El rincón del aprendizaje: detectando la biosfera sombra

Carol Cleland es profesora de filosofía en la Universidad de Colorado, Boulder. Ha escrito largo y tendido sobre la naturaleza de la vida en general y es autora de numerosos artículos sobre la biosfera sombra para el International Journal of Astrobiology y Astrobiology Magazine. De hecho, ella acuñó el término biosfera sombra.

No es una locura pensar que la tierra podría ser el hogar de los descendientes de una biogénesis alternativa, una que habría producido organismos que la tecnología actual es incapaz de detectar. Estas posibles formas de vida serían los posibles residentes de lo que se ha calificado como biosfera sombra—formas de vida extrañas de origen y estructura desconocidos, que habrían estado desarrollándose en este planeta desde su formación.

La palabra sombra se utiliza para describir este fenómeno porque los únicos indicios sobre la posibilidad de una biosfera secundaria son los rastros que han dejado sus supuestos habitantes en el entorno y éstos no se pueden percibir con la tecnología disponible actualmente. Por eso es tan difícil encontrar pruebas de microbios sombra.

Bajo un microscopio, montones de organismos simples que creemos que son diferentes, como las arqueas y las bacterias, son sorprendentemente similares. Sin embargo, se pueden apreciar diferencias mayores utilizando herramientas más sofisticadas. Ahora los microbiólogos pueden utilizar el “método de la escopeta” y técnicas de coloración como el DAPI para descubrir más formas de vida novedosas que nunca antes. Estas técnicas, no obstante, siguen siendo limitadas. Otro dilema es que actualmente, en los laboratorios, podemos cultivar menos del 1% de los microbios conocidos, y las comunidades microbianas son enormemente diversas.

Teniendo en cuenta cómo se cree que surgió la vida en la Tierra, tiene sentido pensar que aún quedan multitud de formas de vida por descubrir.

Existen firmes indicios para apoyar la teoría de que la vida en la Tierra desciende de un antepasado común. Toda la materia biológica está básicamente formada por proteínas que contienen largas cadenas de los mismos 20 aminoácidos, pero hay más de 100 aminoácidos que bajo las condiciones adecuadas podrían, potencialmente, haber creado vida. También sabemos que toda la vida que nos es familiar en la Tierra fue creada por el mismo código genético, una base de fosfato y cuatro bases de nucleótidos para el ARN y ADN. También es un hecho sabido que los meteoritos han abastecido a la Tierra de aminoácidos que nunca han sido utilizados en la vida que conocemos. De hecho, de los 80 aminoácidos que se han identificado en los meteoritos, sólo ocho se utilizan en la vida terrestre. Con tantos potenciales aminoácidos existentes, resulta increíble que la vida se limite a 20. Así pues, ¿por qué la vida depende de esta particular secuencia de azúcares, aminoácidos y bases de nucleótidos, y no de cualquier otra configuración? La explicación más razonable es la de que las condiciones químicas en los inicios de la Tierra dictaron estas restricciones: no tienen nada que ver con la naturaleza general de la vida.

Además, tenemos evidencia de que la vida en la Tierra se creó bastante rápido una vez se dieron las condiciones adecuadas. Siendo este el caso, existe la posibilidad de que la naturaleza experimentara con diferentes bases de aminoácidos y nucleótidos antes de que surgiera la combinación perfecta. Como dije antes, utilizando métodos actuales no seríamos capaces de detectar formas de vida que posiblemente se crearon a raíz de otras combinaciones. Lo que sí sabemos es que los microbios dominaron la vida en la Tierra hasta hace aproximadamente 600-700 mi-llones de años, así que es probable que sean más comunes en todo el universo que la vida multicelular. Esta especulación se reafirma cada vez que echa-mos un vistazo al mundo microbiano, ya que descubrimos cosas nuevas que nunca hubiéramos creído posibles. Incluso cabe la posibilidad de que existan microbios de origen alternativo mezclados con los microbios familiares, pero ahora no tenemos forma de saberlo.

La cuestión sobre si la biosfera sombra realmente existe genera una segunda pregunta: en caso de existir, ¿cómo podríamos detectar formas de microbios no conocidos? La capacidad de identificar nuevas formas de vida—supuestamente microscópicas—podría tener una importancia crucial cuando los humanos vayan a rastrear Marte y otros planetas y lunas del sistema solar en busca de vida extraterrestre. Las herramientas que utilizan actualmente los microbiólogos para explorar el mundo microbiano nunca podrán detectar algo que sea totalmente diferente a las formas de vida a las que estamos acostumbrados en la Tierra. Pero, ¿qué precisión tendría una herramienta terrestre en otros planetas? No demasiada. Entonces, ¿cómo diseñar una herramienta que detectara vida de origen desconocido y estructura extraña? La respuesta: buscando al alien aquí en casa, en la Tierra.

POR CAROL CLELAND, TAL Y COMO SE LO CONTÓ A ALEX DUNBAR, ILUSTRACIÓN DE KAMRAN SAMIMI
 

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