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“En el Ejército Español la corrupción es algo cotidiano”

El teniente Luis Gonzalo Segura, a punto de ser excarcelado, asegura que el Ejército tiene cajas B y que lo castigan para dar ejemplo y acallar las voces críticas.

María Altimira

Luis Gonzalo Segura

El amor puede salir muy caro y si no que se lo pregunten a Luis Gonzalo Segura, teniente del Ejército de Tierra. Amante apasionado de la carrera militar, su cruzada contra la ciénaga de la corrupción que, asegura, pervierte y malmete el cometido de las Fuerzas Armadas, le está costando muy cara. A raíz de las denuncias contra los tejemanejes financieros y los abusos de poder que, declara, impregnan el estamento militar y que novela en su libro "Un paso al frente", cumple su tercera pena de internamiento en la base San Pedro de Colmenar Viejo (Madrid). Su voluntad de acabar con la impunidad en el seno del Ejército ya le valió la hospitalización tras una huelga de hambre y la pérdida de su destino militar.

Ahora, la batería de acusaciones interpuestas por las Fuerzas Armadas, le han abierto cinco expedientes por "hacer manifestaciones contrarias a la disciplina" y "menospreciar a mandos y autoridades militares" en su libro y en declaraciones a los medios de comunicación, podría valerle la expulsión definitiva del Ejército. Hoy, en el aislamiento de su arresto y a punto de volver a recuperar la libertad, nos atiende en una entrevista telefónica y sus palabras resuenan más allá de los muros de su encierro: "Vale la pena intentarlo, voy a aguantar hasta que mi caso llegue al Tribunal Supremo porque, si gano, otros vendrán detrás de mí".

VICE: Altos mandos que viven como semidioses malgastando el dinero público en residencias de verano, en la construcción de saunas o en la asignación caprichosa de chóferes...¿el Ejército es tan corrupto como narras en tu libro?

Luis Gonzalo: La corrupción es algo generalizado, cotidiano, y todos los militares son conscientes de ello. Hay una cantidad enorme de dinero circulando por las Fuerzas Armadas sin ningún tipo de control. El problema es que los órganos de supervisión forman parte del Ejército, somos juez y parte. Hablamos de un sistema que mueve mucho dinero, que no cuenta con auditorías externas ni con jueces independientes. Se trata de una justicia militar que quiere preservar y proteger a la institución pero, en realidad, lo único que consigue es dar cobijo a una serie de señores mafiosos que se pagan todo tipo de caprichos, desde el Canal +, hasta la asignación de chóferes a su conveniencia, la construcción de saunas, etc. La lista es muy larga.

Publicas el libro porque las denuncias que presentas ante tus superiores y el Tribunal Militar Central son archivadas, ¿cuáles son los casos de corrupción que pusiste en conocimiento de la justicia castrense?

Yo denuncié solo aquellos casos que podía probar documentalmente, pero en realidad no son más que la punta del iceberg. Uno de ellos se refería a la asignación irregular de cargos y otro a las cuentas paralelas en la adquisición de material informático. La historia de este último empieza en 2009, cuando me asignan a la unidad de apoyo de la SUBOPER (Subdirección de Operaciones de Red) de la JCISAT (Jefatura CIS y de Asistencia Técnica), encargada de dotar de medios de tecnología digital y telecomunicaciones a todo el Ejército de Tierra. Mi superior, el coronel Crespo, me pide que me encargue de hacer un inventario de todos los equipos informáticos. La unidad acababa de ser reestructurada debido a un escándalo de corrupción protagonizado por un teniente que vendió ordenadores de las Fuerzas Armadas por eBay.

¿Y qué encontraste?

Pues, entre otras cosas, durante el inventario, mis compañeros y yo nos dimos cuenta de que había un desfase de cinco millones de euros en relación a la adquisición de ordenadores. Los altos mandos se ponen nerviosos porque ven lo que puede suceder, apartan a Crespo y nos ordenan que cerremos el inventario aun sin haberlo acabado. Poco después, denuncié los hechos pero archivaron el caso. De hecho, el juez ni siquiera quiso examinar el disco duro donde estaban las pruebas. Pero más allá de los cinco millones, lo más grave es que no se trata de un caso aislado, lo peor es que la documentación prueba la existencia de cajas B en las Fuerzas Armadas.

¿Fuiste testigo directo de otras irregularidades?

De muchísimas más. Están, por ejemplo, las irregularidades en las facturas de las empresas que abastecen de comida los acuartelamientos. En este caso, la argucia es contabilizar más raciones de las realmente dispensadas para que la autoridad local (jefes de acuartelamiento) y las subcontratas se llenen los bolsillos. Por otro lado, está el combustible de los vehículos militares. Los sobresueldos, las paellas o los vinos también se pagan con partidas desviadas del gasto por combustible. Aquí puedes encontrar barbaridades como el consumo de 80 litros por cada 100 kilómetros. Es todo una chapuza y el problema es que, ante tal despropósito, nadie se atreve a investigar porque si así lo hicieran la mayoría de los altos cargos militares tendrían que ser sancionados o encarcelados.

Después de tres arrestos, tu pérdida de destino y el silencio de las autoridades ante tus peticiones para que se investiguen estos episodios, ¿crees que tu caso va a servir para cambiar el curso de las cosas?

Esta claro que su intención es asfixiarme con sanciones y arrestos y así poder cerrar mi caso en falso. Lo único que no han podido hacer es acusarme por haber mentido. Pero no soy el único que ha puesto encima de la mesa los derroches protagonizados por las Fuerzas Armadas. A mediados de 2014, tres interventores militares del Ejército del Aire denunciaron en su informe casos de malversación de caudales públicos, fraude fiscal y falsedad de documento público en la base de Getafe. De hecho, incluso el propio Constantino Méndez, Secretario de Defensa en el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, reconoció que el Ejército se había gastado 30.000 millones de euros en un arsenal que no se adecuaba a nuestras necesidades.

Sin embargo, tu estás pagando un precio muy alto...

Sí, pero tenemos mucho que ganar. Mi caso podría ser determinante porque me han utilizado para acallar al resto de los militares. Lo que ven mis compañeros es alguien que se ha expuesto, con la publicación del libro, con mis declaraciones en los medios de comunicación y que ha sido encarcelado y castigado con la pérdida de destino. Pero mi plan es recurrir y aguantar hasta que mi caso llegue al Tribunal Supremo, fuera del ámbito militar, porque allí a esta gente suelen darle un tirón de orejas y, si gano, muchos vendrán detrás de mí. Sin embargo, si la sociedad y los medios de comunicación miran hacia otro lado y no presionan al Ministerio de Defensa, si éste logra su objetivo y mi caso no prospera, entonces nadie va a querer arriesgarse.

* * *

Al cabo de unos minutos, la comunicación se corta, su tiempo de conversación telefónica se ha agotado y Luis debe volver al aislamiento que le han impuesto en la base San Pedro de Colmenar Viejo. Cuelgo y, de repente, las palabras que antes de entrevistarlo leí en el prólogo de Un paso al frente toman un halo de realidad, la de la lucha de aquellos que no quieren conformarse con la letanía del "que le vamos a hacer, las cosas funcionan así". Este es el fragmento:

No quisiera terminar este prólogo sin afirmar que amo al Ejército –aunque muchos dirán que no- y que sueño con unas armas regeneradas, más nobles, más justas y un mundo mejor. Avergonzarte en ocasiones de tu propio país y tu trabajo es la única opción que permite el honor. Nunca olvido que tenemos permiso para perder y para equivocarnos, todos lo hemos hecho alguna vez –algunos, como yo, demasiadas- pero nunca para rendirnos y escondernos. Habernos equivocado no nos da licencia para seguir haciéndolo. Eso solo lo hacen los cobardes, aunque triunfen como mediocres. A estos les deseo que disfruten de su victoria. Yo prefiero mi fracaso. Es mucho más dulce.