Traemos adelantos de los libros que te van a ensartar las mesas de novedades.
La deformidad expuesta en los relatos de Tania Plata no está vinculada a la vida terrible de criminales, prostitutas, narcos, ni a la de mujeres asesinadas o violadas. Está en las instituciones de nuestra vida diaria: la familia, el noviazgo, el matrimonio; en las comidas, las cenas y las iglesias. En la pareja, los padres, los amantes; seres cerrados, abusivos, incompatibles. Relaciones donde el crimen no es un acto contundente —el martillazo de Raskolnikov o la ráfaga de una Kalashnikov—, sino aquél del desgaste, el de las piedras que se muelen unas contra otras hasta hacerse polvo en el interior del hogar. Y que finalmente, en un espacio más allá de su literatura, bien pueden terminar en la violación, el asesinato, el feminicidio. Aquí presentamos un cuento de Malcriadas miniatura, publicado por Nitro/Press.
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Pies Azules
He buscado tanto
que ni los tesoros llevaban oro
“Hoy me dejaré”, Carlos Ann
Hoy es uno de esos días en los que el frío de la nuca no desaparece, el hormigueo en los pies y el sudor en las manos sólo ceden ante unas zapatillas nuevas. No hay nada más satisfactorio que la sensación de “nuevo” en los pies: es mejor que un orgasmo. No, el orgasmo es mejor cuando mis pies lucen plateados, con un tacón de quince centímetros y con una delgada correa aferrándose al esmalte de mis uñas. Pero estos lilas, que combinan con los puntos de mi coordinado interior azul, están hechos específicamente para buscar el amor.
Me veo en el espejo, pero la habitación se impone a mí. La pared está aferrada al blanco. Lo bueno es que las cajas de zapatos la tapizan y entonces el bienestar vuelve a mi nuca, a mis manos y a mis pies. Termino de abrochar el vestido, pero los botones se ven muy justos, casi obligados a permanecer en su lugar. Por muy negro que sea el atuendo, la carne no reduce bajo un color opaco, pero no importa, mis pies lilas se ven sexy. Me cambio inmediatamente el vestido por otro, uno más corto, azul marino. Me impongo en el reflejo. Todo está de maravilla, me veo azul con lila y aún parece que rondo los veinte. Cierro la puerta. La casa queda sucia. No me interesa, mañana regaré las plantas, sacudiré el polvo de los muebles y aspiraré los pelos del gato de los sillones. Es que hoy tengo una cita y llevo mis zapatillas lilas, las más nuevas, no me queda tiempo para otra cosa.
Me gusta escuchar la fuerza del eco de mis pisadas por la calle y ver el movimiento en mi sombra al ritmo de mi andar, el cabello sujetado con una coleta y tres pasadores negros. A veces recuerdo a Fernando, en los días como hoy que estoy segura de encontrar el amor. Es que Fernando, por muy amoroso, delicado, con esos ojos de niño y sonrisa seductora que sea, jamás aprendió a quitarme los zapatos, él no era el indicado. Mi madre puede recitar misa una y otra vez sobre lo estúpida que soy, lo mucho que Fernando me ama, la soledad que me acompaña a los treinta, que los zapatos nunca llenarán mi cama y que el gato, mi pequeño Mimin, tarde que temprano morirá. Ella qué sabe, nunca fue sexi, siempre ha usado zapatos de viejita. Mi abuela sí conocía el placer de las buenas zapatillas, ahora entiendo todos sus intentos por utilizarlas hasta el final: metía sus lindas zapatillas al congelador, con bolsas de agua en el interior. Así cualquier estilo, casi cualquier número, lo tenía a sus pies. Al grado de que en los últimos años, a pesar del dolor de sus rodillas y la andadera, se reusó a usar zapatos de tela y nunca dejó de pintarse las uñas y calzar sexy con sandalias juveniles.
Lo único que tiene un final súbito son las calles como ésta, que precisamente topa con la cafetería de los buenos encuentros, donde las pláticas comienzan hablando de los días bonitos como éste, continúan con el viento de otoño y en la siguiente conversación hablamos de lo linda que soy, que mi sonrisa es la más bella, que mi cabello es hermoso y que no hay otra mujer como yo. Esas mentiras necesarias las encuentro aquí, en la boca de compañeros de cama que sustituyen perfectamente al amor de Fernando. Entro a la cafetería, saludo a la cajera, me siento al fondo, a un lado de la cocina, un poco oculta, sin ventana y con un sillón para mi solita. El mesero me trae lo de siempre, té de yerbabuena y un par de galletas con mermelada. Me gusta llegar dos horas antes de una cita previa, no sé, es que me encanta verme los pies por debajo de la mesa cada vez que cambio la página de un libro cualquiera, y mirar hacia adelante, desde el fondo, a todos los que llegan, y a veces intercambiar ideas, teléfonos y risitas, o rehusar compañía de hombres en búsqueda.
Ya casi es la hora. Pido otro té, más galletas y fresas bañadas en chocolate, pues son mis instrumentos de coqueteo antes de ponerle un pie encima a quien espero. Sacudo un poco el vestido; por más que intento, los pelos del gato no se esfuman. Ese Mimin deja claro que soy suya. Llega Carlos, puntual como siempre. Ésta es la cuarta cita, entonces ya superamos el clima y continuamos, eso sí, con que soy muy bella, con que este libro es bueno, con que sólo pensamos el uno en el otro, y que después de darnos de comer fresas y galletas en la boca caminaremos abrazados por toda esa larga calle hasta mi casa. Instintivamente, subo mi pie en la rodilla de Carlos. Con la punta de sus dedos lo acaricia y va subiendo por mi pantorrilla, así delicado, ahora con toda su mano y con toda su mirada en mis ojos, sonríe devorándome en un sola galleta. Estoy lista para ir a casa.
Caminamos. Yo bajo su brazo y él contándome una y mil historias. Su cabello me encanta: despeinado, corto, continuado por su barba estilizada. Carlos es especial. Me gusta su piel blanca, sus dedos finos y el olor del viento por su cuerpo. El tacón de pies lilas suena por toda la tarde, así como debe de ser una cita perfecta. Sonrío recordando a Fernando. Para él este sonido no valía nada, ni siquiera valoraba que mi sostén y mis zapatillas coordinaran, no entendía nada. Es que el hombre perfecto es aquél que me lleve a un orgasmo sin zapatillas y Fernando no es ese hombre. Él jamás pudo sacarme un milímetro los colores de mis pies, tan simple que resulta, y no tuvo la capacidad de lograrlo, así de poco sensible es el “maravilloso” de Fernando.
Llegamos a mi casa. Mimin está en la puerta esperando entrar. Carlos y el gato se ven fijamente. Subo los tres escalones de la entrada, Carlos me espera abajo. Saco las llaves de mi bolso, Mimin se acaricia en mis pies lilas, ronronea, él puede ver que mi ropa interior combina sutilmente con mis sexis zapatillas lilas. Antes de girar las llaves y entrar en mi vida, espero, espero las palabras que abran la puerta. Volteo, sonrío y los ojos iluminados de Carlos me alumbran la tarde casi noche.
—Me encanta tu vestido, te ves hermosa en él, combina exquisitamente con tus ojos.
¿Cómo puede decirme semejante cosa? ¿Está ciego? ¿Cómo es que no vio los detalles: la pulsera lila, el labial lila, el bolso lila, mis pies lilas con tacón de quince centímetros? Es un insensible como todos los demás, casi un idiota. ¿Por qué un simple vestido, por qué no unos sexis pies, por qué no me puede ver? Cierro la puerta con Carlos del otro lado. Las excusas sobran, con un eterno dolor de cabeza basta para dejar de ver al bellísimo Carlos, qué desperdicio, parecía perfecto.
Tiro el coordinado por debajo del lavabo del baño. Las zapatillas ya están en una caja tapizando la pared. Después de una ducha fría y de cenar en compañía del Mimin, pinto mis uñas de rojo, mañana es día de sandalias cómodas, con tiras abrazando mis piernas, así como el gato se me abraza en las noches. Por hoy no necesito más que eso para dormir.
Despierto sin Mimin, sin Carlos, sin cita. Tendré que ser suficiente para mí misma. Hoy me dedicaré a mentirme un rato, me contaré que el día es bonito, que el aire no es para tanto, que me veo más delgada, que mi pelo se ve igual de lindo que siempre, que las sandalias lucen espectacularmente sexis en mis pies. Quizá continúe con una mala película en el cine, después comeré algo en medio del centro comercial donde no van hombres solos y no tendré que rehusar ni compartir ideas con nadie. Después voy a deleitarme en los aparadores y compraré un par de zapatillas, porque me faltan unas azules, que terminen con el frío de mi nuca, el hormigueo en mis pies y la sudoración de mis manos…
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