Nada es para siempre
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Nada es para siempre

Un pueblo minero fantasma enfrenta un futuro incierto en el desierto de Sudáfrica.
29.3.16

Una piscina abandonada en Kleinzee. Fotos por Kent Andreasen

Este artículo hace parte de la edición de abril de VICE.

Lo que para unos es un pueblo fantasma para otros es una oportunidad de negocio. Así lo ve Koos van der Merwe, de 54 años, quien en 2014 decidió vender su casa a las afueras de Johannesburgo y comprar un complejo deportivo en Kleinzee, un pueblo minero muerto en la parte alta de la costa occidental de Sudáfrica. Junto con su esposa, Michelle, transformó las instalaciones abandonadas en un resort; aloja a los huéspedes donde anteriormente quedaban las canchas de tenis y sirve las comidas en el viejo bar del club de squash. Ocultó con cinta blanca las líneas rojas de las paredes de una de las canchas e instaló un proyector para pasar películas infantiles y partidos de rugby. Michelle, quien es psicóloga retirada, inauguró un spa en uno de los locales exteriores y ofrece masajes, equilibrio de chakras y reiki.

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"Haces lo que puedes con lo que tienes", me dijo Koos, un administrador de taller retirado, de músculos firmes y con bigote militar. "Siempre hemos estados dispuestos a probar cosas nuevas".

Durante más de 50 años Kleinzee fue un asentamiento privado boyante, un suburbio de película rodeado por kilómetros de desierto costero. De Beers, la compañía de diamantes que era dueña del pueblo, hizo todo lo que pudo por mantener a sus trabajadores contentos. Construyó piscinas, iglesias y bares para enmascarar la soledad que produce vivir en medio de la nada. En su apogeo, el pueblo estaba habitado por 4.000 trabajadores, una comunidad de mineros y administradores de clase media con sus familias. Los habitantes podían elegir entre más de 25 clubes de esparcimiento: snooker, golf, fotografía, fútbol, pesca y más. Pero los diamantes son un bien finito y los despidos incrementaron conforme la producción de las minas se detuvo. A finales de la década pasada, después de casi diez años de deterioro, Kleinzee se vació.

Hoy las calles están desiertas. Las cortinas se sacuden por las ventanas rotas de casas construidas en los años setenta. Las palmeras con frondas despelucadas cascabelean con el viento. "Parecía un pueblo zombi cuando llegamos, algo salido de una película", relata Koos. "Pero se está volviendo a levantar. En cinco años este lugar será una meca del turismo".

Los van der Merwes le apuestan a un boom turístico, creen que ellos le están trazando un nuevo futuro al lugar. En 2012 De Beers salió oficialmente de Kleinzee y entregó la administración del pueblo al municipio. En realidad, el municipio está quebrado y no podría asumir las responsabilidades que entraña un nuevo asentamiento, así que por ahora De Beers sigue pagando el mantenimiento. En 2013 la compañía subastó casi todas sus propiedades: los campos deportivos, las casas club y cientos de viviendas. "Somos como los pioneros americanos que se mudaron al Oeste", señaló Koos. "Necesitamos más emprendedores que quieran invertir aquí y poner a marchar la economía local".

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Pero a los antiguos residentes, un grupo pequeño que compró casas y se quedó después de que terminó la minería, la transformación del pueblo les provoca sentimientos encontrados.

"Tenemos nuestra manera de hacer las cosas", afirmó Charles Weyers, un hombre de torso robusto que trabajó por más de 20años como electricista para De Beers. "La gente debe respetar que llevamos aquí mucho tiempo. No puede llegar y pretender cambiar el lugar".

Weyers trabaja en plataformas petroleras y opera un restaurante, el Crazy Crayfish Diner, junto con su esposa, Natalie, quien también administra el Klainzee Caravan Park. El restaurante está dentro del viejo club de buceo, el Kleinzee Diving Club, un edificio bajo y poco iluminado, lleno de motivos náuticos. Tiene un bar de madera, aunque vender alcohol está prohibido. Este es un problema común en Kleinzee hoy: las leyes municipales —que no aplicaban cuando el pueblo pertenecía a De Beers— prohíben operar a los expendios de licor ubicados a menos de 500 metros de escuelas, áreas residenciales, sitios de oración o instalaciones públicas. Como consecuencia, la mayoría de los clubes se limita a vender refrescos. El Crazy Crayfish Diner también cuenta con una sala de dardos en la parte de atrás; en la pared cuelga una bandera enorme de la Sudáfrica del apartheid. "Si a alguien le molesta, que se joda", me dijo Weyers.

La licorería tiene tres veces el tamaño del mercado más grande del pueblo. A las 9:00 a.m., un hombre vestido con overol entró y sacó una cerveza de uno de los refrigeradores. "Se la va a acabar antes de ir al trabajo para matar el guayabo", me dijo Bee Swart, una cajera residente del lugar desde hace mucho tiempo. "A la hora del almuerzo va a venir por un quinto de licor. En la tarde va a cambiar a vino. ¿No es así?".

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El hombre se fue, sonriendo y meneando la cabeza. "La bebida es un grave problema aquí, en especial entre los más pobres", agregó luego Swart. "No hay suficiente trabajo para todos. Es bueno que los turistas hayan empezado a venir y a traer dinero. Supongo que lo que me pasa a mí es que no me siento muy a gusto con el cambio. Estaba muy contenta con las cosas como eran antes".

Koos, cuyo resort estaba vacío cuando lo visité a inicios de enero (aunque supuestamente estuvo "a reventar" en diciembre), no tiene tiempo para ese tipo de nostalgia. "Muchas personas están atadas a esa vieja mentalidad de que alguien más va hacerles todo", me dijo. "Kleinzee necesita innovación e ideas frescas. Queremos ayudar, queremos ver que el pueblo crezca. No queremos quitarles nada".

El autor nada en la antigua represa del Kleinzee Yacht Club; el agua está teñida de rosado por bacterias de alta salinidad.

Los colores otrora vibrantes de esta cancha de tenis están desgastados por la arena y la sal, pero el lugar ya empezó a recibir mantenimiento.

El Kleinzee Recreational Club es un edificio enorme, con tres bares distintos que no pueden vender alcohol debido a nuevas restricciones en las licencias.

En 2014 Koos y Michelle van der Merwe compraron un complejo deportivo en Kleinzee y lo remodelaron para convertirlo en un resort.

El abuelo del residente Rudi Nelson tenía tierra cerca de Kleinzee. En total, la familia Nelson trabajó para De Beers por más de 100 años.

Un zorro orejudo yace aplastado en un tramo de la carretera de Kleinzee.

Un cristal de sal gigante y un nido de pájaros encontrados en la orilla de la represa del Kleinzee Yacht Club.

Esta escuela de conducción es una de las nuevas empresas que hacen uso de las instalaciones de Kleinzee.

Más allá de la entrada a Kleinzee, dentro de la antigua área minera, hay un complejo abandonado en el que vivían los mineros negros.

Koos van der Merwe encontró unos videos de seguridad de la piscina, que proyectó en la cancha de squash.

Rudi Nelson posa consu perro.

Una portería de fútbol del complejo deportivo principal.

Eloise Goliath, 29 años, nació en Kleinzee y ha vivido en el lugar la mayor parte de su vida. "Este es mi hogar, se convirtió en parte de nosotros".

Charles Weyers, exempleado de De Beers, ahora trabaja en una plataforma petrolera y tiene un restaurante con su esposa.

This article appeared in the March issue of VICE magazine. Click HERE to subscribe.