Durante los últimos cuatro años, nosotras, las fotógrafas del Grupo Mirada Photo, de Córdoba, Argentina, hemos mantenido un taller fotográfico en la prisión de mujeres de más alta seguridad de la provincia. En toda nuestra carrera como fotógrafas, jamás habíamos apreciado tanta intensidad en el valor de una imagen fotográfica como trabajando con estas mujeres.
Arrugada, rasgada, cubierta con Scotch, escrita encima y enormemente apreciada, la foto de familia es, de lejos, la más valiosa de las pocas posesiones que a las prisioneras se les permite conservar. Estos documentos son a menudo el único paliativo contra la nostalgia y la soledad que las acompaña durante sus años de encarcelamiento. Creemos que esta es, posiblemente, la más noble función que una foto puede desempeñar.
Lo que proponemos en nuestras clases es crear imágenes que documenten la realidad de las vidas de las reclusas, a pesar de que no se les permita llevar cámaras fuera del aula en el que nos reunimos. No tenemos permiso para ir a sus celdas ni para tomar imágenes de parte alguna de la prisión ni de los terrenos que hay más allá del área educacional. Estas restricciones nos obligan a recrear la “realidad” en nuestro pequeño aula mezclando, con intervención digital, tomas de paisajes, fotos viejas y trajes.
El taller dura cuatro meses y las ideas para el proyecto final de cada estudiante se van formando a medida que les enseñamos conceptos y prácticas básicas. Nuestra clase puede que sea la única oportunidad que tengan durante su confinamiento de compartir ideas y hablar abiertamente de lo que las motiva a crear arte. Discutiendo de sus vidas diarias, necesidades y frustraciones se consigue una sensación temporal de libertad; una libertad que no existe en otro modo dentro de esta institución. Esto provoca emociones intensas. Nuestro aula ha presenciado de todo, desde mujeres rompiendo a llorar a mujeres simplemente pasando un rato sin preocupaciones. Juegan, ríen y se mofan de sus crudas realidades. Y, si ellas no se ofrecen a contárnoslo, jamás les preguntamos que les condujo a prisión. Los delitos de nuestras estudiantes abarcan desde el hurto al asesinato.
Los proyectos finales de este año fueron unos “composites” digitales creados a partir de tres elementos. La imagen de fondo es una fantasía de libertad, en la cual la reclusa especificaba dónde le gustaría estar si no estuviera en prisión. A veces era algo tan vago como “Quiero estar donde haya muchos árboles y césped”, y otras veces era tan específico como “Quiero estar en Plaza San Martín, rodeada de palomas”. Estas fotos las tomaron miembros del Grupo Mirada Photo de acuerdo a las peticiones de cada reclusa.
El segundo elemento, los retratos de las propias prisioneras, se tomaron en un estudio construido en prisión durante las horas de clase. Estas imágenes las tomaron otras estudiantes, de manera cooperativa, y cada reclusa posó con la composición definitiva en mente. El tercer elemento son fotografías de sus maridos e hijos, escaneadas de las pequeñas instantáneas que las mujeres guardan con ellas en sus celdas. De la combinación de estos tres elementos resultaron imágenes que representan el profundo deseo de cada prisionera de recuperar el poder de su maternidad y la libertad de continuar con sus vidas en el mundo exterior.



