EL DOMINGO DIOS DESCANSÓ, PERO A MÍ NO ME DEJÓ

Vivo en una calle cercana a la Iglesia de Santa María del Mar de Barcelona. Una especie de torrente natural por el que transitan todos los días y todas las noches miles de turistas de paso entre los barrio del Born y la Barceloneta. Estoy acostumbrado, pues, a que me no me dejen dormir yanquis cantando «La Cucaracha», inglesas borrachas con tacones, ravaleros cantando flamenquito, italianos chuloputas, chicas a las que acaban de pegar un tirón de bolso y gritan «Help! Help!», un vagabundo senegalés que está como una chota y de vez en cuando desmonta electrodomésticos con un martillo diminuto… Pero lo de este domingo por la mañana ya fue demasiado.

La noche anterior no había salido y, aunque el griterío habitual apenas me había dejado pegar ojo más de 40 minutos seguidos, quería aprovechar la mañana del domingo para leer, ver alguna peli, cosas así. Eran las 9 de la mañana o así. Me hice un señor desayuno y me puse «El estrangulador de Boston». Y justo cuando Tony Curtis (caracterizado con el napión de Albert DeSalvo) se disponía a escañar a una pobre anciana, un vocerío proveniente de la calle lo jodió todo. Me asomé al balcón y vi a unos 70 curas calvos con sotanas blancas, ahí, de tertulia.

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Nada más sacar la cabeza, entablé contacto visual con unos 10 tipos trajeados con pinta de guardaespaldas. Supongo que estaban ahí para poner la otra mejilla ante la eventualidad de que alguien intentara agredir al cura que iba más maqueado de todos. Éste no era otro que el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Tarcisio Bertone, que había venido a mi barrio para beatificar a Josep Tous, un capuchino catalán del siglo XIX. Me pasaron muchas cosas por la cabeza. Por ejemplo, poner a toda pastilla el «In League with Satan» de Venom, danzar desnudo en el balcón con una máscara del demonio que compré en un Todo a 100 y vaciar sobre sus venerables y alopécicas testas un cenicero lleno de colillas y cerveza. Pero no hice nada. Me limité a sacar unas fotos y a subir el volumen de la tele. Mi carrera de satanista por el desagüe. Fue como si el mismísimo Dios hubiese enviado a sus esbirros a mi casa para dejarme este mensaje: «te estás haciendo viejo, tío, ya no sales de fiesta y no osas bailar desnudo porque estás echando barriga, jajajaja, JAJAJAJAJAJA».

SANTIAGO SALVADOR

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