Amado monstruo


Foto por cortesía de Edward Field

En un día de calor sofocante de agosto de 1971, la policía de Jerusalén encontró un cuerpo, parcialmente descompuesto y sin rastro de pelo, en una casa de dos habitaciones en los suburbios cerca del albergue para jóvenes cristianos. El suelo estaba cubierto de cajas, su contenido desperdigado por las habitaciones en medio de una chocante profusión de píldoras y botellas de licor. Dos perros famélicos aullaban y gruñían en el interior de un armario. Los dos chuchos habían contribuido en buena medida a hacer del “bald meshugganeh”, el calvo chiflado, un personaje famoso en el vecindario: habían mordido a varios niños ante el regocijo de su, por lo demás, taciturno propietario, que estaba convencido de que sus vecinos, y el resto del mundo, se burlaban cruelmente de él.

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Los periódicos israelíes se fijaron en la historia. El escritor americano, publicaron, había llevado una vida de impresionante libertinaje; una odisea de drogas, bebida y comportamiento violento que se extendía de Nueva York a Londres, de París a Tánger y más allá, hasta que los hados le condujeron a establecerse por fin en Jerusalén. Una leyenda difícil de asociar con ese hombre rellenito que hablaba farfullando y vivía detrás del albergue; a excepción, claro, de aquella ocasión en que irrumpió de su casa con ojos desencajados gritando a unos niños reunidos junto a su verja. El New York Times, sin embargo, no hizo mención de rumores escabrosos de ninguna clase. Alfred Chester, así decía el escueto obituario, era autor de novelas como The Exquisite Choice [sic] y Jaime [sic] Is My Heart’s Desire; recibió varios premios O’Henry [sic] y una beca de la fundación Guggenheim; sus textos aparecieron en Commentary, Partisan Review y la New York Review Of Books, entre muchos otros medios. Poca atención recibió a su muerte quien, sólo ocho años antes, había sido incluido por la revista Esquire en una lista de “los más candentes autores” del “universo literario”.

Gore Vidal, que calificó su vida de “fascinante comedia negra”, recordaba que, en los tiempos previos a la rebelión de Stonewall, se tendía a considerar a Chester como una especie de “gran esperanza blanca” entre el colectivo de escritores gays: “Para mí no cupo duda de que a la escena literaria había llegado un maestro. Un Genet con cerebro”. El mismo Vidal, junto a otros escritores populares, había tocado temáticas gay de manera más o menos tangencial, pero Chester optó por un enfoque mucho más explícito. Una celebración que resultó chocante hasta para sus lectores más sofisticados. “En Honor De Vespasiano”, por ejemplo, una historia sobre las noches de éxtasis de un hombre joven en los urinarios públicos de París, fue recibida con disgusto y rechazada por uno de los órganos en los que Chester más confiaba, Partisan Review: “Nuestras objeciones no se basan en el tema tratado ni en sus detalles”, excusó el editor, “si no a la forma de tratarlo”. Otra de las razones por las que Chester fue apartado del círculo de escritores candentes y desterrado a la oscuridad fue la progresiva opacidad de su trabajo. The Exquisite Corpse, su novela de 1967, tomaba su título de un juego de salón practicado por los surrealistas en el que las historias se creaban a partir de frases aleatorias; en la novela de Chester, los personajes cambian de identidad en cada capítulo, alternando máscaras y sexos y tomando parte en eróticos, violentos rituales opuestos a los usos y costumbres de un mundo por lo demás prosaico. Uno de esos libros que consiguen hundir una carrera, en años recientes ha alcanzado estatus de obra de culto. En 1999, la revista Advocate lo incluyó en su lista de “Las 100 Mejores Novelas Gay”, y en ese mismo decenio el crítico Allen Hibbard predijo: “Una vez se la conozca mejor, esta novela sin duda se convertirá en obra de cabecera de aquellos académicos que quieran explicar el postmodernismo y las construcciones sociales en cuestiones como la identidad y el género”.

Chester, que despreciaba las modas académicas pasajeras y se calificaba a sí mismo de “el único americano revolucionario”, hubiera reído para sus adentros ante tal perspectiva. Su obsesión con la precaria naturaleza de la identidad humana no era un gámbito intelectual chic, sino una profunda fijación personal que le estaba gradualmente volviendo loco. También probó suerte como crítico, atacando con saña no sólo las reputaciones de grandes como Nabokov, Salinger y Updike, sino también las de autores marginales. En la New York Review Of Books Chester se mofó sarcásticamente de la pionera novela gay City Of Night—cuya solapa prometía, de forma timorata, “una novela sobre la contínua búsqueda a tientas del amor”—, diciendo “mejor si te dejas de andar palpando, Jack, y te metes en faena de una vez”. Edmund Wilson, nada menos, no pudo por menos que escribirle a Chester una carta de fan elogiándole por ser “el único crítico de Nueva York con las ideas claras”. “Qué risa me da”, comentó el siempre beligerante Chester.

¿Quién fue Alfred Chester? Ni él lo sabía bien. “Llegué a este planeta hace treinta años”, escribió a la edad de 37, refiriéndose a sí mismo como un venusiano que usurpó el puesto de “un hermoso niño de abundante cabellera marrón y rizada”. Era ésta su típica forma de describir, sin hablar de ello claramente, el trauma del que nunca se recuperó, un ataque de escarlatina que le dejó para siempre sin vello. Emblema de la alienación de Chester eran las pelucas de color naranja que empezó a llevar de adulto y que le quedaban fatal. Las llevó hasta que la última que tenía se quemó en un accidente de cocina. Como dijo un amigo, Chester “parecía una Bette Davis marimacho” con sus ojos de párpados prominentes sin pestañas y sus labios carnosos fruncidos amenazadoramente en caso de que a alguien se le ocurriera mencionar la cosa innombrable que llevaba en la cabeza.

Alfred Chester nació en Brooklyn el 7 de septiembre de 1928, hijo de inmigrantes judíos que hicieron lo posible por que Alfred sobrellevara la pérdida de su cabello. Al principio, y con un gasto considerable, trajeron a un “restaurador de pelo” a Nueva York para que le hiciera un transplante, pero todo un año de tratamiento se reveló fútil. Durante ese tiempo, las pocas veces que Alfred se aventuraba a salir a la calle le dejaban expuesto a las miradas y burlas de los otros niños. A menudo se encerraba en su habitación cuando alguien visitaba la casa. Ir a la escuela pública parecía fuera de la cuestión, así que durante años Alfred acudió a una yeshivá, una escuela ortodoxa judía en la que estaba permitido llevar la cabeza tapada; en su caso no con un kipá, como los otros niños, sino con una serie de cutres sombreros fedora que vestía hasta que, hechos jirones, tenía que reemplazarlos (“Me daba cuenta de que cualquier cambio atraía más atención hacia mi cabeza”).

A los catorce años de edad, con Alfred preparándose para ingresar en la Abraham Lincoln High School, su hermana mayor Mollie propuso a sus padres que le compraran una peluca. La familia le acompañó a un elegante salón de Brooklyn, Simmons & Company, donde una jovial artista apartó unas cortinas de lamé dorado y le condujo a su santuario. A su nuevo yo. “Me senté y recibí la peluca”, escribió Chester en su novela autobiográfica The Foot.
 

Fue como si un hacha me dividiera longitudinalmente en dos mitades, de la cabeza a la cintura. ¡Zas! Partido en dos de un sólo golpe como un pequeño árbol reseco. Como un pequeño, triste árbol de Nueva York.

Sólo la llevaba en la escuela. Cada mañana mi madre me la ponía delante del espejo, la peinaba cuidadosamente, la esponjaba con sus soplidos, le daba cuerpo y colocaba bien. Después, antes de salir de casa, yo me encasquetaba un sombrero… aplastando así la peluca hasta que adoptaba la forma esférica de mi cabeza. La odiaba y me avergonzaba, y me hacía sentir culpable.


La peluca no hizo más que empeorar las cosas, pero el mortificado Chester no podía prescindir de ella. El mundo se dividió entre los amigos que le habían visto en la escuela con la peluca y los amigos que le habían visto en casa con sombrero (nadie, excepto sus familiares cercanos, podía verle sin peluca o sombrero. El peligro de que alguien de un bando le viera con la imagen que de él tenían los del otro bando era un constante motivo de “pánico” para Chester. “[Pánico de que] la gente que me ve con peluca me sorprenda sin ella. O de que los que me ven con sombrero me sorprendan con ella. Terror. El terror que se siente cuando un hombre se te planta delante a medianoche en un callejón con un cuchillo en la mano”.

La soledad forzosa condujo a la precocidad artística. En su primer año universitario Chester brilló en la asignatura de composición; en ella encontró a su primera rival seria, Cynthia Ozick. Su instructor, el señor Emerson (que se adentró en los bosques para pegarse un tiro una vez acabado el semestre), animaba alegremente la rivalidad tratándoles como “gallos de pelea a los que separan unas cuerdas”, como apuntó Ozick. En el primer ensayo que se le encomendó, Cynthia cometió el error de usar una palabra que apenas conocía (“taciturno”), y Emerson, sin ningún reparo, la interrumpió delante de toda la clase para pedirle a Chester que leyera. Una lección de humildad que Ozick no olvidaría nunca. “Tras esa frágil juventud se elevan peligrosas llamas”, escribiría ella en “La Peluca De Alfred Chester”.

La basta capa de falso pelo naranja y amarillo se movió—haciendo más estrecha la frente de Chester, dejando al descubierto la nuca, bailando sobre la parte superior de sus orejas. Era osado, era entusiasta, su voz lo bastante alta hasta para un hombre sordo de un oido. Lo suyo era ambición. Era mi mitad secreta. ¡Era mejor que yo!

“Es suficiente. ¡Siéntate, Chester!, exclamó el señor Emerson. “Caballeros, nunca encontrarán una mujer que sepa escribir…”


Tras dejar la universidad de Nueva York, Chester se matriculó en un programa en Columbia, Massachussets, respondiendo a los deseos de su madre, que quería que “al menos” se hiciera profesor. No pasó mucho tiempo antes de que lo dejara para embarcar en dirección a París, donde alquiló una habitación en el Hotel de la Loire, cerca de la Sorbona. Al mes de su llegada se enamoró de Arthur Davis, un joven israelí de notable parecido con Marlon Brando y que era, para los devotos oidos de Chester, “sin discusión el más grande pianista desde Liszt”. Por desgracia para él, Arthur era heterosexual. O eso decía: al cabo de varias semanas de casto compañerismo, Chester se sintió tan frustrado que trató de estrangularle con una bufanda, un acto que pareció obrar el efecto deseado. Y que no debe considerarse extraño a tenor del romance que le siguió. “Da la impresión de que todo París sabe de nuestra relación, ya que caminamos por las calles cogidos de la mano”, escribió Chester. Y, una semana después: “Anoche, a la salida del Café Flore, sufrí un ataque de ira; grité y cojeé (me había torcido un tobillo intentando coger un autobús) arriba y abajo por el bulevar St. Germain con Arthur persiguiéndome ante el jolgorio de los transeúntes. Me paso el tiempo preguntándome cómo se llevarían George Sand y Chopin”.

Chester, que por aquel entonces firmaba sus cartas como “Earnest Hummingbird”, se dispuso a trabajar en una novela, y cuando el primer capítulo de El Arpa De Hierba de Capote se publicó en Botteghe Oscure, resolvió que la modesta revista sería un foro ideal para su propio trabajo. Su anciana editora, la princesa Caetani, rechazó su primer envío en una florida carta escrita de su puño y letra: su trabajo era “delicioso”, apuntaba ella, pero desgraciadamente no se ajustaba a las necesidades actuales de la revista. No obstante, dijo estar interesada en conocerle la próxima vez que viajara de Roma a París. Un mes más tarde Chester se encontraba almorzando con Caetani y su amiga Janet Flanner, corresponsal en París del New Yorker. Ambas le encontraron encantador. Caetani aceptó allí mismo “una agridulce narración corta” titulada Silence In Heaven, pidiéndole poder ver su trabajo a medida que lo fuera desarrollando con objeto de decidir su publicación seriada.


Chester con su peluca naranja. Un amigo dijo que parecía “una Bette Davis marimacho”. Foto de la colección de Robert Stead.

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Ella [Powdermaker]: Está usted hablando de mí.

Yo: Pero no con usted.

Ella: Me gustaría explicar que había una mujer aquí…

Yo: No soy esa mujer y no estoy interesado en sus justificaciones. Santo Tomás dijo que debemos reconocer el mal, no ignorarlo. Yo soy un hombre religioso y usted es el mal, una perra malvada y mezquina (creo que también la llamé malnacida, pero no estoy seguro).

Días más tarde, Edward Field, amigo de Chester, recibió el siguiente telegrama: “Me largo a Provincetown. Con cariño, Alfred”.

De regreso en Nueva York, el escritor localizó un destartalado ático con jardín en la calle Sullivan, en el Village, justo encima del teatro donde The Fantasticks empezó su carrera comercial. Decidido a mudarse allí, pese a que el casero pedía un alquiler exorbitado con la esperanza de atraer a un inquilino acaudalado que reformara el lugar, Chester se hizo pasar por millonario excéntrico vistiendo un traje de terciopelo y trayendo consigo a un amigo suyo “interiorista”. Juntos deslumbraron al propietario, que imaginó cocina, chimenea y baño nuevos y cuadros de Rothko y de De Kooning en las paredes. Con la cabeza dándole vueltas, el hombre aceptó dos meses de anticipo, que Chester consiguió que el Tribunal de la Vivienda rebajara a 52 dólares mensuales. Una joven Susan Sontag y su amante Maria Irene Fornés (a quienes él llamaba “la Société Anonyme des Lesbiennes”) fueron compañeras de piso de Chester en este paraíso bohemio; según el poeta Edward Field, las mujeres “se sentaban a sus pies como dos aprendices”. Más tarde Chester le consiguió a Sontag trabajo como crítica teatral en la Partisan Review, puesto desde el que alcanzó el éxito a raíz de su ensayo “Notes On Camp”. Chester, de carácter ambivalente con sus amistades (en especial cuando conseguían más fama que él), decidió que Sontag era “una puta cínica”, perdiendo rara vez la ocasión de acusarla: “¿Cómo te atreves a decir ‘tu amiga Susan Sontag’?”, escribió en una carta. “Rata, ella es mi enemiga. Ella es El Enemigo”.
 

El apartamento volvió a ser un lugar oscuro y ruinoso. Con el suministro eléctrico cortado tiempo atrás, Chester seguía al menos teniendo gas, ya que el contador estaba dentro y Chester no abría la puerta a nadie. Una empleada de la compañía telefónica le llamó para informarle de que la desconexión era inminente; Chester prometió pagar la factura en cuanto mejorara de su hepatitis, y la mujer, benévola, le garantizó una prórroga. El corazón de la empleada se endureció, no obstante, después de que Chester se pasara una noche entera conversando con un amigo de Londres. Con el gas como único suministro, también sin él se quedó cierto día en que oyó un ruido en el segundo piso del ático. Un empleado de la compañía y dos policías habían subido por la escalera de incendios y hundido la puerta. El hombre arrancó el contador de la pared y Chester se encontró sin suministros de ningún tipo.

En un momento de máxima necesidad, tanto su carrera como su vida afectiva se vieron súbitamente rejuvenecidas. Su sañuda crítica de Pigeon Feathers, de Updike, publicada en julio de 1962 en Commentary fue motivo de vivo debate, y de la noche a la mañana Chester se convirtió en una presencia casi ubicua. Los editores le dieron carta blanca para reseñar lo que le pareciese, pasado o actual, y así pudo Chester ajustar varias de sus antiguas cuentas: de Henry Miller, por ejemplo, diría “un donnadie cuya falsa actitud revolucionaria no se puede sentir en profundidad en este mundo nuestro lleno de reinonas con desesperada necesidad de sementales y arietes filosóficos”. Ese mismo verano, Chester se enamoró pasajeramente de un beatnik itinerante llamado Extro Emen (un nom d’amour), de quien un amigo dijo que tenía “el rostro de un ángel de Fragonard [y] el cuerpo de una estrella del rock”. Por lo demás, el joven era bastante vulgar y no muy inteligente, pero como Chester insistiría siempre, “La inteligencia no tiene nada que ver con el amor. Para conversar ya tengo a mis amigos”. El romance expiró pocos meses después en Veracruz, cuando Extro empezó a mascar dientes de ajo para mantener alejados los besos de Chester. Los dientes cariados y marrones de éste emitían un hedor peor que el olor a ajo.

A semejanza del poeta Byron, Chester regresó a Nueva York convertido en una celebridad; o, al menos, en una persona reclamada. “Los editores me persiguen”, le escribió a Paul Bowles, a quien había conocido el invierno anterior. “Estuve almorzando con Jason Epstein [de Random House] ayer; éramos como dos judíos de la industria textil tratando de quedar como el más listo de los dos. Creo que empecé a sacarle ventaja cuando le dije, ‘que te jodan, si no quieres publicarme, los demás sí”. Epstein le dió 2500 dólares de adelanto y Esquire incluyó a Chester en una lista de “los autores más relevantes”. “Quiero ser increíblemente famoso”, se regodeó él, “y pronto, y rico, y pronto”.

Lo primero, como mínimo, parecía a su alcance. La Partisan Review le persuadió para que trabajara para ellos como crítico teatral (“ciñéndome la vieja faja de Mary McCarthy”) prometiéndole pases gratuitos para él y sus amigos. Su fama pronto se extendió entre los habituales de las salas: si le desagradaba de veras una obra, se dirigía directamente a los actores sugiriéndoles líneas alternativas a las del guión. Ni falta hace decir que a menudo se le expulsaba de la sala, a menos que la obra fuese tan mala que el público prefiriese escucharle a él, como a veces sucedía.

Sin embargo, y a pesar de gozar de la fama que durante largo tiempo había perseguido, no era Chester un hombre fácil de contentar. En verano de 1963 se fue sin previo aviso a Marruecos, aceptando la invitación de Paul Bowles de vivir allí. Destrozó el mobiliario de su ático y quemó los restos en la chimenea, vendiendo después al New Yorker la historia (“Bed And Boards”) de una pareja casada que hacía lo mismo. Se encargó asimismo de quemar puentes: “Estoy algo deprimido”, escribió a un amigo, “porque ayer di una fiesta y hoy me he enterado de que hice las siguientes cosas que no recuerdo: morder un dedo a Muriel hasta el hueso, abofetear a Jay, morder tan fuerte a Dennis Galvin en el antebrazo que aún le duele, destrozar las valiosas tazas de té de Walter, intentar hacerle una paja a Jerry Rothlein, tirarle un Bloody Mary a Dennis Selby y después intentar tres veces arrojarle por la ventana, ponerle la mano en el coño a una chica llamada Sally y arrojarles zumo de lima a todos a los ojos”.



Chester en Marruecos con sus amigos Neil Derrick y Edward Field, 1964. Por entonces su peluca había ardido en un accidente de cocina. Foto por cortesía de Edward Field.

Paul Bowles comentaría más tarde que nunca había visto a nadie adaptarse a la vida en Marruecos tan rápido como Alfred Chester, que se había “casado”, o así lo dijo él, unos días antes de su llegada. Edward Field y Neil Derrick habían viajado desde París para coincidir con el barco de Chester a su paso por Gibraltar. Los tres tomaron el ferry hasta Tánger y, desde allí, un taxi hasta la aldea de Asilah, a 32 kilómetros de distancia. Bowles les llevó a la playa esa tarde, a la hora en que los botes de los pescadores llegaban para descargar las capturas del día. “Aquel pescador alto llegó caminando por la arena”, recordaba Field, “sosteniendo un pez enorme en una mano. 19 años, y muy guapo, con una expresión de ferocidad. Paul se lo presentó a Alfred. Su nombre era Dris”. Dris era tan poco brillante como Extro Emen y de largo mucho más macarra, pero sabía algo de español. Y, al menos en un aspecto muy concreto, el que más le interesaba a Chester, estaba tremendamente bien dotado. Cuando sus amigos le preguntaban cómo era tener sexo con el “nazareno” (no musulmán) sin pelo, Dris gruñía: “es como follarse a un niño”.



Los primeros meses Chester y Dris compartieron una lúgubre casa alquilada cerca de la de Bowles, en Asilah. Vivir en Marruecos era barato, lo cual permitía al escritor mantener a su servicio doméstico (incluyendo a una criada/bruja) con los cien dólares que percibía cada mes por su columna en el New York Herald-Tribune Book Week. Y aunque su amistad con Bowles empezó pronto a agriarse (“una reinona vieja y seca”, le llamaría), Chester halló una especie de alma gemela en la esposa de Bowles, Jane: los dos eran homosexuales judíos que se consideraban a sí mismos freaks—Jane, que cojeaba de una pierna, se llamaba a sí misma “la bollera de la pata chula”—, y a ambos les atraía lo surreal, tanto en la vida como en el arte. Y ambos llevaban años volviéndose locos lentamente.

Chester dejó Asilah en octubre, incapaz de resistirse a un enorme apartamento a las afueras de Tánger cuyo alquiler ascendía a sólo 30 dólares al mes. Lo que más le atraía era su terraza del tamaño de una pista de tenis, con una espectacular vista de las colinas y del cosmos detrás de ellas. El tiempo que no pasaba ante su máquina de escribir lo empleaba en tomar el sol en la terraza, bebiendo ron y fumando kif. “¡Largo!”, decía cuando una nube se interponía entre él y el sol. “Vete a molestar a Paul Bowles”. Su aparente bienestar, no obstante, se iba progresivamente enturbiando: las drogas y el alcohol alimentaban su paranoia, y las voces en su cabeza hablaban cada vez más alto.

“Aquí no tengo amigos”, escribiría en febrero, después de que los Bowles empezaran a mantenerse a distancia. “Por el día, trabajo, y por la noche, Dris. Y droga”. Sintiéndose solo, Chester tomó por costumbre pasar el rato en el “Palacio de los Murciélagos”, un lugar cochambroso y medio en ruinas cerca de la medina en el que vivían despreocupados unos beatniks. Allí se sentaban todo el día a fumar kif, tomar ácido y debatir con tono plomizo sobre misticismo y política. Chester los encontraba ridículos y así se lo dijo. “Creen que son revolucionarios”, escribió a un amigo, “cuando en realidad son unos egoístas niños de papá que sólo piensan en sí mismos. América no alumbra revolucionarios, es demasiado lista para eso. Yo soy el único revolucionario americano que hay en este planeta”.

Su locura empezó a cobrar ventaja. Convencido de que un libro que había comenzado a escribir sobre sus fantasías estaba destinado a ser una obra maestra, decidió no seguir malgastando energías redactando criticas literarias, y le pagó 500 francos a la bruja de Asilah para que lanzara un hechizo a su madre que la obligara a mandarle dinero. También le envió una carta a Jackie Kennedy pidiéndole que fuese su mecenas. “Tengo miedo”, le escribiría a Field más tarde. “¡Imagínate, mandarle una carta a Jackie Kennedy! ¿No te parece que estoy loco?” Un día irrumpió en el piso de Paul Bowles acusándole a gritos de crear rumores sobre él y de haber arruinado su vida en Marruecos. Bowles señaló en una carta a Ira Cohen, uno de los moradores del Palacio de los Murciélagos, que estaba hasta las narices de las insensateces de Chester y que le había borrado de su lista de amigos. Cohen, bromeando, le enseñó la carta a Chester, que se la arrebató de las manos para después arreglar un encuentro con Jane en un parque público. “Iré directamente al grano”, dijo él. “Quiero diez mil dólares, o si no…” La mujer quedó perpleja al decirle Chester que tenía intención de acusar a su marido y a ella de asesinos ante el cónsul. “Pero Alfred”, respondió Jane, “yo te aprecio”. “¡No me vengas con esas mierdas!”, rugió él, y se marchó dejándola plantada en medio del parque.

La cordura de Chester sufrió otro golpe al quedarse sin su peluca, en la que una noche prendió fuego accidentalmente mientras encendía el horno. El escritor logró quitársela antes de que le quemara el cuero cabelludo, pero para cuando logró sofocar el incendio la mayor parte de las fibras de plástico se habían fundido. Chester optó por llevar una especie de gorra llamada tageeya, una solución no mucho mejor que los ajados fedoras de antaño, y finalmente se decidió a mostrar su cabeza calva al mundo. Un día los Bowles fueron a su casa y le encontraron tirado en el suelo, mirando fijamente al techo. Ninguno de los dos comentó la novedad de su calvicie al descubierto, y Chester, furioso, les acusó de ser unos esnobs.

Behold Goliath, la antología de relatos publicada en 1965, fue un fracaso comercial tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos (“una escritura colapsada en el trastorno mental y el éxtasis homosexual”, decía una representativa reseña aparecida en Harper’s), aunque para entonces Chester se había convencido a sí mismo de que su novela, The Exquisite Corpse, redimiría su reputación y más. Estaba pendiente el manuscrito de encontrar editor en los USA cuando su vieja amiga Susan Sontag, famosa ahora como “la reina del camp”, llegó ese verano de visita. A Sontag le resultó chocante el deterioro de su amigo y mentor: primero él la acusó de intentar seducir a Dris, y después le propuso matrimonio; dijo que su cerebro había sido destruido por los rayos-X y que el consulado americano le estaba espiando, y en un ataque de pánico quemó todas sus cartas y diarios. “¿Siempre es así?”, le preguntó Sontag a Ira Cohen. La noche en que ella se marchó, al apagarse las luces en el vecindario de Chester, el escritor creyó que había sido ejecutada. “Desgraciadamente, no lo fue”, escribiría más tarde. “Ahora vive en Nueva York, y se introduce peines en el culo para incrementar la actividad intelectual”.

Su casero, entre tanto, había solicitado al gobierno marroquí que le deportara. Una de las habitaciones de su casa de alquiler estaba llena hasta el techo de naranjas podridas, y había derribado una pared para así salir más fácilmente y poder atrapar, y golpear, a los niños que molestaban a sus perros y, en general, hacían mucho ruido. El vecindario al completo estaba por su causa al borde del tumulto. Así, en diciembre de 1965, la policía condujo a Chester hasta el ferry, siendo sus perros Columbine y Skouras sacrificados por las autoridades.


 

De regreso en Norteamérica, el escritor telefoneó desde el aeropuerto JFK a su amiga Harriet Sohmers, pidiéndole que le alojara unos días. Ella aceptó encantada pues así podría conocer a su ahijado Milo, de dos años, con quien ella estaba embarazada cuando Chester se marchó a Marruecos. “Y ahí estaba mi querido Chester, bronceado y sin peluca”, recordó ella posteriormente. “Más delgado, de aspecto más duro y con la locura brillando en sus ojos pálidos”. Él hablaba sin cesar de los Volkswagens verdes que le seguían dondequiera que fuese, de que alienígenas estaban utilizando su cerebro como receptor de radio, y más cosas por el estilo. Un día la acusó de haber registrado su habitación; ella, tras asegurar a su pequeño en su silla, se enfrentó a Chester con un enorme cuchillo de cocina que escondía a sus espaldas. Actúa con cordura, le ordenó, o márchate.


Chester se trasladó a un apartamento en un edificio sin ascensor en el 71 de St. Mark’s Place, donde empezó a trabajar en su novela The Foot, un recuento fragmentado de sus vidas, pasadas y presentes. “Los camiones de bomberos y esos aullantes coches rojos”, escribió, “están en la esquina de First Avenue con St. Mark’s Place. Una histérica imitación de mi vida interior”. El escritor le rogó a su madre que le diera dinero para comprar unas cortinas que amortiguaran el ruido; al negarse ella, Chester le atacó. Mejor dicho, atacó al acompañante que ella había traido para el encuentro con su hijo. Enfrentado a una denuncia, Chester tuvo que verse las caras en los juzgados con toda su horrorizada familia. “Me resultaba difícil contener la risa”, dejó él escrito en unas notas. “La mamaíta con vestido de punto y su leal, amante prole y, en el lado erróneo de la mesa, yo, el monstruo asesino”. Se le conminó a seguir tratamiento psiquiátrico, comenzando sus sesiones con la reputada Laura Perls.

No todo era negativo: Simon & Schuster aceptó su novela. Richard Kluger, el editor de Chester en Book Week, se había unido a la firma y persuadido a su jefe, Robert Gottlieb, de que The Exquisite Corpse era la estrafalaria obra de un genio. Ambos estuvieron de acuerdo en que el libro sería difícil de vender, y a Kluger le reconfortó saber que la eminente Susan Sontag era una gran admiradora del trabajo del autor. Durante un almuerzo con Kluger, sin embargo, Sontag rechazó con firmeza que su nombre se asociara en modo alguno con el de Chester. “Estoy harta de ser la madre protectora de los homosexuales de América”, expuso. Publicada el año siguiente, The Exquisite Corpse pasó desapercibida.

Chester no esperó a ver los resultados. Tras haber recibido su herencia, esperada durante largo tiempo, el escritor comenzó a vagar alrededor del mundo en busca de un lugar seguro en el que instalarse. Diana Athill, su editora en Deutsch, se lo encontró un día sentado en su oficina en Londres, encorvado y con la mirada fija. Él le preguntó si tenía algo que pudiera mecanografiar para ella, y después, “¿Podría llamar al primer ministro y decirle que pare?”. El gobierno británico no dejaba de molestarle, explicó. Las voces no cesaban. La peor parte llegó al convencerse Chester de que, en realidad, él nunca había existido, y que el conjunto de su trabajo lo habían escrito unos misteriosos Otros. Cuando Athill, con tacto, le preguntó qué le había traido a Londres, Chester le dirigió una mirada pétrea. Ahí estaba él, como Athill bien sabía, por lo que ella le había dicho en Fez. “Oh, claro que has estado”, dijo Chester cuando su editora señaló que jamás había estado en Fez. Athill lo dejó correr y le entregó un manuscrito para que lo pasara a máquina (Chester creía que mecanografiar le ayudaba a sofocar las voces). Después, arregló para él un encuentro con el doctor R.D. Laing en su Tavistock Clinic, en el East End. Antes de dejar la oficina, Chester le devolvió el manuscrito, mecanografiado impecablemente.

Norman Glass, un amigo que vivía en Londres, fue a visitarle a la clínica de Laing. Chester, quizá fuertemente sedado, apenas pareció reconocer a Glass. Caminaba arrastrando los pies, y el único signo de emoción que demostró fue una risita nerviosa al mencionar que le había arrojado un tazón de cereales a otro paciente. Glass, al despedirse, abrazó a Chester, “pero eso me provocó una enorme pena”, recordaría él, “pues su única respuesta fue una absoluta falta de respuesta. Tuve la extraña sensación de estar tocando algo duro como la piedra pero, al mismo tiempo, horriblemente blando”. Cuando Glass regresó días más tarde, Chester dijo que Brian Glanville, de la BBC, le iba a entrevistar, y le propuso a su amigo que se afeitara la cabeza, cambiara la nariz y fuese en su lugar. Finalmente acudieron los dos. “¿Representa Norman Mailer a la juventud americana?, preguntó Glanville, afable, a su invitado. “No, no lo hace”, entonó Chester. “¿Lee mucha gente de color a James Baldwin?” “No, no lo hace”. La entrevista, por fortuna, duró poco, y Chester regresó a la clínica.

Semanas más tarde estaba de vuelta en Marruecos, donde alquiló una casa de campo cerca de otra, propiedad de la heredera del emporio Woolworth, Barbara Hutton. A Paul Bowles no le impresionaba la excentricidad en aumento de Chester: “Alfred todavía está colgado con lo de la pérdida de identidad”, comentó. Bowles parecía considerar a Chester poco más que como un freak ligeramente curioso. “Vamos a ver cómo le va a Alfred”, le propuso entre risas a su amigo John Hopkins una noche. Le encontraron vistiendo una especie de tanga, durmiendo en el suelo de una habitación encalada en compañía de una nueva pareja de perros que, según Hopkins, “se meaban y cagaban sobre él”. Un fuego enorme se alzaba hasta casi tocar el techo. Cuando Bowles y Hopkins se disponían a partir, Chester fue tras ellos recriminándoles que no le hubieran invitado a una fiesta. “Su aspecto y comportamiento eran muy extraños”, dijo Hopkins. “Estaba tan empapado en sudor que no podía asegurarse que fuera humano”. Al poco tiempo Chester derivó hacia un grupo de “viejos yonquis franceses, alcohólicas y maricas”, como Bowles los describiría. Retomó asimismo su amistad con Jane Bowles, quien por aquel entonces estaba también casi completamente loca. Su estancia en Marruecos duró hasta mayo de 1968, cuando fue expulsado del país a perpetuidad.


“La idea de Israel me ha acompañado cierto tiempo”, escribió Chester, “una especie de latente, tibia esperanza de que hubiera en este planeta un lugar en el que se reuniera la gente que ha sufrido para protegerse los unos a los otros del dolor y la persecución: un lugar en el que reinara la bondad”.

No lo iba a ser. En agosto de 1969, tras un infeliz año en Brooklyn Heights, Chester y sus perros se mudaron a la planta superior de una enorme casa vacía, propiedad de la Iglesia Protestante, al este de Jerusalén. No pasó mucho tiempo hasta que los niños empezaran a congregarse ante la verja de espino para molestar a los perros y poner frenético a su dueño. Como siempre, el ruido del tráfico era un problema, y las cáusticas cartas que Chester le envió a Shimon Peres, entonces ministro de transportes, no fueron de gran ayuda.

Chester encontró un único espíritu amable en Jerusalén, una sola persona que le brindara apoyo frente al dolor y lo que él percibía como una persecución. Robert Friend, un poeta de la facultad de la Hebrew University, casi llegó a conocerle un año antes en Nueva York, animado por sus “obsesionados” amigos comunes Edward Field y Neil Derrick, “Me contaron anécdota tras anécdota”, recordaría Friend, “todas ellas presentando a Alfred como un adorable monstruo de leyenda, demasiado fabuloso para no ser cierto”. Friend se sintió intrigado pero, en su momento, decidió no conocerle en persona. Chester, sin embargo, había oido también hablar de él, y un día del verano de 1970, desconsolado, le hizo una llamada.

Field y Derrick no habían exagerado, como Friend pronto descubriría. Aunque Chester, a causa del coñac y los barbitúricos, a menudo apenas podía hablar, dejó en Friend la impresión de ser una criatura fascinante, “alguien en quien nada se ha perdido”, como diría Henry James. Hablaba con dubitativa, arrastrada voz, haciendo muecas con cada súbito destello de lucidez, desviándose en laberínticas digresiones sin llegar nunca a perder del todo el hilo de la conversación. Decía siempre lo que pensaba, fuera lo que fuese: “Tu prosa es decepcionante”, anunció tras leer una disertación de Friend sobre E.M. Forster. Friend alababa con sinceridad el trabajo de Chester, y a cada alabanza éste respondía “¡la literatura es una mierda!, un lema que llegó a hacerse constante. Chester pasaba sus horas de lucidez leyendo novelas de detectives y escuchando a Bach; lo poco que escribía, carcomido por la desesperación, carecía de vida y de humor.

Había días malos y días peores. En cierta ocasión en que Friend llamó al timbre de Chester, un ojo de mirada salvaje le miró desde la puerta entreabierta. “No te puedo permitir entrar”, farfulló Chester. “Pero Alfred, soy tu amigo”. “Mis voces me ordenan que no te deje pasar”, y cerró de un portazo. Otras veces Chester intentaba articular su terror. Según él, el mundo estaba prisionero dentro de una botella, y Vigilantes que nunca dormían le observaban; también que su vida se proyectaba en una pantalla. Asi y todo, la mayor parte del tiempo estaba simplemente taciturno. Ya hacia el final, llamó un día a Friend para anunciarle que su madre había fallecido el día anterior; había guardado luto toda la noche, dijo con tranquilidad, pero ahora el duelo había terminado. Parecía resignado.

La crisis definitiva llegó el siguiente verano. Con su contrato de arrendamiento a punto de expirar, la perspectiva de tener que mudarse otra vez era más de lo que Chester, necesitado de tranquilidad y un jardín para sus perros, parecía poder soportar. Todos los días cogía un taxi que le llevara de este a oeste de la ciudad, en una búsqueda sin resultado de un nuevo hogar. Durante dos semanas desapareció por completo. Más tarde se supo que había volado con sus perros a Atenas, sólo para averiguar que tampoco allí había nada para él. Con sólo unos días de margen, Chester encontró por fin una casa en un lejano suburbio. Lejos de parecer aliviado, hablaba del traslado como del último paso hacia el olvido. “¿Irás a visitarme?”, le preguntó a Friend una y otra vez. Éste estaba lo bastante preocupado como para rogar a la nueva vecina de Chester que le llamara en caso de emergencia.

La mujer sólo tardó un par de semanas en llamar. Chester había muerto. Le explicó que, al extrañarse del terrible hedor que emanaba del apartamento, avisó a la policía. Forzaron la puerta, encontrando a Chester en la cocina en medio de un montón de botellas vacías. Una vez el cuerpo fue retirado, se atrajo a los perros, Momzer y Towzer, tentándoles con cabezas de pollo envenenadas. Los animales las olisquearon indecisos, devorándolas finalmente.

Entre los papeles de Chester se encontró un postrer ensayo, Letter From The Wandering Jew. Finalizaba con lo que tenía aspecto de ser una nota de suicidio: “Con seguridad la muerte no es un sueño… y en verdad existe un lugar fuera de todo tiempo y de todo espacio, pacífico y sin sonido, la utopía definitiva, la libertad eterna, el final de la búsqueda de bienestar y de hogar”.

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