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Vacaciones de primavera, ¡wooo!

Fui a Cancún de fiesta con unos gilipollas y acabé apenado por los tigres.
1.12.10

Vistas al mar, más bonitas que las de mi apartamento.

En marzo pasado, Vice me envió a Cancún para que cubriera las vacaciones de primavera que cada año celebran allí cerca de 25.000 universitarios americanos. La combinación de falta de inhibiciones, trasiego de cerveza directamente del barril, bermudas, tatuajes tribales y extensiones de cabello era promesa de una colección de fotos DESCOJONANTES, pero, desafortunadamente, todo lo que podía salir mal salió mal: la escala de 4 horas desde Nueva York se convirtió en una espera de 50 horas a causa de una tormenta; mi tarjeta de crédito dejó de funcionar; los fiesteros permanecieron dos días enclaustrados en sus hoteles debido al horrible clima y yo perdí uno de mis zapatos (lo encontré dos horas después fuera de la habitación de mi hotel, cerca de la piscina; ni idea de cómo llegó allí).

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Había programado que mi viaje durara seis días y llegado el cuarto apenas había podido ver una hora de acción fiestera primaveral. Durante esa hora tuve que escuchar el ‘I Gotta Feeling’ de Black Eyes Peas ocho veces. ¡Ocho!

Una mañana gris, paseando y desesperándome por no haber podido hacer suficientes fotos, me fijé en un restaurante llamado Pepe’s Tigers, que ofrecía la posibilidad de comer en compañía de auténticos tigres y jaguares. Me vinieron a la cabeza imágenes de tipos borrachos molestando a animales peligrosos y se me ocurrió que de ahí podían salir algunas buenas fotos, de modo que anoté mentalmente buscar información del local y regresar más adelante.

Entonces se puso a llover OTRA VEZ, así que volví al hotel. Tres horas de

Rachael Ray

después (por alguna razón, el único canal de televisión en inglés que se sintonizaba desde el hotel sólo emitía las noticias de la CBS,

Dr. Phil

y

Rachael Ray

), recordé Pepe’s Tigers y lo busqué en Google. Lo primero que encontré fue una página llamada Salvad los Tigres de Cancún. Explicaba que Pepe cerró el local en 2005, cuando el huracán Wilma lo destruyó más allá de toda reparación, y que durante los últimos cinco años los tigres de Pepe se habían ido lentamente muriendo de hambre entre montañas de sus propios excrementos. En la web había un vídeo realmente deprimente en el que unos tigres en un estado lamentable caminaban a duras penas arrastrando las patas traseras. La voz en

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off

de un experto en grandes felinos explicaba que los animales sufrían malos tratos y que había que rescatarlos lo antes posible. Un poco más de investigación arrojó que un santuario de animales en Colorado (que, por cierto, tenía en su página web un mensaje de apoyo de Jessica Biel), había recaudado dinero para fletar un avión hasta Cancún y salvar a los animales, pero el gobierno mexicano había vetado el proyecto en el último momento.

Telefoneé a Pepe y quedamos en que le vería a él y a sus tigres al día siguiente. No resultó una sorpresa que Pepe me pidiera 50 dólares por el privilegio. Por la mañana me levanté supermotivado, listo para salvar unos cuantos tigres, con fantasías de escribir una historia desgarradora sobre pobres animales desvalidos y maltratados que se convertiría en una bola de nieve y alcanzaría cobertura mundial y culminaría con los tigres volando conmigo a Colorado, acariciándoles las cabezas y susurrando, “Shhh, todo va a salir bien”.

Pepe con uno de sus carteles. Por qué sale con ropa de karate es algo que se me escapa.

No podría ni empezar a describir lo aterrorizado que estaba de camino al local de Pepe. Los vídeos que había visto daban la impresión de que los tigres famélicos estaban en unas jaulas pésimamente construidas, a punto de desmoronarse y dejarlos sueltos. E intensificaba el miedo el haber pasado, justo antes de salir, una hora entera viendo en Internet vídeos de ataques de tigres. ¿Habéis visto el de un hombre montado en un elefante y un tigre salta y le rebana los dedos de un zarpazo? ¡Jo-der!

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Como era de prever, finalmente ese día hizo un tiempo de puta madre. De vez en cuando me llegaban, llevados por el viento desde el otro lado de la laguna, sutiles rastros del aroma del T-Pain y el Jägermeister. Mientras esperaba en la calle a que viniera Pepe (su propiedad está rodeada por una valla enorme y no hay puertas a la vista), me di cuenta de varias pancartas y carteles que Pepe había colgado y que decían cosas como “¡Salvad a los Tigres de Cancún es un fraude!”. Incrédulo, hice rodar los ojos y tomé nota de pedirle que me explicara cómo una campaña internacional para salvar a sus animales podía ser un fraude.

Una vez dentro hicimos un recorrido rápido por lo que una vez fue un restaurante. El interior estaba totalmente jodido. Parecía el decorado de una película apocalíptica en la que un puñado de supervivientes tiene que buscar refugio en un restaurante abandonado. Mesas volcadas, papeles por el suelo, envoltorios de comidas por todas partes. Contribuyendo al ambiente postapocalíptico, dos tigres, una pantera negra y un jaguar encerrados en jaulas alrededor del edificio.

Tras hacerle a Pepe un millón de preguntas impertinentes (y posiblemente groseras), poco a poco empecé a tener la sensación de que quizá los carteles chiflados que había visto en el exterior no fuesen una chifladura, después de todo. A decir verdad, empezaba a parecerme que lo de Salvad a los Tigres de Cancún era una chorrada.

Preparando la pitanza.

No soy experto en cuidado de tigres así que podría estar en un error, pero a mí me pareció que Pepe atendía a los suyos bastante bien. Les da agua fresca y los alimenta a diario con hígados de cerdo y pollo. También les limpia las jaulas. Pepe me contó que incluso los saca de paseo y que cuando tenía un barco los llevaba a nadar, pero el huracán destruyó el barco y no puede permitirse uno nuevo. Lo único que no encontré bien fue que algunas de las jaulas eran pequeñas y deprimentes. Los dos tigres habitaban una lo bastante grande como para aparcar dentro ocho coches; el jaguar estaba temporalmente en una realmente pequeña mientras se hacían reparaciones en la que ocupa habitualmente, del mismo tamaño que la de los tigres, y la pantera negra estaba en una jaula, en realidad un rectángulo vacío de cemento, del tamaño de dos coches juntos.

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Cuando le pregunté por el estado de las jaulas, Pepe me explicó que lo veía como algo temporal. Había estado volcado en la tarea de construir un zoo con jaulas más grandes y mejores, pero la campaña Salvad a los Tigres de Cancún le estaba arruinando a causa de los costes legales que conlleva salvar a sus animales de ser salvados (bravo por vosotros, bienhechores).

Según Pepe, Cancún es un lugar de mierda si eres mexicano. Ni siquiera puedes ir a la playa. “El gobierno está invirtiendo en reconstruir las playas, pero lo hace por los hoteles”, me explicó. “No puedes ir de la carretera a la playa sin atravesar un hotel, pero si eres mexicano los de seguridad no te dejan pasar. Incluso si te las apañas y llegas a la playa, ellos van a donde estés y te echan. Y como todo el mundo está empleado en los hoteles, si te dicen que te vayas te tienes que ir porque si no te quedas sin trabajo. ¡Las playas no son para nosotros!”.

Siguió diciendo que en Cancún no hay literalmente nada que hacer si no eres turista, y que todo lo enfocado al turismo es demasiado caro para la población local. Algunos lugareños pasan los domingos en el Wal-Mart porque es el único sitio con aire acondicionado al que pueden permitirse ir.

Zampándose la pitanza.

El sueño de Pepe es vender el local y construir un zoo que los habitantes pobres de Cancún puedan visitar. Me contó que los animales que había visto eran una pequeña parte de una colección mayor. Sus otros cinco grandes felinos están en un terreno que posee a las afueras de Cancún, donde quiere construir su zoo. Una vez Pepe hubo terminado de enseñarme el restaurante y sus alrededores, me llevó en coche hasta allí. Antes de llegar tuvimos que cambiar a uno sin puertas ni cinturones de seguridad, ya que el firme era demasiado abrupto. Nuestra primera parada fue la tigresa lisiada, la misma que el vídeo de Salvad a los Tigres de Cancún hace parecer como si fueran varios. Parecía en mal estado. Miré hacia arriba y había buitres sobrevolando en círculo. Literalmente. Nunca había pensado que cosas así sucedieran realmente; creía que eso sólo pasaba en los dibujos animados del Correcaminos. Pepe me contó que la tigresa acabó con la espalda rota cuando otro tigre, hermano suyo, intentó montarla. “Ella no quiso, hubo una pelea y perdió. Se hizo daño en la columna. Puede que esté rota. Hay gente que dice que debería sacrificarla, pero no soy capaz. Un veterinario especializado podría verla y tal vez ponerle una prótesis, ruedas o algo así, pero es demasiado caro. No tengo el dinero. Yo creo que a este animal sólo le quedan unos días”.

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Pepe dice que no tendría inconveniente en que el santuario de Colorado se llevara a la tigresa y le diera tratamiento médico. “Puedes decírselo, porque no hay nada que yo pueda hacer y tengo miedo por ella”.

Por lo que pude ver, Pepe quiere a sus tigres y sus tigres le quieren a él. Y cuando digo “le quieren” lo que estoy diciendo es “no le destrozaron a dentelladas cuando entró en sus jaulas”. Para ahorrar, incluso come la misma carne que sus tigres. “¿Tú enviarías lejos a tus hijos? Estos son mis hijos. Moriré con ellos”, dijo Pepe, la Reina del Drama. “Les dedico todo mi tiempo y dinero porque les quiero. Tengo que rogar ayuda de la gente, pedir dinero o sobras de comida. Si alguien me llama y dice que se le ha muerto un caballo, yo voy a por él. Así de arruinado estoy. Y luego dicen que no les alimento. Si tengo diez pollos, doy uno a cada tigre y me quedo uno para mí, y eso me tiene que durar dos días. Tú, que has estado hoy conmigo, ¿me has visto desayunar? No, un café, eso ha sido todo. Si puedes ayudar, ayúdame. Que no se lleven a mis niños”.

La tigresa lisiada de Pepe. Pobrecilla.

No trato de decir que Pepe sea perfecto o que sus animales estén tan bien como podrían estarlo en un bonito santuario. La situación es mala. A Pepe, evidentemente, le importan sus gatos, pero no puede ocuparse de ellos y no recibe ninguna ayuda. Se niega a entregar a sus tigres a la caridad americana, lo cual puede ser un pésimo movimiento por su parte, pero no está dispuesto a renunciar porque, a) piensa en ellos como su familia y, b) su sueño es abrir un zoo para la gente pobre de Cancún. En mi opinión, las organizaciones caritativas deberían dejar de pintarle en Internet como el malo y ayudarle económicamente para que pueda atender mejor a sus animales.

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Me despedí de Pepe y de regreso al hotel me acordé de que era el Día de San Patricio. Aunque me encontraba totalmente agotado, se me ocurrió que el ‘San Patri’ en Cancún podía ser el mejor tema de fotografía de la historia, así que fui al único bar irlandés de Cancún, el Pat O’Brien. Tras desembolsar unos cabreantes 42 dólares entré en el peor sitio en el que nunca, nunca, nunca haya estado. En los 20 minutos que tardé en abrirme camino hasta la barra estuve a punto de meterme en 30 peleas. Y la música era una canción tan remezclada que lo único que decía la letra era la palabra “shots”. Además, siempre he considerado que mi aspecto es inofensivo. Visto tejanos y camiseta lisa prácticamente todos los días. Pero, por alguna razón, la clientela me encontraba hilarante. Sobre todo mi cabello. Quizá era la primera vez que esas damas veían pelo no embadurnado de potingues, no sé.

Me gustaría acabar esta historia echando un cable, indicando una web en la que la gente pueda hacer una donación para los tigres o algo así, pero por desgracia Pepe no está tan versado en Internet: lo único que tiene es una página web cutrecilla con algunas fotos de tigres. Supongo que lo que puede hacer quien quiera ayudar es mandarle un mail (

www.pepetigrecancun.com

) o, mejor, enviárselo al Colorado Wild Animal Sanctuary (

www.wildanimalsanctuary.org

), diciéndoles que qué tal si destinan los fondos que hayan recaudado

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para

los tigres a ayudar de verdad

a

los tigres.

A media visita recordé el incidente de hace unos años en el zoo de San Francisco en el que un tigre escapó de su encierro y mató a alguien a dentelladas. Le pregunté a Pepe. Tras pensárselo un minuto, me dijo, “Si quisieran salir de sus jaulas ya lo habrían hecho. Aquí son felices”. Vale, Pepe.

Con toda seguridad puedo decir que jamás he tenido tanto miedo como en este momento. La correa es un formalismo. Si la pantera hubiera querido arrancarme la cara de un mordisco, Pepe no habría podido impedirlo.

Este es el único recinto que Pepe ha completado hasta ahora para su zoo. Él confía en que todo tenga tan buen aspecto a no mucho tardar.

Dos de los tigres haciéndolo. A Pepe le entusiasmó la escena y empezó a gritar cosas como, “¡Oye, tío, que primero has de invitarla a un Martini!”