Darío Arizmendi:¿Señora Avella?
Escolta:¡No, habla con un guardaespalda de Aída Avella, acaban de dispararnos con una bazuca, por favor!
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Darío Arizmendi:A ver, ¿cuál es el estado de salud de la doctora Aída Avella?
Escolta:¡Nos encontramos bien pero está alterada, necesitamos es refuerzos, que nos ayuden por favor!
Esta llamada salió al aire en radio nacional justo después de que la integrante del partido político Unión Patriótica (UP), Aída Avella, fuera atacada con un rocket y luego con disparos de revólver. Y no, no es el atentado que sufrió hace un par días en Arauca. Pero sí, estamos hablando de la misma persona
El atentado del que les hablo pasó en 1996, en la Autopista Norte de Bogotá y a plena luz del día.
Luego de esto, la dirigente política se exilió en Suiza. Y 17 años después, regresó a Colombia para retomar las riendas de la UP como candidata a la presidencia.
Marta Traba se equivocó en su famosa sentencia sobre Colombia. No, no es un país que vive en cámara lenta. Parece más bien estar atrapado en una imagen congelada.
Hace dos días, como supongo que sabemos, Avella fue víctima de un atentado en Arauca: el carro de sus escoltas, sin blindaje, fue baleado cuando se dirigían en caravana hacia un poblado del municipio de Tame. Se trata de una candidata que en las encuestas tiene el 1% en la intención de voto. Difícilmente será presidenta. ¿Por qué carajos la quieren matar?
Quizás Mafalda sí tenga razón cuando dice que «parece que algunos creen que lo único que hay que mantener limpio de la patria es el pasado histórico». Y para entender esto en contexto, nos toca agarrar impulso y echar para atrás para darnos cuenta de que Aída Avella es un símbolo. Un símbolo que no solo puede afectar el proceso de paz, sino que nos recuerda un momento putrefacto, asqueroso e indignante de la historia reciente de Colombia, que solemos olvidar con facilidad.
El genocidio de la Unión Patriótica.
Quizás tengamos presente el fallido proceso de paz del Caguán con las Farc y hoy seamos testigos de otro esfuerzo similar en La Habana, pero estos no han sido los únicos intentos de firmar la paz con esa guerrilla. Por allá en 1984, durante el gobierno de Belisario Betancur, se firmaron con las Farc varios pactos en La Uribe, Meta. Y como parte de estos, el siguiente año nació la Unión Patriótica, partido por medio del cual la milicia dejaría las armas y pasaría a la legalidad para hacer política.
Los guerrilleros no eran los únicos que formaban el movimiento, ni siquiera la mayoría. La sociedad civil pronto empezó a integrarse en este nuevo partido.
Para las elecciones de 1986, la UP lanzó a Jaime Pardo Leal como candidato presidencial, quien obtuvo el tercer puesto con un 4% de los votos. Suena insignificante, pero no, si se tiene en cuenta el origen de su partido como fuerza de oposición y de izquierda. No había muchos antecedentes similares en Colombia, lo cual es parte de otra historia. Al final de la contienda, Pardo Leal puso cinco senadores, nueve representantes, catorce diputados, 351 concejales y 23 alcaldes. Como dato, entre esos, dos exguerrilleros como Representantes a la Cámara: Braulio Herrera y Luciano Marín.
Pero la sonata estaba por empezar.
Leonardo Posada, abogado miembro del Partido Comunista, fue la primera víctima del baño de sangre que venía. Después de ser elegido con la UP como Representante a la Cámara por Santander, sin siquiera llegar a posesionarse, fue asesinado. El baile rojo (como tituló Yesid Campos un documental muy recomendado para entender la dimensión del asunto), había comenzado.
En 1987, todas las semanas un miembro de la UP fue dado de baja, entonces las Farc dieron la orden a todos sus hombres de volver al monte, incluyendo a sus dos cuotas políticas: Braulio Herrera entró a comandar un frente en el Magdalena Medio donde, paranoico por el acoso paramilitar (como relató Juanita León para El Malpensante en el 2004), mató a decenas de sus inferiores, perdió el control de la zona, fue castigado por el Secretariado y se exilió a la pronto fallida Unión Soviética. Por su parte, Luciano Marín se convertiría en Iván Marquez, hoy viejo conocido del Secretariado y presente en la mesa de negociación de La Habana.
Sin las Farc en sus filas, la UP intentó seguir haciendo política pero los asesinatos continuaron. Sería estúpido ponerme a hacer la lista uno por uno, pero para verlo en números, la cosa va más o menos así: fueron asesinados dos candidatos presidenciales (Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa), ocho congresistas, trece diputados, setenta concejales, once alcaldes y entre 3.000 y 5.000 de sus militantes (nunca se supo el número exacto, el número cambia según la fuente) fueron asesinados o desaparecidos. Quienes lograron salvarse, debieron exiliarse para proteger su vida.
Como Aída Avella.
No por falta de votos sino porque se quedó sin líderes, en 2002 la UP terminó por perder una personería jurídica que vino a recuperar solo hasta el año pasado, tras un fallo del Consejo de Estado que reviisó el caso del partido.
Casi 30 años después del inicio de este genocidio, la Unidad de Análisis y Contexto de la Fiscalía ha presentado pruebas de la existencia de cinco planes para exterminar a la UP, de los cuales participaron paramilitares, miembros de la Fuerza Pública, dirigentes políticos y hasta empresarios. En este caso, la justicia colombiana ha producido 265 condenas y tiene 709 procesos abiertos por la muerte de 1313 personas.
«Los militaristas de siempre», respondió ayer Aída Avella en la rueda de prensa que dio tras su atentado ante la pregunta sobre los posibles autores de su segundo intento fallido de asesinato. El Ministro de Defensa acusa al ELN. El comandante del Ejercito Jaime Lasprilla, dijo que de pronto fueron las Farc.
A hoy, como suele suceder en estos casos, no se sabe quiénes dispararon.
Aunque, quizás, todos sepamos de dónde vienen las balas.
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