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Cortesía Netflix
Identidad

Solas nunca más

Defender a una es defendernos a todas, y todas las mujeres y niñas de México deberían saber quién fue Marisela Escobedo.
13.10.20

“Había toque de queda en ese tiempo. No te forzaban, pero no te convenía estar afuera. Apagaban los semáforos en la ciudad y sabías que te tenías que ir a tu casa. Era común que mi mamá me marcara para decirme que había balacera y se estaban persiguiendo; mejor quédate donde estás. Yo tenía unos 18 o 19 años y recuerdo que un día un profesor en la universidad nos dijo que cómo podíamos pensar en los exámenes si todos los días pensábamos en cómo no morirnos”. Alberto tiene 29 años, vive ahora en la Ciudad de México, pero vivió en Chihuahua hasta los 23. Su relato es de 2010, uno de los peores años del calderonismo en la entidad. 

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La epidemia de homicidios en la que se ha sumergido México desde 2008 a veces parece generalizada, pero la verdad es que ningún estado es lo que era Chihuahua en 2010. Ese año la tasa nacional de homicidios era de 23 por cada 100.000 habitantes, pero la de Chihuahua era de 188; ocho veces más alta. Si ese año quitáramos a Chihuahua del mapa de México, la tasa nacional de homicidios hubiera bajado de 23 a 18. A pesar de tener sólo  3% de la población, el estado concentraba 25% de los asesinatos. En 2010, uno de cada cuatro asesinatos se cometió ahí. Adriana, quien también vivió en Chihuahua en esa época, recuerda que era común estar en una reunión familiar y tener que aventarse al suelo porque había una balacera cerca. “El narcobloqueo te podía agarrar en las calles más importantes de Chihuahua, como si aquí [en Ciudad de México] te agarrara en Insurgentes o en Reforma. Tanto en las casas pobres como las ricas había balazos. Agarraron parejo. Ya no respetaban nada”. En esa Chihuahua de toques de queda y balaceras diarias mataron a Marisela Escobedo en frente del Palacio de Gobierno, tan sólo unos meses después de la toma de protesta del exgobernador César Duarte, hoy preso en Estados Unidos.

Las tres muertes de Marisela Escobedo, documental coproducido por VICE Studios y Scopio que se estrenará el próximo 14 de octubre en Netflix, retrata la lucha de una madre para que la muerte de su hija adolescente no quede impune. Sin embargo, podemos ver mucho más que eso. El documental —como la misma historia de Escobedo— es también un retrato de las distintas violencias que matan a las mujeres en México. La prueba de que para las mujeres el peligro ya no sólo está en la casa, sino en el Estado y en la calle. 

La violencia de pareja que ha matado a mujeres desde siempre, pero que no hemos conseguido reducir, se hace  presente a través de la historia de Rubí, la hija de Escobedo asesinada a manos de su pareja. El caso de Rubí muestra rasgos típicos de cómo opera este tipo de violencia y las dinámicas que la rodean. Rubí se involucra con un hombre mayor que ella, quien después se la lleva a vivir con él. Luego ella ya no puede salir del departamento donde vive con Sergio. El aislamiento es un símbolo de alarma: sabemos que los agresores tienden a alejar a las víctimas de otras personas para poder manipularlas con más facilidad. El resto de la familia respeta la decisión de la joven. “No era lo que queríamos para mi hermana, pero ella lo eligió”, dice uno de los hermanos de Rubí en el documental. El aislamiento y la percepción de la comunidad de estos problemas como “privados” juegan frecuentemente en contra de  las víctimas. Finalmente, Rubí es asesinada después de que le dice a su pareja que lo va a dejar. Sabemos también que esos detonantes son comunes: los hombres, acostumbrados a controlar a las mujeres, reaccionan de manera violenta cuando ellas dejan claro que no lo permitirán más. 

La violencia estructural, y las fallas del Estado que tantas víctimas han traído, están presentes en todo el documental. A Marisela Escobedo y a su hija Rubí el Estado les falló tantas veces que es difícil seguir la cuenta. La fiscalía es incapaz de levantar un acta de desaparición hasta mes y medio después, los jueces absuelven al feminicida, los policías van tras la recompensa, la fiscalía no protege a Marisela. La incapacidad e indiferencia del entramado institucional es algo que hemos visto en casos como el de Fátima, la niña de siete años asesinada a principios de este 2020 cuyo caso ya conocía y se pudo prevenir desde el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), y el de Abril Pérez, asesinada después de que un juez reclasificara el delito por el que estaba detenido su exesposo, a pesar de que ella había advertido que temía por su vida. Marisela Escobedo también representa a miles de madres de mujeres desaparecidas y asesinadas convertidas ya en documentalistas, abogadas, policías y forenses profesionales, haciendo con sus propios recursos el trabajo que las autoridades deberían hacer. 

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Finalmente, Marisela también fue, como tantas mujeres, víctima de la narcoviolencia que ha permeado al país desde el inicio de la guerra contra el narco. Cuando el asesino de su hija se involucra  con el crimen organizado, las autoridades la dejan a ella y a su familia totalmente desprotegidas. Ante esto, Escobedo decide establecer un plantón en la plaza principal del estado más peligroso del país; duerme en el espacio público en una ciudad donde la mayoría de la gente teme estar fuera de casa después de las siete de la noche. Este clima de violencia e impunidad donde la vida importa tan poco es especialmente alérgico a víctimas como ella: sin miedo, cansancio o frustración que las detenga. Habría quizás que decir que este clima es especialmente alérgico a las madres que claman justicia. 

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Foto: cortesía Netflix

Es en ese momento cuando Escobedo se convierte en una víctima más de la violencia armada. La otra epidemia que mata mujeres en México y que fue responsable de que las tasas de homicidios de mujeres se triplicaran de un año para otro. En 2010 una de cada tres mujeres asesinada con arma de fuego en México fue asesinada en Chihuahua. Así Escobedo, activista implacable, pasa a ser parte de las terroríficas estadísticas de Chihuahua en 2010 y a sumarse, junto con otras 470 mujeres, a la lista de quienes se llevaron las armas ese año. Su cuerpo queda inerte enfrente de palacio de gobierno, como símbolo irrebatible de la responsabilidad del Estado en su muerte. 

Las tres muertes de Marisela Escobedo es un documental imprescindible por su capacidad para retratar las distintas capas de las violencias que viven las mujeres en México. En lugar de concentrarse en un solo enemigo (en el patriarcado, en el gobierno o en el narco), este deja ver que las mujeres no sólo enfrentan peligro en casa sino que la violencia generalizada atraviesa su condición de mujer. Es, además, un trabajo necesario porque defender a una es defendernos a todas, y todas las mujeres y niñas de México deberían saber quién fue Marisela Escobedo. 

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Hace un par de meses entrevisté a una señora que tenía más de 25 años como activista feminista en Monterrey. Platicamos después de iniciada la pandemia, pero también después de la marcha del 8 de marzo. “Me pone muy triste que esta pandemia no nos está dejando disfrutar las mieles del 8 de marzo, mis amigas me veían y me decían ¿te acuerdas cuando éramos diez? ¡Claro que me acuerdo!”  

Las tres muertes de Marisela Escobedo es un documental necesario porque defender a una es defendernos a todas, y todas las mujeres y niñas de México deberían saber quién fue Marisela Escobedo.

Ojalá Marisela Escobedo también hubiera podido ver la marcha de este año. Ojalá hubiera presenciado cómo la defensa de la vida de las mujeres gana cada día más adeptas de todas las edades y estratos sociales. Escobedo decía que quisiera que el feminicidio de su hija fuera el último y no hemos podido cumplirle ese deseo. Hoy, en medio del auge del movimiento feminista, quizás lo que sí podamos prometerle es que mientras haya Rubís en el mundo, habrá Mariselas marchando y que no dejaremos a esas Mariselas marchar solas nunca más. 

El documental estará disponible en Netflix desde el próximo 14 de octubre de 2020.