Tepito es una de las zonas más pobres y peligrosas de la Ciudad de México. Ancestralmente dedicada al comercio, ahí se puede encontrar cualquier artículo original o pirata. El sexo, por ejemplo, se consigue desde cinco pesos con personas de hasta 80 años.
En este contexto, surgió Xochiquétzal, un asilo para prostitutas de 60 años en adelante. La casa tiene capacidad para cuarenta y cinco mujeres, pero ahora sólo residen 23. La mayoría sigue ejerciendo –todavía hay quienes las desean–. Según su directora, la demanda no se explica por la gerontofilia, sino por la pobreza circundante al asilo: “Si tienes cinco pesos, te compras algo de cinco pesos”. Pero las residentes creen otra cosa. Piensan que sus vaginas, como el vino, mejoran con la edad. Y también dicen recibir mucho más que cinco pesos.

A 24 horas del día de las madres, las prostitutas preparan una fiesta a la que saben que sus hijos no asistirán.
CANELA
“Cuando empecé, no había condones ni tanta información sobre enfermedades”, revela Canela, retirada del trabajo desde hace cuatro años. No da su nombre completo, su voz es áspera y la falta de dientes la hace casi indescifrable. “No había condones, pero sabíamos cómo cuidarnos. A mí me explicó una amiga cómo se veían los penes enfermos. Un día llegó un cliente. Nos arreglamos. Fuimos al hotel y apagó el interruptor. Yo le dije que no me gustaba con la luz apagada, pero él insistió. Se desnudo y prendí la luz. Su pito estaba lleno de pus. Le dije que no quería enfermarme, que no le haría el trabajo. Él respondió que se trataba de otro tipo de semen, que no me pasaría nada. Yo le dije que eran mamadas y me largué del cuarto”.
Después de huir de la habitación, Canela dice que el enfermo regresó con un policía que la cuestionó: “Me reclamó por no haber cumplido el trato con el ofendido. Le contesté que ese señor estaba enfermo. El otro lo negaba. Le dije al policía que fuéramos al cuarto para que él lo viera. Aceptó. Ya en el cuarto, el enfermito se bajo los calzones y pudimos verle el pito. El policía hizo cara de asco y detuvo al cliente. Yo me quedé sana”.
Canela se distrae, observa y le habla a sus compañeras del asilo. Les dice que los globos para la celebración del día de las madres aún no están en el lugar adecuado. Ellas la escuchan dirigirlas, como todos los días. Canela es de las que tienen más tiempo viviendo en la casa: “Cuando llegué a la ciudad, dormía en la calle, en cualquier parque, en cualquier lugar. Ni te imaginas la soledad que se siente. Al ingresar a Xochiquétzal encontré comida y un techo”.
Un ojo se le va y, cuando habla sobre el asilo, llora. Se siente bien, pero la jornada es dura. Ahora debe vender 200 chicles diarios para percibir lo que ganaba en 15 minutos cuando negociaba con su cuerpo. El trabajo es distinto, pero su recorrido en Tepito es el mismo que el de años atrás.
REYNA
“Así como me ve, todo mundo me quería”. Reynita Trejo siempre evita hablar de su vida como servidora sexual; prefiere decir algo sobre su familia. Tuvo cuatro hermanos por parte de su mamá: “Dos ya murieron; uno –mi gemelo–, del corazón, y el otro en un accidente del cual casi se salva”. Por parte de la “otra mujer” de su papá, tiene ocho hermanos, con quienes se llevaba bien.
Tampoco quiere hablar de su edad: “Perdí la cuenta cuando mi hermano gemelo murió. Me pidieron su registro para enterrarlo y mis datos estaban con los suyos. Nunca me devolvieron los papeles”. Tiene miedo de lo que pase cuando muera: “No tengo mis documentos y no sé qué haré para que me entierren. Quiero que me entierren, no que me quemen. Que me coman los gusanos porque de ahí venimos”.
Reyna afirma llevar sólo tres meses en el asilo. Su demencia senil la hace olvidar que lleva internada cerca de un año. No le gusta estar en Xochiquétzal. Dice sentirse “de la patada”. Preferiría estar con sus hermanos: “Por más malos que sean, deberían ver por mí. Yo siempre fui buena con ellos”.
Al hablar de su vida adulta, ella sólo comenta: “Estuve casada –el matrimonio, sin embargo, duró tres días–, pero mi esposo murió en un accidente: él era bombero. Mi único hijo también murió”.
Después regresa a los años de su infancia: “De chiquita, mis abuelas me consentían mucho. Tenían buen corazón. Cuando llegaba gente pobre, le daban algo de comer. Preferían regalar el maíz en vez de que se llenara de gorgojo”.
Al preguntarle si quiere agregar algo más, dice: “No, esto ya se acabo”. Todo se acabó y sólo se acuerda de lo que quiere. Después de la entrevista, canta un son huasteco. La canción narra la historia de una flor que todos deseaban.

LOURDES
Residente desde diciembre de 2007, Lourdes sigue ejerciendo. Vivía en la calle y una amiga la invitó al asilo. Al principio, se resiste a hablar sobre su vida, pero a la menor provocación accede, sobre todo cuando se trata de hablar mal de la antigua directora de Xochiquétzal: “La directora anterior no nos dejaba salir a trabajar. Decía que no le importaba que necesitáramos dinero. Cada 15 días teníamos que dar cien pesos para el gas, y otros cien para la cocina. Si no lo hacíamos, no nos dejaba bañarnos. Nos amedrentaba. Una vez la amenacé. Le dije que la iba a acusar con las autoridades por secuestrarme».
Con Rosalba, la nueva directora, es distinto: todas trabajamos organizadas. Estamos contentas, a pesar de que con la salida de la antigua directora, perdimos abasto. Antes había donaciones extranjeras y hoy ya no. A veces no hay cebolla o jitomate, pero Rosalba se las arregla sin pedirnos nada. No sé cómo le hace”.
Para Lourdes es mejor trabajar en las mañanas. Aunque se viste como cualquier persona en Tepito, ya la identifican: “Los hombres saben quién se prostituye y quién no. A veces salgo a la tienda por un mandado y, de pronto, sorprendo a alguien detrás de mí pidiéndome que vayamos a un hotel. Me rehúso y entonces me suplican que aunque sea un ratito en el parque. Yo les respondo que no, porque cuando salgo a hacer las compras no trabajo”.
De acuerdo con Lourdes, no se trata de tiempo, sino de deber: “Los clientes usualmente no se tardan mucho: cinco o diez minutos; son de ‘pisa y corre’. Pero la obligación es primero”.
Sin hijos y viuda, Lourdes vio en la venta de su cuerpo el único medio de supervivencia. Se queja de que la gente crea, ignorando sus problemas, sobre todo en la vejez, que la prostitución es un camino fácil: “Una tiene que andar soportándolo todo: clientes groseros que piden las cosas de mal modo. Ya estoy vieja, pero no es para tanto”.
Cuando empezó a ejercer, diez años atrás, Lourdes conseguía tres o cuatro clientes por jornada. Hoy, cuando tiene suerte, conquista uno: “No creo seguir mucho en esto. Después trabajaré aunque sea de lavalozas. Tampoco pienso quedarme mucho tiempo más en el asilo: siento la necesidad de estar sola”.

PAOLA
Desde agosto de 2007 es residente de la casa. Aunque entrada en años, Paola no creía que era tiempo de internarse en un asilo. Dice haber visto a señoras de 80 años en el comercio sexual, por lo que no se siente vieja. Tampoco le gustaba la idea de obedecer a otros: siempre ha vivido como se le antoja. Es irreverente y tiene buen sentido del humor: “Empecé a los 13 años en un cabaret. Tenía que ponerme chichis postizas y pintarme mucho. No hay duda de que, si uno empieza mal, acaba mal. A pesar de que en ese entonces no me gustaba beber, me volví alcohólica: mis jefes me daban comisiones cuando bebía con los clientes. Sentía que la vida era eso: el comercio sexual, las drogas y el alcohol. No veía más opciones ni esperaba otra cosa de la vida”.
En el caso de Paola, los clientes son quienes la desencantaron. “No me importaba vivir así, pero el tiempo no pasa en balde y los clientes cambian. Antes me rogaban, y hoy una debe de andar llamándolos».
“Hay clientes que llegan con caras de buenas gentes, pero en el hotel se vuelven malos: te dicen que te quieren partir la madre o te denigran con el trato. Por ejemplo, unos te dicen: ‘Ahora sí, hija de tu pinche madre, me vas a mamar la verga’, o cosas parecidas. Yo hago de todo, pero en la forma de pedir, está el dar. Creo que es gente loca, con coraje hacia alguna mujer y lo que hacen es ir a matarlo en el hotel, a hacer sus fechorías o utilizarnos de bacinicas”.
Pero también dice disfrutar de su trabajo. Cuando se aburre en el asilo, sale a buscar aventura.
“A mí todavía me buscan jovencitos de 25 o 30 años, clientes bien bizcochos. Son los que te dan buena feria. A veces pienso que los voy a aleccionar, pero no es cierto: son ellos los que me enseñan. Saben parchar mejor que sus mayores. No se trata de vigorosidad, sino de los tiempos. El otro día llegó un chavo y me preguntó cuánto le cobraba. Le dije que 200 pesos y él me contestó que $150 por algo light. Ya en la habitación, el hijo de su chingada me quería dar en la madre, y yo no me iba a dejar. Al final fue con el que más me agasajé. Era delgadito, de talla 28 y bien dotado. Muy decente. Creo que soy, como dicen, masoquista”.
Aunque afirma haber tenido una vida desenfrenada, Paola es de la vieja escuela, quizá hasta conservadora: “Una vez, estando debajo de un tipo, me dijo: ‘Ándale, no seas malita, méteme el dedo en el culo’. Me sorprendí. No quise. Iba a sentirse feo. Aunque me pusiera condón, se iba a manchar. No me gustan esas cosas”.
Luego agregó riendo: “Pero en gustos se rompen géneros, y en petates, buenos culos. Hay cosas que no me gustan de mi trabajo, pero también tiene un lado bueno. Este oficio no se puede dejar de la noche a la mañana”.
Según Paola, los clientes borrachos suelen ser los más responsables: “A veces los cocos, los mariguanos y los borrachos se tardan como media hora, pero me pagan otra vez para que los espere otro ratito. Son más conscientes”. Con 200 pesos, Paola hace de todo: “El beso francés, de a perrito: lo que quieran. Una mamada te cuesta 20 pesos. Mis tarifas no han cambiado desde que vine, hace 30 años, al Distrito Federal, pero antes no me regateaban. Hoy los pinches maricones ganan más”. Paola señala dos pliegues de carne en su abdomen, producto de su obesidad, y dice: “Pero antes no tenía esto, ni esto”.
También ostenta un tatuaje de la Santa Muerte. Afirma que la protege: “En la calle hay de todo, pero mi flaquita me cuida”. Los peores clientes para Paola son los que quieren coger sin condón: “Ofrecen hasta mil pesos, pero no aceptó. Con sida no te sirve de nada ese dinero. Hay mucha hepatitis, sida y gonorrea en la calle. Unas compañeras lo hacen sin condón. Dicen que sólo le entran con clientes que se ven limpios”. Después de 40 años, Paola visita regularmente al ginecólogo. Su flaquita la mantiene sana.
Aunque los hijos de Paola son adultos, ignoran a lo que se dedica. Mañana se celebrará el día de las madres, y Paola no espera su llamada. Cree que es mejor así. Se avergüenza de lo que hace y de lo que hizo, como de su etapa homosexual y de Rosalía: “Fue una pareja de hace mucho tiempo. Ni siquiera me acuerdo bien. La historia es fea. Pensé que era el amor de mi vida, la güey, pero no terminó en nada: se fue para su casa y yo para la mía. Primero me junté con ella por drogada, inhalando chemo; pero la quise. Parecía desvalida, como yo, que necesitaba cariño. Esa relación estaba muy mal”. Lleva un tatuaje con su nombre cerca un corazón que dice “Love”. Rosalía fue para toda la vida.
“Los policías son re ojetes. Dicen que tienen que hacer operativos, pero lo único que quieren es chingar. Cuando te arrestan, te piden 200 o 500 pesos para salir rápido. Yo me visto con mezclilla. Así los de gobernación hacen como que no se dan cuenta. Pero luego otras viejas me echan de cabeza y voy a dar a las galeras. Ahí las camas son de piedra y no hay baños, sólo una letrina”.
Paola recuerda que incluso en el pasado, las cárceles podían ser mejores: “En El Toro te daban seis horas con tus comidas, tu cama y tu baño; te la pasabas bien. Pero había otra, La Vaca, donde te encerraban 15 días y ni siquiera te dejaban cambiarte de ropa”.
Veinticuatro horas después de platicar con las mujeres de Xochiquétzal, ellas bailan, comen, festejan y son festejadas; también lloran. Es el día de las madres. Las trabajadoras sociales les montan un show de tango. El ambiente es extraño. Ningún hijo está presente. Casi todas son madres, y sus hijos no saben nada de ellas. Hace poco vino una televisora y entrevistó a unas mujeres. Prometió borrarles la cara y no lo hicieron. Esa tarde, cuando el programa salió al aire, una de las entrevistadas estaba con su hijo. Él la golpeó; la sobrina y la hija también. Le cortaron el pelo. Ésta es la casa de las flores bellas.
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