¡LA GENTE DE PLÁSTICO ME HA CONVERTIDO EN UN HIPPY!

Si de mí hubiera dependido, Vice habría llamado a imprenta para gritar aquello de «¡Paren máquinas!» y así poder incluir la reseña de este disco: «Magical Nights», de The Plastic People of the Universe. Me tiene absolutamente pillado. Para mí, el indiscutible disco del mes. Y está siendo un mes bastante jodido, o sea que, aparte de haberme encomendado la misión de hacer proselitismo con esta gente, ellos despiertan en mí un fuerte sentimiento de gratitud. Casi, casi tanta gratitud –para que os hagáis una idea– como la que siento por un colega que, hace muchos años, viendo que mi humillante y asqueroso trabajo de croupier de ruleta francesa en el Gran Casino de Barcelona estaba torpedeando peligrosamente mi salud mental, me llamó para preguntarme, «¿Te apetecería dejar ese curro de mierda e ir a Granada, gastos pagados, a hacer un reportaje sobre la Ruta de las Tapas?». Seguramente, ni mi colega ni estos colgados checos serán jamás conscientes de ello, pero me salvaron la vida y el mes, respectivamente.

No hace mucho, leyendo su entrada de Wikipedia, me enteré de que Frank Zappa dio nombre a muchas cosas raras: un molusco extinguido de Alaska (Amauratoma zappa), un pez de Nueva Guinea (Zappa Confluentus) y una medusa de California (Phialella Zappai), por ejemplo. Pero no sólo ha servido Zappa de inspiración para científicos locos de todo el mundo, sino que también encendió la bombilla del «vamos a hacer algo» a un grupo checo alucinante, la Gente de Plástico del Universo, que sacó el nombre del segundo disco del bigotudo ex compañero de clase de Captain Beefheart. De hecho, Zappa fue algo así como un símbolo de libertad para toda la generación de jóvenes (y no tan jóvenes) checos que, tras la invasión rusa de agosto de 1968, vieron como el régimen comunista les jodía vivos, sobre todo desde el punto de vista cultural. Varios miembros de PPU acabaron en el trullo tras pasar por el aberrante aro de lo que los queridos camaradas llamaron «exámenes de recalificación», y al que se tuvieron que someter todos los músicos en activo del país. Su único delito era el hecho de tocar música rara ante grupos de melenudos, por supuesto. Unos cuantos años –y unos cuantos conciertos ilegales en granjas– después, la formación original se reuniría tras la Revolución de Terciopelo de 1989. Y en 1997 incluso tocaron en el Castillo de Praga a invitación de Václav Havel, el entonces presidente checo.

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Pero bueno, la cuestión es que a trancas y barrancas PPU ha conseguido seguir en activo hasta hoy. Y que la gente de Munster Records acaba de editar una majísima antología (en triple vinilo y en doble CD) que extracta lo mejor de su carrera. Son un total de 31 canciones grabadas entre 1969 y 1985, y yo recomendaría escucharlas del tirón. Primero, porque son increíblemente buenas, y segundo, porque así uno asiste a la progresiva transmutación de unos fans de la Velvet, Fugs y Zappa en ente multi-tentacular que tanto podía montar el guateque más disonante de la historia como cambiar de color varias veces en un solo tema y pasar de los ritmos obsesivos de Can a invocar a los Residents asaltando un concierto de free-jazz. Y todo esto sonando siempre a ellos mismos, que personalidad no les faltaba. En todo caso, soy yo el que va falto de recursos para describir mejor su música loca, fantástica, cachonda, valiente e hipnótica.

SANTIAGO SALVADOR

PS: Quizá alguno de los que estáis leyendo esto ya lo habréis adivinado. La escucha en bucle de este recopilatorio ha coincidido con un alarmante incremento en mi ingesta de porros. De hecho, ayer mismo, escuchando esto, pensé: «¿Me habré convertido definitivamente en un hippy?». Estaba empezando a preocuparme seriamente, pero entonces, justo cuando acabó el segundo CD, por la ventana oí los asquerosos bongos tranceros con los que medita la peña del Espacio Zen que hay en mi calle. «Qué asco dan, madre de dios…», pensé en voz alta. Y ya me quedé más tranquilo.
Os dejo aquí un video sobre la historia completa del grupo explicada al estilo Barrio Sésamo.

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