Se llaman máquinas expendedoras aunque los profesionales del sector prefieren llamarlas máquinas de vending. Yo, a estas alturas, prefiero llamarlas, simplemente, «mi amigas».
Parece que no tengan nada que ver con nosotros, que sean pocas y vivan en una realidad paralela a la nuestra pero esto no es del todo cierto. Están por todas partes, su estrategia ha sido la invasión sutil, estamos literalmente rodeados por este tipo de máquinas. Y no solamente esto, todos nosotros contribuimos a su desarrollo, somos cómplices involuntarios de esta tecnificación. Pese a esto, cuando vamos por la calle o cogemos la línea roja del metro para ir a casa y vemos una de estas máquinas, la percibimos con total desprecio. «¿Qué clase de engendro humano necesita comprarse en este mismo instante una bolsa de Lay’s Campesinas porque no puede esperarse un poco a llegar a casa y cocinarse algo?, ¿tan necesario es comer ahora?», nos preguntamos. Tenemos la seguridad de que muy pocas personas compran productos en estas cosas, el rechazo social que nos genera hace que incluso nos dé vergüenza utilizarlas.
Videos by VICE
Pero la extraña verdad es que hay gente que las utiliza y lo más sorprendente es que esta gente —spoiler— sois vosotros. El mejor truco de las máquinas de vending —mis amigas— es haceros creer que no dependéis de ellas mientras, poco a poco, van tomando el control, de vuestra vida. Pensadlo bien, las utilizáis constantemente: máquinas de tabaco, expendedoras de preservativos, máquinas de café, máquinas vendedoras de tarjetas de transporte, máquinas de parafarmacia, etcétera. Y hay más, mucho más. Existen máquinas expendedoras de cualquier producto disponibles las 24 horas del día y a precios asequibles: hielo, cepillos de dientes, chicles, frutos secos enlatados, juguetes eróticos, complementos para el teléfono móvil, productos de grow shops, palomitas, cartuchos de impresoras, leche fresca, cebos vivos y lo que sea. El límite es vuestra imaginación. Estamos rodeados y ni os habíais dado cuenta.
Para demostraros empíricamente el poder de las máquinas de vending decidí pasar una semana alimentándome solamente a base de productos proporcionados por máquinas expendedoras, mis nuevas amigas. Una rápida búsqueda en Google me informó de la existencia de máquinas muy elaboradas, pequeñas cocinas mecanizadas capaces de entregar pizzas calientes a sus clientes. Mi misión, supongo, consistía en encontrar estos aparatos y alejarme del clásico sándwich de cangrejo.
Antes de emprender este viaje tenía que asegurarme de un par de cosas. La primera era obtener información sobre el sector, no era mi intención, en ningún momento, embarcarme en una empresa deficitaria. Pedí a la gente de Informa D&B —una empresa dedicada a la elaboración de estudios de análisis sectorial— información sobre la salud económica del sector de vending. Por lo que parece actualmente existen 1.650 empresas en el sector con 555.000 unidades repartidas por el territorio español. En 2014 la facturación sectorial alcanzó los dos mil millones de euros y el vending cautivo —el que cubre las necesidades internas de una empresa AKA esas máquinas de la oficina donde trabajáis— alcanzó los 420 millones de euros. El mercado está evolucionando y cada vez se ofrecen productos más variados, alejándose del clásico «Sándwich-Doritos-Snickers» (a partir de ahora SDS). El futuro es ahora y tenemos a nuestro alcance máquinas que ofrecen comida caliente y platos mínimamente elaborados. De hecho, el 2014 hubo un aumento de ventas en este tipo de máquinas de un 6% respecto al año anterior y se prevé que este pasado 2015 el crecimiento haya sido como mínimo el mismo.

El segundo punto que tenía que tener en cuenta era mi salud. Para sobrevivir tenía claro que no podía limitarme a comer bolsas de Doritos, necesitaba un cierto equilibrio nutricional, para poder tener fuerza en las piernas y poder seguir andando hasta mi siguiente máquina de vending. Teniendo en cuenta las máquinas más básicas deduje que podía obtener un nivel mínimo de proteínas y carbohidratos con los sándwiches de pollo y un poco de frutos secos. El tema fruta y verdura quedaba un poco limitado pero a quién le importan estas cosas de todos modos. Como los frutos secos me parecen tremendamente aburridos decidí substituirlos por bolsas de patatas de distintos sabores y colores, supongo que no pasaría nada.
Al principio todas las máquinas que encontraba —en estaciones de tren, autobuses y sitios por el estilo— eran iguales, todas basadas en el trinomio de SDS, así que me limité a aceptar la realidad y subsistir a base de pan de molde relleno de cosas. Pasé varios días ingiriendo exactamente lo mismo: un producto de repostería Martínez por la mañana, un combo SDS al mediodía y otro por la noche. Comer siempre lo mismo es una mierda pero hace que tengas más tiempo para pensar en tus cosas —como por ejemplo en por qué tu novia no quiere compartir piso contigo— y no tienes que perder tiempo yendo al supermercado, ni prepararte tuppers para el curro ni hacer eso tan engorroso y tercermundista llamado «cocinar». Pero esto no es lo que yo buscaba con este experimento, tenía que buscar algo mejor, una máquina que me ofreciera más. Sin duda el futuro que me imaginaba —un futuro en el que las máquinas alimentaban a la humanidad— quedaba bastante lejos si lo único que podía proporcionarme un robot era un bocadillo de atún.
Entre máquina y máquina encontré un interesante artículo sobre la Singularidad. Este concepto hacía referencia a ese estado evolutivo de la humanidad en el que el último gran invento del hombre sería crear una superinteligencia responsable de los siguientes niveles de progreso de la humanidad. El lado más pesimista de esta teoría proponía la desaparición del hombre y la llegada de una nueva era posthumana. En fin, habría que ir con cuidado con estas jodidas máquinas de sándwiches.

Mi búsqueda de máquinas superinteligentes me llevó a esos enormes escaparates que han ido acomodándose estos últimos años en los vestíbulos de las paradas de metro más céntricas de las ciudades más cosmopolitas del globo, esas tiendas automáticas que no tienen nada que envidiar al supermercado paquistaní de la esquina de tu casa. La variedad de productos que ofrecían estos hermanos mayores de las máquinas de vending era innegable pero joder, yo estaba buscando algo más, un paso adelante en el eslabón evolutivo de la Inteligencia Artificial; necesitaba lo que el progreso y las máquinas —mis amigas— me habían prometido: necesitaba un bocadillo caliente, una sopa caliente, una pizza caliente, joder, cualquier cosa pero que fuera caliente. Lo caliente siempre sirve para poder engañar al cerebro y hacerle creer que estás ingiriendo comida en vez de basura.

Sin duda las máquinas estaban preparadas para hacer mucho más de lo que habían estado haciendo hasta ahora. Buscando por internet y utilizando mi paupérrimo cerebro, encontré un spot mágico que llegaría a cambiar mi experiencia con el vending. Después de toda la sequía, después de estar obligado a comer siempre lo mismo, encontré un lugar que me hizo feliz, un oasis. Se trataba de un local repleto de máquinas de vending —hasta aquí todo normal— pero con artefactos que ofrecían comida caliente. Sí, por fin, FUEGO. Durante días me había visto obligado a comer cosas frías y la verdad es que necesitaba fervorosamente introducirme algo caliente en el cuerpo (no penséis mal). Supongo que es solamente después de una época de sufrimiento y contención cuando lo mediocre se revela como extraordinario. Esas máquinas expulsaban productos grotescos y poco apetecibles pero para mi paladar esas cajas iluminadas eran como el mismísimo Bulli. Ese templo de comida caliente me introdujo de nuevo en el terreno de lo humano, me reconocí de nuevo como uno de esos neandertales que calentaban su cacería en una hoguera alimentada por el poder de los dioses arcaicos. Esos dioses eran ahora las máquinas.

El sistema era terrible, el producto venía envasado en una bolsa de plástico que se calentaba hasta formar una burbuja de aire caliente que «cocinaba» el manjar. Cuando la máquina abría sus fauces te encontrabas con una pelota ardiendo, una especie de saco amniótico que daba cobijo a una hamburguesa o una pizza. Este sitio …por extraño que pueda parecer— fue mi salvación. Me instalé allí durante un día para poder degustar mi comida caliente y tomarme unas sopitas que se hacía en 30 segundos. Esa era ahora mi cueva, mi castillo, mi palacio.
Pero los insensatos —los humanos (a estas alturas yo ya estaba más cerca de las máquinas)— no estaban preparados para la verdad. Unos tipos se acercaron a mi palacio de comida caliente y tuvieron los santos cojones de decir cosas tan inoportunas como «qué asco da todo esto, hay incluso kebabs». Menuda falta de respeto, esa era mi comida y estaban insultándola, insultándome a mí. Esos ignorantes no eran conscientes de que estaban delante de una pequeña porción de futuro. Cuando dentro de unos años —en la era posthumana— las máquinas hagan estallar las pequeñas cabezas de carne de sus pequeños nietos ya vendrán a pedirme perdón. Un servidor, no ellos, será el colega de las máquinas.

Después de mi experiencia con el santuario de lo caliente me acordé de un artículo que escribí hace tiempo en el que hablaba de una máquina expendedora que estaba amarrada al lado de una charcutería, o algo así. El invento ofrecía comida precocinada durante las 24 horas del día. La cosa ya no se limitaba a SDS o a comida rápida calentada en una bolsa de plástico, aquí estábamos hablando de un concepto completamente nuevo: máquinas de vending adaptadas. Porque una máquina de estas es un ser vivo que se amolda a las necesidades de los hombres y las mujeres. Siguiendo la misma tendencia que la charcutería, me encontré con una máquina expendedora instalada al lado de una pescadería. La oferta era limitada —pulpo, pescado crudo, boquerones, anchoas…— pero la tranquilidad existencial que ofrecía no tenía precio. De algún modo sabías que, pasara lo que pasara, esa máquina siempre estaría allí con sus boquerones, dispuesta a salvarte la vida.
Una máquina expendedora es un diamante en bruto, es un proceso con infinidad de posibilidades. Percibirlas como unos simples aparatos que calientan maíz y derraman palomitas en una papelina es como utilizar un smartphone solo para masturbarse. No solamente os puedo asegurar que se puede vivir comiendo de máquinas de vending sino que os garantizo que en un futuro lo haremos todos. Llegará un momento en que podremos disociarlas de lo que son hoy en día. Imaginad lo que podrán ofrecer si se combinan con drones, impresoras 3D o con la teletransportación. ¿Estoy completamente loco? Probablemente.
El progreso de la humanidad es de naturaleza exponencial, los grandes avances se suceden cada vez en porciones más pequeñas de tiempo. No podemos ni imaginar dónde estaremos dentro de cincuenta años. Hay algo más, algo incluso natural en esto de ser alimentado y compartir vida con un ser inanimado. Es como atisbar un poco de futuro, como cuando estás en el metro y durante un momento dejas de mirar tu móvil y ves que todo el vagón está pendiente de la pantalla de su aparato. Ese momento en el que sientes como un vértigo recorriendo tu cráneo porque quizás ese futuro inhumano del que hablaban algunas ficciones no está tan lejos.
De todos modos no quiero alimentar ningún tipo de ludismo, la verdad es que estas máquinas, una vez habías aceptado su naturaleza, siempre estaban allí. Pocas veces me fallaron, pocas veces estaban vacías o inoperativas. Las máquinas, aunque aún poco desarrolladas, siempre estaban allí cuando las necesitaba. Las personas, sin duda, no.