Humor trans
Ilustración: Andrea C. Ibáñez

No nos quitarán la risa

La población trans de Argentina, que ha sido vulnerada históricamente, convirtió el humor en una poderosa herramienta de activismo. Esto le ha permitido atravesar situaciones diarias de abuso policial, injusticia y desigualdad sin desmoronarse.
19.12.19

Una expectativa de vida de 35 años no es graciosa. Tampoco lo son sus causas: el homicidio transfóbico, el abuso policial, el mal uso de la silicona industrial, la discriminación que deriva en falta de oportunidades, la prostitución casi como única salida laboral posible. Entonces, ¿cómo puede ser que el humor se haya convertido en una seña particular tan fuerte del colectivo trans argentino? ¿De qué se ríe la población más vulnerable del país?

“Te voy a contar una anécdota”, dice Luisa Paz, actual presidenta de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero de Argentina. “A fines de los 80, incluso después de la vuelta de la democracia, la policía estaba extremadamente pendiente de nosotras. Una noche, después de un allanamiento en el que nos rompieron hasta los colchones, nos metieron en una oficina grande de la comisaría y, cada vez que traían detenida a una nueva, decíamos: ‘Ooooh, llegó la fulana’, y nos reíamos. Te estoy hablando de una situación que había sido sumamente violenta: nos hacían pasar entre dos filas de doce policías y en ese camino nos daban garrotazos en donde querían. En un momento, un policía se resbaló y se raspó contra la pared, y una empezó a decir que se quejaba como un maricón. De esas cosas tan tontas nos reíamos, en un contexto tan terrible y de tanta impunidad. Me parece que tiene que ver con la resiliencia. Nosotras pudimos canalizar esa realidad a través del humor”.

La explicación tiene sentido: de alguna manera, un chiste puede convertirse en un acto de justicia poética, quizás el único modo de justicia posible ante la impunidad. Luisa se refiere al tipo de humor que comparte con sus compañeras como “extremista”, no tanto por el hecho de que fuerce una escena cómica hasta el extremo, sino porque la propia concepción del chiste ocurre en situaciones límite. Cuando no hay nada de qué agarrarse, todavía puede haber humor.

Para I Acevedo, escritor trans que publicó libros antes y después de su transición, el humor también tiene una función mucho más tangible en la interacción diaria. “Frente a alguien que tiene más fuerza que vos, un chiste puede salvarte de un montón de situaciones”, dice. “Si podés devolverle al otro algo que lo desestructure con la risa, en general aparece un hueco por el que pasar”.

Ya sea en el plano teórico o el práctico, la idea del humor como una herramienta que sirve para avanzar es recurrente. “Si no me puedo reír de algo, no lo puedo procesar”, dice por su parte Camila Sosa Villada, escritora que en su novela autobiográfica Las malas narra la vida cotidiana de un grupo de travestis de la provincia de Córdoba, un relato que va de clandestinidad de la prostitución a la complicidad salvadora de una población tan vulnerable. “Por ejemplo, hace poco le pregunté a un amante cuánto había tenido que ver mi travestismo en las cosas feas que pasaron entre nosotros a lo largo de trece años, y él me reconoció que todo, porque a él le gustan las conchas, es bien heterosuexual. Después de eso, yo empecé a hacer chistes. Le decía: ‘¿Qué hacés, Míster Concha?’, y él se ofendía. Pero es así: necesito bromear con eso para procesarlo”.

En ese sentido, el “humor trans”, que Camila describe como “bien guarro y picante”, resulta necesario pero implica un riesgo grande para la comunidad trans: todavía hay demasiada gente que no está dispuesta a tolerarlo, y en cambio muchos sí están listos para aplicarlo en modo de burla, especialmente fuera de los espacios todavía minoritarios generados y ocupados por el activismo LGBT. El mismo chiste puede interpretarse de manera muy diferente “hacia adentro” o “hacia afuera” del movimiento. “Ahí es donde entran en juego las audiencias”, dice el periodista Franco Torchia, que desde hace siete temporadas conduce No se puede vivir del amor, un show radial diario único en el mundo, dedicado exclusivamente a la diversidad sexual. “El público de los circuitos alternativos no tiene ni un punto de contacto con el del horario central de la televisión de aire. Son atmósferas radicalmente diferentes”.

“Lo que pasa es que cualquier juego tiene reglas y es preciso que se entiendan”, comenta Camila. “Hacia afuera, muchas veces no se entienden. Pero, entre nosotras, las reglas están claras: está habilitado que nos podemos reír de todo. No hay nada que no pueda ser risible”. De hecho, según la visión de Camila, el humor habitualmente asociado a la comunidad trans tiene incluso más que ver con una complicidad femenina natural que con una herramienta de defensa consciente. Durante su infancia, cuando para su familia era un chico afeminado interesado casi exclusivamente en la lectura, la relación con su madre fluía a través del humor, a través de chistes sobre hombres como su padre. “Y particularmente en el caso de las travestis, si pasa un chico, nos miramos y nos reímos. Hay algo que está sobrentendido. No es que tengamos un vínculo con el humor porque sufrimos y solo eso, sino que prescindimos de ciertas limitaciones que pueden tener otras personas, básicamente porque tenemos muy poco para perder. Eso es muy habilitante”.

I prefiere no caer en el binarismo de “lo femenino” y “lo masculino” a la hora de definir un determinado tipo de humor, pero es capaz de llevar la idea de Camila sobre las propias limitaciones como factor liberador hasta un plano extremadamente personal. “Antes de la transición [cuando firmaba como Inés Acevedo], mi identidad, mi cara o mi forma de ser en el mundo no las sentía del todo reales, entonces era mucho más fácil reírme y hablar de mí gratuitamente”, dice. “Pero ahora me cuido. Tengo otra responsabilidad y eso me afecta: lo que escribo es menos espontáneo. Quizás me lleve un algo de tiempo acostumbrarme a mi nueva identidad”.

Como observador e investigador, Franco tiene una visión histórica de la evolución del humor trans. “En principio, hay una larga tradición circense relacionada con el transformismo”, dice. “El circo y las identidades trans están anudadas de esa manera desde hace muchísimo tiempo, por lo menos en occidente. Entonces, desacoplar el humor de las identidades trans parece tarea imposible”. En un plano más contemporáneo, habla de lo central que ha sido la apropiación de términos habitualmente destinados a la burla como “trava” o “travesaño” (que hoy son usados por la comunidad sin complejos, de manera chistosa, incluso cariñosa), ya que implica una demanda de la identidad travesti, no como mujeres trans o varones trans —que es lo que admite la Ley de Identidad de Género—, sino como una identidad per se. “Eso es importante porque abre espacios a la mayor discusión en el activismo hoy, que es la del binarismo y la abolición de toda diferencia sexual”, dice.

Así de importante puede ser el humor, que encuentra nuevos modos de expandirse de acuerdo a las demandas de la época. Si hasta hace no tanto el foco estaba puesto en la autoparodia que genera empatía, hoy se ve un corrimiento crucial hacia el señalamiento de identidades opresoras. “Ya no se trata del chiste de ‘Me creció la barba’, sino de un cuestionamiento muy fuerte al macho dominante, como en el caso de los drag kings de Buenos Aires”, dice Franco. “El caso de Sandro King es absolutamente contemporáneo: hace de Sandro [el icónico cantante romántico argentino de los 60 y 70], y retuerce el estereotipo de ese artista, de su estrategia, de su pasaje del rock a lo melódico. Te diría que está más atado al futuro que al presente”.

Pero al mismo tiempo que funciona como mecanismo de defensa, gesto de complicidad o catalizador de debates, el humor de las personas trans encuentra un límite muy claro cuando se convierte en un requisito: históricamente en los medios argentinos las personas trans han sido aceptadas siempre y cuando sean graciosas. “El caso de [la actriz, comediante y conductora trans] Flor de la V es paradigmático”, dice Luisa. “Empezó riéndose de ella misma y la reconocieron como comediante, pero cuando pasó a ser una señora de Barrio Norte, casada y con hijes, cambió todo. De hecho, ahí apareció Lizy Tagliani y ocupó el lugar de la humorista. Es como si esa fuera la única veta que puede tener una mujer trans”.

En los últimos meses, Flor y Lizy dieron exactamente ese debate en declaraciones cruzadas a través de revistas y programas de televisión. “Me di cuenta de que ya no necesitaba decir que llevaba una maquinita de afeitar en la cartera para que me quieran”, dijo Flor. “Me encanta Lizy, pero su actitud no construye en este contexto de lucha por la igualdad”. Poco después, Lizy contestó: “Me gusta ser travesti, reírme de mis bigotes. Porque el problema no lo tengo yo. Es como creer que una chica no debe tener minifalda para que un tipo no vaya y la toque. El tipo tiene que saber que no la puede tocar, y tiene que saber que conmigo puede bromear con mi bigote y con otra chica, no. El problema lo tiene el otro, el que no es educado. A él hay que apuntar, a esa persona”.

Más allá de la toma de posición en ese debate, lo cierto es que una persona sin derechos ni posibilidad de desarrollarse es fácil de reducir. Y, si bien el avance del activismo trans celebró varias conquistas en los últimos años, Luisa cree que todavía es temprano para que sean reconocidas más allá del humor. “Hay compañeras que son tremendas profesionales, pero todavía son pocas”, dice. “Hay que darles a las personas trans la posibilidad de explotar otras facetas, porque, de lo contrario, o somos graciosas como Lizy o no somos nada”.

“El otro día estaba charlando con una chica que estudia medicina y es empleada de la ANSES [Administración Nacional de la Seguridad Social], y veía a alguien absolutamente singular”, dice Franco. “Ella nunca podría ser encuadrada en los casilleros habitualmente dedicados a las personas trans. Lo mismo me pasa con Victoria Antola, que trabaja en el Museo Numismático del Banco Central. Para los medios, esas personas no existen”. Una feliz excepción es justamente el caso de Camila, que tras la edición de Las malas se convirtió en una autora universalmente celebrada, con una repercusión inédita para una escritora trans. “Yo soy muy astuta y he sabido hacer mi propio lugar”, dice ella. “Hoy podría estar en la tele haciendo de prostituta, porque todo el tiempo me llegan propuestas de muchísimo dinero, con sueldos que nunca soñé. Pero hay un poder muy grande en el ‘no’. La verdad es que yo digo mucho que no… ¡Y eso me parece divertidísimo!”.

Si bien el camino que queda por recorrer para que Camila deje de ser una excepción todavía parece largo, es evidente que los límites y los alcances del humor trans están siendo discutidos y modificados a la par de las conquistas del colectivo. “Estamos en otras instancias, hemos avanzado socialmente”, dice Luisa. “Pero, cuidado: el humor y el lenguaje que usábamos en los peores momentos no los queremos perder. Eso es parte de nuestra historia y, por más sentido del humor que tengamos, no cualquiera se va a reír de nosotras”.