe con un honesto “bienvenidos” a todo el que llega hasta su salón iluminado de rojo, donde lo primero que salta a la vista son sus muros forrados con dólares y un oxidado tubo de poledance en el centro; más al fondo, unas mesas que de día y noche dejan ver el océano interminable.

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Es el primer martes después de Año Nuevo. Todavía cuelgan algunas series de focos navideños y serpentinas del techo. Ricky está detrás de la barra y se acerca a su computadora para poner por lo alto a los Tigres del Norte. El bar está casi vacío. “La fiesta de ayer los tendrá fumigados a todos”, dice él. “Yo mismo estoy crudo todavía.”

El lugar es suyo, por todas partes asoman fotografías a medio despintar donde el hombre de 71 años posa en todas las posturas y estados de la materia habidos y por haber, junto a más gente. Algunos son famosos, otros son los que siempre regresan a brindar con él.

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Con la voz casi inaudible y la cabeza inclinada sobre el pecho, a Ricky se le escucha decir por encima del clásico estribillo de "Soy el jefe de jefes, señores", que ese lugar ha sido su vida desde hace 26 años.

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“Yo ni soy norteño. Nací en Cruz Grande, Guerrero, también junto al mar. Pero me vine a Baja California por necesidad, para probar suerte en otros lares. Nunca he regresado a mi pueblo, pero tampoco me ha hecho tanta falta. Ya todo lo que quiero lo tengo aquí”, dice, mientras sirve un caballito de tequila, hace a un lado un estante con brasieres que le han dejado de recuerdo y se lo acerca a una pareja que acaba de llegar.


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Él tuvo una esposa y, por lo que cuenta, muchas otras vivencias. Tiene hijos, pero no dice cuántos. Habita una casa, que está al otro lado de la carretera. Atiende su cantina de lunes a domingo, con tres personas que regularmente le ayudan. Dice que vive feliz, que en esta etapa de su existencia ya tiene a la mano todo lo que necesita.

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“Acá todo es entre compas. Igual y no llego a conocer a todos los que cruzan la puerta, pero en la peda nos hacemos amigos. Como siempre los atiendo bien, la voz ha corrido hasta gente conocida que ni hubiera imaginado que vendría. Pero no te creas, a ellos los trato igual que a todos.”

Ricky, a quien por más que se le pregunte insiste que su nombre de pila es Ricky’s Place, recuerda bien cuando lo visitaban personas del elenco y producción de la película Titanic. El filme noventero —contrario a lo que muchos pensarían— no se rodó en las aguas del Atlántico a las que hace referencia, sino en el colosal mar de Rosarito, en donde se montaron los estudios Fox.


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“A los que pude identificar bien fueron a Leonardo DiCaprio y a James Cameron. Se venían acá a la barra. Con ellos venía más gente que yo no conocía, pero todos pisteaban a gusto juntos. Yo les preparaba de comer lo que me pidieran. Acá no es restaurante, pero improviso para los hambrientos. Esos chavos se hundieron, pero de borrachos”, asegura con un caballito en la mano.

Al sitio, dice el dueño, también ha llegado gente “alterada”. Ya sea porque viene estresada después de un día malo, o porque ya no les entra un gramo más de cocaína o alcohol, o porque se nota que son narcos y vienen con ganas de bajarse varias botellas.

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“Así que tampoco me faltan los malacopas, como el actor de Gladiador, Rusell Crowe, que primero fue buena onda y hasta nos tomamos una foto juntos, y luego se puso muy, pero muy agresivo. Aunque también hay cosas que se agradecen. Por ejemplo, las muchachas que se sienten en confianza, piden unas cheves —cervezas— y se quitan la ropa o se suben al tubo.”

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Y de eso hay evidencia. Las fotos de chicas sin blusa con Ricky ensombrerado y sonriendo en el medio, abundan en la parte superior de la estructura metálica, que igual tiene varios billetes pegados. Alguien tuvo que subir hasta allá para dejar evidencia a las generaciones por venir.


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Mientras observa con orgullo el horizonte de su obra de las últimas dos décadas, el hombre pregunta: “¿Y por fin, qué les voy a servir?” Con inusitada precisión, los Tigres del Norte contestan que "Ahí en la mesa del rincón, les pido por favor, que lleven la botella".

A pesar de toda la gente que comulga con regularidad en Ricky’s Place, hay algo en el sitio que trasmite mucha soledad. Quizá sea el montón de cosas viejas, entre copas, popotes, flores, gorras regaladas, geles antibacteriales, figuras de Malverde y unos 3 mil dólares, que se amontonan en absolutamente todas partes.

“Mi lugar cierra hasta que el último cliente se va, sea la hora que sea. Y claro, yo lo acompaño. Luego me quedo yo solo pero, con todo esto que ves aquí, ¿crees que me la puedo pasar muy mal? No, caray. Si la vida nada más es una. No hay que sufrirla.”

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