Walter Pfeiffer lleva 40 años a la caza y captura de la belleza, atrapando imágenes que son tanto producto de sus obsesiones como de su precisión. Afincado en Suiza, tal vez sea el sentido del orden tan propio del país lo que le haya influenciado a la hora de construir sus escenas, dirigir a los modelos y componer sus imágenes de un modo tan perfecto. Pero también su necesidad de extraer algo sexy de la cotidianeidad. El secreto del seductor encanto de su trabajo es su humor juguetón y su extravagante, ilimitada curiosidad. Walter utiliza su cámara para registrar promíscuamente el mundo que le rodea. Durante años poco conocido fuera de Europa, el trabajo de Pfeiffer aparece ahora con cierta regularidad en revistas, en libros propios y en exposiciones junto a otros fotógrafos que comparten su libidinosa sensibilidad, como Ryan McGinley, Jack Pierson y Wolfgang Tillmans. Una retrospectiva largamente merecida se inaugura este próximo mes de noviembre en Winterthur, Suiza, acompañada de un exhaustivo libro compilado por el propio Pfeiffer.
Vice: Muy bien, ¿qué chicas guapas y chicos guapos ha estado cazando con su cámara últimamente?
Walter Pfeiffer: Oh, muchos, porque, ¿sabes? Yo trabajo todo el tiempo. Hoy he estado buscando localizaciones para la revista i-D. Lo único que quiero hacer para ellos son fotos de modelos con ropa interior muy ajustada.
Siempre lo más ceñido y lo más blanco posible.
Sí. Les dije, por favor, buscadme lo más ceñido que haya.
¿En qué está trabajando ahora?
Estoy muy ocupado con lo de la retrospectiva. En noviembre voy a llenar todo el Fotomuseum.
¿En Winterthur?
Sí. Estamos seleccionando mis trabajos desde el año ’71, y por el momento sólo hemos llegado hasta 1982. ¡Es un volumen de material enorme! Yo nunca reviso mis negativos, y me resulta extraño que alguien lo haga por mí. Veo tantas fotos que pienso, “oh, ¿pero realmente es esto tan bueno?”
Cuando la gente trabaja con usted es más como si fuesen fans que editores o expositores. Siempre quieren ver más y más cosas.
Así es en estos momentos. Cuando trabajas mucho tiendes a no ver las cosas correctamente. Lo que quiero decir es que veo tal cual es mi material de los 70, porque está lejano en el tiempo, pero no tengo la perspectiva suficiente para juzgar lo más reciente. Revelo película todos los días e enseguida me olvido de ella.
¿No mira sus propias fotos?
No inmediatamente.
Encuentro interesante que, cuando hace una secuencia de fotos para un libro o una instalación, a menudo pone una imagen de los 70 o los 80 justo al lado de otra más reciente. Y, de algún modo, se complementan. No parece una foto antigua al lado de una nueva. Hay una continuidad en cómo ve el mundo, en la forma que arregla el mundo para su cámara.
Mi visión del mundo siempre ha sido la misma. Tengo ahora los mismos anhelos que entonces.
Su trabajo gira en buena parte en torno al deseo, y siempre se las ha arreglado para encontrar modelos que fuesen o pareciesen personas reales, mucho antes de que este enfoque se convirtiera en una tendencia de moda.
A veces tomo a alguien, una vieja estrella, alguien a quien he fotografiado anteriormente, y aunque no tengan ya el estilo que requiero consiguen sorprenderme. Los modelos, para el trabajo que yo hago, duran muy poco tiempo en flor. Apenas un par de años en su máximo esplendor.
¿Qué quiere decir con “su máximo esplendor”? ¿Es que tienen un aspecto concreto y pasado ese tiempo lo pierden?
Es como el mes de mayo, que no dura mucho. Pero a veces les pido que le pregunten a alguien que me interesa si les puedo hacer unas fotos.
Suena como si hiciera de ellos unos celestinos.
Sí, sí, y eso es porque a mi edad es humillante preguntar.
¿Humillante?
Un poco. A veces consigo mi propósito cuando les propongo que posen para mí, pero me asusta la posibilidad de que me digan que no. Es muy embarazoso.
Yo creía que estos rechazos eran más llevaderos a medida que pasa el tiempo, al haber estado en la fotografía tanto tiempo. Y también porque es usted una persona amable. No representa en modo alguno una amenaza. A mí me parece que también juega a eso: “Oh, qué inocente que soy…”
En ocasiones digo, “Eh, ¿por qué no traes contigo a tus amistades?” O veo a algún acompañante y digo, “Qué chico tan majo. Dile que venga”.
Usted se refiere a sus modelos como “estrellas”.
Sí, absolutamente, estrellas. Siempre me refiero a mí mismo como “Walter Goldwyn Pfeiffer”.
[risas] Como Metro-Goldwyn-Mayer, MGM. Sé que adora el viejo Hollywood, la belleza y el glamour, la música y las películas de los años 20, 30 y 40. En cierto modo está trayendo ese glamour al presente.
Me viene de cuando era joven. Mi vida era sencilla, no teníamos mucho dinero. Ni siquiera teníamos televisor, pero podía comprar todas esas revistas alemanas de cine. Cuando revisamos todo mi material para la retrospectiva, descubrí un libro de notas de cuando tenía 14 años. Hay una historia en la que hablo de todo lo que había en mi habitación. Es divertido, casi todo eran fotos de estrellas del cine alemanas.
¿Así que tiene una fijación con las estrellas desde que era un adolescente?
Sí.
Todavía tiene algo de adolescente.
Tal vez. Creo que es porque cuando era muy joven no tenía muchos amigos. Era un solitario. En los 80 pensé, cuando tuve que reunir modelos masculinos para un libro de chicos…
¿Ese libro titulado Los Ojos, los Pensamientos, Vagando sin Cesar?
Sí, ese libro. Pensé que quizá estaba atravesando una segunda juventud.
¿Vivía en un mundo de fantasías cuando era joven?
Sí, porque nadie me habló sobre el sexo, ni sobre nada.
¿No le contaron lo de los pájaros y las abejitas?
No, no me contaron nada de eso. Cuando era un aprendiz ni siquiera sabía qué era lo que tenía que aprender. Siempre quise aprender a dibujar, odiaba el ejercicio, los deportes. Me asustaba mucho tener que trepar por una cuerda. Me resultaba imposible. Lo hacía todo mal y el entrenador me odiaba.
Ahora tiene todos esos jóvenes modelos posando para usted y ni siquiera les tiene que pagar, porque les gusta estar a su alrededor y lo pasan bien. Tiene más amigos que a los 14 años. Una dulce venganza.
¿Venganza, dices? No pienso mucho en eso… No puedo detenerme a hacerlo.
Esta idea de no ser capaz de detenerse dice bien a las claras que está usted preso de una obsesión. No lo digo de forma negativa. La obsesión es la fuerza motriz de su trabajo.
Sí, estoy algo así como obsesionado. Por ejemplo, el domingo es el único día en que no trabajo. Me voy al campo. Ahora es la época buena para pasear por la montaña. Es muy extraño… A principios de año me extravié y fui a parar a un típico paraje suizo. Estaba atardeciendo y ví a dos chicos abrazándose. Entonces empezaron a forcejear. El que termina sobre su espalda es el que pierde, es una vieja tradición suiza y supone una gran fiesta cuando hay uno de estos forcejeos. Es algo clásico, un arquetipo.
Si toma fotos cuando está de paseo, sabe que las montañas estaban ya allí y siempre lo estarán. Lo mismo pasa con el océano. Pero también fotografía chicos jóvenes, gente en la flor de la vida. Eso me lleva a pensar en El Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Mientras siga pintando el cuadro, o en su caso tomando una foto, el protagonista de la imagen permanecerá joven y bello para siempre. Por tanto, está intentando hacer lo imposible.
Por supuesto, es imposible. Cuando veo modelos 20 años después de haberles fotografiado, me digo, “Ohhh, ¿qué les ha pasado?”
Lo bueno es que tiene ambas personas en un sólo cuerpo. La que tiene ante usted, más mayor, y la imagen de su yo más joven que almacena en su cabeza.
¿Sabes? Confío en que el día de la inauguración estén todos allí.
Es evidente que en muchas de sus fotografías hay una preparación. Escoge la pose de los modelos, elige los fondos, ha buscado las localizaciones. Por un lado sus imágenes parecen muy reales—son un reflejo de la realidad, muy directas-, pero por otra parte somos conscientes de que la imagen está totalmente compuesta. Es como si estuviera preparando escenas “reales”.
En invierno, cuando no puedo salir, tengo que prepararlo todo entre mis cuatro paredes. Sólo dispongo de un muro que hace de fondo y he de pensar en una situación en la que los modelos no den demasiada impresión de estar posando, que no parezca que están reaccionando. Me las tengo que apañar para que no presten atención a la cámara. En verano lo que hago es irme por ahí, localizar un lugar bonito e ir allí todos juntos.
Le voy a ofrecer una idea. Arriba, en las montañas, tiene esas estaciones de esquí con piscinas climatizadas en el exterior. En el frío invierno puede verse el vapor surgiendo del agua caliente. Podría hacer unas fotos allí.
Una vez tuve a mi disposición cuatro chicos maravillosos y se me ocurrió que podría hacerles unas fotografías en la ducha. Fue una idea tonta. No se me ocurrió que el vapor del agua caliente empañaría la lente. En otra ocasión llevé película a revelar a un laboratorio y nunca me la devolvieron.
¿Quiere decir que los encargados de procesarla creyeron que había hecho fotos guarras?
Sí, aunque lo que me dijeron es que no había película en la cámara.
Yo creo que, hoy en día, no hay foto que usted tome que nadie rehusara imprimir. Hoy uno puede sentarse ante el ordenador y acceder a toda clase de imágenes increíblementee explícitas. Las fotos de usted siguen teniendo, al cabo de todos estos años, un aura de inocencia.
No es una simple cuestión de decir, “Quítate la ropa y deja que te fotografíe desnudo”. Eso sería aburrido.
Usted tiende siempre a dejar algo escondido, lo cual me parece una forma excelente de tomar fotografías sexy. Hay una foto que me encanta en la que un chico está completamente desnudo, sentado, y tapa su entrepierna con un plato con un pescado. Resulta muy sexy, aunque a uno no le guste el pescado.
No, a mí me gusta. Sin el plato sería sólo un chico desnudo sentado en un sofá.
En su trabajo hay un componente añadido, el sentido del humor. Sus imágenes son ligeras y divertidas.
A mí me encanta divertirme. A todos mis modelos les gusta que les fotografíe y pasarlo bien en las sesiones. Así es como trabajo. Los nuevos modelos que consigo, al principio, se muestran un poco tímidos, pero la segunda vez todo es mucho más sencillo. Tienes que ganarte su confianza, lograr que se suelten. Termino las sesiones agotado por la tensión… Y cuando estoy agotado me pongo realmente fuera de control [risas].
Hace un tiempo me envió unas fotos que se suponía que iban a publicarse en la revista Butt. Se trataba de un equipo de hockey en el vestuario, poniéndose los uniformes, con todos sus pertrechos alrededor. Eran unas fotos magníficas pero la revista no las quiso. Dijeron que los chicos eran heterosexuales.
Sí, y yo jamás pregunto a nadie si es gay o no. Eso nunca ha sido para mí un problema; ni siquiera en los primeros 70, que fue cuando empecé a conseguir verdaderas bellezas para mis sesiones. Elegía a los modelos por su atractivo físico, no por su sexualidad. Hubo un chico muy, muy guapo y masculino, pero quizá no muy agudo, que, diez años más tarde, me dijo “Oh, no sabía que era usted gay”. Nunca supuso un problema. Nadie lo mencionaba. Me deprimió mucho que Butt no usara mis fotos; eran buenas y los chicos se lo pasaron en grande, y van y me dicen, “No podemos publicarlas porque esos chicos no son gays”.
Me contó que cuando fue a comprar la ropa interior para esa sesión eligió la más pequeña y más barata que pudo encontrar. ¡Y eso a pesar de que el equipo de hockey lo componían guapos tiarrones!
Sí, compré la más barata porque tenía que pagarla de mi bolsillo. Por supuesto, las tallas más pequeñas. Esos tíos estaban realmente bien hechos, bonitos culos. Se divirtieron de lo lindo, tal vez los vuelva a emplear para algo nuevo.
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Debería hacerlo. Ahora bien, usted no sólo fotografía chicos. Su último libro, Cherchez la Femme, supuso una pequeña sorpresa. Había unos cuantos chicos y algunas parejas, pero la mayoría de las fotos eran de mujeres. ¿De dónde le vino la idea?
Tengo muchas fotos de mujeres. Las mujeres siempre están a mi alrededor. Tengo musas por todas partes. Los chicos y las chicas me dan ideas. Mi editor me dijo, “¿Y si hacemos un libro con todas esas imágenes?”. Así empezó la cosa. Pero el próximo libro será una vuelta a las raíces.
¿Vuelta a las raíces? [risas]. Muy divertido.
Mi idea es algo así como un listín telefónico o una especie de biografía. Tengo un montón de cosas para el catálogo de la retrospectiva. Hemos revisado el correo que me enviaban los fans en los 60 y 70.
¿Recibía cartas de fans?
Y las guardo todas. Las tengo en cajas. Antes de que llegara esa estupidez del correo electrónico solía escribir cartas a la gente, y la gente a su vez me respondía. Mi intención es presentar con estilo ese material. La idea es ser elegante, ¿sabes a qué me refiero? No libidinoso. Cuando hago algo persigo la elegancia.
¿A qué fotógrafos admiraba cuando empezó su carrera?
Ah, los clásicos. Cuando iba a la escuela de arte me sentaba en la biblioteca a hojear Harper’s Bazaar. Me impresionaban los fotógrafos de los años 40 porque sabía que nunca podría hacerlo a su manera. George Platt Lynes, Horst P. Horst, George Hoyningen-Huene, Herbert List…
¿Estudió fotografía de joven?
No. Me asustaba la cámara. Jamás cogía una porque no me fiaba de mis manos temblequeantes.
De modo que es autodidacto…
Mis comienzos fueron con una Polaroid, pero sin pensar en mí mismo como en un fotógrafo. La primera foto que hice fue de mi hermana y mi novia, en casa. Me puse a dirigirlas y me di cuenta de que me encantaba dirigir a la gente.
¿Estaba en los 80 y 90 al tanto de Nan Goldin y Wolfgang Tillmans?
Cuando en 1980 se publicó mi primer libro, tenía un fan, mi primer fan, que me dijo que debería echar un vistazo a las fotos de Nan Goldin porque eran similares a las mías. Lo que pasa es que me dolió un poco, porque por aquel entonces nadie me quería. No deseaba pensar mucho en ello porque era una época en que no le importaba a nadie.
Si piensa en Nan Goldin y Larry Clark, las fotos que les llevaron a la fama lo hicieron porque eran buenas, pero también porque eran sensacionalistas. No creo que usted haya hecho una foto sensacionalista en su vida. La suya es una estética diferente, no atrapa inmediatamente a la gente de un modo visceral. Muchas de las fotos que hicieron famosa a Nan Goldin eran, por decirlo de alguna manera, despiadadas. Lo mismo puede decirse de las de Larry Clark. Se trataba de fotos de personas que resultaba evidente que atravesaban un mal momento. Gente confusa, gente sufriendo, a la que no se intentaba retratar favorecida. Usted nunca ha hecho fotos así. Nunca ha tomado fotos de perdedores.
Sí, eso es muy cierto. Ese es el motivo de que no quisiera saber mucho de otros fotógrafos. Estaba en Londres la primera vez que vi el trabajo de Tillmans. Fue en la Serpentine Gallery, en 1995. Era tan rematadamente bueno que me dejó deprimido. Era el comienzo de una nueva era.
Me explicó usted que acababa de comprar una cámara nueva cuando vio la exposición. Se fue a pasear por el parque, pensando en aquellas fotos, y le entraron ganas de arrojar la cámara al lago.
Pero no lo hice.
Está claro que el público le ha descubierto, y redescubierto, recientemente, y ahora le quieren. Me parece importante señalar cómo sus imágenes se corresponden con las tendencias que han llegado posteriormente a la fotografía de moda y a la fotografía en general. Estaba usted avanzado a su tiempo. Y si se está adelantado sólo se puede ser descubierto más adelante. El público tiene que evolucionar.
Sí, y lentamente lo está haciendo. Es divertido, porque se trata de una nueva generación, gente de 30 año e incluso más joven. Ven las cosas de un modo distinto. Mi generación siempre decía, “Oh, no, eso es pésimo, no es nada”. Es grato sentirse finalmente aceptado por la gente joven, por los estudiantes.
¿En los 70 la gente no respondía bien a sus fotos?
Por desgracia no llegaste a ver mi primera exposición, en 1974. En medio de la galería había una mesa, y podías mirar las fotos que había tomado de chicos haciendo las mismas cosas una vez y otra, un poco como las instantáneas animadas de Muybridge. Las puse sobre un fondo de láminas de papel de seda del mismo color que las fotos. La verdad es que tenía muy buen aspecto. Esa fue mi primera exposición en solitario. La propietaria de la galería era una chica que, después de la mía, o quizá de otra más, se quitó la vida.
¿Vendió alguna fotografía?
No [risas]. Las guardé en mi sótano. Estúpido que soy, algunas las destruí. Otras las conservo. Hay unas cuantas imágenes muy bellas, puedes creerlo.
Bueno, inclúyalas en la retrospectiva.
Sí, lo voy a hacer.
Otro famoso fotógrafo de Zurich es Karlheinz Weinberger. Empezó su carrera unos cuantos años antes, y sólo recientemente ha empezado a ser conocido gracias a sus fotografías de adolescentes en moto. ¿Cuándo vio sus fotos por vez primera, y qué pensó de ellas?
Cuando era adolescente, en una revista llamada Der Kreis. Había publicado sus fotos con el seudónimo de “Rico”.
¿Qué era Der Kreis?
Significa “El Círculo”. Era una modesta revista que se editó desde los años 30 hasta los 60. Contenía historias kitsch y fotos, y dibujos al estilo de Cocteau. Nada porno, era muy artística, muy cincuentera…Vi las fotos originales de Karlheinz más tarde, en una exposición sobre él. Recordaba aquellas fotos de Der Kreis, y me enorgulleció que alguien de mi país estuviera trabajando en el mismo campo años antes que yo. Cuando mi libro Welcome Aboard! se publicó, se organizó una exposición y él vino a la inauguración. Más tarde me envió un regalo, una foto de un gallo en un guante de boxeo. Dijo que se había inspirado en la foto de un boxeador que había en mi libro.
¿Quién le gusta de los fotógrafos que están ahora en activo? Hace unos años le mostré sus fotografías a Ryan McGinley y le encantaron.
Creo que Ryan está trabajando mucho ahora. Hace poco vi unas fotos suyas en una galería. Hubo unas cuantas de las que pensé, “Yo también quiero hacer esta foto”.
¿Le quiere copiar fotos?
Sí [risas].
No creo que le importase.
Me encanta una imagen en particular. Una en la que aparecen varios chicos en una cascada. Ryan es perfecto escogiendo modelos.
Y, al igual que usted, dirigiendo. Aquí en Suiza también hay unas cuantas cascadas. De agua muy fría, pero las tienen.
Sí, hoy le dije a un chico, “Este verano tenemos que ir a las montañas. Quiero rocas y desnudos. Quiero subir a las montañas, díselo a tu hermano”. Son dos hermanos, de una belleza muy clásica. Lo que pasa es que el agua de las cascadas está muy fría, viene directamente de un glaciar, no puedo ponerles debajo. Nadie haría algo así. Pero ya buscaremos otras ideas. Siempre llegan, porque estoy buscando nuevas localizaciones constantemente.
Sé que le gusta salir de excursión.
Me encantan las excursiones, ir a sitios nuevos. No me gusta ir al mismo lugar dos veces. Es más interesante probar a ir por caminos diferentes. Aún queda mucho terreno por recorrer.
Hablaba antes de su sentido del humor y de la cantidad de desnudos que ha fotografiado, pero también ha hecho muchos fotos de estatuas, que en el campo de la fotografía es un método clásico de tratar con la figura humana.
En cierta ocasión estuve en París y fui por la tarde a visitar el Louvre. Por desgracia no está permitido tomar fotos en el museo, pero me las arreglé para tomar una desde la parte de detrás. La gente siempre mira y fotografía las estatuas desde delante. Nadie lo hace desde atrás. Nunca.
Los fotógrafos acostumbran a tomar imágenes de estatuas de un modo muy serio, muy sobrio. Usted consigue que parezca que la estatua está posando para la cámara.
No dejan tomar fotos en ningún lugar del museo, pero yo lo hice a escondidas. Un guardia me vio. Me dijo que le entregara el carrete, pero yo no estaba dispuesto a hacerlo. Le dije, “Oh, lo siento”. Sé que no está permitido pero a veces hay que jugar un poco para conseguir lo que deseas.
Mis signos favoritos de los museos, y se ven todo el rato, son los que dicen “No se permite tomar fotos”. Piense en ello en relación a su profesión de fotógrafo.
Cuando era joven iba a ver muchas, muchas películas. Para mí eran como una religión. A menudo proyectaban una película sueca; por ejemplo, El Silencio, de Ingmar Bergman. Había un póster en la ventana y, al lado, un letrero diciendo “No podemos mostrar imágenes de esta película”. Se lo pedí a un amigo que trabajaba en la sala: “Por favor, dame el letrero. Es buenísimo”. Cuando en las imágenes salían mujeres les ponían unas barras negras a la altura de los pechos. Cuando veías esas barras, por supuesto, había algo ahí que era tabú, y eso provocaba que quisieras indagar aún más.
Usted lleva trabajando largo tiempo. Ahora se le va a dedicar una retrospectiva y se va a publicar una gran catálogo de su obra. Además, 1970-1980, su primer libro, que estaba descatalogado, se reeditó hace unos años. ¿Con todo esto, se considera todavía a sí mismo un amateur?
Existe una revista llamada Fantastic Man, y yo soñaba con publicar en ella: “Oh, quisiera estar en Fantastic Man. ¿Soy demasiado malo para Fantastic Man?” El año pasado me pidieron que hiciera unas fotos para ellos. Así que me fui con mis modelos y dije, “Muy bien, chicos, vamos a hacerlo”. Subimos a una colina. Había muchas nubes. Los chicos se quitaron los sombreros y los lanzaron al aire. Cada vez que pasaba un avión lanzaban los sombreros al aire, a las nubes. Envié las fotos a la revista y me dijeron, “No las podemos publicar, están borrosas. Son formidables pero nos las podemos utilizar”. Nos lo pasamos tan bien que se me olvidó poner el flash. A mí no me parecía que estuvieran tan borrosas. Se apreciaba todo. Quizá el problema es que no eran lo bastante high-style para ellos… El caso es que mi carrera en Fantastic Man terminó antes de empezar.
Yo soy de la opinión de que los mejores artistas son los que siguen siendo, en cierta manera, amateurs.
Sí. Yo lo voy a seguir siendo. Hago lo que puedo, pero ya veremos… No es algo que quiera perder. Sigo buscando el amor… Pero ahora sé más que antes.
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