Imagen por Courtney Nicholas
Supe de la existencia de Terence McKenna (1946-2000) el 14 de septiembre de 2012, cuando tenía 29 años. Fue el día después de haber terminado el borrador final de Taipei, el primer libro en el que trataba sobre las drogas psicodélicas y que terminaba con una escena en la que un personaje se preguntaba si había muerto tras haber ingerido un hongo psilocibio. Estaba en mi habitación, como un zombi, medio deprimido después de haber pasado una temporada con una actitud de entrega absoluta respecto al uso de las anfetaminas mientras completaba mi libro. De alguna forma había ido a parar a un vídeo de YouTube en el que Joe Rogan (a quien recordaba de hace tiempo, cuando presentaba el programa de televisión Fear Factor) hablaba, con cierta agresividad y excitación, sobre la DMT, un compuesto psicodélico ilegal similar a un neurotransmisor que se encuentra en el cerebro humano (y en el de otros animales) y al menos en unas 50 especies de plantas de todo el mundo. Por aquel entonces yo no había experimentado con la DMT y lo que sabía lo había leído en internet.
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En un punto del vídeo, Rogan empezó a hacer referencia a otra persona de una forma que parecía querer decir: “si creéis que lo que digo es una locura, esperad a oír lo que dice este tío”. Se trataba de Terence McKenna, un hombre que solía fumar DMT y, tras 15 segundos, invariablemente, se veía transportado a “una dimensión inesperada”, poblada de “duendes mecánicos que se transformaban” —llamados también “duendes fractales”, “pelotas de baloncesto enjoyadas que botan solas” o “renacuajos que se transforman”— y que hablaban inglés y una especie de idioma visible mientras saltaban dentro y fuera de su cuerpo, “correteando y canturreando”. Estos seres, a los que McKenna bautizó como “zany”, quizá fueran “personas muertas” en una “ecología de almas”, “seres humanos de un futuro distante” o cosas que habitan un universo paralelo y que tienen sus miedos, esperanzas y problemas propios.
Pasé la semana siguiente encerrado en mi habitación escuchando con sumo interés a Terence McKenna emitir “pequeños ruidos bucales” (la forma en que se refería al acto del habla) durante 30 horas en vídeos de YouTube —como esta grabación de 10 horas y 23 minutos de un taller de tres días—. Calculo que esto representa que he estado escuchando a una sola persona hablar en YouTube una media de 25 horas más de lo que suelo pasar. Me sorprendió el enorme interés que los estudios de McKenna me habían suscitado. En un tuit expliqué que los mismos factores que parecían estimular a McKenna aparecían en mi recién escrita novela como fuentes de tristeza y confusión. En su discurso aparecían infinidad de temas aparentemente inconexos y pertenecientes a diversas disciplinas que poco a poco iban relacionándose, tejiendo una “red” de temas en constante evolución y con un único propósito. Hablaba sobre la conciencia, el lenguaje, la imaginación, la literatura, el arte, la memoria, el tiempo, la religión, los sueños, pulpos, matemáticas, alienígenas, los orígenes de la evolución de la vida, la alquimia, el chamanismo, la esquizofrenia, la psicoterapia, la enajenación, la cultura, el sexo, la luz, la muerte, el ADN, la información, los ordenadores, internet, la realidad virtual, la nanotecnología, la biología, la botánica ,la química, la familia, la historia, las mariposas, los hologramas, la ciencia ficción, la autocapacitación y, en el centro de todo ello, el motor y la fuerza sustentadora de esta red, “la experiencia psicodélica” y, concretamente, los efectos de la DMT y la psilocibina.
Me gustó su modelo del universo con una singularidad al final —un elemento de atracción que tira de nosotros hacia el futuro— en lugar de ubicarse al principio, como el Big Bang, una teoría que McKenna denominaba “el ensayo límite de la credulidad”, por implicar la previa aceptación de que constituye el único escenario posible, de que todo apareció instantáneamente de la nada sin razón aparente. “Si crees eso, puedes creerte cualquier cosa”, afirmó, dando así forma a una idea por la que nunca había sentido “nada” a pesar de haberla encontrado cientos de veces en mi vida, y presentándomela con la inusitada fuerza de una epifanía, como una atroz y notoria absurdidad, casi espeluznante, surrealista.
En una de sus charlas en las que narraba episodios de su vida, McKenna recordaba algunas preguntas que le asaltaban a los 14 años: “¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?”. Su reacción ante estas dudas, muy razonable, por otra parte, fue la de consultar la base de datos cultural. “Seguro que ahí encuentro las respuestas”, pensó.
Las conclusiones a las que llegó:
Todo el empeño que pongamos en este sentido no constituye más que simples historias de campamento a medio completar. Realmente no sabemos cuál es nuestra situación. Nos enfrentamos a un fenómeno que difícilmente podemos definir en nuestra esfera cognitiva, y es el fenómeno de nuestra propia existencia. ¿Qué significa? ¿Qué significa, en primer lugar, ser una criatura biológica? ¿Qué es ser un animal en un contexto cultural plagado de historias, lenguajes y cánones estéticos, literaturas e hipótesis científicas cobre el cosmos, etcétera?
Y proseguía:
- Podría decirse que mi viaje personal me llevó por una serie de, eh, casi diría… he estado a punto de decir “decepciones”, pero “despertares” sería también válido, ya que nadie sabe a ciencia cierta qué ocurre. Incluso las religiones, con toda su pomposidad, lo único que aportan son conjeturas. La ciencia, por su parte, obra sus milagros convirtiendo esta empresa en una especie de juego confinado a la categoría de “materia y energía”.
McKenna no se contentaba con respuestas convencionales. A los 14 años, la lectura de Las puertas de la percepción de Huxley le introdujo en “la amplia variedad de sustancias de alteración de la conciencia” —cannabis, LSD, DMT, psilocibina y mescalina, por nombrar unos pocos— que han caído por primera vez en manos de los occidentales en los últimos siglos. (En este artículo me refiero a estas sustancias como “sustancias psicodélicas”, término que McKenna solía también utilizar. “No estoy a favor de las drogas, estoy a favor de las sustancias psicodélicas”, afirmó en 1989.). Estas sustancias “básicamente aceleran y acentúan la disolución de los paradigmas aprobados”.
En otras palabras, McKenna explicó:
Todos aquellos aspectos a los que uno puede aferrarse —el catolicismo, los ideales democráticos, el jasidismo, el marxismo, el freudianismo— son meros recursos culturales, máscaras y matracas decoradas, creaciones de personas con buenas intenciones pero cuyo enfoque no es el adecuado. Pensé que el proceso de deconstrucción de la realidad cultural acabaría en una especie de liberación del cinismo. Ya estarías de vuelta de todo, nadie podría decirte cómo son las coas porque ya las habrías vivido, ya las habrías hecho. Resulta que la fase existencial, que yo alcancé a los 18 años, es en sí misma un sitio más en el camino.
Creo que yo alcancé esta fase a los 20 o 21 años, aunque de una forma muy vaga y alienada. Empecé a ver esta fase “simplemente como un lugar” quizá uno o dos años más tarde. Un lugar cuyo “paisaje” ya no me estimulaba ni me reconfortaba, pero permanecí en él. Permanecí en él incluso cuando, a los 27 años, tuve lo que considero mi primera experiencia con sustancias psicodélicas mediante la ingestión de hongos psilocibios. Seguí allí incluso después de haber contemplado y descrito esas experiencias durante los dos años siguientes, y tras sentir que ya había terminado con ese capítulo, de alguna forma, al haber terminado Taipei.
Antes de descubrir a Terence McKenna y escucharle hablar durante 30 horas, solo me sentía alienado por lo poco que había leído, visto y escuchado sobre las sustancias psicodélicas y las experiencias que provoca. Cuando se hablaba de ellas, la gente se mostraba desconfiada, irracional y/o indiferente, incluso cuando hablaban positivamente sobre ellas. Previsiblemente, parecían hallar cierta satisfacción en expresar y plasmar los mismos estereotipos sobre las sustancias psicodélicas que, entre otras cosas, me han mantenido al margen de la psicodelia la mayor parte de mi vida. Ajeno a lo que el mundo tenía que decir sobre estas sustancias —y después de descubrir, tras escribir mi libro, que incluso era ajeno a mis propias experiencias psicodélicas—, mi interés por ellas empezó a disminuir, hasta el punto de importarme tan poco lo que las sustancias psicodélicas pudieran revelarme sobre dónde estaba o de dónde venía como las respuestas que “el lugar existencial” pudiera ofrecerme.
Mis 30 horas con McKenna volvieron a despertar mi interés por las sustancias psicodélicas —y por las consiguientes preguntas— desde nuevas perspectivas y en un contexto mucho mayor. Empecé a englobar estas sustancias —y todo— en un marco que abarcaba desde el origen desconocido del universo hasta la formación de la Tierra, hace más de 4.500 millones de años, pasando por la aparición y el desarrollo de la biología, desde los organismos unicelulares a los peces, los reptiles, los mamíferos y, hace unos 200.000 años, el ser humano; y finalmente, hace unos 15.000 años, el principio de un proceso finito llamado historia, que McKenna ha vinculado con el periodo de gestación en la metamorfosis de una oruga hasta que se convierte en mariposa, solo que en lugar de adquirir alas, nosotros nos “ponemos del revés” como especie.
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Han pasado casi dos años desde entonces y estás leyendo el primero de 12 artículos que forman parte de una columna titulada “El Tao de Terence”. Me gusta pensar que el objetivo de esta columna es “difundir los memes de McKenna”. Lo menciono porque creo que puede resultar útil al lector. En 1990, McKenna afirmó, respecto a sí mismo y los memes:
Solía considerarme simplemente un lingüista ingenioso, pero ahora me he dado cuenta de que soy un simple replicador. Un meme, como ya os habrán dicho muchas veces, es la unidad más pequeña de una idea que todavía conserva coherencia. Los memes son a las ideas lo que los genes a las proteínas.
Quiero replicar (a veces con ligeras mutaciones y de diversas formas, como con citas) 50-100 de los memes de McKenna, algunos de los míos (como los memes autobiográficos que ya he descargado de la imaginación a esta columna), así como memes que he encontrado en libros a los que McKenna hacía referencia o que recomendaba y cualquier otro que surja del encuentro —y la replicación— de estos memes en el entorno de mi conciencia. (Prometo no volver a mencionar la palabra meme en esta columna). También entrevistaré a los hijos de Terence McKenna, Klea McKenna —en relación con The Butterfly Hunter (2008), un libro sobre su padre de edición limitada— y Finn McKenna (de quien Terence, en una comparación entre la salvia y el DMT, dijo que sabía más al respecto que ninguna otra persona que conociera) y escribiré sobre The Brotherhood of the Screaming Abyss: My Life with Terence McKenna (2012), las memorias del hermano menor de Terence, Dennis McKenna, a quien posiblemente también entreviste.
“Represento para mí mismo— y espero convenceros de ello— ideas radicales, innovadoras, incluso peculiares, pero nunca vagas o absurdas”, afirma McKenna. Como introducción a su visión del mundo, su personalidad, su sentido del humor y alguna de sus ideas, organizaré una amplia lista de mis 30 memes favoritos de Terence McKenna —acompañados por mis reflexiones, análisis y desarrollo de alguno de ellos— que publicaré aquí el martes de la semana que viene.
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