Me acordé de cuando trabajaba en una librería. «A veces había que hacer cosas drásticas para vender» decía regularmente mi exjefe.
«¿Drástico?…¿Como?» le contestaba. «¿Vas a poner dos bocinas afuera de la librería y Banda El Recodo a todo volumen?»
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«No pendejo». Si me decía pendejo, me tenía mucha confianza. No estoy pendejo. Bueno, a veces.
«Vete a la verga y no me digas pendejo, pinche gordo sudado y apestoso» era lo que pensaba en contestarle, pero nunca le contesté.
Una de esas medidas drásticas era aplicar «la estafa Ex Libris». El culero de mi ex jefe olía horrible y la mayoría del tiempo era un idiota, pero sabía lo que hacía y como llegarle a cada persona.
Siempre buscaba ejemplares viejos de libros muy particulares, como ejemplo, algunas veces conseguía ejemplares viejos y maltratados de Winnetou de Karl May, y les estampaba, el Ex Libris de Adolfo Hitler, le daba una «envejecida», proceso que el piratón nunca me compartió, y los guardaba esperando a «ese cliente especial» solía decir.
A esa librería entraban clientes muy variados, y parecía que el cabrón que tenía por jefe sabía reconocerlos inmediatamente por olor o algo así.
Recuerdo el cliente al que le vendió esa copia de Winnetou. Un cabrón de unos treinta y tantos, de Estados Unidos. Alto, muy flaco, con los ojos verdes y saltones. La piel muy roja.
Le estuvo mostrando «ejemplares de colección», hasta que al final, lo pasó a su oficina, donde yo sé que le mostró la copia de Winnetou y le mostró el estampado de Ex Libris de Adolf Hitler.
Era un excelente vendedor. Nunca insistía demasiado. Regularmente sembraba dudas y le decía al cliente en potencia que investigara.
Me puedo imaginar al tipo que le mostró el libro, revisando Wikipedia toda la noche. Googleando al Hitler, al Karl May y al Winnetou. Lo cual revelaría exactamente lo que mi ex jefe, el gordo mañoso, quería que leyeran: la obsesión del führer con Karl May al final de su vida. Las historias de cómo llegó ese libro a esa librería, ya eran cuestión de cada quien.
El tipo regresó al día siguiente y le compró el libro. No se cuanto habrá pagado por él, pero fue un chingo de dinero. El gordo sudoroso y apestoso estuvo feliz toda esa semana.
No duré mucho trabajando ahí, y la última vez que vi al gordo sudoroso, estaba en un COSTCO, escondiendo DVDs adentro de una cubeta de mayonesa que se disponía a comprar.
T.
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