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Erdogan asume el control absoluto del ejército

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El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, asumió ayer domingo el mando absoluto de las fuerzas armadas de su país. La medida ha sido apuntalada por un nuevo decreto diseñado para consolidar el poder del presidente del país tras el golpe militar fallido que capeó a principios de este mes y cuya autoría continúa siendo un misterio.

El decreto confiere a Erdogan y al primer ministro del país, Binali Yildrim, el poder para dar órdenes directas al ejército, la Marina y a los comandantes de las Fuerzas Aéreas. Las academias militares serán cerradas y reemplazadas por una universidad de Defensa nacional. El objetivo no es otro que someter a las Fuerzas Armadas bajo el absoluto control civil. El golpe que fracasó entre el 15 y el 16 de julio supuso la quinta intervención del ejército en el poder registrada en el país otomano desde 1960.

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Las represalias también han provocado que, en adelante, los servicios de inteligencia pasarán, igualmente, a estar bajo el control de Erdogan, un departamento al que ahora se acusa de no haber advertido de la proximidad del golpe.

«Vamos a introducir un pequeño paquete de medidas en el parlamento que, de ser aprobadas, someterán a la Organización Nacional de Inteligencia (ONI) y al jefe del estado militar bajo el control del presidente», declaró ayer Erdogan durante el transcurso de una entrevista con la emisora Haber TV.

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Las fuerzas armadas también están padeciendo una sacudida estructural integral. Erdogan ya ha despedido a más de 1.400 miembros por sus presuntos vínculos con el reverendo islamista Fethullah Gülen. Erdogan sigue acusando a su archienemigo en el exilio de haber orquestado el golpe para arrebatarle el poder desde Estados Unidos.

Erdogan también ha anunciado que los comandantes del consejo militar supremo (YAS) serán reemplazados por los ministerios del gobierno — un movimiento que podría afectar potencialmente a los conflictos en los que está implicada Turquía, como la guerra que sigue librando contra los combatientes kurdos en el sudeste del país, y la batalla contra Estado Islámico.

La última barrida de soldados es la enésima medida adoptada por el líder turco, que ha orquestado una purga masiva desde que su cetro fuera presuntamente cuestionado por fuerzas ajenas a él. La semana pasada más de 1.700 miembros de las Fuerzas Armadas fueron absueltos por su presunta participación en la sublevación militar.

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La mano de hierro con la que Erdogan ha reaccionado al golpe ha despertado el criticismo de la plana mayor de sus aliados occidentales. Hasta la fecha la draconiana respuesta del líder con hechuras de dictador ha provocado una purga de más de 60.000 personas. Militares, jueces, académicos y funcionarios civiles han sido los principales damnificados de una serie de detenciones en cadena, despidos e investigaciones criminales. El pretexto que justifica que decenas de miles de personas estén en la cuerda floja no es otro que su presunto vínculo con Gülen, de quien todavía no se ha logrado demostrar que haya orquestado golpe alguno.

Erdogan, pese a todo, sigue insistiendo en que Estado Unidos extradite al líder religioso, quien se autoimpuso el exilio en Pennsylvania, a sabiendas de la suerte que hubiese corrido de haberse quedado en Turquía.

Al menos 246 personas fueron ejecutadas y otras 2.000 heridas en las horas posteriores al golpe de estado. A Erdogan le sobró tiempo tras la masacre para comparecer por televisión a las 4 de la madrugada, informar que el intento de golpe había sido contenido y hacer un llamamiento a su pueblo y saliera a las calles para defender al ejecutivo de la insurgencia militar. Horas después, tras el derramamiento de sangre, las protestas callejeras y el caos, Erdogan compareció de nuevo en Estambul para condenar el «acto de traición y de sublevación», en un discurso prepotente y desafiante.

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