En el sur de Sudán, las vacas son el sentido de la vida. Sus pastores, de la tribu Dinka, son hombres de más de dos metros de altura y delgados como un palillo, visten coloridos camisones y llevan pendientes y accesorios hechos con piezas de coches. Sus grupos básicos de alimento son la leche y la sangre de vaca, y cuidan de su rebaño con un propósito: atraer a la mujer adecuada. Sólo los pretendientes que tienen 1.000 o más vacas tienen posibilidad de casarse con la mujer más hermosa y fértil de la región. Cuando es la época del comercio bajan a Yirol, una ciudad que queda más o menos en el centro de sus territorios. Allí se pasean por la calle principal cogidos de la mano, examinan detenidamente las nuevas telas que se exhiben, flirtean con las señoritas y mantienen conversaciones profundas que, con toda probabilidad, están relacionadas con el ganado.



