Los limpiaparabrisas, en general, son gente despreciada. Todo el mundo los rechaza apenas aparecen frente a tu carro. Vice intentó conocer un poco más de ellos y de su mundo y nos dimos cuenta de por qué todo mundo los manda a la verga.
Nos acercamos a dos limpiaparabrisas de Garibaldi: Araceli, que abrazaba una botella de Coca-Cola llena de agua con jabón, y Enrique, que inhalaba algo que traía en las manos.
Vice: Hola, Araceli. ¿Cuánto hace que empezaste a limpiar vidrios?
Araceli: Desde los 14 años. Ya tengo como quince años en esto porque gano más que trabajando en una, una… este… ¿Cómo se llama? Una fábrica.
¿Ganas mejor aquí?
Araceli: Sí. Como no tengo papeles, por eso.
¿Dónde duermes?
Araceli: Estoy pagando un hotel.
Enrique: Yo también, yo también. Me llamo Enrique Nicolás Marín.
Oye, Enrique, ¿cómo los trata la gente cuando le quieren limpiar el parabrisas?
Enrique: Dependiendo. Hay mucha gente grosera.
En ese momento, un tercer limpiaparabrisas intentó arrebatarme la grabadora. No lo logró. Apreté mi mano alrededor del aparato y corrí hacia el otro lado de la calle. El cabrón me siguió.
Tercer limpiaparabrisas: Detente, hijo de la verga. Te voy a matar. Te voy a romper a chingazos, hijo de la verga.
Y siguió corriendo detrás de mí, pero no lo suficientemente rápido. De hecho, se veía débil y desnutrido. Una miniván sin placas se detuvo frente a nosotros y dos tipos—que después me enteré de que eran policías federales—se bajaron y empezaron a gritar. Uno de ellos alcanzó al que me había estado persiguiendo. “¡Regrésate a la alcantarilla, basura!”, le dijo mientras levantaba al limpiaparabrisas de una patada muy bien colocada en su andrajoso culo, quien, como si fuera un perro, regresó con sus compañeros. “¿Estás bien? ¿No te robaron nada?”, me preguntó uno de los policías. “Sí, bien”, le contesté.
Así concluyó mi estancia entre los limpiaparabrisas mexicanos.
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