Diez mil personas viven en un enorme cementerio a las afueras de Manila, capital de Filipinas. Pasé cinco días entre los habitantes, tomando fotos y escuchando historias de vida. Algunas familias terminaron aquí por accidente. Otras heredaron de sus bisabuelos los mausoleos donde viven actualmente. Otros vinieron de las provincias y no consiguieron ganar el dinero suficiente para vivir en la gran ciudad. En todos los casos, se trata básicamente de familias que no tuvieron a dónde ir.
Las personas que viven aquí encuentran un medio de subsistencia en la muerte. Adolescentes cargan ataúdes por 50 pesos filipinos (unos 14 pesos mexicanos). Los niños pepenan basura, plástico y otros deshechos para vender. Sus padres son empleados de manutención de los sepulcros mientras que las madres cuidan de sus casas, que pueden ser un mausoleo perteneciente a la familia o a los patrones. Además hay quienes construyen pequeñas chozas sobre las criptas, donde podrán vivir sin tener que pagar.
Videos by VICE
Al contrario de la mayoría de sus compatriotas, estas personas pertenecen al peldaño más olvidado de la sociedad, y parecen encarnaciones vivas del espíritu del pueblo filipino, una nación tan fuerte que ha sobrevivido a todo tipo de adversidades.
Florielyn Flores, de 18 años, es esposa de Rolan (arriba) y madre, posa su hijo de dos años enfrente de su casa.
Sheryl Ann M. Muros es maestra voluntaria. Las aulas se encuentran dentro del mausoleo de dos ex soldados.
Catherine de Ocampo es una ama de casa de 17 años. Se mudó al cementerio hace tres años.
Jugar a las cartas o bingo en la parte superior de las fosas es uno de los pasatiempos favoritos de personal.