Hace unas semanas, mi novia Simone y yo, estábamos en una tienda de estampillas egipcia que olía a pegamento y alcanfor en un callejón sin salida cerca de la calle Talaat Harb. Por algún motivo, la extraña profesión de mercader de timbres postales nunca se manifiesta en condiciones higiénicas u organizadas, así que pueden imaginar el polvo y el calor dentro del arcaico lugar donde nos encontramos un pasaporte liberiano mientras revisábamos viejos sobres color manila.
El vendedor, Omar, que apenas tenía lugar para la caja registradora, no sabía que estaba en su tienda. «¿Tienes otros?», le preguntamos después de comprar el pasaporte. Dijo que tal vez, e inmediatamente comenzó a hacer largas llamadas telefónicas en árabe a algún expendedor de identidades de personas muertas. Una hora después, teníamos otros dos pasaportes en nuestras manos: Ihab Ahmed de Jordán y Fatima Sheehad de la República Arabe Unida.
Videos by VICE
La facilidad con la que obtuvimos nuestros pasaportes de mercado negro nos hizo preguntarnos que otra clase de pendejadas ilegales podíamos conseguir en este Egipto pos revolucionario, así que nos embarcamos en una expedición farmacéutica.
Continúa en la página 2
Nos enseñamos a estafar en un solo día, y tengo que decir que nos hicimos muy buenos. Para el final de la tarde, esto es lo que tenía en mi mochila:
Una caja de Motivals de 30 miligramos color rosa sexy que se veían como que me iban a conseguir mucho dinero con las locas de clubes gay; tres tiras de bromazepam de dos miligramos; una caja de sedantes Hypnor; cinco tiras de tranquilizantes Zolam; una caja de Restolam de .5 mg; una caja de Restolam de un miligramo; tres ampolletas de Valpam (que por el clima puede que ya no sea inyectable); dos cajas de Solpadeina soluble y una caja en gel; una tira de Eurocox 200 y 20 píldoras de Tramadol, para nombrar algunas.
Mientras que la mayoría de estas medicinas nunca llegará a Estados Unidos, en parte por la baja calidad de producción y las altas tendencias a provocar síndrome de abstinencia, y en parte que las grandes compañías de fármacos monopolizan el mundo occidental, Egipto se tiene que aguantar con demasiadas medicinas.
Gasté unas cien libras egipcias por todas las drogas en mi mochila, que es más o menos unos doscientos pesos. En Estados Unidos, hubiera pagado unos mil dólares por lo mismo, si no es que más. Egipto está en una posición única. Con el 30% de los ingresos por turismo desaparecidos, el egipcio promedio está sufriendo. Los souvenirs de pirámides que se vendían a turistas ahora han sido remplazados con calomanías de ENERO 25, que le venden a egipcios. Hay una fachada de unidad, pero obviamente hubo un cambio de paradigma. Con la ocupación militar dominando, la falsedad y el escepticismo se han convertido en un estilo de vida.
Nos han llamado «espías estadounidenses» en las calles en tantas ocasiones que ya perdimos la cuenta. Nos han jalado a tiendas de aceites y papiros bajo pretensiones extrañas a través de un complejo sistema de ventas. En una ocasión, después de declinar un té que el dueño de una tienda nos ofreció, trató de hacernos sentir culpables sacando una foto de su abuelito enfermo. «El padre del padre de mi padre comenzó este negocio él solo. Tengo 3 niños que alimentar». También sacó una foto de un árabe abrazando a Mohammed Ali. «Mi papá con su estadounidense favorito», nos dijo. Hemos visto esa afamada fotografía en toda la ciudad. Este árabe al parecer tiene muchos hijos.
Continúa en la página tres
Estuvimos usando la misma historia en todas las farmacias durante todo el día. Simone fingía cojear mientras yo sostenía su mano para ir al mostrador. Una quemada con el escape de una motocicleta en su pierna se convirtió en una seria operación de rodilla que necesitaba medicamentos para el dolor muy fuertes, opiáceos. Y nosotros éramos solo dos pobres extranjeros sin sus recetas médicas en un país muy lejano.
Uno de los boticarios que nos atendió se puso muy sospechoso, así que decidimos subirle dos rayitas a nuestra historia. Cuando nos desaprobó con la mirada, le mostramos un papel arrugado con el nombre de un hospital cercano en árabe. Nosotros no hablamos árabe, así que de alguna manera, nos daba validez. Conseguimos la nota con otro boticario después de convencerlo de la situación debilitante de Simone. Si alguien no quería darnos lo que le pedíamos, esa «receta» era nuestro as bajo la manga.
«Fuimos a este hospital, pero ya no tenían. Por favor, mírela, no puede ni caminar», mientras otro hombre le prestaba un banco donde ella, lenta, muy lentamente se sentaba. «Déjenme ver lo que puedo hacer». El hombre dijo mientras revisaba dos estantes que parecían estar ahí desde la era de Nasser y que estaban a punto de deshacerse. Nos pasó un poco de Celebrex, con el que nos divertimos muchísimo. Le dije que ya había tomado eso y que no era lo suficientemente fuerte, así que revisó de nuevo su colección y sacó dos tiras de Tramadol. Si tomáramos una tira cada quien, ocho píldoras, sería suficiente para matarnos a los dos. Nos cobró 15 libras egipcias, que es menos de cuarenta pesos, y nos fuimos.
Continúa en la página 4
De regreso en la calle Talaat Harb, los gatos ya se habían comido a todas las ratas y maullaban hambrientos, una jauría de perros llenos de moscas mantenía su territorio junto a una gasolinería decrépita, con basura apilada a la orilla del camino, y sobre todo eso, la ventana del segundo piso del edificio había explotado. No era una escena agradable. Un chico vestido en ropa marca La Mecca vendía armas de plástico con tapones color anaranjado, las que están prohibidas en Irak. Alguien dijo, «bienvenidos a Egipto», con bastante sarcasmo, y no nos volteamos porque sabíamos que nos seguiría si le hacíamos caso. Pero de todas maneras nos siguió y le gritó «¡Barbie!» a Simone, y unas 50 personas en la calle se nos quedaron viendo. Después, hubo una pequeña explosión en las cercanías, probablemente una fiesta, y la gente aplaudió.
Quisimos hacer una estafa más antes de regresar a casa. Había una farmacia del otro lado de la cuadra. De hecho, hay una en cada cuadra de El Cairo, demasiadas. Simone fingió un temblor y entramos. «Acabo de bajar del avión de Vienna y no puedo dormir, ¿me podría ayudar? En casa me recetan algo de nombre Zopiclone. ¿La tienen? Puedo hablarle a mi doctor si lo desean. Tengo problemas para dormir». Hizo una almohada con las manos, cerró los ojos y fingió dormir. Salimos de ahí con una caja de hipnóticos genéricos.
Ese sentimiento de cuando se camina por las calles sucias de una ciudad en transición es difícil de explicar. Con falsificaciones y explotación como la norma, tal vez estafas de medicinas, tan torcido como podrá parecer, era solo nuestra manera de tratar con la situación. Puede sonar extraño, pero creo que eso nos acercó mucho a los locales, al complejo mecanismo de la ciudad. Dos engranes, hasta el culo, girando dentro de un reloj que se rompió hace poco.
MITCH SWENSON
Más
de VICE
-

-

Photo by Scott Dudelson/Getty Images for Stagecoach

