LA JUSTICIA POR ‘LA MAMMA’

«Este cuerno es un souvenir que compré en los 70. Me había olvidado de que lo tenía, hasta que un día lo vi y pensé, «»Esto es lo que necesito para combatir el crimen!»

Puede que se esté acercando una nueva edad de hielo pero para esta milanesa, «el gran frío» siempre será el enero de 1985, cuando nevó sin parar durante tres días y la ciudad se colapsó debajo de más de dos metros de nieve. La nieve destrozó el tejado del glorioso Palasport, sólo dos semanas antes de que U2 fuera a ofrecer allí su primer concierto en Italia.

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El 21 de julio de ese mismo año, cuando 60.000 personas llenaron el estadio de San Siro en el primer concierto de Bruce Springsteen —the Boss— en Italia, en Comasina, parecía que no había dejado de nevar. Comasina era famosa por ser tener la plaza con el mayor mercado de droga de todo el norte de Italia, era famosa por la cocaína pero sobre todo por la heroína. Los drogodependientes solían venir incluso desde Suiza para comprar y consumir en la propia plaza.

Los habitantes de Comasina se resignaron a vivir en este estado tan lamentable hasta que, en verano de 1985, camellos y personas turbias se toparon con un rival peligroso e inimaginable: una viejecita cabreada llamada Lina Marangoni —más conocida como Linona. En esa época, Lina tenía 59 años y se acababa de jubilar después de trabajar toda la vida en la fábrica de neumáticos de Pirelli en Milán. Ahora Linona tiene 83 años y vive en Rho, una zona que bien podría ser el marco de Novecento, la película de Bertolucci. Cuando la conocí, me ofreció tres chupitos de Limoncello a las 11 de la mañana y, como era cumpleaños era tres días después, no dejó de repetirme que iba a preparar raviolis ante la inminente visita de sus nietos. Es la abuela más entregada que he conocido nunca. Esta es su historia.

Vice: Hola Lilona. Cuéntame, ¿cómo era Comasina a mediados de los 80?

Lina Marangoni: No hay mucho que contar. Era terrible. Siempre teníamos miedo de salir de casa, incluso durante el día. Nunca sabías qué podía pasar. Un día, abrí la puerta principal de mi casa y vi a un niño muerto encogido. Llevaba horas muerto y nadie había hecho nada. Los drogadictos estaban por todas partes. Incluso en los patios, portales, escaleras, por todos los edificios. Dormían en sacos de dormir y hacían sus necesidades en la calle. El suelo estaba lleno de jeringas. Había más jeringuillas que cacas de perro. Y nadie, ni siquiera la policía, hacía nada.

¿Les daba igual?
La verdad es que sí, les daba igual. O por lo menos, no actuaban como debían. Un día un policía vino a felicitarme por lo que había hecho. ¿Quieres saber qué le respondí? «¡A la mierda tus felicitaciones! ¡Si hubiera esperado a que tú hicieras algo, nada se habría solucionado!»

Así que, ya que nadie hacía nada, usted decidió dar el primer paso.

Eso es. Estaba harta. ¡En el barrio no había nadie que tuviera los cojones de hacerlo! Una noche, no pude más. Salí a la calle para echarlos, sobre todo a los camellos. Ellos eran el auténtico problema. Salí a la calle y empecé a gritar a todo el mundo, para que se largaran. Les grité a la cara pero como era la única, no pude hacer mucho. Entonces un día, después de hacer lo mismo todas las noches, me acordé de este cuerno que me había comprado como souvenir. Y pensé, «seguro que esto puede hacer bastante ruido…» Así que cogí el cuerno y un par de campanas y volví a salir. Soplé por el cuerno y monté un auténtico cipostio. Entonces mis vecinos salieron y comprendieron que por fin alguien intentaba arreglar el auténtico desastre, como si el cuerno los hubiera avisado.

Después de eso, ¿tus vecinos salieron a ayudarte?

Al principio éramos muy pocos, pero después empezamos a ser más y más. La mayoría eran ancianos del barrio, a veces mayores que yo. Había un hombre muy curioso que tendría unos ochenta años pero era más valiente que todos esos jóvenes. También me acuerdo de un señor llamado Maciste, un taxista que era tan grande como dos hombres juntos. Al final éramos 14 o 15 así que montamos un buen grupo, ¿no crees?

Bueno, parece que hicisteis un buen trabajo.

Recuerdo una señora que solía llevar su monedero lleno de llaves. Lo hacía para protegernos si nos amenazaban. Como la noche que vi a dos tipos con muy mala pinta que estaban dentro de un coche en la puerta de mi casa. Me enfrenté a ellos y les pedí que se marcharan, y mientras se iban dijeron «No se preocupe señora, somos de la policía». Entonces les dije, «A ver, ¿de qué vais? Quizás no tenga el graduado escolar pero no soy estúpida, os he visto vendiendo drogas a los pobres críos!» Cuando se bajaron del coche para amenazarme, soplé por mi cuerno y Maciste y los demás vinieron, así que ¡echaron a correr!


«Pensé en contestar a Vallanzasca, quizás enviarle una felicitación por Navidad, pero ha cambiado tantas veces de cárcel que nunca sé a qué dirección enviarla».


¿No tenía miedo?

Claro que sí, pero he tenido un par de cojones desde que era niña. Cuando tenía 11 años, era comunista, como mi padre. Igual me acercaba a los camisas negras, que tenían un pequeño bordado rojo en el uniforme y les decía, «¡Eh, moro. Eso rojo que llevas es lo mejor de que tienes!» ¡Podían enviarte a un campo por algo parecido! Pero, de todas formas, cuando patrullaba las calles, muchas personas me adoraban y me protegían. En el barrio, todos me conocían y me llamaban Lilona [Gran Lina] porque estaba un poco regordeta. Después, como mi marido estaba todo el día intentando calmarme, dejé de salir durante un tiempo. Seguía mirando por mi ventana y si veía llegar a la furgoneta con el cargamento de droga, soplaba por mi cuerpo para avisar a mis «muchachos».

Bien, así fue como echaste a los camellos… ¿y qué pasó con los drogadictos?
Ellos eran el auténtico problema porque aunque hacían daño, eran tan pobres y desdichados que se me partía el corazón sólo con mirarlos. No queríamos echarlos, solamente queríamos que dejaran de estar en las calles. Les indicábamos donde estaba la iglesia más cercana y más sitios donde podrían conseguir ayuda, pero siempre la rechazaba.

¿Alguna vez te has preguntado por qué son las personas mayores las que participaban en tu causa y no los jóvenes?

No lo sé. Quizás los jóvenes no tengan cojones. Al mismo tiempo, los jóvenes no se identificaban tanto con el barrio como nosotros. Para nosotros, era como si toda esa gente estuviera meando en nuestro salón. Para los críos era distinto, sólo volvían a casa por las noche.

¿Cómo era Comasina antes de eso?

Era un barrio humilde, ¡pero estaba bien! Todo el mundo se conocía. Todos los domingos nos encontrábamos con nuestros amigos en el parque, jugábamos a las cartas, llevábamos a los niños. Nuestros hijos crecieron juntos, aunque algunos terminaron mal por todo eso de las drogas.

Por lo visto, a finales de los 70 Camasino era la sede de Renato Vallanzasca –el legendario y controvertido Robin Hood a la italiana. ¿Qué sabes de él? ¿Le conociste?
No, nunca le conocí. Sé que hizo muchas cosas malas, que robó y asesinó a muchas personas. Pero he de contarte algo: cuando su banda andaba por nuestro barrio, nadie lo notaba. No era nada comparado con el problema de drogas que tuvimos que resolver ahora.

Por lo visto te escribió una carta.
Sí, me envío una carta desde alguna cárcel de todas las que ha estado. Había oído hablar de mí en las noticias. Me habían entrevistado en esa época.

¿Cómo reaccionaste al leerla?

Al principio, me sorprendió y pensé, «¿Qué quiere de mí»? Después, como no entendía su letra, le di la carta a mi vecina y le pedí ayuda. Me la leyó en voz alta. Vallanzasca me felicitó por limpiar las calles que tanto amaba, incluso si no había crecido allí. Decía que tenía más cojones que muchos jefes y bandidos con los que había tratado a lo largo de su «carrera» También me pidió que le disculpara por tomarse la libertad de escribirme, y que no pensara mal de él por lo que había hecho en el pasado. Quería que supiera que estaba muy en contra del tráfico de drogas, porque un buen hombre podría ganarse la vida lejos de ese negocio. Al final, me pedía que no le contara a nadie que me había escrito. Bueno, le di la carta a mi vecina, que era una cotilla de cuidado, y cinco minutos después todo el vecindario sabía de la existencia de esa carta. Me llamaban «la amiga de Vallanzasca» pero ¿sabes qué? Creo que estaban celosos, sobre todo las mujeres. Vallanzasca era un hombre muy guapo. No le llamaban «il Bel René» [el bello René] por casualidad.

¿Hiciste algo parecido después de eso?
No, a veces otras personas de barrios con problemas similares como Quarto Oggiaro me pedían ayuda. Querían que fuera y aplicara mi método.

¿Y fuiste?

¡Claro que no! Les dije «cuidad de vuestro vecindario, como yo cuidé mi barrio». No voy a trabajar en casa de otras personas.

La habitación de Lina Marangoni. Lina demuestra que la generación de nuestros abuelos es de lejos la mejor y se caga en todas las demás.

CESARE ALEMANNI

FOTOS DE LELE SAVERI

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