Además de que es un adorado colaborador nuestro, Paul Medrano es periodista guerrerense y uno de nuestros jóvenes narradores favoritos. Aquí publicamos un adelanto de su libro Deudas de fuego, que le valió el Premio Nacional de Novela Negra 2013, y fue publicado por Conaculta y el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (ITCA) este año.

Matarlo, así me ordenan. Trago bien gordo al recibir la llamada telefónica. Me achicopalo. Sí. Es que el Oso Alamilla y yo somos parnas, zancas, carnalazos, pues. Somos un par de güevos dentro de ese escroto llamado Policía Estatal. Alamilla es un gallo jugado y además, cuenta los mejores chistes que he escuchado en mi vida.
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Si tan sólo pudiera acordarme de uno de sus chascarrillos para comprobar lo que les cuento. Lo intentaré: hay uno acerca de dos amigos que se encuentran en la parada del camión. Uno tiene cara de acongojado y el otro le pregunta el motivo de tamaña jetota. El primero le confiesa sus sospechas de que su esposa lo engaña con un gallo. ¿Estás pendejo? ¿Cómo crees que con un gallo? contesta el otro. Sí, es que debajo de mi cama encontré plumas. Entonces el otro responde con una confesión aún más estúpida. No recuerdo bien cuál es porque tengo una pésima memoria y poca gracia para los chistes. Pero cuando el Oso lo contó, poco faltó para que nos miáramos de risa. Con la vista llorosa por las carcajadas, repetíamos y repetíamos el final una y otra vez para volver a destornillarnos de risa.
Existe el rumor de que antes de ponerse el uniforme, el Oso fue escritor de chistes. Algunos aseguran que Polo Polo, ese pinche viejo alburero, le pirateó el chascarrillo de El león de melena negra. Pero aclaro, sólo es un rumor. Nunca he tenido necesidad de confirmar esa sospecha, porque al escuchar a Alamilla con sus anécdotas, damos por hecho que el tipo tiene la gracia de un delfín. ¡Me lleva…! Qué mal que yo tenga un cerebro T-fal y no recuerde al menos uno de sus chascarrillos.
Pero ahora eso vale tres canicas. Ahora todo es distinto. Me ordenan darle cran. Siento lástima por el Oso y coraje por la orden. Mi lástima no es porque lo vaya a quebrar, sino porque sé que la vida se complicará. Coraje, porque mi jefe no es tan hombre para matar al Oso. Yo tampoco lo haré. No por miedo. Sino todo lo contrario, por valor. El valor de ser zancas.
Hace unas horas desperté con una ansiedad extraña. Atribuí la sensación a un achaque y pasé por alto mi desconfianza policiaca, la cual, aunque no me convierte en agente modelo, al menos me mantiene con vida y eso ya es ganancia. Luego de bañarme, preparé un café con un chorrito de leche clavel, tras echarlo al termo, me fui a la oficina.
Apenas estaba sirviendo mi primera taza cuando sonó la línea interna de la corporación. Mata al Oso Alalamilla, bramó mi jefe desde el otro lado de la bocina. Por un momento creí que la orden no era para mí. Pero Zaragoza me escaneó la idea. Lo quiero muerto, Pedro, ¿me entendistes?. Es una orden, bramó. Se dice «me entendiste», pinche Zaragoza pendejo. No puedes ni hablar bien, pensé recriminarle. Me colgó antes de que pronunciara algo. Nunca el café mañanero me supo tan mal.
* * *
No acabaré de entender cómo Tacho llegó hasta ese cargo, ya que el ascenso de los altos mandos es un asunto incierto y chapucero. El caso es que es mi superior. Aunque sea de los que dicen «me entendistes», eso no importa. Es el jefe y no hay mucho qué hacer.
Mi jefe se llama Epitacio Zaragoza, pero en Plomosas todos lo conocen como Tacho Zaragoza. Sus defectos se cuentan por costales: es corrupto, matón, ratero, mentiroso, desleal, bruto y cientos de cosas más. Todas sus fallas quedan rebajadas con el temor que infunde no sólo en la fauna policiaca, sino en la política, en la empresarial, en la reporteril y en todo aquel que tiene la desdicha de conocerlo.
Quizá ustedes se pregunten cómo es que alguien como Zaragoza llegó a ser un alto mando de la policía. La respuesta es muy sencilla: en la vaina política se miden los defectos: entre más tengas, aumentan las posibilidades de que llegues más arriba. Los honestos, bondadosos, incorruptibles y leales, esos andan en la calle, cavando zanjas, destapando caños o barriendo pisos.
La llegada de Zaragoza a la jefatura no nos extrañó. En la corporación, todos esperábamos ese movimiento. Para nadie era un secreto el dineral que Zaragoza obtenía de sus bisnes con la mafia, y que gran parte de esa lana la había invertido en la campaña del nuevo alcalde. Billetes, vigilancia y tratos oscuros con la maña, fueron ofrecidos al candidato, quien no dudó en firmarle un pacto.
A cambio de su ayuda, el nuevo alcalde prometió la jefatura de policía, un puesto clave para los negocios de Zaragoza, ya que con la policía de su lado, moverían sus mercancías con la libertad de un vendedor de naranjas.
En la corporación tomamos la noticia con más tedio que sorpresa, ya que Tacho era un viejo conocido. Tenía negocios con la mitad de los policías y gran parte de los políticos de medio pelo hacia arriba.
El Oso y yo nunca aceptamos sus tratos. Los evitábamos. No queríamos deberle favores a un tipo como Tacho, porque tarde o temprano, los favores (incluso los pagados) se convertirían en condenas.
Nosotros hacíamos tratos con Martínez, alias el Mai, un traficante a la vieja usanza que aún mantenía cierto poder entre los barrios más aguerridos de Plomosas. Nuestros arreglos no iban más allá de una mordida a cambio de información. También les cambiábamos chivatos por unos centavos o les ofrecíamos autos robados para que nos dieran armas. Le entrábamos porque nos constaba que el Mai aún mantenía algunos códigos de honor. Un honor que, en los tiempos que vivía la ciudad, no le servía de mucho. Las órdenes del Tacho eran trillar al Mai. Y si nosotros estábamos enmedio, también íbamos incluidos.

* * *
Los que saben (que conste que yo no sé ni madres) dicen que Plomosas tiene dos cosas buenas: la entrada y la salida.
Por acá no no hay mucho que hacer. Hay dos museos llenos telarañas, cinco teatros que funcionan como oficinas, restaurantes para fresas de rancho, bares mamilas con ansias de transformarse en discotecas, cines de estrenos paleolíticos, franquicias de comida chatarra, centros comerciales de precios cósmicos y un extenso surtido y variedad de congales, tugurios y puteros regados por todo el bulevar que atraviesa la ciudad.
Para quienes se dirijan camino a la salida, les diré que del lado izquierdo se encuentra el centro de la ciudad. Y hacia allá me dirijo.
Espero que Alamilla se encuentre en algunos de sus recovecos. Y espero encontrarlo antes de que lo manden a cortar gardenias desde la raíz.
Pienso, rápido, pero pienso. Lo primero es largarme. Salgo de la oficina. Eso de quebrar al Oso no son hechos. Me urge avisarle, pero no le puedo llamar porque de seguro ya tienen mi línea intervenida y el escáner grabará todas las llamadas que salgan y entren a a mi celular. Debo hacerlo en persona.
Subo al Eurosport y me dirijo a cualquier sitio donde no se encuentre Alamilla. Lo hago porque sé que Zaragoza mandará a sus perros para seguirme. Lo último que haría es llevarlos a la casa del Oso. Ni a la cantina donde bebemos todos los martes. No. Debo ayudar al Oso a no caer al fondo del pozo y a la vez, no sentenciar mis huesos a las pirañas. Una llamada bastará. Sólo una, pero con la mayor discreción. Serenidad y paciencia, decía el sabio Kalimán. Subo al coche y enfilo rumbo al centro. En el camino saco mi teléfono celular y le marco al Oso. Ocupado. Voy hacia el centro de Plomosas, un cafeto me caerá de peluches. Cafeto es la receta especial de Don Cafeto, una pequeña cafetería escondida en unas de las callejuelas del zócalo.
Estaciono el Eurosport a tres cuadras de la cafetería. Antes de bajarme, distingo a dos perros que me siguen. Debo actuar como si nada pasara y perderlos lo más rápido que pueda. Camino sin prisa, pero atento. Cualquier movimiento sospechoso, podría acelerar las cosas y lo que el Oso y yo necesitamos es tiempo para planear una defensa. Paso por los vendedores de frutas de temporada que ofrecen sus productos en carretillas: nanches, mangos, guanábanas, ciruelas o ilamas. Más allá está el anciano canoso que vende pay de queso, los indígenas que ofrecen artesanías chinas y un merolico que vende pomada para los ojos de pescado. Enfilo hacia los arcos donde venden revistas y periódicos, a esta hora, la llegada de los diarios nacionales reúne a una fugaz muchedumbre que intenta comprar uno de los pocos ejemplares que llegan a Plomosas.
Compro el Trinchera y finjo leer el diario para ubicar al par de cabrones que me siguen el rastro. Ahí están, haciendo como que leen los encabezados de las publicaciones que se expenden como tasajos en una carnicería.
Salgo hacia la plaza central.
Hace años, un presidente municipal tuvo la ocurrencia de cerrar el paso a los autos en las calles que rodeaban la plaza central de Plomosas. Como una de las principales avenidas cruzaba a medio zócalo, el alcaldete construyó un túnel y así, casi de chiripa, el politiquillo de marras hizo una de las mejores obras viales y estéticas, ya que permitió tener un zócalo amplio, con andadores y jardines. Si alguien que no conoce Plomosas ve una foto del zócalo, creerá que se trata de cualquier ciudad, menos de Plomosas.
Camino. Cientos de personas van y vienen. La cercanía de las oficinas gubernamentales causa este peregrinar diario. Voy al edificio de la alcaldía, ahí podré perderme. Una protesta de colonos en el vestíbulo me dice que ando de suerte. Los inconformes exigen servicios básicos como agua y luz. En muchas partes del mundo estas demandas son derechos constitucionales, pero en Plomosas son lujos. Llevan pancartas y gritan consignas. Aprovecho el tumulto para quitarme la chaqueta, le quito el sombrero de palma a un viejito y levanto una pancarta del piso. Me uno a lo más nutrido de la protesta. De reojo, veo pasar a los matones de Zaragoza. Me buscan. Van hacia el baño; sonrío. Salgo de ahí. En el camino vuelvo a marcar el número del Oso. Nada. Rodeo el edificio y entro a un banco cercano. Al amparo de sus cristales, miro a los perros caminar perdidos de vuelta hacia los arcos. Los he perdido por ahora. Salgo de ahí y ahora sí, voy con Don Cafeto.
Cuida de tu vida en tu camino
yo siempre pediré a Dios por ti,
Es mi celular. Contesto.
-Qué pasó, man. Dice el Oso desde el otro lado de la bocina.
-¿Bueno? ¿Bueno?
-Soy yo. Ónde andas, marica.
-¿Bueno? ¿Bueno?
Cuelgo tras fingir mala recepción.
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