En Nairobi los niños viven entre la basura

“Vivir en la calle es difícil: algunas veces uno se va a dormir con frío y hambre. La policía no respeta a quienes viven en ellas y somos tratados como animales. No hay un lugar donde dormir, no hay donde correr ni donde escapar, solo nos queda seguir viviendo en la calle”, dice un joven que fue rescatado por Jack Matika, un educador que trabaja para Comunidad Koinonia y Amani, dos ONG que luchan por salvaguardar la vida de los menores que viven en las calles de Kenia

Junto con Jack, que tiene como misión recorrer Nairobi en busca de “estos indefensos niños y niñas”, nos dimos a la tarea de documentar los lugares, las familias y las vidas de estos menores que diariamente pisotean, con o sin zapatos, los pavimentos de una sociedad que vive cegada ante una realidad que salta a la vista.

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El mal estado de las vías hace saltar al matatu, como se conocen acá a los microbuses; todos buscamos guardar el equilibrio envueltos en el ensordecedor sonido de canciones reggae, que popularmente son escuchadas a todo volumen en el transporte público. Jack, entre grito y grito, intenta explicar que son más de 350.000 los niños que viven en las calles de Kenia. Una cifra que toma aún más relevancia cuando la mitad de estos menores intentan sobrevivir solo en Nairobi.

Desde el matatu hasta donde la vista alcanza, se desprende un barrio de casas, muchas de ellas hechas en barro o latas, en el que la sombra de la desventura sobrevuela por donde se mire. El carril de un tren se deja ver por medio de algunas casas, mientras montañas de basura resaltan en varios puntos. A primera vista resulta difícil procesar toda la información: hay que mirar dos o tres veces, prestar atención, oler y escuchar el monstruo que vive en aquél lugar conocido como Kibera, un barrio marginal ubicado a pocos kilómetros de Nairobi. Solo en este sector viven más de un millón de personas, las cuales están sumidas en la miseria: sin servicios públicos, sin asistencia médica y sin ninguna señal de que en aquél lugar el Estado tenga alguna presencia. Ver por primera vez Kibera deja a cualquier persona con una expresión de desconcierto en la cara, pero caminar por dentro de aquél laberinto de casas, deja a cualquier ser humano con el corazón roto.

Nos detenemos y caminamos por el barrio. La basura resalta como alfombra bajo los pies, ríos negros hacen que caminar sea riesgoso, los malos olores golpean una y otra vez las fosas nasales, y la vista se torna nítida ante una belleza inhumana. Las sonrisas de quienes habitan las casas de Kibera dejan paso a los gritos de niños que en coro gritan “¡mzungu, mzungu!” (haciendo referencia al color de la piel de una persona de color blanco) y sueltan carcajadas al ver nuestras sonrisas que se cruzan y se estrellan de persona a persona.

Se pierde rápidamente la orientación, y el sitio se convierte en una trampa si no se sabe por dónde salir. Quien se aventure sin un “guía” puede ser presa fácil del crimen organizado que habita en los corredores de Kibera. Mientras bajamos montañas de barro e intentamos no caer en el algún charco nos detenemos en frente de lo que parecen unos aseos públicos, una línea de diez cubículos que desprenden un olor que aleja a cualquiera que sienta la necesidad de usarlos. “Hay un baño por cada mil personas”, apunta Jack, mientras nos alejamos tan rápido como podemos de aquel hedor.

Frente a dicha problemática, los habitantes en Kibera han creado un sistema de baños voladores o “flyingtoilets”. “Es muy difícil, porque algunas veces uno tiene visitas en la casa, y uno no puede hacer sus necesidades. Se tienen que hacer dentro de la casa, en esas bolsas, luego salir y tirarlas en algún sitio sin que nadie vea, eso son “flyingtoilets”, es muy difícil vivir así”, dice una madre que vive en una pequeña casa, donde paga mensualmente KES1000 (alrededor de 11.5 dólares americanos) al mes, con cuatro niños, su esposo y sin baño.

Es fácil encontrar menores jugando en pequeños ríos que cruzan Kibera. Aguas contaminadas que traen consigo cólera y tifoidea, enfermedades que terminan con estos niños.

Kibera no es el único barrio marginal, aunque sí el más grande. Los cordones de pobreza y miseria en Nairobi son de tales dimensiones, como las burbujas en las que viven los adinerados de este país.

Llegamos a uno de los “puntos calientes”, como los suele llamar Jack, en donde un grupo de veinte jóvenes, todos ellos varones, de entre 7 y 20 años, se sientan alrededor del fuego, fumando y aspirando alcohol por medio de un calcetín. Se alegran al ver a Jack, y saltan a recibirlo.  Después de unos minutos de recibir quejas y penurias que devienen de una vida de calle, Jack los toma uno por uno y los mira, los examina con caricias, y tira uno que otro chiste para bajar los ánimos. Hay algunos menores que se prenden otro cigarrillo con deseo, intentando ahumar el estrés producido por las acusaciones de algunos de sus compañeros, pues en la noche anterior hubo quien no compartió el calor de una manta rígida bañada en mugre, y el frío castigó  las espaldas de algunos de ellos, que con justa razón señalaban al culpable con alaridos de “fue él, fue él”. Pero no es el momento de ser juez en semejante escenario, cuando es el hambre la que rasguña los estómagos ennegrecidos por la suciedad en la que estos jóvenes viven. El enfado da paso a la felicidad cuando Jack dice que los invitará a una taza de té, y a comer huevo con chapatti.

Muchos de estos menores llevan cinco, seis o incluso siete años viviendo entre la basura. Mientras esperan sentados en el comedor, el cocinero no da abasto en preparar comida. Se sirven los pertinentes platos con sus respectivo té. Como si de una prisión se tratase, se come con los codos en la mesa, con siete ojos y treinta manos, no sea que “alguien” le dé por robarse un pedazo de comida del plato. Todo el grupo parece inmerso en un ritual sincronizado, de pasos consecutivos: un par de bocados, un sorbo, aspirar alcohol, otro sorbo, otra aspirada, otro bocado, otra chupada al calcetín impregnado de alcohol. Alguno que otro se acerca a mostrar los dientes negros, consumidos por el petróleo que muchos ponen en sus bocas para poder olvidar las penas de una vida que patea y pisotea niñas y niños.

Dentro de estas comunidades de críos, existe un sentimiento de solidaridad que nace de manera natural, o dicho en otras palabras, que emerge de la necesidad de supervivencia. Se vive en una hermandad que cae precipitadamente en el abismo de lo inhumano. 

En el conteo que hace Jack, observa que hay tres niños nuevos en la pequeña manada, y llama a quien él conoce como “themanwhokilledthedeadlion”(el hombre que mató al león muerto). Con los ojos abiertos y un guante en la mano izquierda, pues un accidente lo dejó sin medio índice, responde a las preguntas que Jack le hace. Los tres nuevos entraron y parece que cada uno tiene su padrino; son los encargados de enseñarles a ganarse la vida en la calle. Se imparten lecciones sobre qué basura se debe recoger, dónde venderla, y cómo gastarse el dinero, que al final irá, parte para comida, parte para drogas.

Jack concluye la jornada con una conclusión clara: “Estos niños se encuentran abandonados y en las drogas por la sociedad. Es esta quien ve a estos menores como algo malo para esta nación, los ven con desprecio, como si no tuvieran derecho a vivir, o no merecieran vivir, los ven como personas que no tienen futuro y por eso mismo los tratan como animales, abusan de ellos, les tiran piedras y los maltratan, esto afecta muchísimo a los menores sicológicamente. Estos niños merecen una oportunidad, yo he rescatado a muchos de ellos, quienes ahora son personas de bien para la sociedad”.

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