Hace algunos meses, una húmeda tarde en Mysore, al sur de India, fui invitada por Odanadi, una organización caritativa que combate el tráfico de personas. Esto fue lo que sucedió:
Para cuando llegamos al dhaba (restaurante) junto al camino, la redada ya había comenzado. Oficiales de policía vestidos en khaki, estaban gritando por celular y cuestionando a un grupo de empleados del restaurante en el patio frontal.
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El lugar no se veía nada como un burdel, no había luces rojas y no había muebles pegajosos, solo dos restaurantes promedio, uno de cada lado del camino con mobiliario de hierro y plástico. Son el tipo de lugares en los que te detienes por una Coca tibia camino a Bangalore, no el tipo de lugar que te imaginas como un centro de tráfico ilegal de personas.
Las doce chicas, la mayoría de Bangladesh y Calcuta, salían por la parte posterior del restaurante, encogiéndose ante la luz del sol y cubriendo sus rostros. Algunas estaban llorando. Otras solo se asomaban por la ventan posterior del Jeep de la policía, viéndonos con algo de sorpresa y vergüenza.
Vivían en dos calabozos sin ventana, no más grande que un cubículo para escusado, donde las mantuvieron en cuclillas y en la obscuridad por más de catorce días, escondidas detrás de paredes falsas de esos dos dhabas en la carretera de Bangalore a Mysore.
Mientras se llevaban a las chicas, nos escoltaron a través del sucio laberinto de cuartos, corredores y cocinas en la parte trasera del primer restaurante. Llegamos a un cuarto con una puerta escondida en la pared, a la altura de las rodillas. Afuera había ropa vieja junto a platos sucios, zapatos de tacón y cajas vacías de condones. Asomé mi cabeza por la abertura para ver el espacio de 1.80 por 1.20. Apestaba a humanidad, orines y comida vieja. Había manchas obscuras en la pared y piezas tristes de vestimenta en el suelo. No había espacio suficiente para que una se acostara y durmiera.
Dejamos el primer dhaba y corrimos al otro lado del camino para ver donde mantenían a las otras cinco chicas, antes de que la policía se diera cuenta de que nos habíamos alejado. Subimos una escuálida escalera llena de manchas de orina, pasando por una serie de cuartos desarreglados, llegamos al último cuarto para encontrar una puerta escondida de color azul debajo de unos estantes. Dentro había un escusado en un cubículo lo suficientemente grande como para que dos personas apenas pudieran estar de pie, y sin embargo albergó a cinco personas durante dos semanas. Era algo salido de una película de terror.
Cuando bajamos las escaleras, pudimos ver como arrastraban a un hombre que estaba dormido en una de las habitaciones para subirlo al Jeep de la policía. Los dueños del restaurante no se encontraban.
Después de eso, nos descubrimos que la mayoría de las chicas se fue a Mysore por voluntad propia, bajo instrucciones de un padrote o «agente». Trabajaban secretamente como prostitutas en los restaurantes para ganar un poco de dinero. Una de ellas había sido lanzada a la calle por su esposo por tener un aborto espontáneo; el esposo de otra la vendió a un círculo de prostitución. Muchas de ellas tenían a familias que alimentar, las cuales pensaban que trabajaban como empleadas domésticas o niñeras. Venían de Bombay, Calcuta y Bangladesh buscando un mejor salario mensual. Veían entre cinco y ocho clientes diarios que las llevarían a un hotel por una hora y las traerían de vuelta. En realidad, estas chicas no recibían nada de dinero de los dueños de los restaurantes, pero les daban un pequeño presupuesto para que se arreglaran con ropa nueva, imitación de oro y barniz de uña muy brillante.
Las cinco chicas han recibido ayuda psicológica y las transfirieron a un centro de rehabilitación en Bangalore. Odanadi sigue trabajando para que liberen a las ocho chicas de Bangladesh de la cárcel, donde las autoridades las mantienen por carecer de los documentos de inmigración necesarios.
SARAH HARRIS