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Cultura

Pasé una semana tomando microdosis de LSD y se me fue de las manos

A mí siempre me ha parecido que eso de tomar ácido en pequeñas cantidades pierde todo el sentido, pero de todas formas decidí probarlo para ver como era realmente eso de las microdosis.

por David Allegretti
20 Junio 2016, 3:00am

Todo para dentro. Todas las fotos por Sean Foster

El tratamiento por microdosis consiste en consumir la cantidad suficiente de una droga psicodélica como para proporcionarte un empujoncito extra de creatividad, energía, buen humor y concentración, sin llegar experimentar los efectos del viaje por los que estas sustancias son famosas.

Se ha publicado mucha información al respecto durante los últimos años, y se suele dar el ejemplo de tipos que trabajan en Silicon Valley y que afirman que las microdosis les ayudan a ser mejores personas.

No digo que no tengan razón, pero a mí siempre me ha parecido que eso de tomar ácido en pequeñas cantidades pierde todo el sentido. Es como tener un porro enorme delante de ti, darle solo una calada y luego decir "Para mí es suficiente, muchísimas gracias", mientras te das toquecitos en la cara con un pañuelo.

Pero los beneficios de esta práctica están bien documentados; sé de varios periodistas que lo han probado, por lo que decidí que yo no podía ser menos.

El problema era encontrar a alguien que me vendiera el ácido. Es muy fácil encontrarlo en papeles y terrones de azúcar, pero yo buscaba LSD líquida, y una cantidad equivalente a uno o dos de esos papeles.

Al final encontré un camello que resultó ser admirador mío por un artículo que escribí sobre un experimento en el que intenté sobrevivir a base de Nutella. El tipo se marcó un detalle y me hizo una rebaja. Me vendió el equivalente a diez viajes de LSD, que puede parecer mucha cantidad pero en realidad eran unas cuantas gotas de líquido en una ampolla diminuta.

Si quería dosificarlo con precisión, tendría que diluirlo en agua. Llamé a Bob, mi amigo químico, para que me diera indicaciones sobre cómo mezclar una solución volumétrica salina.

Tuve que hacer unos cuantos cálculos.

Finalmente lo conseguimos. Las jeringuillas de la foto eran las únicas que tenía Bob. Tranquilos, no me iba a inyectar nada.

Lunes
15 microgramos



Un cartón normal contiene entre 80 y 100 microgramos de ácido, por lo que consideré que 15 microgramos sería una cantidad razonable y no sentiría nada.

Pero me equivoqué: al rato me notaba como si me hubiera tomado media cerveza con el estómago vacío; nada muy intenso, pero ahí estaba. Por otro lado, me sentía de buen humor y motivado para escribir, cosa que hacía tiempo que no pasaba.

Esa tarde me fui solo a dar un paseo por el parque. Me sentía asqueado por todo lo que fuera obra de la humanidad. Ansiaba estar en contacto con la naturaleza, y los residuos de LSD en mi sistema me hicieron más receptivo a las vibraciones que emitían los árboles. La verdad es que el primer día fue genial.

Martes
18 microgramos



Esa mañana, después de tomar la microdosis del día, me llamó mi amigo para saber cómo me encontraba. No sabía muy bien cómo expresarlo y al final opté por la palabra "potente".

La capacidad de concentración me llegaba en oleadas intensas. Me instalé en un espacio en el que las palabras fluían y se vertían sobre las páginas en blanco y el tiempo perdía todo significado. Transcurría una hora que se me antojaban cinco minutos. Pero toda esa potencia se agotó pronto.

Tras unas pocas horas de concentración máxima, de repente me invadió un sueño tremendo. Me pasé el resto del día medio somnoliento. El segundo día empezó muy bien, per acabó siendo agotador.

Miércoles
25 microgramos

El tercer día decidí subir la dosis, porque había empezado a desarrollar cierta tolerancia a la cantidad inicial y porque era mi cumpleaños.

Estar con mi familia bajo los efectos de la LSD fue una experiencia surrealista. No es que me preocupara que se dieran cuenta; más bien al contrario: con la percepción ligeramente alterada e intensificada por un delicioso cóctel, se acentuaba todo lo bueno y positivo que me rodeaba.

Todo el mundo a mi alrededor estaba brillando. Entonces llegó un gran pastel hecho por mi hermana mayor, con un 23 de cera mirándome fijamente. En lugar de devolverle la mirada, recorrí con la vista las caras de todos los presentes y, joder, casi me pongo a llorar porque eran todos tan hermosos y porque había dejado de ser un chaval.

Seguí mirando a mi madre y deseé poder tener algún día solo una cuarta parte de su fortaleza. Fue un día increíble, todo parecía fluir y la felicidad estaba por todas partes.

Jueves
30 microgramos

Habréis notado que volví a aumentar la dosis. Me intentaba convencer de que lo hacía porque habían aumentado mis niveles de tolerancia, pero no era cierto.

El jueves finalmente admití que tenía un problema de autocontrol: no quería microdosis, quería dosis enteras.

Abatido por esta realidad y por los efectos de la droga, a las seis de la tarde ya estaba tirado en el sofá, dispuesto a pasar un rato tranquilo, cuando llamó mi amigo Sean.

Sean: Oye, que tengo entradas gratis para ir al Hot Dub Time Machine esta noche.

Yo: No sé qué es eso.

Yo tampoco, pero vamos.

Vale.

¿Sigues con ese rollo del ácido?

Sí.

Tráetelo.

Todos mis amigos habían tomado de mi ácido y yo no iba a limitarme a mirarlos, así que decidí tomarme una gotita de nada.

Cuando llegamos al Hot Dub Time Machine, cada uno de nosotros iba puesto con el equivalente de dos o tres cartones bien cargados de LSD. Yo era superconsciente de todo y conocedor de todos los misterios del universo. Lo sabía todo. En serio, tío. Te lo juro.



La bofetada de conocimiento infinito que acompaña a cada viaje de ácido me golpeó con todas sus fuerzas, pese a que una parte de mí era consciente de que realmente no sabía nada nuevo. Delirios de grandeza y demasiada birra gratis. La música era increíble; la gente era increíble; la alfombra era increíble.

Viernes
12 microgramos

El viernes por la mañana me sentía como una mierda. Pese a que tenía la cabeza destrozada, me tomé una pequeña dosis por el bien de la ciencia. Me pasé el día entrando en sitios y olvidándome de qué había ido a hacer.

Abría la nevera y me la quedaba mirando un rato, la cerraba y volvía minutos después para repetir la operación. Intenté escribir algo, pero lo más decente que pude producir parecía un texto escrito por mi yo de Primaria explicando lo que había hecho el fin de semana. Decidí que lo mejor era ponerse a ver la tele.

Por la tarde llegó una amiga, que se rió de mí mientras le contaba cómo me había ido la semana. Al final los dos nos quedamos dormidos.

Sábado
15 microgramos

La verdad es que no me apetecía seguir tomando ácido, por lo que seguí con la dosis del día anterior. Quería evitar todo contacto con seres humanos, pero mi familia había organizado una cena de despedida antes de que empezara mi viaje de mochilero por Asia. Durante toda la cena estuve ausente, pero feliz.

Creo que el sentimiento predominante durante toda aquella semana había sido el de gratitud, por los alimentos que comía, la cama en la que dormía y la gente que me rodeaba. Soy muy, muy afortunado.

Domingo
60 microgramos

El sábado no dormí nada, con lo que el sexto día acabó juntándose con el séptimo. En vez de dormir, me pasé la noche escribiendo y preparando todo lo necesario para mi viaje de tres meses. En unas horas estaría en un vuelo de medio día de duración hacia Singapur.

Estaba hasta los huevos del ácido, pero como era el último día, volví a subir la dosis. Qué cojones. Como volaba con una compañía de bajo coste, supuse que el ácido me ayudaría a distraerme, en ausencia de las pequeñas pantallas de diversión de las que pueden disfrutar los viajeros más pudientes.

Esperaba que el ácido me mantuviera activo pero me provocó el efecto contrario. No se me ocurrió otra cosa que informarme sobre la legislación antidroga de Singapur por internet, así que me dirigí a la puerta de embarque hecho un manojo de nervios.

Por fuera parecía estar tranquilo, pero no paraba de olvidarme dónde había puesto el billete y los anuncios de megafonía me molestaban mucho.

Nunca me había imaginado que subiría a un avión colocado con LSD, y ahí estaba. Estaba tan cansado que me quedé dormido cuando el avión aún estaba en pista y me desperté ya en las nubes.

Supongo que sería por la altitud, pero los efectos del ácido parecieron intensificarse. Empecé a despedirme mentalmente de mis seres queridos porque estaba convencido de que había un 40 por ciento de posibilidades de que ese pájaro metálico gigantesco se estrellara contra el océano.

Todavía conservaba cierto raciocinio para darme cuenta de lo estúpido de mi idea, pero también iba lo suficientemente colocado como para prepararme para lo peor.

Mientras mordisqueaba las galletas de la comida, pensé mucho en la muerte. No me asustaba, sino que estaba más bien preocupado por cómo se comunicaría la noticia a mis seres queridos y cómo les afectaría.

Veo el potencial y los beneficios de tomar microdosis, y supongo que si hubiera cumplido a rajatabla con las mías, lo habría dado todo en el trabajo, pero no lo hice porque tengo el mismo autocontrol que un niño obeso sin sus padres en una feria de pasteles.

De todas formas no me arrepiento de nada y lo cierto es que, los pocos días en que tomé la dosis correcta, noté que mi productividad y creatividad aumentaron considerablemente.

Hoy, mientras escribo esto empapado en sudor en un bar de Singapur, sigo sintiendo ese resquicio de pasión que queda después de una semana tomando sustancias psicodélicas.

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Todas las fotos por Sean Foster.

Traducción por Mario Abad.