Caminas por un pasillo obscuro que no sabes si es la casa de tu abuela cuando tenías 7 años, el pasillo de casa de tus papás o el de la casa de una vieja novia. No lo identificas pero hay familiaridad.
Tienes hambre y llegas a una mesa. Hay sillas de madera. Te sientas y te das cuenta de que el mantel rojo de fonda tiene un patrón de flores que parecen vaginas.
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En la mesa está un plato que no viste al entrar a la habitación. Hay algo que parece ser un dulce de chocolate en el plato, parece un disco de hockey. Tiene gomitas. Lo muerdes y por unos segundos eres feliz, hasta que piensas: «¡Gomitas! ¡Ojos y boca de gomita! ¡Noooooo!». No sabes si solo pensaste o gritaste ese último «no».
Volteas hacia donde convenientemente hay un espejo y donde ya no hay pasillo. Tu cara está maquillada. Tu atuendo es ridículo. Tus zapatos son gigantescos. Te convirtieron en uno de ellos. Bastardos.



