Es muy colombiano apropiarse de palabras que no nos pertenecen. El «romper», en cualquiera de sus conjugaciones, digamos que es una importación que hicimos de la televisión argentina. En varias ciudades del país está muy arraigada la expresión, pero en los entornos electrónicos colombianos la han convertido, tristemente, en un célebre pero pretencioso verbo. Es mentiroso, exagerado y sobre todo: fanfarrón.
He venido haciendo el ejercicio de recordar aquellas veces que alguna vez dije: «este man la reventó». Haciendo la retrospectiva, en realidad ni me acuerdo de ninguna, y cuando me encuentro con el comentario en alguna red social tipo «este man la totió en tal lado», investigo y no encuentro la razón por la que, presuntamente, todo se «rompió» en dicha fiesta.
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Ahora, es válido hacerse estas preguntas: ¿Y qué importa? ¿Qué tiene de malo que todos los DJs sientan que la rompieron? ¿Cuál es el problema con que posteen que ellos, sus amigos y sus DJs favoritos siempre la «totean»?
En principio, resolví concluir que nada. Todos alguna vez hemos sentido que «la rompimos», ya sea mezclando, produciendo o en cualquier otro escenario. Precisamente porque una de las bondades (y a su vez peligros) de este arte, es que se tiene la sensación que el camino al «éxito» es más corto que en otro tipo de movimientos. Sentir la satisfacción de poder, exposición y reconocimiento, está al alcance de comprar un par de controladores y unos samples. Por supuesto que el talento y la dedicación son dos variables fundamentales al final de la carrera, pero para nadie es un secreto que en los últimos años la tecnología ha puesto a disposición de cualquiera la oportunidad de emprender un viaje en el mundo del deeyeismo. Y no está mal, por el contrario, es la democratización de las herramientas que se necesitan para perseguir un gran sueño, pero es una peligrosa arma de doble filo.
En un universo donde todos alcanzan la cumbre y donde no es difícil lograr una aparente perfección, se esfuman los referentes, se pierde un balance, y lo más grave, se entra en una zona de confort inconsciente. ¿Cómo se podrá desarrollar y expandir la escena si su imaginario de «romper» es cuando un DJ tiene la pista contenta a punta de hits? ¿Cómo podrá evolucionar un artista, si cree que tocar el techo es pinchar en su club? De nuevo: está bien si ese DJ se siente gigante poniendo solo hits, o si el propósito de un artista es solo tocar en todas sus fiestas o de sus amigos promotores. El problema acá es que no estamos poniendo la vara alta, no nos estamos exigiendo como escena y no estamos empujando los límites.
De igual manera, hay que ser conscientes que la movida colombiana está en crecimiento. Sin duda estamos pasando por un momento muy importante de este recorrido y evolución de dos décadas que han atravesado artistas, promotores y público. Por ello, estas líneas simplemente son una invitación a la reflexión, a que busquemos nuestras preguntas de fondo, a que seamos honestos con nuestros orígenes y con lo que creemos, para así poder llegar al final de los días y sentir que en vez de haberla roto muchas veces, se construyó un camino que quedó soldado por el prestigio y el respeto, y no por los efímeros momentos de la fama.
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PD: también dice mucho de nuestra cultura el lenguaje que utilizamos en el entorno de la música. Los términos que empleamos normalmente indican destrucción, son agresivos: «la estalló», «la prendió», «la totió», «qué bombazo», «qué candeleo», «la reventó»… Al parecer, cuando vamos a exaltar algo dentro de la esfera de la música electrónica, solo podemos hacerlo con un lenguaje violento. Es preocupante, y también invita a la reflexión.
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Vayan y rompan a Juan Pablo por acá.



