La policía de Juárez declaró que estos pandilleros fueron sorprendidos robando coches (que, en muchas ocasiones, se emplean en los tiroteos). Tras ponerles las esposas, los ataron de pies y manos y tumbaron en un furgón mirando hacia el suelo.
Antes de secuestrar a alguien, al Zurdo le gusta ponerse ciego: un poco de hierba, quizá unas rayas, unos cuantos tragos, pastillas, lo que sea. Después se pone sus ropas negras, coge sus armas –una AK-47 y una 9 milímetros– y se sube a un Chevy Tahoe con otros cuatro tipos. Merodean en el coche unas horas por las calles de un pueblo al sudoeste de Ciudad Juárez que me han pedido que no identifique, y al amanecer ya le han echado el guante a algún pobre cabrón que a continuación entregan a El Patrón, el jefe del Zurdo.
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Durante el día, el Zurdo trabaja en un restaurante situado delante de un edificio medio en ruinas al otro lado de la calle, no muy lejos de un bar frecuentado por unos borrachos de piel correosa que pasan el día entero en la acera, dejando correr el tiempo. Secuestrar gente para el cártel de Juárez es su empleo extra. Sus secuestrados son, principalmente, traficantes de poca monta, o sus familiares. Todo el mundo sabe cómo funciona la cosa: si vendes drogas sin el permiso de El Patrón, o rompes sus reglas, el Zurdo y los suyos (u otro grupo de hombres enmascarados) te llevarán a uno de los muchos ranchos o casas del jefe. Allí te torturarán y te liberarán, previo pago de un rescate, o te torturarán y asesinarán y dejarán tu cuerpo tirado en la calle como un cigarrillo arrojado desde una ventana. La mayoría de ellos les acompañan sin dar problemas, me cuenta el Zurdo. Les dice, “Te llaman. Sube al coche”, y por lo general obedecen. Sólo un puñado de veces le han ordenado que se libre de los cuerpos, y en esos casos los ha abandonado a las afueras del pueblo para que los encuentre la policía. El Zurdo calcula que la mitad de las personas que secuestra son finalmente asesinadas, pero eso no es asunto suyo: él es sólo el guía forzoso. Además, le necesitan en su otro trabajo, donde hay un sin fin de mesas por limpiar y de burritos que enrollar.
El Zurdo vive en un apartamento que conecta con la parte de atrás de la cantina en la que trabaja de 5:30 AM a 11 PM prácticamente todos los días (excepto cuando se ha estado metiendo rayas toda la noche). Mide 1,73 y tiene 38 años. Nuestro encuentro lo arregló un amigo mío que, de alguna manera, logró persuadir al Zurdo, uno de sus mejores y más antiguos amigos, para dejarse entrevistar.
De los incalculables crímenes que se cometen en México a diario, la policía sólo llega a investigar un 15 por ciento. Por tanto, a menos que seas como este tipo y te pillen con las manos en la masa, tienes muchas posibilidades de salir bien librado.
Antes de sentarnos a hablar, va detrás de la caja registradora, coge un trapo y limpia con él una mesa de madera en la que justo han terminado de comer dos clientes. Viste una ajustada camiseta negra de Tony Montana que le ciñe el estómago, metida por dentro de unos jeans de color negro desvaído. Sus zapatillas deportivas –el único indicio de su otra y más lucrativa vida– son de un blanco tan inmaculado que prácticamente brillan. Tamborilea sobre la mesa y deja vagar la mirada, siguiendo el tráfico en el exterior. Le pregunto si quizá preferiría que saliéramos a dar un paseo y poder así hablar de su otro trabajo sin tener que preocuparse de oídos indiscretos. Él dice que no puede salir hasta las 11 de la noche, que le necesitan en el local; incluso ha tenido que declinar varias propuestas de secuestro debido a lo ocupado que ha estado los dos últimos días. Da igual, no importa. Podemos hablar aquí, dice. En el restaurante todo el mundo sabe lo que hace, aunque no estén al tanto de los detalles.
Durante nuestra conversación, el Zurdo me explica que le hace sentir mal que su otro trabajo contribuya a perpetuar la narcoguerra en México: “Mejor si no vuelven a llamarme. Pero si lo hacen, tengo que ir”. Inmediatamente se contradice: “Si no lo hago no soy feliz”. Ni tendría dinero para costearse sus caros vicios, de los que tiene varios. Al Zurdo le cautivó su línea de trabajo (el crimen, no los burritos) a temprana edad, dejando la escuela en octavo curso para ganar dinero rápido en las calles. Chihuahua, el estado en el que reside, presenta una de las tasas de asesinato más altas del hemisferio occidental, y según las Naciones Unidas, ocupa el segundo puesto más bajo de graduados universitarios de todo el país.
La última vez que raptó a alguien, me cuenta el Zurdo, fue tres días antes de nuestro encuentro. Estaba trabajando en el restaurante cuando sonó su teléfono móvil. El Patrón le dio el nombre y la dirección de su objetivo; se trataba, como la mayoría, de un hombre joven. El Zurdo y su grupo encontraron a su presa comprando comestibles con su mujer sobre las 9 PM, una buena hora: este tipo de trabajos es mejor hacerlos antes de medianoche, cuando hay más gente en la calle y es menos probable que la víctima monte una escena, intente escapar o saque un arma. El último secuestro no fue una excepción. Cuando la pareja se dirigía con los comestibles hacia su coche, el Zurdo salió de su vehículo, se plantó delante de ellos y dijo, “Te están llamando”. Después dejó ver un atisbo de su pistola. La pareja comprendió. El hombre no puso dificultades, y ellos dejaron marchar a su esposa. Dejaron a su pasajero en una de las casas de El Patrón y el Zurdo regresó a su local de burritos, donde seguían necesitando su ayuda.
En Juárez, la violencia y la muerte son tan habituales que forman parte del paisaje.
Cada vez que el Zurdo sale a secuestrar a alguien se siente un poco asustado y ansioso, pero las drogas y el dinero le ayudan a sobreponerse a esas sensaciones. Una cosa por la que no se preocupa es la policía. Los agentes mexicanos sólo logran resolver un 4 por ciento de las investigaciones criminales. Un dato aún peor: sólo se dignan a investigar un 15 por ciento de los crímenes que se cometen en el país (según un estudio de 2010 del Instituto Tecnológico de Monterrey). Muchas veces, dice el Zurdo, la policía es cómplice en actividades ilegales.
En marzo, un grupo de hombres entró en el bar El Castillo, en Ciudad Juárez, y masacraron a diez personas. Un superviviente le contó al periódico local El diario que la policía federal había irrumpido en el local justo antes del tiroteo y llevado a cabo un concienzudo registro que culminó con la confiscación de los teléfonos móviles de todos los clientes, como si estuvieran allanándole el terreno a los asesinos. La policía, por supuesto, fue la primera en llegar al lugar después de la matanza, y más tarde fue acusada de desvalijar los bolsillos de los muertos y de robar un televisor de pantalla de plasma de la escena del crimen.
Por sus servicios, el Zurdo percibe entre 1.000 y 2.000 dólares por cada secuestro, dependiendo de quién sea su objetivo y de circunstancias a veces imprevisibles (le explica a El Patrón si un rapto ha sido especialmente difícil o si la víctima intentó huir, y su jefe acepta su palabra). Me explica que sólo acepta moneda norteamericana. “Me pagan en dólares. ¿Pesos? No mames. Los pesos los gano con los burritos”. Pero también gasta el dinero rápidamente, ya en su querida colección de calzado o en placeres más fugaces. “Cuesta mucho: las mujeres, la bebida, la coca. Y las mujeres también beben. Tengo que gastar dinero en el hotel…”
Cuando a un miembro del PRM le pregunté qué haría con el cuerpo de un pandillero rival al que decía que iba a liquidar, respondió: “Tirarlo a la puta calle. Qué, ¿crees que lo voy a poner en la nevera?” Tanto él como los demás pandilleros pensaron que era una pregunta idiota.
Un empleo seguro es una rareza hoy en día, y la industria del Zurdo no es una excepción. Recientemente los cárteles han empezado a prescindir de los asesinos y secuestradores “profesionales” –a tiempo parcial, como el Zurdo, militares retirados o en activo, y otra gente especializada en este tipo de trabajo– para buscar en su lugar entre las luchas encarnizadas entre bandas rivales como el Partido Revolucionario Mexicano (PRM) y los Aztecas. Los secuestros y asesinatos se están subcontratando, igual que los trabajos en fábricas que tiempo atrás atrajeron a Ciudad Juárez a mexicanos de todo el país y que, gradualmente, se han ido derivando a China y otros países con mano de obra más barata.
Como cualquier otro negocio, lo barato y chapucero es siempre una opción. Ahí está el ejemplo de Monico Aguirre Carillón, de 35 años. De no darse los casos de libertad bajo palabra, su fuga o su fallecimiento, contará 130 años para cuando salga del Centro de Readaptación Social, una prisión en Juárez. Y, a pesar de eso, me cuenta que algo bueno hay en todo ello. Su banda, el PRM, controla el área en la que está recluido. Monico disfruta de cierta notoriedad entre los demás reclusos, en parte por su afiliación al PRM pero, sobre todo, porque ató a un miembro de una banda rival a una silla y fue capturado cuando intentaba rebanarle la garganta. “Con un puto alambre que tenía ahí. Es un cerdo. Yo los ato como a cerdos”.
La táctica de los cárteles consiste en enfrentar a las bandas unas con otras y emplearlas para traficar con drogas. El resultado es que los brutos se eliminan entre sí por unos 200 dólares a la semana. Económicamente, es un buen negocio. La diferencia está en que, antes de que contratar pandilleros se convirtiera en una práctica habitual, había cierto orgullo profesional a la hora de evitar que esposas e hijos sufrieran daños mientras esperaban al objetivo en el coche. Las bandas, por el contrario, van a por sus víctimas con la delicadeza de una manguera, rociando de balas a inocentes vendedores callejeros, vecinos viendo la televisión en sus sofás y niños que vuelven a sus casas desde el colegio.
A los muertos se les trata con tanto respeto como a los vivos en este cementerio de Juárez.
Josué Reyes Castro, de 26 años, fue la persona número 560 asesinada en Juárez este año, y eso fue en marzo. La policía contó más de 130 casquillos de AK-47 delante de su casa. En el interior, su madre, padre, abuelo y primos se pusieron a cubierto echándose al suelo. Desplomado sobre el salpicadero del coche familiar, desangrándose, a Castro le tuvo que llevar su hermano al hospital porque la mayoría de las ambulancias de la zona ya no acuden cuando hay un tiroteo. Los asesinos se quedaron el tiempo suficiente para recargar sus armas tres veces, me explica el hermano de Castro, y la policía se quedó esperando calle arriba hasta que cesó el tiroteo. A mediados de julio, el número de asesinatos en Juárez había llegado a 1.250, con una media de ocho al día durante la primera mitad del mes.
“Es malo. Por eso es malo. Por eso nosotros nos lo llevamos [al secuestrado]”, contesta el Zurdo cuando le pregunto sobre la nueva camada de pandilleros asesinos. “¿Por qué hay que matar a la esposa o al niño si no tienen nada que ver?” Entiende, eso sí, por qué la gente comete actos desesperados por un poco de dinero. “Vienen y te ofrecen dinero, y tú no tienes trabajo… bueno, pues lo haces. Pero yo lo hago por hacerlo, no porque esté necesitado. Lo tengo todo aquí; casa, trabajo y comida”.
El Zurdo dice que no se ve trabajando para los cárteles para siempre. Sus sueños de futuro tienen más que ver con los burritos que con las pistolas. Le gustaría abrir un día su propio restaurante. “O al menos ser el gerente, si no puedo ser el propietario”. Lo llamaría El Zurdo, dice, y le pregunto cómo lo decoraría. Eso ya es adelantarse mucho, responde, pero si llegara a suceder, no sería en esta ciudad donde vendiera burritos. Tiene demasiado pasado aquí. Lo único que me asegura es que mantendría muy limpio el local, como sus relucientes zapatillas blancas.
TEXTO DE WESTON PHIPPEN
FOTOS DE BRANDEN EASTWOOD Y ANTHONY SANDOVAL
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