Los eunucos chinos del siglo 21
Cultura

Los eunucos chinos del siglo 21

En las clínicas privadas, los doctores están destruyendo los penes de muchos hombres, engañando a mujeres para que aborten fetos sanos y matando a sus pacientes por negligencia.
12.7.16

Este artículo forma parte de la edición de junio/julio de la revista VICE.

La tarde del 30 de septiembre de 2015, Little Huang, de 23 años, subió los once pisos de la sede de la Comisión de Salud y Planificación Familiar en Shenzhen, China. Estaba listo para tirarse al vacío. Abajo, en el estacionamiento, las patrullas de los oficiales parecían pequeñas cajas de cerillos. El ruido de una construcción cercana llegaba hasta la cima como un rumor suave. Mientras miraba las colinas caliginosas de Hong Kong, Little Huang llamó a un hombre de 25 años llamado Junjun. "Estamos en la azotea", le dijo. "Trae alcohol y botellas con agua".

* Junjun bajó del metro en la estación Cui Zhu y pasó a comprar vino de arroz y botellas con agua, luego se dirigió al ascensor y subió hasta el décimo piso de aquel edificio de azulejos blancos. Una escalera lo condujo a la ruinosa azotea de concreto, donde encontró a Little Huang escalando cada vez más alto para llegar a la cima de un cobertizo que, empujado por la brisa, parecía balancearse hacia el borde del edificio. Junjun reconoció a los dos jóvenes que acompañaban a Little Huang: el Sr. Wang y el Sr. Peng. Junjun estaba nervioso pero Little Huang lo convenció de subir. Los hombres iban uniformados con unas gorras blancas que tenían una leyenda al frente explicando el motivo de su amenaza de suicidio: los hospitales de esos hombres crueles destruyeron nuestro bienestar.

Estos cuatro, al igual que los miles de hombres chinos que se comunican en grupos de chats para pacientes, dicen haber sido víctimas de una cirugía que doctores de todo el mundo han definido como de alto riesgo y poco mérito científico: una neurectomía dorsal para separar los nervios del pene, supuestamente para solucionar problemas de eyaculación precoz, aunque los médicos chinos venden la cirugía bajo cualquier pretexto que lleve a la persona al quirófano. Como consecuencia de las cirugías, los penes de Junjun, Little Huang, el Sr. Wang y el Sr. Peng perdieron la sensibilidad por completo. No pueden mantener una erección completa y algunos sufren de dolores agudos, que se deben, probablemente, a los neuromas causados por traumatismos nerviosos. No se conoce aún ninguna cirugía correctiva o terapia que alivie estos síntomas. Es posible que estos cuatro hombres, todos ellos de veintitantos, nunca tengan descendencia. Se refieren a ellos mismos como los "eunucos chinos del siglo 21".

Las cirugías de pene falsas en China son apenas una fracción minúscula dentro del extenso, mal regulado y corrupto sistema de salud privado. Otros casos de malas prácticas incluyen doctores de clínicas privadas que han regateado con los pacientes en plena cirugía, pacientes mujeres engañadas para abortar fetos sanos, y documentación de un buen número de muertes por negligencia. El uso de equipo médico pseudocientífico está muy extendido, así como la práctica de dar diagnósticos falsos. En los últimos seis años, varios periodistas encubiertos han encontrado casos al respecto en más de 60 hospitales privados. De forma paralela, el número de hospitales privados en China está creciendo: sólo entre 2005 y 2015, 9,326 centros abrieron sus puertas. Hoy en día, constituyen casi la mitad de todos los hospitales del país. Es muy probable que esa proporción crezca, dado que el objetivo de las reformas de seguridad social es incrementar la inversión privada en el sector e incluir las clínicas privadas en los programas de seguros dirigidos por el gobierno. No sólo hay dinero chino en la operación: varios fondos estadounidenses como Morgans Stanley Private Equity Asia, una división de Morgan Stanley, también están invirtiendo millones de dólares.

Alrededor de las 3 p.m., guardias de seguridad, autoridades sanitarias, bomberos y oficiales de policía habían escalado hasta la azotea para tratar de disuadir a Little Huang, Junjun y a los otros dos de saltar. Los hombres se tomaron el vino de arroz y llamaron a periódicos y canales de televisión locales. Si iban a saltar no querían hacerlo sobrios. Un pequeño grupo se congregó en la acera, pero los medios nunca llegaron.

Al caer la noche, los hombres permanecieron sobre el cobertizo y el grupo de funcionarios de salud empezó a impacientarse. Cuando uno de ellos se acercó a la base de la estructura, dirigiendo su mirada a los pacientes, Little Huang y el Sr. Wang gritaron sus peticiones: buscar expertos para tratarlos, arresto a los médicos y enfermeras que los engañaron, prohibición de la cirugía que los convirtió a todos en "eunucos", y apoyo económico para realizarse exámenes médicos colectivos, el primer paso para demostrar legalmente el daño que les había causado la cirugía. Hasta ahora, peticiones más tradicionales y protestas callejeras habían fracasado en su intento por llamar la atención, así que juraron quedarse en la azotea hasta que las autoridades sanitarias de la ciudad tomaran medidas.

"¡Ustedes provocaron esto!", gritó Little Huang con lágrimas corriendo por su cara. "¡Otras víctimas han venido antes con ustedes, pero no hicieron nada! Si supervisaran estos hospitales ¿habría pasado esto?".

Finalmente, horas después de iniciada la protesta, los funcionarios de salud cedieron y dijeron que cumplirían las peticiones de los pacientes, aunque sólo si prometían negociar en un salón del edificio. Los hombres desconfiaron. El Sr. Wang sintió que necesitaban quedarse con una última ficha allá arriba, por si acaso. Eligieron a Junjun. Como era el más sumiso de los cuatro, no fue necesario insistir mucho para que se quedara. Los hombres llegaron a un acuerdo: en caso de que fracasara la negociación, él saltaría.

"Les dije que si me dejaban allí no iba a resistir", dijo Junjun. "No era capaz de aguantar solo".

Diez minutos después de que Little Huang, Mr. Wang y Mr. Peng bajaron, el funcionario Huang Penghui, quien se encargaba de supervisar el hospital donde habían operado a Jujun cuatro meses antes, dio un paso adelante. Tomó su teléfono y le dijo a Junjun que había cerrado la sala 7 de operaciones del hospital de Shenzhen. Finalmente, Junjun bajó y revisó el teléfono. Una foto mostraba una tira de papel blanco pegada sobre una entrada que decía: CLAUSURADO. "Mira", le dijo el oficial. "¿Qué más podemos hacer?".

Durante el día, Junjun se dedica a realizar pruebas de aplicaciones para una compañía informática. "Si esto no me hubiera pasado, en dos años sería un ejecutivo y tal vez ya estaría casado", dijo en voz alta y clara. Es un hombre bajito y regordete con mejillas redondas y grandes ojos tristes. "Ahora lo único que me queda es la capacidad de orinar".

La historia del tratamiento de Junjun es un caso típico. El 9 de mayo de 2015, acompañó a sus colegas a hacerse análisis en un centro de exámenes médicos, una rutina anual en muchas oficinas en China. Los análisis indicaron que su próstata se había agrandado un poco y posiblemente tenía calcificaciones. El médico que lo atendió le recomendó que fuera al hospital.

Junjun no estaba preocupado; siempre había gozado de buena salud, pero no sabía a dónde ir para hacerse más análisis. En realidad, tenía dos opciones: ir a un hospital público abarrotado de gente, donde un médico atendía centenares de personas cada día, o un centro de salud privado. La mayoría de los hospitales y clínicas privadas en China pertenecen a empresarios de Putian, una ciudad de la provincia de Fujian. Un grupo llamado Asociación de la Industria de Salud de Putian (PHIA por sus siglas en inglés) se dedica a velar por sus intereses y representa alrededor de 8,600 hospitales privados de la ciudad, es decir, el 70% de los hospitales privados de China. Muchos se anuncian con frecuencia en Baidu —el equivalente Chino de Google— y el año pasado, con ayuda de su influencia colectiva, el PHIA boicoteó el motor de búsqueda para exigirles poner fin al fuerte incremento de precios para los anuncios publicitarios por palabras clave.

Junjun acudió a Baidu en busca de ayuda. Tecleó en su teléfono "examen de próstata" e hizo click en el primer link. Al entrar a la página del sitio web del Hospital de la Ciudad de Shenzhen apareció una ventana de chat:

"Hola, soy el doctor virtual del Hospital de la Ciudad de Shenzhen, ¿en qué puedo ayudarte?"

Junjun le describió los resultados de sus exámenes, y el doctor virtual lo convenció rápidamente de sacar una cita para un chequeo de próstata. En los portales de empleo que los hospitales privados utilizan para reclutar a los "doctores virtuales", los requisitos dejan claro que el puesto es para vendedores; a muchos se les paga por comisión. Las búsquedas en Baidu les proporcionan tráfico. Según analistas de Nomura, un banco japonés especializado en inversiones, los hospitales miembros de PHIA en Beijing, Shanghai y Guangzhou (las tres ciudades más grandes de China por PIB) aportaron del 10 al 15 por ciento de los ingresos publicitarios de Baidu en 2015.

La mañana del 16 de mayo, Junjun fue a hacerse el chequeo. El hospital se encontraba en el corazón de Shenzhen, un lugar donde los altos edificios apenas dejan ver diminutas cuadrículas de cielo. El mercado de Dongment quedaba cerca, así que Junjun pensó en darse una vuelta y comprar ropa nueva después del chequeo.

Una enfermera muy amable lo llevó a un consultorio, donde un cirujano autorizado, el Dr. Tang Congxiang, lo esperaba con su asistente. Cuando Junjun mencionó la posible calcificación en la próstata, el Dr. Tang dijo que necesitaba hacerle otro examen físico completo. El asistente condujo a Junjun a la caja, donde pagó 651 yuanes (1,726 pesos mexicanos).

Le practicaron análisis de sangre, orina, sensibilidad en el pene, ETS, semen y un examen de próstata. Para ello, lo llevaron a una habitación en el piso de arriba y lo pusieron a ver videos porno. Luego la asistente lo llevó de vuelta al lobby y le pidió que esperara sus resultados.

Desde que las reformas económicas de Deng Xiaoping iniciaron la transformación de la economía china en 1978, las clínicas y hospitales privados se han expandido poco a poco a otros campos médicos como el tratamiento de ETS, la ginecología, la andrología (estudio de la salud del hombre) y la medicina reproductiva. En esta especialidad la privacidad del cliente es primordial, un detalle que por lo general los hospitales públicos pasan por alto. Los hospitales y clínicas privadas hacen de todo para enganchar clientes. Se anuncian principalmente en la radio, en autobuses públicos y espectaculares, además de ofrecer descuentos y paquetes para abortar con las pruebas de embarazo. Ellos aportan una porción tan importante de ingresos publicitarios para los periódicos locales que, en 2010, cuando Metropolis Convenience Daily —el periódico de la ciudad de Qingdao— publicó las quejas de pacientes sobre un hospital para hombres (miembro y propiedad de la PHIA), el director del hospital mandó a un grupo de matones con navajas a saquear las oficinas del diario y a acuchillar a cinco reporteros como venganza. Después de que la publicidad médica fuera retirada de sus páginas, el periódico terminó por cerrar. Mientras tanto, el hospital sigue funcionando.

Cuando los resultados llegaron, el asistente del médico llevó a Junjun de regreso al consultorio. Allí el Dr. Tang le hizo preguntas sobre su historial sexual. Junjun le reveló que era virgen y soltero. Enseguida, el Dr. Tang golpeó a Junjun con los diagnósticos: infección del tracto urinario (ITU), un prepucio demasiado largo, oligospermia con baja motilidad y calcificación de la próstata. Estaba en muy mal estado, y la raíz del problema era el prepucio. El Dr. Tang le explicó que el crecimiento de la próstata había causado la infección. Esto, a su vez, le había provocado la calcificación en la próstata que, a su vez, ocasionó las piedras prostáticas. Era necesario quitarle el prepucio.

Aunque no presentaba síntomas "me dijo que necesitaba tratamiento inmediato", contó Junjun. "Hablaba en serio. Me asustó. Dijo que tenían que circuncidarme. Cuando le dije que no quería, el Dr. Tang sólo repitió lo mismo una y otra vez. Dijo que otros hospitales no podían curar estas enfermedades, pero que su hospital había importado tecnología médica para tratar estos problemas".

El Dr. Faysal Yafi, profesor de urología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Tulane en Nueva Orleans, me explicó que, por lo general, no es necesario circundar a un hombre que tiene ITU, a menos que las infecciones recurrentes se conviertan en un problema, y que la calcificación, así como las piedras prostáticas, no requieren en sí de tratamiento.

La supervisión de los hospitales y clínicas privadas es mínima. Algunos supuestos doctores ejercen sin licencia e incluso los que la tienen suelen ascender por medio de un sistema vocacional que requiere menor carga académica: este hecho los descarta para puestos en hospitales públicos. En los chats grupales utilizados por los hospitales privados para contratar personal, los doctores venden sus habilidades ostentando sus "gastos promedio por paciente", es decir, cuánto dinero pueden sacarle a cada uno. La mayoría de los post enlistan cifras dentro de un rango que abarca entre los 450 a 600 dólares (7,761 a 10,348 pesos) por paciente, un monto cercano al sueldo promedio mensual en China.

"Estaba un poco preocupado y asustado", expresó Junjun. "No podía creer que tuviera todo eso. Pero pensé, bueno, un doctor no me engañaría". Finalmente, Junjun aceptó someterse a cirugía y el asistente del doctor lo siguió a la caja y esperó mientras Junjun pagaba 220 dólares más (3,449 pesos) por concepto de circuncisión y anestesia.

De las docenas de pacientes a quienes entrevisté, ninguno pudo responder por qué había accedido a someterse a la cirugía o a creer en los diagnósticos. Pero Zhan Guotuan, uno de los empresarios pioneros en atención médica privada y presidente honorario de la PHIA, dio algunas pistas en una entrevista realizada en 2014 para la versión china de la revista Entrepreneur. "Existen trucos para sacar dinero", declaró. "Uno de ellos es la denominada guía del hospital. Después de que entras, alguien te sigue como una sombra, como un vendedor de tienda departamental. Te lavan el cerebro, te asustan… así dejas pasar la oportunidad de pensar por ti mismo o de consultar a tu familia y amigos".

"No le estaba prestando atención a los detalles", dijo Junjun. "El asistente me seguía en todo momento, me guiaba. No tuve tiempo para detenerme a pensar". Poco después se encontraba en el quirófano. El Dr. Tang le inyectó anestesia local y empezó la cirugía. Él recuerda que en el transcurso de la operación el Dr. Tang le dijo que estaba demasiado nervioso. "Era la primera vez que me operaban", contó Junjun. "Estaba asustado". Según él, mientras se encontraba anestesiado y en la mesa de operaciones, el doctor lo presionaba para que lo autorizara a hacerle también una neurectomía dorsal por un monto adicional de 430 dólares [7,416 pesos]. Junjun no sabía qué tipo de cirugía era, pero como le habían dicho que era necesaria, aceptó. Sobre esto, cabe añadir que la televisión local realizó una breve pieza sobre Junjun donde se sugería que el hospital había falsificado su firma en el formulario de autorización para la neurectomía dorsal. El Dr. Tang se negó a nuestras solicitudes de comentarios.

Después de la cirugía, el Dr. Tang le dijo a Junjun que necesitaba usar "un equipo médico importado" para romper las piedras prostáticas, y que se eliminarían por medio de la orina. Era caro: le saldría en 12 dólares [206 pesos] el minuto, pero le prometió que estaría curado al cabo de una hora. De nueva cuenta, el asistente del doctor lo acompañó a la caja. Había gastado 1,500 dólares [25,873 pesos], más de dos meses de su sueldo. Los 150 dólares que llevaba con él se habían esfumado y ahora su cuenta de banco también estaba casi vacía.

"Ya me habían hecho la cirugía", dijo. "Pensé que el dinero no importaba y que podía gastar un poco más si así me curaba, por eso dije que sí".

El asistente lo llevó a una habitación en el piso de arriba, donde se encontraba el equipo médico importado. Parecía una máquina de resonancia magnética, y una enfermera la operaba desde una estación alterna de control computarizado. Cuando Junjun se recostó en la mesa de la máquina, un aparato cilíndrico se extendió hacia su ingle como si fuera un microscopio de disección. En seguida, una luz roja iluminó la región de su próstata.

"No sentí nada mientras estaba bajo la luz roja", refirió Junjun. "Sólo veía cómo salía luz de la máquina. Me encontraba aturdido. No sé en qué estaba pensando."

Cuando estaba por cumplirse la hora, el Dr. Tang volvió. "Me dijo que una hora no sería suficiente, que necesitaba otra más. Cuando le expuse que ya no tenía dinero, dijo: 'si no tienes dinero suficiente, simplemente pide prestado. Ya te hiciste la cirugía así que el tratamiento es más efectivo en este momento. Si esperas más tiempo para aplicarte la luz roja, los resultados no serán los mismos'". Junjun llamó a un excompañero de clase, quien llegó con una tarjeta bancaria, de modo que el Hospital de la Ciudad de Shenzhen consiguió cobrarle otros 740 dólares (12,701 pesos). Lo llevaron de vuelta a la máquina para otra hora de tratamiento con luz roja.

Aunque desconfiaba, Junjun regresó al día siguiente para continuar con el tratamiento. Cuando el Dr. Tang volvió a sugerir más sesiones de luz roja a un costo de 930 dólares [15,962 pesos], se dio cuenta, por fin, de que lo habían estafado.

En total gastó 2,400 dólares [41,119 pesos] equivalentes a casi cuatro meses de sueldo. Todavía hoy le debe dinero a su excompañero.

Después de negarse a recibir más tratamientos, Junjun regresó a vivir con sus padres en un pequeño departamento y buscó en Baidu información sobre los procedimientos que el Dr. Tang le había practicado. Leyó sobre los posibles efectos secundarios de la neurectomía dorsal y sobre disfunción eréctil. Además, encontró testimonios de pacientes estafados. "Caí en una especie de infierno muy, pero muy profundo", dijo.

Al día siguiente, Junjun llamó al Dr. Tang y preguntó cómo había podido hacerle eso. "Él dijo que no era nada, que estaría bien", contó Junjun. Las enfermeras del Hospital de la Ciudad de Shenzhen le dijeron lo mismo. "La enfermera no paró de contarme sobre las bondades de la cirugía. Como ella tiene un hijo, le dije que pagaría para que se la hicieran a él y también a su esposo. Que todos se la podían hacer gratis, a cuenta mía".

Cuando Junjun fue a un hospital público para saber sus opciones, el doctor le dijo que lo habían engañado. "Todos los doctores de hospitales públicos saben que los hospitales privados dañan a las personas", afirmó Junjun con un suspiro. "Pero nadie alza la voz para decir algo".

Portada del folleto del Sistema Wolman de tratamiento para la glándula prostática. La ortografía en inglés de la palabra "Wolman" cambia con cada página.

En las semanas siguientes, sus padres se involucraron y después de ocho vistas, el hospital accedió a reembolsarle los gastos del tratamiento. "¿Reembolsarme?", escribió Junjun en un foro en línea en Baidu. "Me convirtieron en un eunuco. Quiero que me curen". Cuando se contactó por teléfono a Hu Jianfan, representante legal del Hospital de la Ciudad de Shenzhen para que declarara sobre el caso, éste se negó.

Los funcionarios de la Comisión de Salud del Distrito de Shenzhen Luohu confirmaron que la neurectomía de Junjun fue alterada a mitad de la cirugía, pero que Junjun había dado su autorización para que se la realizaran. Ellos negaron cualquier responsabilidad que los vinculara con el uso que las clínicas hacen de los dispositivos médicos y delegaron las preguntas de Junjun a la Agencia de Alimentos y Drogas de China, quienes me aclararon que su institución garantiza la calidad de los dispositivos y afirmaron que ningún hospital privado tiene permitido utilizar máquinas sin su autorización.

A lo largo de los 15 meses en los que se escribió esta historia, 25 doctores de hospitales públicos en 15 distintas ciudades declararon que los pacientes estafados por las clínicas y hospitales privados, por lo general terminan en sus salas de espera. "Algunos hospitales públicos ni siquiera tienen un área de andrología", se lamentó el Dr. Jiang Hui, profesor de la Universidad de Beijing y presidente de la Asociación China de Andrología. "Si tienes estos problemas y ves su publicidad, consiguen engancharte y embaucarte".

El Dr. Jiang cree en la atención médica privada, pero con regulación. "La supervisión es difícil. En China no hay tal cosa", declaró.

Según expedientes públicos y entrevistas, Lin Jinzong es propietario del Hospital de la Ciudad de Shenzhen a través de su compañía Gestión Hospitalaria de Beijing Yingcai. Dice ser dueño de más de 200 clínicas y hospitales en toda China y, al igual que todos los miembros de la PHIA, viene de una pequeña ciudad a las afueras de Putian llamada Dong Zhuang. Lin ocupa el cargo de vicepresidente supervisor dentro de la bien definida jerarquía de la PHIA; tan sólo quince hombres tienen un puesto más alto en el escalafón. Lin nunca respondió a las constantes llamadas y correos que dirigí a los tres distintos holdings de servicios médicos que posee.

Los expedientes públicos vinculan la titularidad de todas las clínicas que visitaron los cuatro "eunucos" de Shenzhen a miembros de la PHIA. Little Huang visitó la Clínica Qiaoyuan en Shenzhen, propiedad de Xiao Hua, también oriundo de Dong Zhuangg, y vicepresidente de la PHIA y en cuyas manos están al menos otras diez clínicas y hospitales en el país. Un doctor de la Clínica Shenzhen en Wanzhong le dijo al Sr. Wang que la neurectomía dorsal curaría sus problemas de fertilidad. Esa clínica también es propiedad de Yang Xiandong, quien controla otras cuatro clínicas en la Provincia de Cantón. Yang actúa como miembro de la rama provincial de la PHIA en Cantón, lo mismo que Su Kaimin, propietario de la Clínica Zhongya, donde se atendió el Sr. Peng.

En la cima de la pirámide de la PHIA se encuentra el presidente, Lin Zhinzhong, accionista mayoritario del Grupo Shenzhen Boai, considerado el holding médico más grande de China. Su hermano menor, Lin Zhicheng posee acciones en el Hospital de Urología Shengya Guangzhou* , señalado como uno de los centros médicos que dio diagnósticos falsos a dos reporteros chinos encubiertos durante los últimos tres años de investigación. A tres kilómetros de distancia, Lin Zhicheng abrió el Hospital Moderno Guangzhou, que en 2010 fue renombrado como el Hospital Moderno Oncológico de Guangzhou (MCHG por sus siglas en inglés) con el fin de atraer pacientes con cáncer terminal provenientes de países del sudeste asiático. Allí se ofrecen tratamientos "nuevos, avanzados y poco invasivos". Uno de sus anuncios dice: "¡Hacemos MILAGROS! ¡Traemos ¡ESPERANZA!". El oncólogo jefe del MCHG, Peng Xiaochi, tiene tan solo una maestría en neurología. El presidente del centro oncológico de un importante hospital público, cuyo nombre permanacerá en el anonimato por petición expresa, se percató de que la mayoría de las declaraciones publicitarias del MCHG son falsas. "Al hospital sólo le importa el dinero", dijo. "Nunca podrán curar a un paciente en etapa terminal".

Probablemente, la PHIA no existiría de no ser por Chen Deliang, nacido en Dong Zhuangg en 1950. Hoy, a sus 65 años, es pequeño y frágil, tiene la espalda encorvada y las canas que le quedan se concentran en dos largas patillas que se extienden hasta su papada. Un Rolex de oro y un anillo de diamante adornan su esquelética mano derecha. Se le venera como el padre fundador de los hospitales privados de China y ocupa el cargo de director honorario de la PHIA. "Durante la Revolución Cultural no había doctores", me explicó Chen durante una visita al edificio del templo taoísta de 16 millones de dólares (poco más de 275 millones de pesos) que está construyendo en Dong Zhuangg. También me habló de sus inicios como médico viajero. Recorrió toda China distribuyendo un remedio casero hecho a base de mercurio —léase: tóxico— para la escabiosis. A principios de los 90, se expandió a las clínicas privadas para tratar ETS. "Empezamos a ganar dinero en serio", dijo Chen, tras citar su característica "cura para la gonorrea" como el gran éxito de su carrera. "En un año, podríamos ganar un millón (de yuanes) o más". Las enfermedades venéreas representaban una mina de oro, y la creciente fortuna de Chen demostró a sus familiares y amigos —y a los amigos de sus amigos— las oportunidades que ofrecía el negocio de la atención médica privada. En 1998, el Ministerio de Salud de China emitió un boletín en el que llamaba a los acólitos de Chen "una banda de estafadores envolviendo a todo el país… robando dinero desvergonzadamente a costa de la confianza de los pacientes"). La familia de Chen ahora opera y posee más de 100 clínicas y hospitales privados. "Mientras haya dónde levantar hospitales, nuestra gente de Putian estará allí para dirigirlos", dijo Chen. "Creé una nueva senda".

La familia de Chen se encarga de administrar los bienes de los hospitales, que incluyen Baijia, una empresa integrada por 17 hospitales de maternidad y ginecología. En enero de 2015, Morgan Stanley Private Equity invirtió 38 millones de dólares (poco más de 655 millones de pesos) en Baijia. Los expedientes públicos muestran que Chen es el segundo mayor accionista de la empresa: su inversión es casi igual a la de su sobrino, Su Jinmo, el presidente y director. Según Chen, Baijia está valuada en 308 millones de dólares (5,311 millones 289,870 pesos). Desde la financiación de Morgan Stanley, la cadena abrió cuatro hospitales nuevos.

Baijia relaciona los bonos que reciben los doctores con las cirugías y cuotas farmacéuticas —es decir, cuánto venden—. Los médicos "virtuales" de Baijia (que son en realidad vendedores entrenados) enlistan paquetes de aborto de varios precios: si planeas tener un hijo en un futuro te recomiendan la opción más cara (Zhou Dan, una ginecóloga que trabajó por un periodo breve en una clínica privada de Shenzhen con el mismo plan de precios, declaró que, en realidad, todas son la misma cirugía). Los hospitales de Baijia también carecen del equipo necesario para atender a las pacientes que necesitan atención urgente y, según el administrador de uno de los centros de Baijia, cuando surgen complicaciones graves, transfieren a los pacientes a hospitales públicos locales.

Según la agencia de noticias Rednet, en 2014 un recién nacido en un hospital de Baijia ingirió líquido amniótico durante el parto. Como requería atención urgente, el hospital transfirió al bebé a la clínica pública más cercana. Después de que el recién nacido murió, un portavoz de Baijia puso como pretexto la transferencia y declaró que era imposible decir cuál de los centros era el responsable. Después se negaron a entregar los historiales médicos de la familia.

En abril de 2015, los tribunales chinos declararon a dos hospitales pertenecientes a Baijia como responsables de la muerte por negligencia de un recién nacido y de provocarle parálisis cerebral a otro, aunque ambos fueron transferidos a hospitales públicos al último minuto. En el segundo caso, el tribunal alegó que el Hospital Oriental de Maternidad de Wenzhou había falsificado expedientes médicos y trataba de encubrir su responsabilidad. Existe evidencia adicional de varios casos similares que fueron cerrados antes del juicio o que nunca llegaron al tribunal.

Incluso cuando los tratamientos no terminan en catástrofe, los comentarios en sitios de reseñas, reflejan que los doctores de los centros de Baijia han sacado provecho de sus pacientes. "Hospital basura", escribió un paciente del Hospital Maria en Changsha, Hunan. "Una inflamación en la pelvis me costó más de 1,550 dólares y ni siquiera me curé. Tratan a las personas como cajeros automáticos".

Mientras la compañía se prepara para una licitación pública, Chen Deliang me contó que la filial de capital de inversión de Morgan Stanley le está ayudando a Baijia a expandirse (Nick Footit, un portavoz de Morgan Stanley, se negó a declarar al igual que los funcionarios de Baijia). CDH Investments, otra empresa de capital privado financiada por estadounidenses, ha recibido montones de dinero al invertir en una cadena de hospitales propiedad de la PHIA. La operación se hizo pública en la bolsa de valores de Hong Kong en julio de 2015. "Estoy muy satisfecho con las inversiones en los hospitales de Putian", le dijo Wang Hui, un ex ejecutivo de inversiones de CDH, a China Business News. "En la mayoría de los casos, cada hospital empieza a ganar dinero después de dos a tres años de operaciones".

Las ganancias obtenidas de los hospitales privados hicieron que un pueblo agrícola y empobrecido como Dong Zhuang se convirtiera en el Beverly Hills de China. Según un funcionario de Dong Zhuangg, en este pueblo viven 35,000 dueños de hospitales privados y sus empleados: cerca de un tercio de la población total. En lotes de tierra donde alguna vez crecieron camotes, se encuentran ahora estacionados Rolls-Royces, Bentleys y BMW's frente a enormes mansiones de vidrio, cúpulas acebolladas, arcos y parapetos. Desde la ventana del templo de Chen Deliang puede distinguirse una mansión de 16 pisos y con más de 30 kilómetros cuadrados de espacio habitable, que la convierten en una de las casas más grandes del mundo.

Cuando visité Dong Zhuangg en febrero de 2015, los fabricantes de dispositivos médicos se habían reunido en el nuevo centro de convenciones para la exposición médica anual. Lin Jianxing, el organizador, me recibió afuera. "250 compañías de 28 empresas están aquí para vender dispositivos médicos", dijo. Trece años antes, la exhibición inaugural se había llevado a cabo en la calle, como si se hubiese tratado de un mercado de pulgas. Ahora, en cambio, se llevaba a cabo en instalaciones palaciegas. "Da una vuelta, checa todo el equipo que hay", insistió Lin. "Es muy grande y avanzado".

Una tierra de fantasía médica me esperaba. En el stand de Dekang Medical probé un masajeador de cabeza que parecía utilería de una película futurista de los ochenta. La vendedora me explicó que servía para aliviar las voces que causa la esquizofrenia, así como la depresión, el TOC, la ansiedad, las manías y el TEPT. El vendedor de Dongnan Medical me explicó que muchos de los dispositivos se construyeron para lucir parecidos a las máquinas de resonancia magnética. "Los hospitales privados necesitan que los clientes sepan que estas piezas de equipo son valiosas. Los equipos grandes convencen a los clientes de querer tratarse".

En la mesa de Zonghen Medical, me maravillé al ver la "Máquina de Pulso Espacial de Onda Corta modelo ZD-2001" fabricada por Pafeite. Con un diseño elegante, el aparato es básicamente una cápsula ovoide donde los pacientes se introducen, conectados a una estación de control que parece haber sido utilizada por la NASA en los 60. La encargada explicó alegremente que la máquina utilizaba diatermia de onda corta para producir calor y así tratar una gran variedad de enfermedades ginecológicas y andrológicas. Sorprendentemente, la Agencia de Alimentos y Drogas de China ha aprobado el uso médico del dispositivo, tal vez con respaldo de un estudio científico —al parecer comisionado por el mismo fabricante— y que afirma que la máquina cura la enfermedad inflamatoria pélvica (EIP) en 98% de los pacientes, sin necesidad de antibióticos. No obstante, un profesor de epidemiología reproductiva en Estados Unidos señaló que dado que la enfermedad es causada por bacterias, el EIP lo curan los antibióticos y no el calor. Asimismo, los estudios sobre la diatermia como método para tratar el dolor asociado a la EIP son limitados. Uno de esos pocos estudios se llevó a cabo en Estados Unidos en 1955, cuando los doctores todavía no entendían por completo la bacteria causante de la enfermedad. Esto no ha impedido que los hospitales de Baijia adquieran el ZD-2001A y lo utilicen en el tratamiento de la EIP.

Enseguida, en el stand de Shenzhen Yuanda Medical, encontré algo parecido a la máquina con la que "trataron" a Junjun: el "Sistema Wolman de Tratamiento para la Glándula Prostática", tal y como el que, según su propia publicidad, utilizan en el Hospital de la Ciudad de Shenzhen. La máquina parecía una máquina de resonancia magnética abierta, y su lustroso exterior blanco tenía escritas palabras en inglés: "Aparato electroquímico", "Luz infrarroja". En la mesa donde el paciente debe recostarse, un certificado enmarcado indicaba que la máquina había sido construida en el Instituto Wolman de la Próstata, en Estados Unidos. Investigaciones posteriores revelaron que se trataba de una empresa fantasma registrada en Utah en 2011. Un hombre llamado You Dongqing es el dueño del negocio, y más de 100 empresas fantasma comparten la misma dirección en los suburbios de Salt Lake City.

"La luz roja cura la prostatitis", me dijo el vendedor con orgullo mientras me entregaba un tríptico de tratamiento para la glándula prostática del sistema Wolman. En él aparecía una foto del Centro de Investigación del Instituto Wolman, que era en realidad —y me di cuenta de esto por un enorme letrero en el edificio— una foto de Invesco Field, casa de los Broncos de Denver. El tríptico decía: "número uno en listas de ventas por cuatro años consecutivos. ¡Utilizado en 800 hospitales privados en todo el país!".

Es difícil juzgar quién está engañando a quién, pensé. Tanto los dueños de los hospitales que compran las máquinas como los vendedores sabían que pacientes como Junjun y Little Huang, confiarían en las avanzadas máquinas "importadas" si los doctores las recomendaban. La asimetría en la información entre doctores y pacientes es extrema en el caso de la atención médica. El juramento hipocrático, tradicionalmente la brújula moral de los médicos, ha caído víctima del capitalismo voraz y la corrupción en China, en especial en los hospitales privados. Sólo en 2014 sumaron el 11% de visitas totales del país, lo que se traduce en 325.6 millones de dólares (Casi 6,000 millones de pesos). Las cadenas de hospitales privados como Beijia, que comenzaron como una trampa enfocada principalmente en los jóvenes y la gente ingenua o sin seguro, ahora están escalando en el mercado y empiezan a aceptar las coberturas de salud administradas por el gobierno, mientras atraen nuevos segmentos de la sociedad china. Pero cuando las campañas falsas de marketing y los precios supuestamente bajos atraigan a la gente de clase media, ¿ellos también confiarán en los doctores de bata blanca y las grandes máquinas con leyendas en inglés? "La clínica es tan sólo un agujero esperando que alguien caiga en él", declaró Junjun. "Y el departamento de salud lo valida con un sello: ¡legal!"

La noche del 3 de noviembre de 2015, casi un mes después de que Junjun bajó de la azotea en Shenzhen, los eunucos chinos del siglo 21 se apretujaron en un pequeño cuarto de pensión en las afueras de Beijing. Se les unieron otros veinte hombres, de entre 22 y 44 años, originarios de zona rurales de toda China. Por meses, los hombres se comunicaron a través de un chat. Organizaban planes de protesta en Beijing con la esperanza de al fin llamar la atención de alguno de los funcionarios de más alto rango. Sus exigencias eran reglamentar los hospitales privados y exigir un tratamiento para la disfunción eréctil quirúrgica que les impusieron.

"Van a cumplir nuestra petición", dijo él Sr. Li, mientras mostraba un documento de 31 páginas que Junjun había redactado un día antes. La página frontal llevaba el nombre de cada uno de los hombres, su hospital, y su huella digital. Dentro de las páginas también se incluía una descripción detallada de las lesiones de cada uno y sus intentos por obtener una compensación. A las 8 de la mañana del día siguiente planeaban entregarlo a la oficina de la Comisión Central de Inspección de Disciplina (CCID), el organismo más importante del Partido Comunista en China, que se encarga de erradicar la corrupción y la mala conducta.

De tener éxito, esperaban que los funcionarios del Partido Comunista tomaran medidas al leer las historias detalladas en la petición. Allí estaba todas: la historia del Sr. Xi, de 24 años, quien se encontraba sentado sobre una cama con las piernas cruzadas y una cicatriz en la muñeca, secuela de su intento por cortarse las venas mientras pedía ayuda en la comisión de salud local. La historia del Sr. Yao, divorciado después de que la neurectomía dorsal lo dejara impotente. Luego de eso, subió a la azotea de la comisión de salud de su localidad para bañarse en aceite y amenazar con prenderse fuego. Estaba también la historia del Sr. Gao, de 25 años, que a pesar de la multitud se encontraba tumbado en el centro de la cama con la cara enrojecida por el alcohol. Se había cortado el meñique en protesta y ahora agitaba su celular con los cuatro dedos restantes para llamar la atención del grupo.

Junjun y los otros alcanzaron a ver una serie de mensajes de texto del Sr. Duan en la pantalla del dispositivo. Se trataba del director de la comisión de salud más cercana al Sr. Gao. El Sr. Duan siguió al Sr. Gao hasta Beijing para suplicarle que no participara en la protesta, pues temía que los hombres lograran llamar la atención de los funcionarios comunistas de alto rango. "Acompáñanos a casa mañana y resolveremos esto", le escribió el Sr. Duan. "No importa lo que hagas, al final tendrás que regresar [a casa] para solucionar todo". En otro mensaje, el Sr. Duan le ofrecía 7,730 dólares (132,000 pesos) al Sr. Gao si abandonaba Beijing.

"Tenemos que soportar dos horas al menos", declaró el Sr. Gao con seguridad. La protesta que había organizado en la azotea de un hospital privado en Shanxi, su pueblo de origen, duró lo suficiente como para granjearle su primera audiencia frente al Sr. Duan.

"Aunque la policía armada popular acordone el lugar, no nos iremos", advirtió el Sr. Wang, de Shenzhen.

"Nos sacarán a rastras", añadió otro hombre.

"No estamos violando ninguna ley", gritó el Sr. Wang.

"¿Por qué deberían importarnos sus leyes? ¡Ellos destruyeron nuestros pitos!".

La mañana siguiente, los hombres despertaron en una Beijing asfixiada por el esmog. Aún no inspeccionaban la entrada al edificio de la CCID cuando se decepcionaron al descubrir que una imponente pared antiexplosiones rodeaba el complejo. Flanqueado por un cordón de seguridad y cinco oficiales, un agente vigilaba la entrada principal de Boulevard Pingali desde un podio, y dos autobuses públicos repletos de más oficiales estaban estacionados a ambos lados de las puertas. Los 24 hombres recorrieron el extenso bulevar y se reunieron enfrente de la entrada, donde sólo se encontraban un par de policías sentados en camionetas de la fuerza.

Formaron dos filas en la banqueta. Little Huang dejó caer su mochila y sacó una pancarta que decía: víctimas nacionales de la neurectomía dorsal. Junjun cayó de rodillas al igual que el resto de los pacientes en la fila. Mientras alzaban sus carteles, los hombres coreaban: "¡hombres viles, regrésenos nuestro bienestar!".

* Los nombres de las víctimas fueron cambiados para proteger sus identidades.

*** Recientemente, Lin Zhinzhong le transfirió su inversión a otro hombre de Putian, pero su nombre continúa en el contrato de arrendamiento vigente.