Atrapadas entre las drogas y la esclavitud: la terrible vida de las trabajadoras sexuales del mayor burdel de Bangladesh

Construido por los británicos durante la dominación colonial, Dautladia es uno de los burdeles más grandes del mundo. Es el hogar de casi 2.000 trabajadoras del sexo, la mayoría de ellas niñas, y muchas de ellas sometidas a esclavitud sexual.

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feb. 16 2015, 9:41am

Imagen vía VICE News/Phil Caller

Anupa dice que no sabe qué edad tiene. Esta joven trabajadora sexual que trabaja en el mayor y más antiguo burdel de Bangladesh, fue secuestrada por un traficante de trata de personas y vendida por 400 dólares. Actualmente es forzada a mantener relaciones sexuales con varios clientes al día para poder pagar su "deuda". Para que se desarrollara más rápido y pareciera mayor, le han dado los mismos esteroides que se les da a las vacas para que engorden. "Tras empezar a tomar las pastillas, cualquier belleza que pude tener algún día simplemente desapareció. Mi piel se ha estropeado y mi cuerpo ya no es como antes. Estoy sufriendo mucho por esto. Ya no soy como antes", declaró a VICE News.

Ubicado entre una concurrida estación de ferrocarril y un puerto de transbordadores plagado de miles de hombres, Dautladia es el hogar de casi 2.000 trabajadoras del sexo, la mayoría de ellas niñas, y muchas de ellas sometidas a esclavitud sexual. Construido por los británicos durante la dominación colonial, actualmente es propiedad de la familia de un político local que se beneficia del crecimiento de la economía de la zona.

Del tamaño de un pequeño pueblo, el burdel cuenta con todo lo que los clientes y las trabajadoras puedan necesitar. Con salones de belleza, mercados y salones de apuestas, las chicas que trabajan día y noche sin descanso no tienen ninguna razón para salir. De todas formas, no podrían marcharse aunque quisieran. Los dalals, los traficantes de trata de personas traen a las niñas a los burdeles y las venden a las madames.

(Todas las fotos por Phill Caller/VICE News)

Y eso es lo que mantiene el negocio en auge. Los dalals se acercan diariamente a las ciudades cercanas en busca de niñas de entre 13 y 14 años de edad. "Rondamos por las calles por la noche. Hablamos un rato con las niñas. Les decimos que hay lugares mejores para ellas, que nos dejen cuidar de ellas. Les decimos que hay un lugar donde pueden trabajar de forma más segura. Así es como conseguimos llevarlas al burdel. Una vez allí, se encuentran atrapadas por las madames", nos contó un dalal de Daulatdia, quien se negó a mostrar su rostro y a decir su nombre para proteger su identidad.

Muchas menores como Anupa son forzadas por sus proxenetas a tomar esteroides para ganar peso y parecer más desarrolladas. Kushi, una de las más destacadas madames en Daulatdia se quejó de que las niñas tienen muy pocos clientes, por lo que les hace tomar esteroides para que parezcan estar más "formadas". Kushi se quejó de que una de las niñas, Rosina, que dice tener 14 años, no ha ganado suficiente peso.

Los médicos locales afirman que los esteroides son muy adictivos y que el 90 por ciento de las jóvenes que están en el burdel los han utilizado. Este fármaco puede causar daños a los riñones y a los huesos, y en casos extremos puede provocar la muerte. Aun así, ello no afecta a la oferta y la demanda de esteroides en Daulatdia. Las farmacias en los alrededores del burdel venden cajas de esteroides por menos de un dólar. "Se vende. Las niñas compran caja tras caja. Hay otras tiendas que también venden elevadas cantidades", dice un dependiente de una farmacia en el burdel.

(Todas las fotos por Phill Caller/VICE News)

Bangladesh es uno de los pocos países islámicos que no criminaliza la prostitución, aunque se han tenido que cerrar burdeles en el pasado. El año pasado, las autoridades locales derribaron el burdel Tangail en el norte de Bangladesh. No obstante, ello no ha hecho disminuir el número de clientes que acuden a Daulatdia. Según un estudio de las Naciones Unidas, son cientos de miles los bangladesíes que frecuentan los prostíbulos diariamente. La industria no está regulada y atrae a hombres como Karim, de 27 años y cliente durante más de siete, quien dice que prefiere tener relaciones sexuales con chicas jóvenes. Karim les anima a tomar drogas con él, como la Yaba, una metanfetamina, antes de iniciar el coito. "Me hace aguantar más. En vez de 5 minutos, puedo aguantar unos 10 minutos cuando tengo relaciones", dice.

Según datos de Action Aid, hay cerca de 200.000 mujeres trabajando en la industria del sexo en Bangladesh, en su mayoría adolescentes. A pesar de ser ilegal que jóvenes menores de 18 años trabajen en prostitución, miles de ellas acaban trabajando en el oficio en contra de su voluntad o para sobrevivir. Y los hombres van al burdel como salida para liberarse de las normas establecidas en las que el sexo antes del matrimonio es un tabú y el juego es ilegal.

(Todas las fotos por Phill Caller/VICE News)

Con cada día que pasa las niñas pierden la esperanza de poder abandonar algún día esta vida. "Yo sueño, hermana. Como si pudiera marcharme de aquí de la mano de alguien. Los hombres solo vienen aquí, me dan dinero, se lo pasan bien y se van. No tengo a nadie que me quiera aquí", dijo una trabajadora sexual que no quiso dar su nombre.

Muchas de las niñas en Dautladia pertenecen ya a la segunda o tercera generación de trabajadoras sexuales, en algunos casos descendientes de mujeres que trabajaron en el burdel bajo el gobierno británico. Pero a pesar de las expectativas de un futuro desalentador, algunas de ellas intentan asegurar que por lo menos sus hijos no sigan sus pasos. En el burdel no se permite la entrada a niños y niñas, por lo que, durante décadas, las madres de Daulatdia han enviado a sus hijos, una vez cumplidos los 2 años de edad, a vivir con sus familias. Aquellas que establecen relaciones duraderas a veces se casan oficialmente, pero lo más habitual es que acuerden el matrimonio de palabra. En estos casos, las madres dejan a sus hijos al cuidado de los padres, si les conocen, de sus parientes o con una familia de acogida mediante un acuerdo informal, a cambio de dinero.

Las ONG han intentado proporcionar a estos niños una educación, con la esperanza de que tengan posibilidades de llevar una vida diferente. Desde el burdel se divisa un pueblo que cuenta con uno de los seis colegios que pueden brindar una segunda oportunidad a estos niños, gestionados por la organización BRAC. Es una de las 38.000 escuelas primarias para los niños en riesgo de exclusión de Bangladesh, que han quedado fuera del sistema educativo o que nunca han recibido educación. La educación primaria es gratuita en las escuelas públicas pero la más cercana a Daulatdia y los pueblos de su alrededor está a media hora caminando. BRAC, previamente conocida como el Comité para el Progreso Rural de Bangladesh (Bangladesh Rural Advancement Committee por sus siglas en inglés), no es la única ONG con escuelas en los aledaños del burdel, pero sí es la única que facilita una educación gratuita.

Mohammed Shahidullah, supervisor de las escuelas de BRAC en la zona, dice que los hijos e hijas de las trabajadoras sexuales, estudian y juegan con otros niños sin ningún problema. A los profesores se les enseña a ser muy pacientes y cariñosos con todos los niños a fin de abordar las necesidades de orientación psicológica y social de los hijos de trabajadoras sexuales. "Como para esta niña", dice refiriéndose a Sheuli, de 11 años, una alumna destacada que consiguió llegar a las finales televisadas de Deepshikha, un concurso nacional de talento para niños. "Sheuli es un poco más agresiva y atrevida que los demás".

(Todas las fotos por Phill Caller/VICE News)

Sheuli, una niña alta y segura de sí misma, es la hija mayor de una madame de buena posición y de un político local. "Su padre no le permite visitar el burdel, y yo misma no la dejaría venir aquí", dice su madre Taslima de 34 años. "La sacó de aquí cuando era pequeña. La primera mujer de mi marido quiere a mi hija. Ha cuidado de ella desde el principio".

Sheuli y otras hijas de trabajadoras sexuales se encuentran en una encrucijada, dice Salma Akter, su profesora. "Los hijos se marchan cuando cumplen los 14 años para encontrar trabajo y seguir su propio camino. Muchas de las niñas escogen la profesión de las madres pero no todas, son más las niñas que estudian y siguen adelante", dice Akter, quien ha dado clases en la zona durante más de nueve años.

Taslima confía en que su hija tome el camino de la educación, de una vida normal, un camino que ella nunca tuvo la opción de escoger. "Mi madre vino aquí (a trabajar al burdel) después de que yo naciera por culpa de mi padre, dice, sin querer dar más explicaciones. Dice que vino a Daulatdia a los 18 años para llevarse a su madre de regreso a casa, pero que acabó quedándose ella. "En aquel momento era pobre y necesitaba el dinero". Ahora se considera afortunada, "nadie de mi familia, excepto mi madre, sabe que trabajo aquí. Creen que mi marido se casó dos veces y que yo soy la esposa joven que vive fuera en otra casa de alquiler".

Con unas ganancias de 460 euros mensuales por el alquiler de habitaciones —niega hacer negocio con las niñas— Taslima se puede permitir comprar artículos tecnológicos de lujo, pagar las clases privadas de música de su hija y ahorrar para el futuro de su familia lejos de Daulatdia. "Quiero que Sheuli sea una artista", dice. "Esperamos que nuestro segundo hijo sea un niño, pero si Dios me da otra hija la criaré como lo haría con un niño". Y añade, "ella es bastante inteligente. Quiero que sea doctora".

Si bien no es seguro que Taslima y sus hijos logren dejar Daulatdia, hay esperanza de que mediante la educación, sus hijas tomen un camino diferente. Fuera de la escuela, una de las madres adoptivas dice: "¿Y qué si su madre está haciendo un trabajo sucio? Un niño es un niño. No todos somos iguales, pero nuestros hijos sí pueden serlo".

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