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Fui a un prostíbulo chino encubierto en el centro de Barcelona

Fuentes policiales nos aseguran que durante el año 2013 se cerraron cuarenta comercios en una macroredada, pero hoy en día siguen existiendo.
9.11.16

Hacía ya días que, cuando pasaba por la calle Ali Bei de Barcelona (entre el Arc de Triomf y el centro de la ciudad, una zona que se ha convertido en uno de los centros neurálgicos de la comunidad china en Barcelona) sentía curiosidad por la gran cantidad de peluquerías, centros de estética y masaje a los que, al menos a primera vista, solo entran varones adultos. En Barcelona existen más de 30 locales de prostitución encubierta. Fuentes policiales nos aseguran que durante el año 2013 se cerraron cuarenta comercios en una macroredada.

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La semana pasada, curiosamente, me cerraron la puerta con llave en las narices cuando llamé para intentar entrar a uno de esos locales a hacerme una manicura. Me mosqueé tanto que decidí sí o sí buscar un sitio donde me atendieran para ver si era realmente lo que decía o se encontraba en la segunda categoría.

Escasos metros más allá de donde me acababan de negar la entrada, encontré otro centro estético regentado también por chinos. Por las paredes y en vinilo rojo estaban escritos los precios: manicura semipermanente, de 18 a 20 euros. Empujada por la curiosidad provocada por la oscilación de precios me acerqué al mostrador donde me confirmaron que para mí eran veinte. Fue imposible no dirigir mi mirada hacia un sofá en el que chicas jóvenes esperaban a la clientela en falda corta y taconazos. Atuendo imprescindible para hacer un buen shellac…

Mientras me atendían, vi cómo un señor tiraba un condón usado justo en la papelera que había cerca del diván y algo dentro de mí algo me dijo que tenía que quedarme, aunque solo fuera por el morbo de investigar cómo procedían las chinas cuando una clienta inesperada decidía hacerse las uñas en un local donde, al parecer, se hacía de todo menos la manicura.

Me senté ante el pequeño mostrador que había justo al lado de la máquina registradora y me mostraron una paleta de colores llena de polvo. Con el mismo pincel de quitar impurezas después de la lima quitaron la cobertura mugrienta que envolvía el plástico amarillento. Cuando decidí el rojo que más me gustaba. Al abrir el bote, la dependienta se dio cuenta de que la pintura estaba totalmente petrificada.

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No pasaba nada. Otra chica con extensiones apareció por la trastienda con un bote más nuevecito pero ya estrenado (quizás lo había sacado de su bolso, quién sabe). En aquel instante un chico de unos treinta de rasgos árabes se quedó atónito al verme sentada en aquel sillón. Estaba claro que era un habitual. Sin pronunciar ni una palabra una de las chicas se lo llevó inmediatamente a la parte de atrás.

Quien se ha hecho la manicura alguna vez sabrá que una de las claves para hacerla correctamente es poner las manos en remojo para ablandar bien las cutículas. O las allí presentes desconocían esta técnica habitual o es que su propio método vanguardista se caracterizaba por saltarse dicho paso. Como buena clienta que soy no me quejé. Simplemente observé y esperé a ver los resultados.

Toallitas húmedas chorreando fluidos humanos, ya os podéis imaginar de que índole. Mucho asco

Me entró pis muy seriamente. Serían los nervios de aquella experiencia excepcional. Le pedí a la manicurista que por favor me gustaría ir al baño antes de que no pudiese ni bajarme los pantalones. Curiosamente, no me señaló el camino y me acompañó al piso superior. Allí había múltiples habitaciones de pladur y una música oriental muy estridente sonaba por todo el pasillo del habitáculo. A la derecha tres baños independientes y uno de ellos completo, con bañera y bidé.

A los segundos de entrar mi impulso fue abrir la papelera. Lo hice esperándome encontrar lo que cabría encontrar en la papelera del baño de cualquier prostíbulo, cosa que sucedió. Toallitas húmedas chorreando fluidos humanos, ya os podéis imaginar de que índole. Mucho asco. Casi vomito.

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Al oír que no meaba la chica que me había acompañado llamó a la puerta fuertemente. Nada más quitar el cerrojo, abrió precipitadamente y me condujo a la parte delantera de la tienda. Me entró miedo. El chico que había entrado poco después de mi salió de la trastienda y ofreció un cupón a la que aparentemente era la responsable del local. Era un cupón de descuento y la mujer le dijo que se guardase el tíquet para la próxima vez, cosa que hizo antes de salir sin siquiera decir adiós. En ese momento la gerente le dio diez euros a la chica con la que se había ido el chico, que después de esto se fue directamente a la puerta a repartir más publicidad del local.

En la puerta, un señor se puso a hablar con la chica: "Masajes… ¿masajes?". La chica sabía perfectamente a lo que se refería y se aseguró de que al señor le quedase claro. "¿Y los haces tú?", preguntó el hombre de nuevo. La chica afirmó y el hombre después de consultar el reloj aseguró que otro día pasaría por allí.

La clientela no paraba de entrar. Escuchaba ruido de todo tipo

Mientras tanto, mi estilista me estaba pintando las uñas muy torpemente. Tengo que reconocer que en la segunda capa quedó mejor de lo que me esperaba. Claro estaba que no tenía los utensilios precisados para hacer una manicura, pues me selló la última capa del shellac con una lamparita que parecía de broma.

La clientela no paraba de entrar. Escuchaba ruido de todo tipo. Supongo que para que no me percatara de lo allí ocurrido cada señorita se puso una música distinta de aquellas como de karaoke y se pusieron a cantar. Aquello fue una situación muy surrealista. Música a todo trapo, gemidos y karaoke en vivo a tres voces con distintas canciones.

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Cada segundo allí se me hacía eterno. Fue bastante desagradable presenciar aquel panorama desde primera fila. ¿Por qué se escondían de la actividad allí realizada? ¿Por qué simular unos servicios que realmente no ofrecían? Allí había gato encerrado. Cuando mi cara era un poema, la dependienta me hizo una foto con su teléfono y no escondió que la enviaba a alguien por mensajería instantánea. Miré hacia arriba y las cámaras de seguridad estaban apuntando justo donde estaba sentada.

Nada más salir por la puerta, habiendo pagado antes el equivalente a una mamada, me di cuenta de lo que realmente había pasado allí

Con la mano que ya tenía completamente seca (creo que era la izquierda por la lentitud en que tecleaba el móvil), empecé a teclear en Google opciones de búsqueda como "esclavitud sexual china", "prostíbulos encubiertos". Encontré artículos del 2009 donde se explicaba cómo una felación podía llegar a costar incluso cinco euros. Llegué a buscar incluso "cómo escapar de las mafias chinas", pero no encontré un único resultado.

Nada más salir por la puerta, habiendo pagado antes el equivalente a una mamada, me di cuenta de lo que realmente había pasado allí. Los que pagaban cincuenta pavos les daban algo más que un buen masaje, y los que iban a buscar el low cost salían triunfantes con una sonrisa tatuada. Que sí, que no quedaba duda que los clientes quedaban satisfechos. Pero… ¿cómo se organizaban? ¿Había algún tipo de organización detrás de este tipo de negocios?

Contacté con el equipo de investigación policial que lleva estos temas para que me explicaran si aquellos centros eran algo más que prostíbulos encubiertos.

Ellos me contaron que los comercios con doble rasero no son el problema real que nos concierne. Las falsas licencias de actividad son solo la punta visible del iceberg donde se esconden auténticas mafias de crimen organizado. Bajo este entramado subyace una situación mucho más grave con la que las autoridades policiales están tratando de lidiar. "Si no podemos hacer aflorar que hay un elemento coactivo o de sumisión de la actividad respecto a la organización el hecho en sí no es delictivo. Si se puede vincular el dinero obtenido de la prostitución con el modo de declarar los beneficios habría un delito de carga fiscal", nos explica Antoni Rodríguez, jefe del área de crimen organizado.

Conseguir una víctima que hable sobre su situación es más bien difícil, por no decir imposible. El miedo impuesto por las organizaciones criminales es tan grande que las víctimas son silenciadas, de manera que por lo único que se las puede citar a declarar es por ser sospechosas de realizar actividades económicas distintas de las que se publicitan. Una multa, asegura Rodríguez, que no va más allá de las que suele poner Hacienda.