Pocas cosas son más americanas que las camisetas estampadas y ofender al prójimo sin ningún motivo. Combinar las dos es un antiguo pasatiempo estadounidense que hace que el béisbol parezca tan excitante como esnifar los pedos cerveceros de Ben Franklin, de modo que decidí divertirme poniendo a prueba los límites del inalienable derecho de todo ciudadano americano a conceptualizar ideas ofensivas y pagar a alguien para que se las imprima en una camiseta.
Mi objetivo era crear prendas que la mayoría de ciudadanos americanos encontrasen ofensivas; más concretamente, presentar diseños tan reprobables que muchos de los estampadores de camisetas rehusaran imprimir. Y la meta final era encontrar un estampador al que no le importara nada y me hiciera las camisetas por ultrajantes que fuesen. Mark Twain, tal vez la quintaesencia del autor americano, escribió una vez: «La naturaleza no conoce indecencias, es el hombre el que las inventa». Cada empresario que rechazara mis propuestas definiría con su negativa otro caso de indecencia, minando así un poco más los cimientos de la libertad tal y como la conocemos.
Empecé estableciendo algunas pautas: racismo, sexismo y política son temas demasiado fáciles para este ejercicio, principalmente porque los vendedores online ya suelen proveer de una abundante selección de mierdas escandalosas a los estudiantes universitarios y a los intolerantes de todo tipo. Yo, además, quería permitirme el lujo de aumentar progresivamente la mala leche de mis diseños si detectaba que el estampador no ponía objeciones a la idea indecorosa inicial.
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Me siento feliz de declarar que la Primera Enmienda prevaleció y todas y cada una de mis ideas –incluso cuando rebasé los límites de mis propios códigos morales y sentido común– fueron impresas en camiseta por alrededor de 20 dólares la pieza (excepto una de ellas, que me costó bastante más). Cierto, no fue fácil y tuve que aguantar abusos verbales y unos cuantos tiras y aflojas, pero creo que nuestros antecesores se sentirían orgullosos de que, incluso hoy, las fuerzas combinadas del capitalismo y la libertad de expresión triunfen sobre la mojigatería y las objeciones morales.
Decidí empezar con una herida que todavía estaba fresca. El año pasado, cuando cada DJ que hay en el mundo estaba pinchando «Billy Jean» y «Thriller» en constante repetición, yo me preguntaba a cuántos niños habría manoseado realmente Michael Jackson y qué clase de elaborados disfraces llevaría en sus rendezvous antes de espicharla por sobredosis. Pensé en poner una imagen de Al Jolson disfrazado de heladero o un conejo de pascua paramilitar con lentejuelas, pero ese tipo de imágenes no daban tanto de sí como para crear una camiseta chocante, de modo que simplifiqué las cosas.
El primer estampador al que llamé estaba en Manhattan y no tuvo ningún reparo a la frase «Magreador de niños» acompañando a la imagen del Rey del Pop, pero puso pegas cuando quise añadir la palabra «muerto.» Sin alterarme por esta negativa inicial, mantuve una actitud positiva ante la idea de que alguien, en algún sitio, estaría dispuesto a estampar la imagen exactamente como yo quería, así que en vez de pedirle al estampador una explicación o intentar llegar a una solución de compromiso, llamé a otra tienda. La amable mujer que me atendió al teléfono pensó que era una fantástica idea. La camiseta estaba lista para recogerla dos días después y me costó 25 dólares.
Eric es un conocido mío que estampa camisetas para ganarse unos ingresos extra. Le conocí a través de una amiga, a quien pregunté que pasaría si llamase a Eric y le pidiese una camiseta sin darle detalles del diseño o de lo que quería, y después le enviase un e-mail con una imagen photoshopeada de él con una pistola en la cabeza volándose los sesos e instrucciones de imprimirla en una camiseta blanca. Ella me dijo que no le importaría y que probablemente pensara que todo formaba parte de un tipo de broma, pero yo sabía mejor lo que iba a pasar.
Hablé con Eric. Le entusiasmó la perspectiva de ganar algo de dinero extra, pero se decepcionó un poco cuando le dije que sólo quería una camiseta. En mi siguiente e-mail le dije que me llamase y discutiríamos un precio después de que recibiera la imagen adjuntada. A las 11 de la noche recibí su llamada. Se reía nerviosamente y me preguntó «¿De qué va esto? ¿Por qué me has enviado esa foto?» Sonaba como si estuviera un poco perturbado pero intentando mantener la calma. «Es sólo para esa cosa que estoy haciendo para Vice», le dije con voz inexpresiva. «Va a ser un buen artículo».
Eric alzó la voz y dijo, «Un momento. ¿Qué? ¿Esto va a salir en Vice? ¿Qué estás intentando hacerme?» El sentimiento de culpa empezó a penetrar en mi conciencia y aborté mi plan de jugar a hacerme el tonto. Le hice un medio resumen del artículo y él dijo que, aunque pensaba que yo era un enfermo hijo de puta, me imprimiría la camiseta, pero me cobraría 100 dólares. Por simple casualidad coincidimos al día siguiente en la calle y el fortuito encuentro resultó dolorosamente incómodo, pero poco tiempo después recibí la camiseta.
Elevando la apuesta, decidí que necesitaba un genuino comentario americano sobre la situación en Haití después del terremoto. Seleccioné al azar un estampador en la ciudad que hiciese alarde de un tiempo de respuesta de 3 horas para imprimir un simple texto en una camiseta y le dije que quería lo siguiente: «¿Haití? ¿A quién coño le importa?» impreso en una camiseta gris sin adornos. «De ninguna de las maneras», me dijo, y colgó.
Para mi próximo intento decidí llevar las cosas de forma un poco más discreta y encargar mi camiseta a través de la web de un estampador que permite tener una vista previa del producto final. Después de un día de llamadas no devueltas y e-mails no contestados, decidí que la empresa no enarbolaba la bandera de la libertad de expresión y pasé al plan C: los estampadores en Brooklyn, probablemente el territorio verbalmente más ofensivo en todo el mundo. No supuso una sorpresa que el segundo sitio de Brooklyn con el que contacté aceptara imprimir el discurso de odio hacia Haití sin objeciones. No pude resistirme a la oportunidad de añadir rápidamente algunas frases más sobre Haití que provocarían la ira la ira de cualquier ser humano. Él no tuvo problemas con mi añadido improvisado y dijo que la camiseta estaría lista en un par de horas.
En 2007, cuando salió a la luz que la madre Teresa de Calcuta sufrió una seria crisis de fe en sus últimos años, me pregunté si alguna vez ella alzó sus manos y dijo, «Que le jodan a esto. Voy a coger al que hace la sopa para que me folle a lo bestia después de que alimente a los huérfanos». Esa idea me pasó por la cabeza varias veces desde la primera vez que la tuve, y para este artículo se me ocurrió estamparla en un pijama infantil para que los niños tengan la oportunidad de especular como yo lo hice.
Advertí a la primera imprenta a la que llamé (en Queens) que la imagen que quería imprimir era subida de tono y que podía ofenderles. El hombre que me atendió al teléfono insistió en que su tienda había estampado un montón de camisetas cachondas y procaces para fiestas de despedida de soltero y como regalos de cumpleaños. Minutos más tarde envié la imagen y la respuesta fue un e-mail en blanco excepto por la firma y el asunto, en el que se podía leer «siento no poder ayudarle.» Cuando le pregunté por qué no podía imprimir la camiseta, explicándole que formaba parte de un proyecto artístico-sociológico para celebrar las libertades americanas, respondió: «Tenemos la política de no estampar porno, lo siento». Consternado y abatido, recurrí de nuevo a las imprentas de Brooklyn. En diez minutos expliqué lo que quería, envié la imagen y recibí un presupuesto sin la menor duda o queja. Esperaba que el dependiente me hiciese pasar un mal rato una vez llegase allí, pero él tenía todo listo ya y me dijo que pensaba que era «una buena idea.»
Las camisetas de conciertos y el 11-S son posiblemente los arquetipos que simbolizan lo Americano, así que, para mi diseño final, combiné sus fuerzas. El primer lugar al que llamé fue una imprenta en los alrededores del Distrito Financiero (el que, para todos vosotros, paganos del lugar, es el barrio donde una vez estuvo el World Trade Center). Una amable mujer respondió al teléfono. Le expliqué que la camiseta que quería imprimir tenía potencial para que alguien quisiera matar al que la llevara, o como mínimo lisiarle gravemente, sobre todo llevándola por las sórdidas calles de NY. Ella respondió, «Estampamos cualquier cosa, no nos importa».
Elevando el desafío, decidí añadir a mi diseño un toque final: una imagen de un saltador precipitándose contra el suelo a toda velocidad en uno de los lados de las torres gemelas. Lo envié y esperé la previsible llamada de teléfono furiosa. Al cabo de veinte minutos el teléfono empezó a sonar. Era un hombre, otro empleado (¿o quizás el dueño?) de la imprenta. Me dijo que no apreciaba mi sentido del humor. Insistí en que no necesariamente se suponía que tenía que ser gracioso y cuestioné su apreciación de la constitución de los Estados Unidos de América. En un arranque de ira, tartamudeó antes de soltar «¡Hijo de puta!» y colgarme el teléfono.
El siguiente lugar al que envié mi diseño nunca me devolvió las llamadas de seguimiento ni los e-mails que les envié, así que opté por darle mi encargo a gente que quería realmente y probablemente necesitaba mi dinero para mejorar su funesta economía y llamé a la tienda que no tuvo problemas en imprimir la camiseta de la Madre Teresa de Calcuta, explicándoles que tenía otro trabajo para ellos. De nuevo no hubo preguntas, y la camiseta estaba lista para ser recogida el día siguiente. Cuando llegué allí me di cuenta de algo en lo que no me había fijado la primera vez que estuve: camisetas de NUNCA OLVIDES y FDNY (departamento de bomberos de NY) colgando de las paredes. Tuve la certeza de que acababa de caer en una trampa y que los bomberos estarían muy pronto abriéndome el cráneo con sus hachas, pero el empleado pasó con toda calma mi tarjeta de débito y me dio la camiseta y la factura antes de desearme que me fuera bien. Este, amigos, sí es el verdadero estilo americano.
TEXTO: DARBY BUICK
DISEÑOS DE LAS CAMISETAS POR MICHAEL DE LEON AND ANGIE SULLIVAN
TRADUCCIÓN: MIRIAM ARCERA
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