ARCOPOLIPSIS


¿Qué es lo primero que buscas cuando accedes a un espacio cerrado, la salida de emergencia o el punto de venta de alcohol más cercano? Si tu respuesta es la A, felicidades, Jason Bourne, has descubierto tu identidad. Yo me inclinaba por la segunda. Sin embargo, podría trazar un plano de evacuación del recinto de la fiesta de inauguración de ARCO con los ojos cerrados. Extraño.


Para poneros en situación: nos encontramos en un parking subterráneo que huele a pis. Algunos nos preguntamos por qué. Decenas, cientos de películas de gran éxito comercial nos han dejado claro que estos son lugares susceptibles de transformarse en refugio de caníbales y zombies. Por lo visto, los artistas se suman a ese selecto club. ¿Industria cultural = Holocausto caníbal? ¿Es este acaso un guiño meta-textual que me llega con delay? Si es así: ole, señores de ARCO, lo habéis clavado. Lo habéis clavado al empujarnos a nosotros, vuestros invitados, contra el áspero muro del riesgo físico, la insalubridad y el sinsentido, al montaros la inauguración de la feria de arte más importante del país en un karaoke subterráneo con barra única, al regar de amoniaco en los alrededores para que la atmósfera gore sea más auténtica, pagándole a la doble ibérica de Sarah Jessica Parker para que dé rienda suelta a la desesperada triunfita que lleva en su interior a punta de chillar «Summer Love» entre lucecitas de pirotecnia china, mientras que los que aún no hemos tenido la oportunidad de chuzarnos al punto de la sordera intentamos camuflarnos entre el mar de tupés y bigotillos, al más puro estilo de Zombies Party.
A mi vera, una nínfula indie mueve las caderas suavemente, haciendo ondear su vestido de algodón floreado bajo el jersey oversize de su novio, que observa la escena complacido mientras acaricia con los labios una Heineken de diseño. Ella está bailando I´m a Gipsy, de Shakira. Y probablemente cree que su novio realiza una lectura irónica y posmoderna de su performance. Pero la verdad es que la está sintiendo. SHAKI HA TOCADO EL ALMA DE UNA JOVEN Y PROMETEDORA GALERISTA. El receso termina y nuevamente se abre el micro al personal. La mirada del novio se enciende tras los cristales sin graduación de sus gafas de carey enormes y finge una risilla floja: está deseando ser adorado por un talento musical que no tiene.

Videos by VICE


Pero el FITUR del arte también vive de día. Sobre todo desde que su nuevo director se ha empeñado en demostrarnos que lo arriesgado, rompedor e iconoclasta también da de comer. ¿Cómo lograr este giro de 180º? Sencillo. Reduciendo el recinto a dos pabellones y dotando cada cual de su respectivo centro botellonero. Decidida a no quedarme más de lo justo en este extraño paraje olvidado de la mano de la belleza, me abastezco de una chelita bien fría y me lanzo a la frenética búsqueda de algo o alguien que resuma el espíritu de ARCO en todo su esplendor. Y aun en contra de mí misma, me encuentro de pronto boqueando como un pez frente a la pared de un stand prefabricado, porque resulta que el país invitado de este año es Rusia, y Rusia no es moco de pavo. Estamos hablando de un país en el que los chavales se entretienen haciendo bungee en centrales nucleares abandonadas. Tomar a Ilya Chichkan, un tipo que de un modo inesperado te arrebata del temido marasmo del «de vuelta de todo». Joder, ¿su Pelagea es la Gioconda de nuestros tiempos o qué?

Y luego So Yung Choi (arriba), una surcoreana de 31 años con mogollón de tiempo y denim en sus laboriosas manos. Espabilad, malditos occidentales. ¿O es que hace falta haber aspirado el rancio aliento del comunismo para desarrollar cojones o personalidad? Lo cual me lleva en definitiva al mundo de la creación catalana. Hablo de la falta de cojones, está claro. Terminar frente a una nevera de Coca Cola que «expende» iconos de la cultura popular iberoamericana es lo que tiene. No me voy a poner toda seria a hablar de postcolonialismo, pero después de pararte enfrente de una tía que se ha cosido a mano la ciudad de Tokio en tela de vaquero, llamar «mi obra» a una colección de objetos que forman parte de la cotidianidad de otros me parece un poco jeta. Viva Miralda. Oups, dije su nombre.
Pero el espécimen que sintetiza todo, por supuesto, se encuentra en el extrarradio. Se trata del artista emergente, ser desesperado por antonomasia que, sea por el oficio de la tozudez (de su novia) o el buen timing (haber invitado a una raya a alguien con influencia en el momento preciso), acaba formando parte del circuito comercial artístico de la noche a la mañana. Lo primero que llama la atención en el aspecto de este habitual de la feria son las ojeras que delatan interminables horas de vuelo o conducción, bajo el efecto residual de varias tabletas de ansiolíticos y relajantes musculares; lo segundo, que es muy probable que se haya afeitado bajo ese mismo efecto sedativo. En su mirada se pueden leer extraños y contradictorios mensajes: «Sácame de aquí», «Cómprame lo que sea», «Acéptame como soy», etc. Pero nada tan entrañable como el momento en que una de esas marchantes de pelo, uñas y stilettos impecables, se refiere a uno a quien yo había visto no hacía mucho hurgar sin suerte en sus bolsillos frente a la barra como «solvente», mientras su magnífico bolso le resbala desde el hombro hasta el envés del codo por la suave seda de su blusa. Y resulta cuanto menos curioso que en una industria en la que la ironía se ha convertido en una especie de plaga mutante, capaz de neutralizar nuestra capacidad de detectar incongruencias mucho más significativas que una moderna fingiendo que finge fingir entregarse en cuerpo y alma a los 40 Principales, sea el pijerío facha lo que posiblemente salve de la indignidad a ese artista nervioso y talentoso cuyo solvente trabajo no daba para pagarse un botellín.

Texto: Elisa Fuenzalida

Illustración: Cristóbal Fortunez

Foto: Luis Diaz

Thank for your puchase!
You have successfully purchased.