sexo

El extraño arte adolescente de masturbarse con un condón

¿Pero por qué lo hacen?

por Pol Rodellar
06 Noviembre 2018, 5:00am

Foto vía el usuario de Flickr  Ivan Hernández | CC BY 2.0

En mi instituto se comentaba que "era la hostia". Siempre había alguien —algún iluminado, algún avanzado en la materia— que decía que lo había probado y que era un universo nuevo y maravilloso, “es la hostia”, decía. Se refería a lo de hacerse una paja con un preservativo puesto.

Por extraño que parezca, esto es algo que se hace, que se ha hecho y que se seguirá haciendo siempre. Una especie de vínculo transversal que une a todos los adolescentes de todas las épocas y lugares, esa ansia de mejorar la experiencia masturbatoria. Vayas donde vayas o estés en el momento histórico en el que estés, ahí siempre habrá alguien masturbándose con un preservativo o con algo raro puesto en el rabo.

Chavales que enfundan el pene dentro de un traje de látex para encomendarse a la búsqueda imparable del placer sexual, una aventuras sin límite que los empuja a acometer las hazañas más extrañas e increíbles. Y es que la fuerza que desprenden las ansias masturbatorias de un adolescente es imparable y eterna, como la que empujó a Colón a cruzar el Atlántico o a Jesucristo a resucitar. Pocas cosas pueden superar ese anhelo tan intenso.


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Se la conoce por muchos nombres y todos y cada uno de ellos responden a un intento de elevar la paja a un estado superior: del inglés “rich man’s wank” pasamos a la “paja pija”, la “paja del rey”, la “paja plus”, la “paja deluxe” o la “paja de oro”; todos ellos nombres que remiten a cierto aburguesamiento del onanismo.

Claro, esta se convierte quizás en la primera experiencia con un “juguete sexual” —aunque no lo sea per se— y esto implica cierta mejora del acto, cierto upgrade que incrementa, supuestamente, el placer. A la par, debemos tener en cuenta que una paja es gratis, por lo que tener que comprarse un preservativo cada vez que alguien —sobre todo teniendo en cuenta de que este “alguien” es un adolescente— quiere masturbarse supone un gasto bastante importante, algo que puede llevar a alguien a la ruina.

Me veo en la obligación de concretar que se trata de una tradición eminentemente masculina, aunque no dudo de que las tías se masturben con pastillas anticonceptivas, preservativos o dispositivos intrauterinos. La diferencia es que “la paja con condón” es algo que se escucha en los pasillos de los institutos, es una leyenda viva. Sea lo que sea que hagan las chicas con los preservativos será algo menos conocido, menos comentado y, probablemente, menos extendido. Hay otro tema, ¿es algo que solo hacen los adolescentes o podemos encontrar también a gente adulta haciéndolo? Son muchas las preguntas, un abanico inasumible de dudas.

Todo el proceso de sacar el asunto del paquete, ponerse el preservativo y eyacular dentro de él alimenta la fantasía de estar “viviendo” un casquete, de simular la pantomima que realizan también los seres que follan de verdad

¿Qué se busca en la paja con condón? ¿Qué es lo que tiene esto de “la paja deluxe”? ¿En qué mejora el acto, qué hace para embellecerlo? ¿Puede tratarse de un intento de acercarse lo más posible a la idea del acto sexual real, ni que sea un poquito más? Una paja, pongamos, se encuentra a dos kilómetros de una follada real; quizás, con el preservativo, estos dos kilómetros se convierten en un kilómetro y medio, ¿me seguís? ¿Sabéis lo que quiero decir?

Todo el proceso de sacar el asunto del paquete, ponerse el preservativo y eyacular dentro de él alimenta la fantasía de estar “viviendo” un casquete, de simular la pantomima que realizan también los seres que follan de verdad, una puesta en escena engañosa pero que aporta un placer inconmensurable. La fantasía del polvo, la curiosidad de saber qué tacto tienen los profilácticos, cómo se ponen y cómo huelen —ese olor que nos acerca tanto al sexo—. Es el desconocimiento, el no haberse puesto nunca un preservativo lo que llama la atención, lo que dispara las dudas e inicia la curiosidad. Es por eso que es un campo de batalla exclusivamente adolescente —en la mayoría de los casos—, ese sector de la población que aún no ha normalizado la presencia de los preservativos en su vida ni en su cartera.

Preguntando por mi entorno de conocidos y desconocidos de Facebook he descubierto varios motivos por los que la gente puede haber decidido masturbarse con un preservativo. Uno de ellos era un intento para desarrollar un método higiénico de control y almacenamiento de esperma. Se la llama “paja pija” porque uno no tiene que preocuparse de nada, no existe la posibilidad de manchar nada, como pretendiendo decir que el trámite de la limpieza con el pañuelo o el papel higiénico es algo de pobres, de clase baja. El pajero rico se corre y no tiene que preocuparse de absolutamente nada. Desconozco si es realmente útil en este aspecto, porque, sí, acumula la lefa (como en un acto sexual) pero tampoco es que un condón te deje el miembro totalmente aseado e inmaculado.

Me imagino a chicos solitarios atrapados entre las cuatro paredes de su habitación queriendo evitar que salpique un poco de esperma y que un familiar pueda descubrir que se masturban. O quizás son el compañero perfecto para las pajas de colonias de verano, esas en las que uno no se puede permitir ser demasiado escandaloso y necesita un aparato que le aporte una portabilidad y una maestría excepcional para no ser descubierto.

Otro de los motivos por los que la peña se hacía una "paja pija" era como una especie de rito iniciático entre amigos, ese portal que hay que cruzar para madurar o entrar a formar parte de un grupo selecto de individuos o para consolidar una gran amistad que se pretende casi eterna.

Podría ser también un intento para intentar alargar la duración de la paja, poniendo barreras para aumentar minutos

Muchos lo utilizan como un campo de prueba para cuando llegue la acción de verdad IRL, el sexo de verdad. Hacer ensayos antes de encontrarte en situación es una iniciativa muy inteligente, aunque enfermiza. Se trataría de pillar práctica, probar la posología, la extracción sin derrame y cómo hacer “el nudo”. Sí, practicar el jodido nudo es importante. Todo para no quedar mal delante de la otra persona que te acaba de desvirgar. Es como una avanzadilla para hacer una comprobación básica de campo, para no liarla, para no quedar como alguien que nunca se ha puesto un condón para follar, que es la realidad.

La gente lo hace también para dar salida a un producto perecedero que no ha cumplido la misión que le fue encomendada. Pongámonos en situación. A los 18 años te compras una caja de doce preservativos pensando que los vas a utilizar durante ese viaje a Berlín con tus colegas, entre los que se encuentran esa chica con la que crees que existe “algo”. Algo que no existe, evidentemente. Durante el viaje no pasa absolutamente nada y al regresar a casa deshaces la mochila y te encuentras la caja intacta, con el precinto de plástico y todo, es la representación física de tu fracaso, de tus sueños rotos. Esa caja.

Doce preservativos. Ocho euros con veinticinco céntimos. Ese paquete contiene tus lágrimas, y muchas más de doce. Entonces, ¿qué uso les vas a dar a esos doce gorritos de látex? ¿Esperar a otra oportunidad que seguramente no llegará nunca? ¿Esperar a que caduquen? No, te vas a masturbar con ellos puestos, eso es lo que harás. Será casi como hacer el amor con esa chica del viaje a Berlín. Casi lo mismo. Cerrarás el círculo por el que fueron creados esos preservativos.

Podría ser también un intento para intentar alargar la duración de la paja, poniendo barreras para aumentar minutos. Quizás seis condones puestos uno encima del otro lograrían esa tan ansiada paja de hora y media.

Al final la paja con condón es incómoda. Es más fascinante la leyenda y las fantasías e historias que se generan a su alrededor que no el acto real en sí, como cualquier cosa que involucre un poco de sexo. Por lo que parece, el látex sube y baja, entra aire y al final parece que tengas un globo con defecto de fábrica puesto encima de tu rabo. Aunque supongo que si alguien lo practica a menudo al final desarrollará una maestría sorprendente, pese a que no sea muy digno ser el mejor en esto de las “pajas deluxe”.

Porque es esto, la humillación de que te puedan pillar haciéndolo es descomunal, nadie quiere que le encuentren en estas condiciones. Si lo hacen, a partir de este momento empezarán a llamarte el “folla condones”. Imagínatelo, serías un pervertido. Del lujo envidiable de la “paja de pijo” a la denostación y enfermedad del “folla condones”. Todo un viaje del héroe.

Siempre existirá ese anhelo de convertir una paja en una muy buena paja

Pero pese a ser algo inútil e incómodo, se sigue haciendo. Los hombres seguimos cometiendo una y otra vez el mismo error. Desde los preservativos “de glande” hechos con papel de seda o intestinos de cordero que se utilizaban en asia en el siglo XV; o los hechos con caparazón de tortuga o cuerno de animales que se estilaban en Japón durante ese mismo siglo; o los aparatos descritos por el italiano Gabriele Falloppio en el siglo XVI hechos con vainas de lino empapadas en una solución química que se dejaban secar antes de usar; o los condones hechos con vejiga del renacimiento; o los de cuero fino de los comerciantes holandeses durante esa misma época; o desde los condones de caucho disponibles a partir de 1855 a los de látex que empezaron a producirse en 1920, durante todos estos momentos siempre ha habido chavales pajeándose con ellos.

No es placentero, tampoco es del todo útil, pero se hace y se seguirá haciendo, incluso cuando ya no haya motivos para seguir utilizando y fabricando condones. Porque siempre existirá ese anhelo de convertir una paja en una muy buena paja.

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