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El supermercado de las revoluciones: activismo de usar y tirar como forma de identidad

Una teoría sobre los revolucionarios de teclado y las políticas identitarias en España

por Pol Rodellar
25 Octubre 2018, 2:38am

Foto de portada vía el usuario de Flickr Paul Williams | CC BY 2.0

Ya lo digo aquí y ahora, en el mismo inicio del artículo: puede que todo lo que diga a continuación sea fruto de mi imaginación y de ese golpe raro que me di en la cabeza. El tema es que me ha parecido percibir, tanto en la vida real (¡ese concepto!) como en las redes, que estamos viviendo tiempos en los que se nos acumulan, dispersan y viran rotundamente pequeñas revoluciones en las que nadie —o porcentualmente muy poca gente— llega realmente a involucrarse.

A principio de este siglo XXI hemos sido testigos de varios ciclos revolucionarios y, digamos, microrrevolucionarios, que nos han apasionado a muchas personas y en los que, de una forma u otra, muchos hemos participado. Son alzamientos, por decirlo de algún modo, que han funcionado como reacciones a eventos de la actualidad política y social de nuestro país, como el 15-M, la independencia de Catalunya, los feminismos, la ley mordaza, el animalismo, el rechazo a la islamofobia o eventos más concretos como el bus de Hazte Oír o la sentencia de la Manada; conflictos todos ellos que han hecho despertar algo dentro de nuestros grises devenires, que han sido como un soplo ideológico que hacía tiempo que no sentíamos porque, básicamente, fuera de las ficciones, nunca habíamos sentido antes. Son pequeñas incursiones ideológicas que nos impregnan de una sensación de grandiosidad, de estar “viviendo un momento histórico”.

Venimos de una realidad tediosa, de trabajar, llegar a casa, calentar el pollo asado del domingo en el microondas, encender la tele y largarnos a dormir. Hartos de una vida mediocre como sujetos consumistas, nos derramamos sobre todas esas ficciones de cine o sobre las series que nos venden alzamientos y revoluciones, sueños, esperanza y cambios; todos esos, yo qué sé, Braveheart, Matrix, Los Juegos del Hambre que hemos visto, todas esas narrativas de cambio de paradigma social. Estamos ansiosos por encontrar nuestro momento.

Cada cierto tiempo van surgiendo revoluciones temporales cuya función final quizás sea la de saciar estas ansias de identidad en una sociedad en la que no somos nada (o en la que se nos considera muy poco). El 15-M (ahora disuelto en partidos que juegan las reglas del statu quo), la independencia de Catalunya (apoyada tanto por la derecha como por la izquierda), el feminismo (ahora listado como un concepto más para vender una campaña a una marca), etcétera.

Revoluciones todas ellas lícitas (y cuya ética, en muchos casos, comparto) que, sin embargo, vivimos con la misma pasión e intensidad efímeras, como quien paga la ficha para el carrusel en el parque de atracciones. Tras la revolución física del carrusel (el giro circular), todo se detiene y regresa a su punto de partida, a la normalidad, a la inmovilidad, al tedio, a las vidas como secundarios, al pollo en el microondas. Esas incursiones revolucionarias que en un momento concreto nos llenaron de vida se disipan hasta que volvamos a adscribirnos a la siguiente tendencia revolucionaria, cogiendo y abandonando constantemente estas distintas olas, bajo distintos paraguas identitarios. Eso sí, durante unos minutos hemos cabalgado —volviendo a la analogía del carrusel— encima de pegasos o dragones, como si fuéramos héroes de una causa justa.

"Muchas de las cuestiones que se están debatiendo o que incitan a la gente ahora a movilizarse de una u otra forma son identitarias, no se basan en posicionarse en un sector en el que realmente se pretenda cambiar el status quo”

Sergio D'Antonio Maceiras —profesor del Departamento de Filosofía del Derecho, Moral y Política de la Universidad Complutense de Madrid y sociólogo especializado en el análisis sociocultural del conocimiento y de la comunicación— coge la analogía que propongo y me comenta que cree que “la cosa va más por un tema de la política de las identidades. Muchas de las cuestiones que se están debatiendo o que incitan a la gente ahora a movilizarse de una u otra forma son identitarias, no se basan en posicionarse en un sector en el que realmente se pretenda cambiar el statu quo”, dice.

No es que Maceiras comparta mi idea de “el supermercado de las revoluciones”, pero sí que entiendo que podría tener algo que ver con “el grado de adición o adscripción que se tiene a ese determinado movimiento, los distintos grados de compromiso. ¿Por qué una persona que ve cuatro artículos en BuzzFeed o un documental ya se identifica con un movimiento en particular? ¿Cuál es el grado de adscripción que tiene ese individuo?”, aclara.

Noelia Vargas, psicóloga especializada en discapacidad, sexualidad y género, me comenta sobre este flujo constante entre microrrevoluciones que “las dinámicas sociales en las que nos envolvemos, y que especialmente proyectamos en redes, se enfrascan cada día en una polémica que es totalmente líquida. Es una sobreestimulación y sobreinformación constante que demanda una respuesta rápida, y por ende, con consecuencias que al final sólo cumplen una función totalmente volátil”.

Por lo que “ahora nuestra realidad está activa en movimientos sociales diversos, y esto es genial si tenemos objetivos y espacios comunes, pero muchas veces, esto se queda aislado precisamente en un contexto online de redes, donde el debate se ha transformado totalmente en una hostilidad constante”.

Como revoluciones de supermercado son de usar y tirar, se desvanecen (en nosotros) sin dejar rastro y quizás su fin máximo sea apaciguar a una ciudadanía que ya se ve perdida en la inmensidad de la historia

Estas revoluciones otorgan ilusión y esperanza de un futuro mejor. Las vivimos con pasión e incluso salimos a la calle a manifestarnos. “Ilusión” en tanto a la plenitud que nos genera estar siendo partícipes de un cambio pero también es una “ilusión” en cuanto a la acepción de ilusionismo: a la fantasía, a lo que no existe, a los fantasmas, a lo intangible.

Como revoluciones de supermercado, son de usar y tirar, se desvanecen (en nosotros) sin dejar rastro y quizás su fin máximo sea apaciguar a una ciudadanía que ya se ve perdida en la inmensidad de la historia (del desarrollo histórico, donde hemos visto que han acontecido grandes revoluciones y donde nos encontramos en una realidad contemporánea escasa en grandes ideales) y que necesita vivir esos grandes alzamientos populares de la historia, aunque sea solo en pequeñas cápsulas inocuas.

Vargas me comenta que “estas ficciones tienen su arma de doble filo y, como señalas, pueden despistarnos a la hora de disfrazar una realidad que no es tal. En la ficción (más mainstream) podemos ver señales de cambio y revolución. Nos están vendiendo un progreso que todavía se resiste. Y si vemos este supuesto progreso como real, al final no nos organizaremos para poder cambiar las cosas. Yo puedo ‘calmar’ mi conciencia viendo series feministas, reafirmarme en mis creencias y seguir con mi disonancia cognitiva tan feliz, pero seguiré estando oprimida como mujer precaria mientras pago a Netflix por eso”.

En el mundo del marketing ya estamos viendo cómo se adoptan estos mensajes revolucionarios, apropiándose, por ejemplo, de un lenguaje y una ética supuestamente feminista, vendiendo empoderamientos en sus anuncios, pese a que el movimiento real sea profundamente mucho más reaccionario y anticapitalista y, por lo tanto, incoherente con toda esta representación. Los consumidores asistimos a un desajuste de la teoría feminista en la que esta se convierte en una cosa que no es, apoyando una revolución basada en un ideario que es un sucedáneo filtrado por el propio capitalismo.

"Yo puedo ‘calmar’ mi conciencia viendo series feministas, reafirmarme en mis creencias y seguir con mi disonancia cognitiva tan feliz, pero seguiré estando oprimida como mujer precaria mientras pago a Netflix por eso” – Noelia Vargas, psicóloga

Maceiras se pregunta “en qué medida ahora las compañías, por un lado, proponen anuncios que podrían pasar por apoyar este empoderamiento (que incluso lo valoraría como algo positivo) pero también proponen una prenda de ropa que pone 'We’re all feminists', camiseta fabricada en Bangladesh por niños. Eso entra en una evidente contradicción con el movimiento feminista. De todas formas, me cuesta criticar —desde un punto de vista analítico, poniendo la política de lado— el hecho de que una marca de gran consumo decida hacer esto, pues si con ello vende 18 millones de camisetas y gana un 10 por ciento más, pues están haciendo lo que deben: ofrecer una marca atractiva para mejorar la venta y lograr producirla con los costes más bajos. Vivimos en un sistema capitalista, y pedirle a una S. L. que no tenga beneficios me parece ridículo. El problema aquí está en la gente que compra esta camiseta. Hay una contradicción muy evidente en ir a una gran cadena a comprar una camiseta con proclamas feministas”.

Maceiras cree que “cuando una persona urge por mirar cuatro cosas y no continúa buscando información de calidad, el grado de adscripción tiende a ser superficial. Puede ser extremadamente activo compartiendo en redes sociales, puede cambiar su vestimenta de una semana a la otra, en fin, hacer una revolución identitaria brutal, pero puede que esta dure poco o que cuando se empiecen a plantearse determinados interrogantes no tenga como rebatirlos, se frustre y cambie”.

Estos influjos de información se esparcen a través de las redes, generando contenidos en los medios y convirtiéndose en hashtags y trending topics y, al final, siendo monetizadas y convertidas en un producto. Dentro de toda esta sangría es inevitable la propagación de fake news y de entes contaminantes que generan una pérdida de coherencia dentro de estas revoluciones, puesto que al final las vivimos más desde un punto emocional que racional, fruto de “reacciones en caliente”.

Está de moda, no el activismo, pero sí significarse identitariamente, y eso se hace normalmente a través de redes, como los adolescentes, quienes las utilizan como una conformación de su proceso identitario, en oposición a cuando antes había las tribus urbanas – Sergio Maceiras, sociólogo

Maceiras me pone como ejemplo la incursión de individuos como Un Tío Blanco Hetero. “Para mí un ejemplo sería el hype que está teniendo el youtuber ese [Un Tío Blanco Hetero], él da un discurso en el que la política que hay detrás de eso es muy chunga, pero el discurso es súper majo y gracioso. Son personajes que permean discursos que a priori son muy fáciles de comprar pero luego, por abajo, a ver dónde te van a llevar”.

“Este nivel de adscripción —de baja intensidad en cuanto a profundidad pero de alta intensidad desde el punto de vista de la presentación de la identidad— produce este tipo de contradicciones, que pueden ser reapropiadas. Está de moda, no el activismo, pero sí significarse identitariamente, y eso se hace normalmente a través de redes, como los adolescentes, quienes utilizan estas redes como una conformación de su proceso identitario, en oposición a cuando antes había las tribus urbanas, cuando uno era punk, el otro rockero y el otro hippie”, concluye Maceiras.

Es por esto que, dentro de unos mismos discursos de izquierda, por ejemplo, exista una “falta de análisis de las condiciones y circunstancias dentro de los propios movimientos y tengamos que saber reconocerlos para poder seguir caminando”, me comenta Noelia Vargas. Y sigue, “está claro que hay un espacio de escucha disfuncional, y esto lleva a no forjar espacios comunes. Hay objetivos comunes, pero no espacios donde poder trabajarlos y llevarlos a cabo. Dentro de la propia izquierda, incluso tenemos esa limitación, y por supuesto, también discriminaciones”.

Limitarnos a adscribirnos a estas revoluciones desde el teclado y a fogonazos concretos según las tendencias y los algoritmos puede que satisfaga nuestras ansias de “lucha”

“Al final nos encontramos que, mientras nosotras y nosotros discutimos en Twitter, los de Hogar Social ofertan clases de apoyo y particulares en los barrios más castigados, y los flipados de VOX se bajan al extrarradio de Madrid barrio a barrio. Esto no quita que en la izquierda no haya gente precisamente transformando esta realidad, y es ahí donde tenemos que estar, con ellas y con ellos. No en Twitter. La acción y el trabajo está fuera de las redes”, concluye Noelia.

Limitarnos a adscribirnos a estas revoluciones desde el teclado y a fogonazos concretos según las tendencias y los algoritmos puede que satisfaga nuestras ansias de “lucha”. Sucumbimos a miles de pequeñas revoluciones para endulzar la realidad del tedio de existir, nos dan un soplo de “aventura” que oculta que solo somos consumidores y que este es y será nuestro papel hasta que muramos. Se trata de que nos ilusionemos con que también somos revolucionarios o héroes para no serlo de verdad, y así deambularemos constantemente en este supermercado de las revoluciones.

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