Artículo publicado por VICE Argentina
Con síntomas inequívocos de que su lugar en el mundo ha perdido resplandor —la intención de hacerse de un Dylan hace un par de años y cancelar el Nóbel de literatura este que corre por motivos de abuso sexual en la Academia— los 10 años del FILBA en Buenos Aires arrancaron con una conferencia de Catherine Millet a la que no llegué y con un ejercicio de travestismo en el que la parodia dio lugar al homenaje. O más bien en la parodia misma consistió el homenaje (claro y certero fue Fontanorrosa: en la división internacional del trabajo, a la Argentina le ha tocado hacer reír… y a veces también llorar).
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Con dirección del trashumante Marc Caellas, el actor y poeta Esteban Feune de Colombi –ataviado como académica sueca con pelirroja melena natural– anunció el premio Nobel, entre la justicia poética y lo pirata, para el autor de Ficciones. Con un jurado honorario compuesto por Irvine Welsh, Alberto Manguel, Marta Sanz, Cristina Rivera Garza y Jorge Carrión (et al) se decidió darle simbólicamente el escamoteado premio al más grande bardo de Palermo en medio de la proyección de un video con alusiones al premio verdadero. Una boutade. Por un travesti. Para un ciego. Muerto. Pero vivo: la literatura como un diálogo entre zombies donde se escucha con los ojos a los muertos.

La permanencia de un encuentro como el FILBA testimonia la pasión porteña por el lenguaje y el interés local por algunos de los caminos señeros de la literatura contemporánea, que no se limitan a Buenos Aires, puesto que el Festival también se llevó a cabo en Santiago y Montevideo. Con una década a cuestas, y en medio de una profunda desazón política y económica en el país, es encomiable que esta vocación de diálogo permanezca. En palabras de su directora Gabriela Adamo “en Latinoamérica faltaban festivales profesionales, grandes. Existían las ferias, pero no los festivales. Empezó ParaTy en Brasil y el Hay Festival en Colombia, pero me atrevo a decir con un poco de orgullo y autobombo, que el primero local es el FILBA”. No es poca cosa. Sobre todo teniendo entre sus invitados a poetas como Anne Carson (quien llegó a su performance ataviada con alta bota vaquera) y que junto a la dramaturga Agustina Muñoz presentaron Las palabras que faltan, una lectura a tres voces donde a partir de los traducciones de Carson al inglés de los textos de Safo se ensayaron sus versiones al español y se escuchó la hermosa lengua griega en voz de Konstantina Kotzamani, con una cadencia particular que instauró con ella su propio silencio. Y su fulgor.
Mesas van, mesas vienen: llego a entrevistar a Horacio Castellanos Moya al hotel que hospedaba a los autores y pude ver a Fernando Savater, quien calzando sus lustrados zapatitos se encontraba muy ufano esperando a que lo recogieran para asistir a la ópera en el Colón —La Bohème de Puccini con la dirección musical de Joseph Colaneri y la de escena de Stefano Trespidi— causa necesaria y suficiente por la que desairó la mesa en la que estaba contemplado con Anne Carson y David Leavitt, dando la nota del festival —Limónov tampoco vino pero nadie lo echó de menos— y demostrando una consecuencia no sólo con el refrán que dice que los viejos hacen lo que se les antoja sino acaso comunicando con su temple anarquista y hasta cioranista de juventud, lo mejor que supo hacer antes de devenir autor de éticas de bolsillo para lectores de secundaria que él mismo es el primero en pasarse por el arco del triunfo.
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VICE: Desde hace varios años eres un visitante recurrente de Buenos Aires, —pregunté a Castellanos Moya— por lo tanto me gustaría conocer tu opinión sobre los procesos de mestizaje, migraciones e intercambio cultural que percibes en la capital argentina.
CM: Uno de los fenómenos que marcan nuestra época es el de la migraciones. Eso tiene que ver con las formas de dominación global, hablando en términos de acumulación de la riqueza y recursos naturales. Esto es algo que no sólo pasa de Venezuela, cuya población huye hacia donde puede, sino también la onda migratoria de Centroamérica y de México hacia el Norte o de África hacia Europa.

Ahora lo vemos muy en lo inmediato, pero las naciones fueron determinadas por el tipo de migraciones que tuvieron en sus orígenes.
Esos desplazamientos crean sus propios lenguajes, como en el caso de tus novelas, que implican formas específicas de violencia, gramáticas particulares del espanto ¿cómo es posible que una lengua esté tan envenenada? Pienso en tu novela La sirvienta y el luchador
CM: La violencia del lenguaje es expresión de la violencia en la mente y en las emociones. Fisura externas que se expresan en el lenguaje de la crueldad. Mis personajes ejercen o están rodeados de situaciones donde el ejercicio de la crueldad es parte de lo cotidiano. La sirvienta y el luchador, que sucede en 1980, cuando San Salvador era el lugar más peligroso del mundo y la carnicería era tan grande en términos relativos como lo fue en Irak después de la invasión americana, da cuenta de un entorno donde aparecían los cadáveres colgados por todos lados y la gente caminaba en medio de los montones de asesinados. Por ello el lenguaje no podía ser el de un suizo contemplando el paisaje. Creo que en una obra de arte como lo es la literaria tiene que haber una coherencia entre todos estos elementos.
El sábado por la tarde, en un evento paralelo al festival, conversé con Fabio Morábito sobre su antología titulada Cuentos populares mexicanos, una muestrario de las geografías de la lengua mexicana que recoge algunas perlas de la tradición oral de aquel país y cuyo encuentro fue la oportunidad para hacerle las siguientes preguntas para VICE .

VICE: ¿Qué representa para ti el FILBA y su tránsito de escritores?
FM: Hay una cosa que habría que aclarar y es que los escritores viajamos cada vez más, incluso los poetas. Por lo tanto se da una paradoja: se lee poca poesía, pero se viaja mucho a través de la poesía. Pareciera que los escritores estamos un poco condenados a promover en carne y hueso nuestra obra, lo que por un lado es un poco triste dado que los libros tendrían que hacer su propio viaje. Por otro la ventaja de esto es que uno conoce escritores, colegas, lectores, ciudades y personas que de otro modo no conocería. Esta semana que ha sido muy intensa en el FILBA, incluso agotadora, termina por ser muy enriquecedora.
Entiendo que ahora en Buenos Aires te estrenaste incluso como tallerista
FM: Siempre he estado en contra de los talleres.
Algo virgen te quedaba
FM: Lo último, sí. Y la perdí. De cualquier manera fue muy grato por el nivel de compromiso de los participantes, dado que el taller lo hicieron ellos, yo apenas moderé.
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Ante el estado caótico del mundo, ¿tiene algún sentido para ti pensar en literatura latinamericana o convendría más pensarla como fenómenos ubicados en ciudades? ¿Te dicen algo las identifiaciones colectivas?
FM: El español es una lengua plurilingüe, se habla en distintos países y literaturas. Sin embargo creo que el sentido de la literatura nacional pierde cada vez más su sentido, dado que un escritor se forma leyendo diferentes latitudes y diferentes lenguas. Yo no podría discernir elementos entre la literatura colombiana y la argentina, aunque sospecho la existencia de características que vienen de los usos peculariares del español. Creo que el mundo cada vez más hiperconectado nos lleva a una combinatoria donde uno se crea una cultura literaria a través de estímulos que vienen de todas partes. Es una pregunta difícil, porque tampoco quisiera negarme al sabor de la llamada literatura nacional, que sospecho aún existe.
Luego de entrevistar autores, escuchar el beat de Irvine Welsh en Niceto, calibrar desplantes de divas diversas divas y asistir al encuentro de lectores queda claro que pese al estado de zozobra de la literatura —que navega incluso como Nóbel sin corona— la década del FILBA es una década ganada para para el travestismo y la esperanza.
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