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La angustia por el cambio climático está provocando que la gente se suicide

‘Ahora mismo, en este momento de la historia, ser humano es extremadamente doloroso’.

por Mike Pearl; ilustración de Annie Zhao; traducido por Mario Abad
18 Julio 2019, 3:30am

Ilustración por Annie Zhao 

En verano de 2015 —el más caluroso del que se tenía registro hasta entonces—, el intenso calor hizo mella en Meg Ruttan Walker, exprofesora de 37 años de Kitchener, Ontario. “Desde que tuve a mi hijo, los veranos han sido muy estresantes”, dijo Ruttan Walker, hoy activista medioambiental. “Cuesta disfrutar de una estación que nos recuerda constantemente que el mundo se está calentando cada vez más”.

“Creo que mi ansiedad llegó a su punto álgido”, añadió Ruttan Walker, que sentía como si no hubiera ningún sitio al que ir. Pese a que había hablado del problema de ansiedad con su médico de cabecera, no acudió a ningún especialista en salud mental. De repente, empezó a plantearse la posibilidad de autolesionarse. “No creo que hubiera llegado a hacerme daño a mí misma, pero no sabía cómo lidiar con el miedo al… apocalipsis, supongo. Mi hijo estaba en casa conmigo y tuve que llamar a una amiga para que lo cuidara porque yo no era siquiera capaz de mirarlo sin derrumbarme”, recuerda Ruttan Walker. Finalmente, ingresó voluntariamente en un centro de salud mental nocturno.

Su caso es extremo, pero muchas personas sufren lo que podría denominarse “angustia medioambiental”, la sensación de que el cambio climático es una fuerza imparable que provocará la extinción de la humanidad y hace que la vida, mientras tanto, sea insustancial. Como señalaba David Wallace-Wells en su superventas La Tierra inhabitable, “Para la mayoría de quienes perciben una crisis medioambiental ya en desarrollo e intuyen el advenimiento de una metamorfosis completa del mundo, la perspectiva es desoladora y a menudo se compone de imágenes escatológicas heredadas de textos apocalípticos como el Libro de las Revelaciones, la fuente ineludible de la ansiedad occidental respecto al fin del mundo”.

El uso del término “angustia medioambiental” se remonta, como mínimo, al año 2010, cuando aparece en el libro de Eric Pooley The Climate War: True Believers, Power Brokers, and the Fight to Save the Earth. Sin embargo, no fue hasta hace solo dos años que se empezó a generalizar. En Suecia, un país más progresista, el término klimatångest se empezó a popularizar en 2011 (año en que se creó una entrada de Wikipedia bajo ese nombre). En La Tierra inhabitable, Wallace-Wells señala que la filósofa Wendy Lynne Lee denomina este fenómeno “econihilismo”, el político y activista canadiense Stuart Parker prefiere usar “nihilismo medioambiental” y otros autores han aventurado alternativas como futilitarismo humano”.

“Para muchos la perspectiva es desoladora y a menudo se compone de imágenes escatológicas heredadas de textos apocalípticos"

Sea cual sea el nombre que reciba, se trata de un hecho innegable con una serie de criterios de diagnóstico formales. Resulta imposible saber cuántas personas, al igual que Ruttan Walker, han experimentado angustia medioambiental, pero no hay duda de que vivimos rodeados de angustia: en nuestras reacciones momentáneas e intensas a las recientes noticias sobre el medio ambiente, en el negrísimo humor de los memes y chistes sobre la extinción de la humanidad, y hasta en las obras filosóficas y literarias. Hoy existe un grupo marginal de científicos y escritores que no solo asumen nuestra inminente condenación como un artículo de fe, sino que incluso parecen abrazarla.

Esa angustia parece radicar en el hecho de que somos más conscientes que nunca del cambio climático. Según la científica social y especialista en psicología Renee Lertzman, autora de Environmental Melancholia (2015), recientemente muchas personas han tomado conciencia de que el cambio climático es una temible realidad a la que no se está poniendo remedio. “Es una experiencia surrealista porque seguimos inmersos en el mismo sistema: conduciendo vehículos, comiendo mucha carne y actuando como si nada pasara”, señalaba. Para algunos, esa sensación es incompatible con el hecho de seguir con el día a día de forma normal.


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Pero la angustia medioambiental va mucho más allá de la preocupación razonable de que la vida en un planeta que no deja de calentarse será cada vez más complicada y que el fenómeno obligará a la humanidad a tomar durísimas decisiones. En lugar de hacernos actuar, este trastorno nos pide que tiremos la toalla. En un estudio llevado a cabo en 2009 en Reino Unido por las investigadoras Saffron O’Neill y Sophie Nicholson-Cole, se presentaron a los participantes datos alarmantes sobre el medioambiente que les inducían, por medio del miedo, a actuar al respecto.

La mayor parte de las veces, al ver estos datos se generaba en los participantes una sensación de “negación, apatía, elusión y asociaciones negativas”. Las investigadores concluyeron que “las imágenes sobre el cambio climático pueden provocar sensación de urgencia sobre el problema, algo que no necesariamente hace sentir a los participantes capaces de hacer algo al respecto; de hecho, puede producir el efecto opuesto”. Dicho de otro modo, ante la disyuntiva de que hay que hacer algo o moriremos todos, tendemos a escoger la segunda opción, por muy irracional que dicho impulso parezca.

“Las imágenes sobre el cambio climático pueden provocar sensación de urgencia sobre el problema, algo que no necesariamente hace sentir a los participantes capaces de hacer algo al respecto; de hecho, puede producir el efecto opuesto”

Según los expertos, este es el peor momento para recibir el desastre con los brazos abiertos. Andrew Dessler, profesor de Ciencias Atmosféricas de la Universidad A&M, en Texas, sostiene que la extinción de la humanidad no es un hecho cuya veracidad se conozca con exactitud y que tampoco es “un punto de vista especialmente útil”. En un mail, Dessler me explicó que “seguimos controlando (en gran medida) nuestro destino”.

“Es doloroso”, dijo Lertzman. “Ahora mismo, en este punto de la historia, ser humano es extremadamente doloroso”. No obstante, añadió, “debemos traducir nuestra preocupación ⎯nuestra angustia, nuestro sentimiento de rabia⎯ en hechos”.

Desde fuera, la angustia medioambiental podría confundirse con un cuadro de ansiedad o depresión normal en pacientes obsesionados con el medioambiente. Sin embargo, el particular efecto que produce el cambio climático sobre la salud mental es innegable. El 5 de mayo, un grupo de psicólogos y psicoterapeutas suecos publicó una carta abierta al Gobierno de su país dejando constancia del nefasto statu quo del medioambiente. La preocupación no era tanto la destrucción del medioambiente como que no se estuviera haciendo nada para evitarlo.

La carta, en concreto, señalaba que los niños son conscientes de que los adultos les están dejando un mundo de mierda, algo que no es nada agradable constatar cuando no eres más que un niño. “Una crisis ecológica continuada sin soluciones activas por parte de los adultos con poder de decisión supone un riesgo elevado de que cada vez más jóvenes se vean afectados por la depresión y la ansiedad”, concluye la carta, en sueco.

“Ya hemos dejado atrás las condiciones medioambientales que permitían evolucionar al animal humano, y ahora nos encontramos ante el reto incierto y no planificado de qué es capaz de resistir ese animal”

En su charla de 2018, la activista sueca medioambiental de 16 años Greta Thunberg aseguró que tomar conciencia del cambio climático a su edad supuso un duro golpe psicológico. “A los 11 años me puse enferma. Caí en una depresión. Dejé de hablar y de comer. En dos meses, perdí unos 10 kilos”. Más tarde le diagnosticaron Asperger, TOC y mutismo selectivo. Al fin logró salir de aquella situación y canalizar su pesar a través de la protesta, negándose a ir a clase hasta que el mundo demostrara que es capaz de resolver sus problemas.

La simple lectura de hechos relacionados con el cambio climático puede producir reacciones similares a las que experimentó Thunberg. La Tierra inhabitable se refiere al cambio climático como el “fin de la normalidad”. “Ya hemos dejado atrás las condiciones medioambientales que permitían evolucionar al animal humano, y ahora nos encontramos ante el reto incierto y no planificado de qué es capaz de resistir ese animal”.

El informe de la ONU del año pasado sobre el probable fracaso de la humanidad en su intento por reducir el calentamiento al umbral de 1,5 grados Celsius contenía un mensaje similar, al igual que otro informe de mayo en el que se aseguraba que, si no dejamos de generar gases de efecto invernadero, 1 millón de especies acabarán extinguiéndose debido a la degradación medioambiental provocada por el ser humano. Asimismo, un laboratorio de ideas australiano señaló en mayo que el cambio climático era “una amenaza a corto-medio plazo para la existencia de la humanidad”.

Angustia medioambiental suicidios humanos Greta Thunberg
Greta Thunberg, la joven activista sueca que ha hablado abiertamente sobre sus problemas de depresión. Michael Campanella / Getty Images

No cabe duda de que estas advertencias ayudan a difundir el mensaje, pero para algunos pueden ser motivo de desesperación. Maisy Rohrer, investigadora de desarrollo de la Universidad de Nueva York, lleva años luchando por superar la realidad del cambio climático. “Creo que la sensación de desolación empezó cuando tenía 18 años y empecé a saber lo mucho que estaba cambiando la Tierra; sufría ataques de pánico por el deshielo del Ártico y los osos polares que se morían de hambre, y llamaba a mi madre diciéndole que la vida no tenía sentido”, recuerda. En ese momento, creía que la raza humana “debía ser eliminada”.

“Empecé a tener pensamientos suicidas, los cuales justificaba en gran medida con el argumento de que el ser humano está destruyendo la Tierra y yo sola no tenía la capacidad de generar un impacto positivo, por lo que era mejor desaparecer para no causar más daño”, dijo Rohrer.

Incluso quienes no tienen pensamientos suicidas pueden verse profundamente afectados por la angustia medioambiental. Brooke Morrison es una presentadora de radio de 26 años de Carolina del Norte que, cuando está en el aire, habla animadamente de música pop. Fuera del estudio, sin embargo, su mundo no es tan alegre. Tengo la sensación de estar lamentando mi vida y mi futuro”, aseguró. Incluso sus planes de vida ⎯quiere mudarse a Los Ángeles⎯ se ven empañados por el pesimismo. “Estoy totalmente convencida de que la Costa Oeste pronto acabará bajo el nivel del mar y me gustaría disfrutarla mientras aún quede tiempo”, dijo.

Hay varios “niveles”, como ella los llama, en los que los horrores medioambientales venideros la afectan: “Sentir que ya está todo perdido. Sentir que no tengo control sobre nada, que no puedo formar una familia, lo que me lleva a disuadirme de buscarla o casarme. Tirar la toalla y luego intentar aferrarse a la esperanza para seguir adelante”.

“Por desgracia, hay mucha mala ciencia detrás del fatalismo. No hay necesidad de exagerar o tergiversar lo que dice la ciencia”

Pero cuando habla de “esperanza”, no se refiere a esperanza para el planeta. Me dijo sin paños calientes que no valora lo más mínimo los intentos de la humanidad de mitigar el cambio climático: “Creo que es demasiado tarde”.

Por muy intensos que puedan resultar estos sentimientos, no están basados en ningún hecho científico. Michael Mann, climatólogo de Pensilvania al que a menudo se atribuye la labor de llamar la atención pública sobre las tendencias históricas clave para entender el cambio climático, bautizó esta perspectiva como “doomism” (fatalismo) y quiso dejar claro que no hay pruebas que la apoyen. “Por desgracia, hay mucha mala ciencia detrás del fatalismo”, dijo. “No hay necesidad de exagerar o tergiversar lo que dice la ciencia”.

Y esto es lo que dice la ciencia: los modelos basados en el statu quo ⎯es decir, el “no cambiar nada”⎯ concluyen que vamos directos a un precipicio en lo referente a la habitabilidad del planeta. Sin embargo, estos modelos probablemente estén sobreestimando la pasividad del ser humano. Países enteros (pequeños) cuentan con planes formales para reducir rápidamente la huella de carbono, y los más grandes han progresado en ese ámbito, solo que no con la rapidez suficiente. Si se mantiene esta tendencia, tal vez la humanidad sea capaz de lograr cierta estabilidad medioambiental incluso aunque los efectos de las emisiones de gas de efecto invernadero sigan activos durante miles de años, tal vez. Esta alternativa sería preferible a no hacer absolutamente nada y dejar pasar la posibilidad de llegar a una situación de mínima estabilidad.

Dessler lo plantea de este modo: “Sin duda, en algún momento de este siglo, las emisiones se reducirán a cero y el medioambiente se estabilizará. Pero si para ello han de pasar 50 años, el mundo que nos quede será muy distinto al que tendremos si lo hacemos en 20 años. De nosotros depende decidir en cuál de esos mundos queremos vivir”.


Es indudable que debemos tratar el problema del medioambiente con la máxima urgencia y, como dice Wallace-Wells en La Tierra inhabitable, es importante plantearse las posibilidades extremadamente pesimistas siempre que puedan darse, porque “si descartamos los peores casos, se distorsiona nuestra capacidad de ver los resultados más probables, los cuales acabamos considerando como escenarios extremos para los que no es necesario que nos preparemos tan a conciencia”. Pero el impulso intelectual de la angustia medioambiental va más lejos e insiste en que solo deben tenerse en cuenta los peores casos.

Esta visión ha proliferado en foros como el subreddit /r/collapse, que selecciona noticias para demostrar su teoría de que se acerca el fin del mundo. Los escritores Paul Kingsnorth y Dougald Hine enmarcaron la palabra “soluciones” entre alarmantes comillas en su obra Dark Mountain Manifesto (2014), una llamada literaria a las armas. También hay científicos que se anuncian como profetas del fatalismo y cuyas profecías acaban refutadas. Uno de ellos es Peter Wadhams, famoso por sus exageradas declaraciones sobre el deshielo, y el ecologista Guy McPherson, fabulista defensor de la inminencia del fin de los días.

Pero nada es comparable a la intensa crudeza de Deep Adaptation: A Map for Navigating Climate Tragedy, un informe elaborado por el profesor Jem Bendell, de la Universidad de Cumbria, y que él mismo publicó después de que una revista académica rehusara hacerlo. El informe sostiene que el derrumbe total de la sociedad es inevitable y describe con frases catastróficas cómo sería la vida en un escenario semejante: “Temerás acabar asesinado violentamente antes de morir de inanición”. El documento tuvo tal impacto que hay gente que asegura haber necesitado ayuda psicológica o dejado su trabajo para estar más cerca de la naturaleza.

“Podemos aliviar nuestra conciencia moral diciendo que ya es tarde para actuar, pero de ese modo estamos condenando a otras personas a la miseria o la muerte”

Pero Deep Adaptation también ha sido objeto de mofa, y se lo ha calificado como una obra totalmente deficiente según los estándares académicos. Mostré el informe al antropólogo Joseph Tainter, el mayor entendido en la teoría del colapso social que pude encontrar, y me dijo: “El informe de Bendell me resulta simplista y superficial. También es alarmista y, por tanto, irresponsable. Después de repasar tendencias medioambientales relacionadas con el cambio climático, no demuestra cómo estas tendencias provocan ‘hambruna, destrucción, migración, enfermedad y guerra’. El cambio climático puede abocarnos a algunas o todas esas cosas, pero en un informe de este tipo, hay que demostrar cómo”. En su defensa, Bendell me dijo que su informe no explicaba el mecanismo del colapso porque “ya era lo suficientemente largo, teniendo en cuenta el resumen sobre ciencia medioambiental y los procesos de negación”, y añadió que “el documento se centraba en mi especialidad profesional, la gestión de la sostenibilidad, y no en otros campos, como los que estudian los colapsos sociales”.

Cualquiera que esté al corriente del cambio climático sabe lo devastadoras que serán sus consecuencias. Sin embargo, académicos y activistas temen que enfoques como el de Bendell sean más perjudiciales que beneficiosos. De hecho, Mann opina que incluso Wallace-Wells se ha excedido. En respuesta al artículo de la revista New York en el que se basó Wallace-Wells para su libro, Mann señalaba: “El miedo no motiva, y apelar a él suele ser contraproducente, ya que suele distanciar al individuo del problema, provocando desvinculación, duda o incluso rechazo”.

El escritor y activista medioambiental británico George Monbiot lo lleva un paso más allá y sostiene que sucumbir a la desesperanza constituye un fracaso moral. “Rasgándonos las vestiduras por las calamidades que nos pudieran afectar un día lo único que hacemos es disfrazarlas y alejarlas, convirtiendo lo que serían decisiones concretas en un terror indescifrable”, señalaba Monbiot. “Podemos aliviar nuestra conciencia moral diciendo que ya es tarde para actuar, pero de ese modo estamos condenando a otras personas a la miseria o la muerte”.

Que la angustia genere pasividad, obviamente, es problemático. Sin embargo, los hay que consideran que cierta dosis de temor puede ser útil. En un estudio realizado por cuatro sociólogos y publicado en mayo, se menciona el término “desasosiego útil”. Sus proponentes afirman que advirtieron que sus compañeros de la rama de las ciencias físicas les está costando lidiar con “las abrumadoras pruebas que corroboran el apocalipsis”, y que “su desesperanza se debe a todo lo que saben y a que los ignoran, desacreditan o incluso amenazan”. Pese a ello, consideran que sus inquietudes son productivas: “Nos permiten rechazar el catastrofismo y esclarecer posibilidades para futuros mejores”.

Angustia medioambiental suicidios humanos Greenpeace
Una activista de Greenpeace en la reunión sobre cambio climático de la ONU en 2009, vestida como uno de los jinetes del Apocalipsis. Foto por Peter MacDiarmid / Getty

La situación de angustia por el cambio climático puede agravarse en el caso de personas que ya acarrean otros problemas de salud mental.

“Tenía la sensación de que cada una de las comidas que tomaba o las pajitas que usaba para beber eran más perjudiciales de lo que realmente eran, por lo empecé a comer menos y a tomar una serie de decisiones que afectaron a mi salud”, dijo Rohrer. “Esto, a su vez, intensificó la depresión que sufría, debido a problemas de nutrición y de sueño, y agudizó mi sensación de paranoia y pánico respecto al cambio climático. Era un círculo vicioso”.

La psicóloga londinense Katerina Georgiou me dijo en un email que la angustia medioambiental “suele darse en clientes que ya presentan un cuadro de ansiedad”. Georgiou explicó que estos pacientes sufren “mucho”, si bien puntualiza que “no tiene tanto que ver con el tema en sí como con el patrón por el que se rige la ansiedad. El cambio climático no deja de ser el objeto de la fijación, pero esta es el síntoma”.

Cuando le pregunto qué estrategias de gestión de la ansiedad propone, Georgious me da una respuesta sencilla: “Reducir el tiempo que pasamos viendo las noticias y en redes sociales”.

“Tenía la sensación de que cada una de las comidas que tomaba o las pajitas que usaba para beber eran más perjudiciales de lo que realmente eran, por lo empecé a comer menos y a tomar una serie de decisiones que afectaron a mi salud”

Pero muchas de las personas con las que hablé que sufren angustia medioambiental no querían que su obsesión por el futuro del planeta se considerara un síntoma. Para esos pacientes, un primer paso importante parece ser encontrar un psicólogo que reconozca, de buenas a primeras, que el cambio climático no es la manifestación de una enfermedad mental.

Rohrer se sintió aliviada cuando encontró a alguien así. “La psicóloga me escuchó, dejó que me desahogara durante dos horas en la primera cita y luego me dijo que lo primero que había que hacer era dejar de lado aspectos como mi angustia por el cambios climático y centrarnos en mi tendencia a convertirlo todo en una catástrofe… Al principio me enfadé mucho”, recuerda Rohrer, “pero me dio una explicación y eso me ayudó”.

Según Ruttan Walker, la activista que sufrió una crisis en 2015, el psicólogo ideal reconocería que el problema entre manos es una enfermedad mental, pero a la vez reconocería “la enorme magnitud de la crisis medioambiental”. También me dijo que debería ser un profesional “con quien pudiera trabajar a largo plazo, puesto que tengo que seguir viviendo en este mundo y la crisis medioambiental no va a desaparecer. Como madre y activista, quedarme bloqueada con esa angustia no es una opción”.

Lertzman considera que los psicólogos deben cambiar porque “estamos hablando de algo nuevo y sin precedentes para lo que se necesitan nuevas prácticas”. No obstante, añadió: “Eso no significa que tengamos que empezar de cero”. Según ella, debe darse un diálogo sin trabas ni juicios emocionales respecto a cómo nos afecta el cambio climático.

“Cuando una crisis golpea nuestras vidas ⎯ya sea la pérdida del trabajo, de un ser querido, un divorcio o un suceso traumático⎯, necesitamos asimilar la experiencia, y solemos hacerlo hablando con gente”, dijo Lertzman. “De esta forma somos más capaces de pasar página. Este contexto no es distinto”.

"Existe otro modo, mucho más antiguo y sencillo, de asimilar la angustia medioambiental: ceder a ella momentáneamente. Llorar lo que sea necesario. Reconocer abiertamente que el mundo está jodidísimo"

Para los psicólogos, Lertzman sugirió la implementación de una práctica llamada entrevista motivacional (E. M.), impulsada por los psicólogos William Miller y Stephen Rollnick. Su objetivo es provocar, mediante preguntas, cambios de comportamiento difíciles pero necesarios en el paciente. “Requiere tiempo llegar a poder tener una conversación de 15 minutos usando la E. M., a diferencia de una interacción de 5 minutos durante la cual simplemente le indicas qué debe comer o que debe hacer más ejercicio”, apuntó Lertzman. Y añadió que “respetar nuestra experiencia como un activo valioso y lleno de sabiduría” es la parte más importante de la terapia basada en las E. M. para tratar la angustia medioambiental.

Incluso si este tipo de terapias pudieran transformar la angustia del paciente en actuaciones útiles, el proceso parece demasiado lento cuando, como señalaba recientemente Bill Nye, el mundo arde. Pese a ello, Lertzman considera que a veces es necesario ir despacio para poder avanzar.

Existe otro modo, mucho más antiguo y sencillo, de asimilar la angustia medioambiental: ceder a ella momentáneamente. Llorar lo que sea necesario. Reconocer abiertamente que el mundo está jodidísimo y que gran parte de él es irrecuperable. En otras palabras: lamentarnos.

Ruttan Walker me dijo que muchas veces se sirve del duelo para asimilar sus sentimientos respecto al medioambiente. “Debemos reconocer que hemos alterado nuestro planeta. Hemos hecho de él un lugar más peligroso, lo hemos dañado”, dijo.

Lertzman coincide con ella en este punto. “Atravesar un periodo de duelo es saludable”, afirmó. “Nos conviene detenernos, honrar e intentar reconciliarnos con nuestros sentimientos. Y no hablo de revolcarse en la miseria. Ni de deslizarse por un agujero del que nunca podríamos salir”.

“El duelo es un proceso de reconocimiento”, me explicó Ruttan Walker. “Pero se puede salir y seguir adelante”.

Mike Pearl es autor de The Day It Finally Happens Alien Contact, Dinosaur Parks, Immortal Humans—and Other Possible Phenomena , que se publicará próximamente. Síguelo en Twitter.

Este artículo apareció originalmente en VICE US.