Por fin llegó la nueva entrega de uno de los autores más innovadores y más prolíficos del panorama de la literatura latinoamericana actual. Se trata del nuevo libro de Mario Bellatin, Gallinas de madera, publicado por Sexto Piso. Este volumen está conformado por “En las playas de Montauk las moscas crecen más de la cuenta” y “En el ropero del señor Bernard falta el traje que más detesta”, relatos donde el personaje tiene una historia compartida con dos de los escritores más importantes del siglo pasado: Bohumil Hrabal y Alain Robbe-Grillet.
La ilustración de portada es de nuestro querido Óscar Benassini, editor de La Tempestad.
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En las playas de Montauk las moscas crecen más de la cuenta (fragmento)
Los animales llegaron excitados. Ignoro si por el asunto del ave muerta o por no haber realizado el paseo completo.
Daban incontables vueltas a mi alrededor. Sin hacerles caso, me acomodé en mi estudio y busqué en la computadora alguna información sobre palomas en general. Deseaba saber a qué especie podría pertenecer el cuerpo abandonado al lado de aquellas personas reunidas.
Me sentí mal. Tal vez porque en realidad me encontraba sentado en la Alexanderplatz, oyendo que algunos transeúntes me llamaban por mi nombre.
Creo que acciones de esta naturaleza –encontrarme al mismo tiempo en el estudio buscando en la computadora y sentado a la vez en una de las plazas más simbólicas de Berlín– logran que a veces entienda más que nunca a Bohumil Hrabal trepando el alféizar del asilo con el fin de espantar a las palomas.
Cuentan que la caída de Bohumil Hrabal fue estrepitosa. Que no murió en el acto sino que tardó unos cuantos minutos en dejar de respirar. Que sufrió de una manera semejante al perro de mi editora luego de ser atacado por el sapo venenoso.
La editora me contó que el veneno tardó cerca de una hora en hacer efecto.
Algunos testigos afirman que Bohumil Hrabal no mostró, ni por asomo, la elegancia con la que un ave cualquiera realiza su vuelo final. Esa forma de planear que acostumbran llevar a cabo algunos pájaros a manera de despedida del mundo.
Aunque en más de una ocasión he constatado que en realidad las aves suelen morir acurrucadas sobre sí mismas en algún rincón de la naturaleza.
Recuerdo haber visto a varios pájaros moribundos a lo largo de mi vida.
Sobre todo en las playas de Montauk.
Cuando era niño, más de una vez llegué a pensar que las gaviotas imposibilitadas de volar se quedaban quietas porque habían decidido de pronto hacerse amigas de las personas.
Apenas las percibía en algún recodo, me gustaba acercarme a ellas como para demostrarles mis buenas intenciones.
Intentaba casi siempre darles algo de comer.
No advertía que muchas cojeaban o se quedaban quietas de espanto mientras mi mano las iba acariciando.
Horas después solía encontrarlas muertas. Rodeadas de moscas la mayoría de las veces. Moscas grandes de color verdoso. Las que prefieren alimentarse de carne inerte y casi siempre se les encuentra en las playas.
Insectos de esa misma naturaleza debían estar volando en este momento alrededor de la paloma muerta, que según supe después –me lo contó la propia mujer que atendía en las mañanas a sus clientes– fue colocada por aquellas personas en una de las ramas del árbol, la cual señalaron como el lugar apropiado para dejar una paloma muerta por un perro.
Una mosca verde de las playas, de características similares a las que me aterraron cuando se posaron –dos casi al mismo tiempo– sobre mi mano en la Alexanderplatz tras sentarme en la banca.
Una mosca que vi más grande aún que la mandíbula del perro dachshund que aquella mujer llevaba en brazos mientras cruzaba la plaza.
En ese momento advertí que el tiempo transcurrido entre la mayoría de asuntos que he señalado antes –las personas bajo el árbol y mis perros atacando a una paloma, mis digresiones sobre Bohumil Hrabal y su caída desde el alféizar del asilo, mi preocupación sobre las nuevas directrices que hay que acatar para nuestra relación con los animales, la muerte del perro de mi editora– había durado sólo los escasos segundos que tardó aquel dachshund en abrir el hocico.
Comprendí entonces recién que no había sido engañado por el hombre que colocó el trozo de papel en mi lengua.
Reafirmé que Berlín es el mejor lugar para asumir este tipo de experiencia –la causada por el ácido lisérgico– y que las moscas verdes no sólo se encuentran en las playas.
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Lee más adelantos en nuestra columna semanal La pura puntita.
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