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Ilustración vía AdobeStock/Good Studiio
Actualidad

La pandemia salvó la relación con mis padres

Después de una década inestable, estamos más unidos que nunca.
23.2.21

Este artículo se publicó originalmente en VICE Italia.

Me pasé la mayor parte de los últimos años lejos de mi familia e iba de visita solo en vacaciones, algo que no es normal en Italia. Durante 13 años, quedarme con mis padres era como dar un salto emocional al pasado. Mi relación con ellos, llena de conflictos, se paró en seco cuando me marché de casa a los 19 años.

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Pero en junio del 2020, después de pasar el confinamiento sola en mi pequeño piso de Milán, decidí espontáneamente quedarme a vivir y trabajar en casa de mis padres durante un tiempo. Sorprendentemente, la proximidad física nos ayudó.

Era como si el confinamiento hubiera acelerado un proceso de reconciliación que esperábamos desde hacía tiempo. Yo atribuyo el éxito parcialmente al hecho de que ahora estoy asentada: estoy en los 30 y me acabo de mudar con mi novio. Pero otra gente en otras circunstancias diferentes también ha visto un cambio en la relación con sus padres durante la pandemia.

“Antes de irme de casa de mis padres, el día a día se había vuelto muy tóxico”, cuenta Stefano Santangelo, un milanés de 27 años. Hace dos años, se fue a vivir solo no muy lejos de la casa de sus padres. Dice que irse de casa mejoró la relación con ellos, pero que volvían a discutir por lo mismo cuando comían juntos el domingo. “Pero desde la pandemia, he sentido por primera vez que tenía que proteger a mis padres”, dice. Los padres de Santangelo tienen 70 años y, por lo tanto, un riesgo mayor de padecer una infección seria de la COVID-19. “Durante el primer confinamiento, solía traerles las compras para que no tuvieran que salir de casa”, cuenta. “Cuando me enteré de que salían, me sentí como si fuera su padre”.

Ahora hace más cosas con ellos. “A menudo voy de paseo con mi madre y, si estoy haciendo recados, le pido a mi padre que venga conmigo”, dice. “Pasé un verano difícil el año pasado y ellos eran los únicos con los que podía estar. Incluso lo pasamos bien juntos en Nochevieja”.

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Francesca Pia Iannamico, de 23 años, se crió con su padre en un pequeño pueblo italiano. Sus padres se separaron cuando ella era pequeña y su madre se mudó a otra ciudad. “Mi padre y yo siempre hemos sido muy parecidos, pero durante el confinamiento desarrollamos una afinidad real”, cuenta. Veían la tele juntos y hablaban mucho. “Nos volvimos confidentes. A mi madre, por el contrario, la veo cada vez menos”, dice.

Ludovica De Santis, romana de 30 años, también decidió quedarse y trabajar desde casa de sus padres después de estar años en el extranjero. “Me sorprendió mucho la actitud irónica e irreverente que tuvieron frente a la pandemia”, dice. Cuando sus vecinos dieron positivo después de pasar la Navidad con ellos, los padres de De Santis se lo tomaron con tranquilidad. “Paradójicamente, yo era la única que se preocupó”, dice. La familia entera se hizo la prueba de inmediato, pero salió negativa.

“Me sorprendieron de varias maneras, pero creo que ellos encontraron la fuerza para reírse de la situación porque yo estaba allí”, explica De Santis. “Gracias a esa actitud relajada, tuvimos muy buenos momentos”. Está contenta de que todo fuera tan bien, pero cree que en circunstancias menos complicadas hubiera sido más fácil.

Roberto Callina, psicólogo de Milán, también cree que la pandemia ha acercado a las familias. “Fue una oportunidad para redescubrir la cercanía familiar que muchos habían perdido”, cuenta. “Una de las razones principales es que esta pandemia nos ha puesto en contacto con nosotros mismos. En el día a día, estamos ocupados con cosas triviales, que no tiene por qué ser de una forma negativa. Pero estar confinados entre las cuatro paredes de nuestros hogares nos obligó a enmendar las relaciones rotas”.

Ver a los seres queridos de una forma más vulnerable a causa del virus ha hecho que muchos sientan cierta responsabilidad hacia ellos. “Es un mecanismo natural, pero no lo vemos si nuestros padres están sanos”, dice Callina. “Cuando te das cuenta de la fragilidad de tus padres, los papeles familiares se invierten. Es un paso hacia la adultez”. Obviamente, él señala que esto solo ocurre con los adultos. Cuando los niños están en una edad de desarrollo, puede ser muy dañino sentir ese tipo de responsabilidad.

Los conflictos familiares no son siempre una mala señal, explica Callina. Por ejemplo, son claves en el proceso de desarrollo de los adolescentes y jóvenes adultos. “Pero a los 30, una relación sana con los padres sería del tipo adulto-adulto”, señala. Este tipo de dinámica también conlleva algunos asuntos delicados. “Pero si continúa en un conflicto constante, la relación puede volver a la dinámica desarrollada en el pasado, siempre en la infancia”, dice Callina.  

En cualquier caso, la reconciliación a menudo se vuelve más fácil con el paso del tiempo. Pero no todo el mundo se ha unido más a su familia en el último año y no pasa nada. Por ejemplo, mucha gente decidió no ir a casa en Navidades, por miedo a contagiar a sus padres, mientras que otros lo utilizaron como excusa para no tener que pasar tiempo con ellos sin sentirse mal. Callina afirma que estar aliviado por no ver a la familia puede ser un sentimiento igual de válido y maduro. “Claramente, si te sientes mejor es que has elegido lo que necesitabas”, dice. “La reconciliación no es obligatoria, especialmente si no se dan todavía las condiciones previas necesarias”.

“Lo importante es tener seguridad en las decisiones y no mentirse a uno mismo”, dice Callina. “Eso también es crecer”.