No te vamos a decir que es de los libros más maravillosos del universo, porque si puedes leer, ya tendrías que saberlo. ¡Es El libro de la selva! Si no lo has leído, seguramente conoces la adaptación de Disney, que por cierto, se queda tonta (con todo y que nuestro adorado Tin Tan haya doblado la voz de Baloo) junto a la narración de Kipling.
Y ahora Sexto Piso nos trae una nueva versión de este extraordinario libro, con ilustraciones de Gabriel Pacheco. Quizá podrías preguntarte por qué VICE se interesó por este adelanto, y la respuesta es sencilla: un bebé encuerado, lejos de los hombres, que es criado por una manada de lobos y que le hace agua la boca a un tigre no es una canción de cuna, que digamos. Además se trata de una historia que de seguro disfrutarás incluso en el asilo donde los mandriles de tus nietos te internen. Así que léelo y ya que te enamores, anda a leérselo a tus abuelos, por estos lo han olvidado.
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Sabemos que la traducción es peninsular, pero eso sólo le da un toque de exotismo a la lectura.
Los hermanos de Mowgli
El murciélago Mang se acuesta pronto
y la noche la trae Chil, el milano.
Nosotros rondaremos hasta el alba,
por eso se guarecen los rebaños.
Garras, uñas, colmillos: Adelante.
Es la hora del salto y de la presa.
¡Escuchad la llamada y cazad bien,
observando las leyes de la Selva!
Eran las siete de una tarde muy calurosa en las colinas de Seeonee cuando Padre Lobo despertó de su descanso diurno, se rascó, bostezó, y estiró las patas, una tras otra, para quitarse la sensación de sueño que notaba en las puntas. Madre Loba estaba tumbada, tapando con el gran hocico gris a sus cuatro lobeznos inquietos y chillones, y la luna entraba por la boca de la cueva en que vivían.
—¡Augr!* —dijo Padre Lobo—. Ya es hora de ir de caza.
E iba a lanzarse cuesta abajo cuando una sombra pequeña, con una cola peluda, cruzó el umbral y aulló:
—La buena suerte os acompañe, Jefe de los Lobos, así como a vuestros nobles hijos.** Les deseo unos dientes blancos y fuertes, y que no olviden nunca a los hambrientos de este mundo.
Era el chacal (Tabaqui, el Lameplatos), y los lobos de la India detestan a Tabaqui, porque siempre va por todas partes sembrando cizaña, contando chismes, comiendo trapos y trozos de cuero que encuentra en los montones de basura de las aldeas. Pero también le temen porque Tabaqui, más que nadie en la Selva, suele tener ataques de locura, y entonces olvida que alguna vez tuvo miedo y corre entre los árboles mordiendo todo lo que se le cruza en el camino. Incluso el tigre huye y se esconde cuando al pequeño Tabaqui le da un ataque, pues la locura es lo más deshonroso que le puede ocurrir a un animal salvaje. Nosotros lo llamamos hidrofobia, pero ellos lo llaman dewanee (la locura) y huyen al decirlo.
—Entrad, pues, y mirad —dijo Padre Lobo ásperamente—, pero aquí no hay comida.
—Para un lobo, no —dijo Tabaqui—, pero para alguien tan despreciable como yo, un hueso seco es un banquete. ¿Quiénes somos los gidur-log (el Pueblo de los Chacales) para andar con melindres?
Se adentró rápidamente hacia el fondo de la cueva, donde encontró un hueso de gamo con algo de carne y se sentó alegremente, dispuesto a partirlo.
—Os estoy muy agradecida por esta buena comida —dijo relamiéndose—. ¡Qué hermosos los nobles hijos! ¡Qué ojos tan grandes! ¡Tan jóvenes, además! Por supuesto, por supuesto… debería haberme acordado de que los hijos de reyes son hombres desde el primer momento.
Es evidente que Tabaqui sabía, tan bien como cualquiera, que nada hay tan funesto como alabar a los hijos estando ellos delante; y le alegró ver que Madre Loba y Padre Lobo se ponían nerviosos.
Tabaqui permaneció unos instantes en silencio, disfrutando del daño que había hecho; después dijo maliciosamente:
—Shere Khan, el Grande, se ha mudado de territorio. Durante la siguiente luna cazará en estas colinas, según me ha dicho.
Shere Khan era el tigre que vivía cerca del río Waingunga, a treinta kilómetros de distancia.
—¡No tiene ningún derecho! —saltó Padre Lobo enfurecido—. Según la Ley de la Selva, no tiene derecho a cambiar de territorio sin avisar a tiempo. Va a asustar a todas las piezas de caza en dieciséis kilómetros a la redonda y yo… yo voy a tener que estar matando por dos durante una temporada.
—Su madre no le llamaba Lungri (el Cojo) sin razón —dijo Madre Loba con gran tranquilidad—. Ha estado cojo de un pie desde que nació. Por eso mata solamente ganado. Ahora que los aldeanos del Waingunga están furiosos con él, tiene que venir aquí a enfurecer a los nuestros. Rastrearán la Selva de arriba abajo cuando él ya esté lejos y tendremos que salir corriendo con nuestros hijos cuando enciendan la hierba. ¡Se comprende que estemos muy agradecidos a Shere Khan!
—¿Deseáis que le hable de vuestra gratitud? —dijo Tabaqui.
—¡Fuera! —ladró Padre Lobo—. Fuera y a cazar con vuestro amo. Ya habéis hecho bastante daño por esta noche.
—Me voy —dijo Tabaqui tranquilamente—. Ya se oye a Shere Khan entre los matorrales. Me podía haber ahorrado la noticia.
Padre Lobo se puso a escuchar, y en el valle que descendía hasta un riachuelo oyó el gemido seco, enfurecido, impaciente y monótono de un tigre que no ha atrapado nada y al que no le importa que se entere toda la Selva.
—¡El muy imbécil! —dijo Padre Lobo—. ¡Empezar la labor de una noche haciendo ese ruido! ¿Se creerá que nuestros gamos son como sus bueyes gordos del Waingunga?
—¡Chss! No son gamos ni bueyes lo que caza esta noche—dijo Madre Loba—. Busca al Hombre.
El gemido se había convertido en una especie de ronroneo zumbón que parecía llegar de todas partes. Es el ruido que aturde a los leñadores y gitanos que duermen al aire libre, y que a veces les hace salir corriendo a meterse justo en la boca del tigre.
—¡El Hombre! —dijo Padre Lobo enseñando todos sus dientes blancos—. ¡Puaj! ¿Es que no hay suficientes ranas y escarabajos en las charcas como para que tenga que comerse al Hombre, y en nuestras tierras además?
La Ley de la Selva, que nunca impone nada sin tener un motivo, prohíbe a las fieras que atrapen al Hombre, excepto cuando estén matando para enseñar a sus hijos, y entonces deben hacerlo fuera de los límites de caza de su manada o tribu.
La verdadera razón de esto es que matar al Hombre significa, tarde o temprano, la llegada de hombres blancos con armas, montados encima de elefantes, y de centenares de hombres marrones con gongs, cohetes y antorchas. Todos los habitantes de la Selva sufren entonces. La razón que las fieras se dan unas a otras es que el Hombre es el más débil e indefenso de todas las criaturas vivientes, y tocarlo no es digno de un buen cazador.
También dicen, y es cierto, que los devoradores de hombres se vuelven sarnosos y pierden los dientes.
El ronroneo se fue haciendo más fuerte y terminó en el «¡Aaar!» a pleno pulmón que lanza el tigre al atacar.
Entonces se oyó a Shere Khan dar un aullido impropio de un tigre.
—Ha fallado el golpe —dijo Madre Loba—. ¿Qué será?
Padre Lobo corrió unos pasos hacia fuera, oyendo a Shere Khan murmurar y refunfuñar ferozmente mientras daba saltos en la maleza.
—Al muy imbécil no se le ha ocurrido nada mejor que saltar al fuego de unos leñadores, y se ha quemado las patas —dijo Padre Lobo soltando un gruñido—. Tabaqui está con él.
—Algo sube por la cuesta —dijo Madre Loba, levantando una oreja—. Preparaos. Se oyó un crujido de arbustos en la maleza y Padre Lobo se echó al suelo, con las ancas debajo del cuerpo, listo para atacar. En ese momento, si hubierais estado delante, habríais visto la cosa más asombrosa del mundo: un lobo deteniéndose en pleno salto. Se había lanzado antes de ver lo que estaba atacando, y entonces había intentado detenerse. El resultado fue que salió disparado hacia arriba, en línea recta, recorriendo una distancia de un metro y medio, más o menos, y volvió a caer casi en el mismo sitio.
—¡Un hombre! —dijo bruscamente—. Un cachorro de un hombre. ¡Mirad!
Justo delante de él, agarrándose a una rama baja, había un niño desnudo, de piel morena, que casi no sabía andar; la cosa más diminuta, suave y rechoncha que jamás había entrado en la cueva de un lobo por la noche. Levantó la vista para mirar a Padre Lobo y soltó una carcajada.
—¿Eso es un cachorro de hombre? —dijo Madre Loba—. Es el primero que veo. Traedlo.
Un lobo que esté acostumbrado a llevar a sus cachorros de un lado a otro puede, si es necesario, llevar un huevo en la boca sin romperlo, y aunque las quijadas de Padre Lobo se cerraron sobre la espalda del niño, ninguno de los dientes le arañó la piel al depositarlo entre los lobeznos.
—¡Qué pequeño! Qué desnudo y… ¡qué atrevido! —dijo Madre Loba suavemente. El niño se estaba haciendo sitio entre los cachorros para acercarse al calor de la piel.
—¡Ajai! Ahora está comiendo, igual que los otros. Así que esto es un cachorro de hombre. Pues a ver si ha habido alguna vez una loba que pudiera alardear de tener un cachorro de hombre entre sus hijos.
—Alguna vez he oído historias parecidas, pero no en nuestra manada ni en estos tiempos —dijo Padre Lobo—. No tiene absolutamente nada de pelo y podría matarlo de un zarpazo. Sin embargo, fijaos, nos mira sin miedo.
La luz de la luna dejó de entrar por la boca de la cueva, ya que la gran cabeza cuadrada y los hombros de Shere Khan se precipitaron hacia dentro. Tabaqui, detrás de él, chillaba:
—¡Señor, señor, ha entrado aquí!
—Shere Khan, es un gran honor para nosotros —dijo Padre Lobo, pero sus ojos estaban enfurecidos—. ¿Qué desea Shere Khan?
—Mi presa. Un cachorro de hombre ha venido hacia aquí —dijo Shere Khan—. Sus padres han huido. Dádmelo.
Shere Khan se había lanzado sobre el fuego de unos leñadores, como había dicho Padre Lobo, y estaba furioso por el dolor de sus patas quemadas. Pero Padre Lobo sabía que la boca de la cueva era demasiado estrecha para que entrara un tigre. Incluso donde estaba, Shere Khan tenía los hombros y las patas delanteras apretados por falta de espacio, como estaría un hombre si tuviera que luchar dentro de un barril.
—Los lobos son un pueblo libre —dijo Padre Lobo—. Reciben órdenes del jefe de la Manada y no de cualquier matarreses a rayas. El cachorro de hombre es nuestro, para matarlo si queremos.
—¡Si queremos y si no queremos! ¿A qué cuento viene eso de si queréis o no? Por el Toro que maté, ¿es que tengo que meter las narices en vuestra perrera para conseguir lo que es mío en justicia? ¡Soy yo, Shere Khan, quien habla!
El rugido del tigre llenó la cueva de un ruido atronador. Madre Loba se separó de los cachorros sacudiéndose y se lanzó hacia delante, haciendo frente a los ojos chispeantes de Shere Khan con los suyos, que eran como dos lunas verdes en la oscuridad.
—Y soy yo, Raksha (el Diablo), quien contesta. El cachorro de hombre es mío, Lungri…, mío y muy mío. No morirá. Vivirá para correr con la Manada y cazar con ella; y al final, mirad, cazador de pequeños cachorros desnudos…, devorador de ranas…, matador de peces…, él os cazará a vos. ¡Y ahora, fuera de aquí, o por el sambhur* que maté (yo no como ganado muerto de hambre), aseguro que os hallaréis de nuevo con vuestra madre, fiera abrasada de la Selva, aún más cojo que cuando llegasteis al mundo! ¡Marchaos!
Padre Lobo la contemplaba asombrado. Ya casi había olvidado aquellos días en que ganó a Madre Loba en una lucha abierta contra otros cinco lobos, cuando ella corría con la Manada y no la llamaban el Diablo por hacerle un cumplido. Shere Khan podía haberse atrevido a luchar con Padre Lobo, pero no se enfrentaría a Madre Loba porque sabía que, en el lugar en el que estaban, ella tenía una situación ventajosa y lucharía a muerte. Así que se separó de la boca de la cueva, marcha atrás, gruñendo, y cuando se encontró a cierta distancia, gritó:
—¡Cada perro ladra en su cubil! Ya veremos lo que opina la Manada sobre esto de adoptar cachorros de hombre. El cachorro es mío y al final irá a parar entre mis dientes, ¡ladrones de cola peluda!
Madre Loba se dejó caer, jadeante, entre los cachorros, y Padre Lobo le dijo con tono serio:
—Al menos en esto, Shere Khan dice la verdad. Hay que enseñar el cachorro a la Manada. ¿Aún deseáis quedaros con él, Madre?
—¡Quedarme con él! —La loba tragó aire—. Ha venido desnudo, de noche, solo y muy hambriento; pero, ¡no tenía miedo! Mirad, ya ha echado a un lado a uno de mis hijos. ¡Y ese carnicero cojo lo hubiera matado y se hubiera escapado al Waingunga mientras los aldeanos de aquí rastreaban todas nuestras cuevas para vengarse! ¿Quedarme con él? Por supuesto que voy a quedarme con él. Tranquilo, Ranita. Mowgli (pues os llamaré Mowgli, la Rana), llegará el día en que vayáis tras Shere Khan, como él lo ha hecho con vos.
—Pero ¿qué dirá nuestra Manada? —dijo Padre Lobo.
La Ley de la Selva establece muy claramente que cualquier lobo, al casarse, puede retirarse de la Manada a la que pertenece; pero en cuanto sus cachorros tengan edad suficiente para tenerse en pie, debe llevarlos ante el Consejo de la Manada, que normalmente se celebra una vez al mes, en luna llena, para que el resto de los lobos pueda identificarlos. Después de esa inspección, los lobos son libres de correr por donde les plazca, y hasta que no hayan matado su primer gamo no se acepta ninguna excusa si un lobo adulto de la Manada mata a alguno de ellos. El castigo es la muerte en cuanto se encuentre al asesino; y si pensáis sobre esto durante un momento, os daréis cuenta de que así es como debe ser.
Padre Lobo esperó a que sus cachorros pudieran correr un poco y el día de la Reunión de la Manada los llevó, con Mowgli y Madre Loba, a la Roca del Consejo, una cima de colina, cubierta de piedras y rocas, en la que podían ocultarse un centenar de lobos. Akela, el Lobo Solitario, enorme y gris, que guiaba a toda la Manada a base de fuerza y astucia, estaba tumbado todo lo largo que era sobre su roca, y por debajo de él se sentaban cuarenta lobos o más, de todos los tamaños y colores, desde veteranos de color tejón que podían manejar a un gamo a solas, hasta los jóvenes de color negro y tres años de edad, que creían poder hacerlo. Hacía un año que el Lobo Solitario era jefe. En su juventud había caído dos veces en una trampa para lobos, y una vez lo habían apaleado y dado por muerto; de modo que conocía el comportamiento y las costumbres de los hombres.
Se hablaba muy poco en la Roca. Los cachorros trepaban unos por encima de otros en el centro del círculo que formaban sus madres y padres, y de vez en cuando un lobo adulto se acercaba silenciosamente a un cachorro, lo estudiaba con cuidado, y volvía a su sitio sin hacer ruido. A veces una madre empujaba a su lobezno hacia la luz de la luna, para que no pasara inadvertido.
Entonces Akela, desde su roca, gritaba:
—Conocéis la Ley, conocéis la Ley. ¡Mirad bien, Lobos! —Y las madres inquietas lo repetían—. ¡Mirad! ¡Mirad bien, Lobos!
Al fin, y a Madre Loba se le erizaron los pelos de la nuca al llegar el momento, Padre Lobo empujó a Mowgli, la Rana, como ellos lo llamaban, hacia el centro, donde se quedó sentado, riendo y jugando con unos guijarros que brillaban a la luz de la luna.
Akela no levantó la cabeza de entre las patas en ningún momento, pero siguió con su grito monótono: «¡Mirad bien!». Por detrás de las rocas se oyó un rugido sordo, la voz de Shere Khan, que gritaba:
—El cachorro es mío. Dádmelo. ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro de hombre?
Akela no movió ni las orejas, lo único que dijo fue:
—¡Mirad bien, Lobos! ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con las órdenes de nadie, salvo con las del Pueblo Libre? ¡Mirad bien!
Se formó un coro de gruñidos feroces, y un lobo joven, de cuatro años, volvió a lanzar a Akela la pregunta de Shere Khan:
—¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro de hombre?
Ahora bien, la Ley de la Selva establece que, si surge alguna disputa sobre el derecho de un cachorro a ser admitido en la Manada, deben hablar en su favor al menos dos miembros de ésta, que no sean su padre y su madre.
—¿Quién habla en favor de este cachorro? —dijo Akela—. ¿Quién, que sea del Pueblo Libre, habla?
No hubo respuesta, y Madre Loba se preparó para lo que sabía que sería su última lucha, si se llegaba a esos extremos. En ese momento, el único otro animal al que se le permite participar en los Consejos de la Manada, Baloo, el oso marrón y soñoliento que enseña a los cachorros de lobo la Ley de la Selva, el viejo Baloo, que puede ir y venir por donde le plazca, porque solo come nueces, raíces y miel, se levantó sobre sus patas traseras y soltó un gruñido.
—El cachorro de hombre… ¿el cachorro de hombre?—dijo—. Yo hablo en su favor. No hay nada malo en un cachorro de hombre. No tengo el don de la palabra, pero digo la verdad. Dejadle que corra con la Manada, que sea aceptado con el resto. Yo mismo le enseñaré.
—Todavía necesitamos otro —dijo Akela—. Baloo ha hablado y es el profesor de los cachorros jóvenes. ¿Quién habla además de él?
Una sombra negra se deslizó dentro del círculo. Era Bagheera, la pantera negra, completamente negra como la tinta, pero con las marcas típicas de las panteras, que se le veían según le daba la luz, como el tejido de una seda lustrosa. Todos conocían a Bagheera, y nadie quería cruzarse en su camino, pues era tan astuta como Tabaqui, tan atrevida como el búfalo salvaje y tan precipitada como el elefante herido. Pero tenía la voz tan dulce como la miel silvestre que gotea de un árbol, y la piel más suave que el plumón.
—Akela, y vosotros, Pueblo Libre —dijo con voz ronroneante—, no tengo derecho a asistir a vuestra asamblea; pero la Ley de la Selva dice que, si surge alguna duda no referente a una muerte, en cuanto a un cachorro nuevo, se puede comprar la vida del cachorro por un precio concreto. Y la Ley no dice quién puede, o quién no puede, pagar ese precio. ¿Tengo razón?
—¡Bien! ¡Bien! —dijeron los lobos jóvenes, que siempre tienen hambre—. Escuchad a Bagheera. El cachorro se puede comprar por un precio. Es la Ley.
—Puesto que sé que no tengo derecho a hablar aquí, os pido permiso.
—Hablad, pues —gritaron veinte voces.
—Matar a un cachorro desnudo es una vergüenza. Además, resultará mejor presa cuando sea mayor. Baloo ya ha hablado en su favor. Ahora, a las palabras de Baloo yo añado un toro bien gordo, recién matado a menos de un kilómetro de aquí, si aceptáis el cachorro de hombre, según la ley. ¿Hay alguna objeción?
Se formó un clamor de docenas de voces que decían:
—¿Qué importa? Morirá con las lluvias del invierno. Se abrasará al sol. ¿Qué daño nos puede hacer una rana desnuda? Dejadle correr con la Manada. ¿Dónde está el toro, Bagheera? Aceptémoslo.
Y entonces se oyó el aullido profundo de Akela, que pedía:
—Mirad bien, ¡mirad bien, Lobos!
Mowgli seguía sumamente interesado en los guijarros y no se dio cuenta de que los lobos se fueron acercando de uno en uno, para observarlo. Al final se marcharon todos cuesta abajo, en busca del toro, y solo quedaron Akela, Bagheera, Baloo, y los lobos de Mowgli. Shere Khan seguía rugiendo en la oscuridad, pues estaba muy furioso porque no le habían entregado a Mowgli.
—Sí, rugid bien —dijo Bagheera por debajo de sus bigotes—, porque llegará un día en que esta cosa desnuda os hará rugir a otro son, o yo sé muy poco sobre el Hombre.
—Hemos hecho bien —dijo Akela—. Los hombres y sus cachorros son muy listos. Con el tiempo, nos puede ser útil.
—Cierto, útil en tiempos de necesidad, ya que no se puede esperar ser jefe de la Manada para siempre —dijo Bagheera.
Akela no contestó. Estaba pensando en el momento, que llega para todos los jefes de manada, en que les abandonan las fuerzas y se hacen más y más débiles, hasta que los lobos los matan y aparece un jefe nuevo, que también morirá cuando le toque el turno.
—Lleváoslo —dijo a Padre Lobo—, y adiestradlo para que sea un miembro digno del Pueblo Libre. Y así fue como Mowgli fue aceptado en la Manada de los Lobos de Seeonee, por el precio de un toro y defendido por Baloo.
* Las exclamaciones que pone el autor en boca de los animales suelen
ser palabras onomatopéyicas inventadas por él. En algunos casos, por
considerarlo necesario, se han adaptado fonéticamente al castellano.
** En las narraciones referidas a Mowgli, y en algunas otras, Kipling
utiliza un sistema pronominal arcaico (thou, thee, thy, thyne, thyself) que hoy
en día solo aparece en usos poéticos o religiosos y en algunos dialectos
británicos. Para reflejar ese matiz respetuoso que añade al tratamiento que
se dan los animales, lo más adecuado es el uso del pronombre «vos» con su
correspondiente concordancia verbal.
* También escrito sambar o sambur, palabra procedente del hindú
sambar. Es un ciervo asiático (Cervus unicolor) de gran tamaño, con fuertes
astas de tres puntas y pelo largo y áspero en el cuello.
Anteriormente:
Lee más adelantos en nuestra columna semanal La pura puntita.
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