DÍAS SANTOS

Un Jesús de arena crucificado, que en lugar de decir INRI pide una cooperación voluntaria, es la sensación para las fotografías familiares en Playa Norte, al sur de Mazatlán, Sinaloa.

Llegué a Mazatlán un mes antes de las fechas de descanso -esas que alguna vez tuvieron motivos religiosos. La ciudad es bonita y tranquila, con gente amable, se acerca al medio millón de habitantes y parece que el número se mantiene estático porque cada día hay al menos uno o dos ejecutados por asuntos relacionados con la mafia y el narcotráfico.

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Mi plan original era buscar un trabajo temporal, en una disco o un restaurante, pero desistí cuando me di cuenta que es una chamba de alto riesgo.

En marzo, el último día de Carnaval, un grupo de personas que alargaba su peda hasta las cinco y media de la mañana en el estacionamiento de un antro localizado frente al malecón, recibió la visita de un comando armado compuesto por unas 15 personas con armas de alto poder que comenzaron a disparar indiscriminadamente, matando a 6 personas y dejando a más de 20 heridos. Le llamaron la Masacre del Carnaval.

Conocí a un morro que trabajó de mesero esa noche en el lugar (GOA Antares, ahora clausurado), dijo que unos minutos antes de los balazos, la Policía corrió a todos los que estaban afuera. Cuando escuchó el primer tiro brincó a ocultarse dentro de una hielera grande. La libró ileso.

Cuando llegó Semana Santa y todos los precios de la cuidad se elevaron mágicamente, raza de Chihuahua, Torreón, Durango y Culiacán, principalmente, inundaron todo Mazatlán.

Durante los días santos me dediqué a recorrer las playas mazatlecas, encontrándome con personajes sacados de una película mexicana de los 70 y otros con los que deberíamos actualizarlas.

En las playas del sur: familias que llevan una pequeña alberca de plástico, morritos jugando beisbol, señoras cambiándo el pañal a su bebé, niños llorando porque se les fue el papalote.

Cientos pasearon por el malecón, una larguísima banqueta de varios kilómetros junto a la playa sobre la cual se puede patinar, pedalear o caminar y ver nalguitas, siempre esquivando las minas que dejan los perros mazatlecos, cuyos dueños no conocen el concepto de levantar los desperdicios con una bolsita.

En la zona hotelera: «taca tacas» y bandas sinaloenses tocando canciones sobre Navolato, morras presumiendo sus chichis nuevas, gente tomándose su próxima foto de perfil en Facebook, concursos de bikini y miles de litros de cerveza transformándose en diversión gracias al increíble cuerpo humano.

Recuerdo aquellas películas de acción gringas de los 80 en las que salía México u otra república bananera de Latinoamérica. Las playas eran vigiladas por soldados armados con ametralladoras y trajes camuflajeados. Ahora entiendo que esas escenas estaban adelantadas a su tiempo.

En las calles infestadas de turistas, era imposible voltear a cualquier lado y no ver a un marino de la Armada, una patrulla de la Ministerial (estatal) o un grupo de policías municipales.

Cuando los borrachos se agarraban a chingazos en la playa, algo normal después de que empacarse unos 30 botes de cheve, era común verlos correr con la Armada detrás.

En cuanto se metía el sol, los tiras municipales comenzaban otro operativo: extorsionar a los «miones» en la playa haciendo uso de una técnica que data de tiempos bíblicos: esconderse y caerle de sorpresa a los ebrios que vaciaban la vejiga en la arena. Sacaban $50, $100, o más pesos a cada persona.

Lo bonito es que no hubo masacres. Bueno, ejecutaron al menos a una persona cada día santo, incluyendo a un policía, pero, exceptuando el crudón que se llevó la gente en su regreso, para la mayoría todo salió bien.

OSWALDO OLIVAS

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