¿Te interesa la música anterior al siglo xx?
Ahora no mucho, pero antes me encantaba. Supongo que me ocurre como a mucha otra gente, que me obsesiono con cosas distintas en distintas fases de mi vida. Una de mis obsesiones en su día fueron los cantos gregorianos. Estaba totalmente obsesionada. No escuché nada más durante dos o tres años. Me resulta muy difícil explicarlo, sobre todo porque yo no soy especialmente religiosa. De hecho, ese aspecto me ponía la piel de gallina.
Fue muy raro. En aquella etapa tuve una vida musical muy plena, pero se desarrollaba toda en mi interior, era para mí sola.
¿Cómo te metiste en eso?
Todo empezó de forma muy inocente. Quería formarme musicalmente, de modo que empecé a asistir a clases de contrapunto. El primer día de clase nos encargaron componer un cantus firmus (básicamente una serie de redondas) con el objetivo de que aprendiéramos a tejer melodías y poco a poco fuéramos introduciendo blancas, negras y suspensiones, según las reglas de “uso habitual”. Se trata de un proceso muy aburrido y complicado. En cualquier caso, un cantus firmus es una especie de versión teórica de una melodía gregoriana. Con el tiempo se avivó en mí el interés por la música de contrapunto, hasta convertirse en una obsesión. Me sentía tan sumamente feliz por haber descubierto los cantos gregorianos que no me importaba nada más. Creo que mi profesor de contrapunto pensaba que era retrasada mental o algo por el estilo.
¿Qué es lo que más te gusta de leer música clásica?
Me encanta la simplicidad de este tipo de música y el milagro de que salte de la página y cobre la forma de una entidad viva, con aliento propio. Lo que me fascina es la combinación de simplicidad y amplitud: diminuta e inmensa al mismo tiempo. Es admirable.
Trabajaste como organista para una iglesia. Cuéntame algo de aquella experiencia.
A mí me gustan las alturas. Y el órgano estaba encima del coro. Nunca olvidaré mi primer día de trabajo. Miré hacia abajo y había una caída de entre 9 y 12 metros y pensé: “¡Esto me gusta! ¡Es lo que quiero!”. Además, me gustaba tocar un instrumento con espejos retrovisores. Uno sabe que está tocando un instrumento de la hostia puta cuando éste debe llevar retrovisores. Me gustaba manejar un instrumento que te permitía tocar una melodía con los pies si querías.
Además, también me ofrecía la oportunidad insólita de conocer a gente creyente muy inteligente. Ahora me doy cuenta de que es algo extraordinario, ¿para qué engañarse? La mayoría de las personas que se definen como fieles están taradas. Por eso siempre me he sentido agradecida de tener amigos con algo extraordinario y maravilloso, gente creyente asombrosamente inteligente. El hecho de ser organista, y no miembro de la parroquia ni del clero, tiene su lado bueno. A los curas, que siempre son los buenos, les gusta relacionarse con gente que no se esfuerza demasiado por subir al cielo. Y a mí me gustaba conectar musicalmente con momentos importantes en las vidas de las personas: nacimientos, muertes, bodas, bingos…
Una pregunta más: ¿cómo te las apañas para ser tan adorable?
¡Uy, pues la verdad es que me cuesta mucho! Me paso el día ensayando bailes graciosos. Paso horas incontables frente al espejo practicando una sonrisa dulce. He dedicado años de estudio a las películas de Shirley Temple. Mientras los demás seres hermafroditas estaban por ahí participando en juegos hermafroditas, yo me quedaba en casa memorizando la letra de “The Codfish Ball” y “Animal Crackers in My Soup”.
Un momento, yo también tengo una pregunta para ti, Matt. Mi canción preferida del álbum ahora es “Fresh Out of Candles”, pero cuando fui a la sesión de grabación la detestaba y ni siquiera quería tocarla. Will me sugirió que os dejara tocarla a ti y Andrew, y vosotros le disteis un punto totalmente nuevo, una calidad radicalmente distinta. Para mí aquello marcó un punto de inflexión. A partir de ese momento tuve un buen presentimiento sobre el disco.
Vaya, ¡gracias!
Mi pregunta es: ¿qué ocurrió? ¿Cómo lo hicisteis?
Creo que simplemente nos limitamos a romper el tempo, a reestructurarlo.
Parece que os entendéis bien trabajando juntos, tú y Andrew.
Me alegra que lo pienses. Andrew y yo solíamos hacer lo siguiente: uno de los dos tocaba un instrumento y el otro cantaba, y teníamos que crear una canción en ese momento. Quizá ese proceso hizo que tocáramos mejor juntos y aprendiéramos a improvisar en el contexto de una canción. ¡Hemos compuesto canciones cojonudas!
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