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Porno

'Pornonativos': cómo el porno está afectando a nuestra mente

Analizamos hasta qué punto el consumo de pornografía está afectando a la sociedad y colonizando nuestra manera de entender y vivir la sexualidad.

por Dani Cabezas
11 Junio 2018, 4:00am

Lee Celano/Reuters

No descubrimos nada si decimos que internet es un paraíso de la pornografía. Para todos los gustos, colores y parafilias imaginables. Durante el pasado 2017 hubo 28.500 millones de visitas en Pornhub, el portal más popular de contenidos para adultos. O lo que es lo mismo, 81 millones de visitas al día, y sólo en una de las millones de páginas de contenido para adultos que pueblan la Red. A modo de curiosidad, España es el decimotercer país del mundo que más lo hace, en una lista que lideran EEUU, Reino Unido e India.

Sí. Consumimos porno. Mucho, muy a menudo y cada vez más. Los tiempos en los que adolescentes, jóvenes y adultos hacíamos uso de la imaginación para crear nuestras propias fantasías lúbricas parecen cosa de un pasado lejano, casi olvidado. Hoy en día, masturbarse parece pasar, inevitablemente, por la pantalla del ordenador. Y sin embargo, la reflexión sobre el impacto que tiene todo ello en nosotros prácticamente brilla por su ausencia. El mero hecho de plantear la posibilidad de que pueda tener consecuencias negativas para nuestra sexualidad parece propio de moralistas y meapilas molestos. Aquí todo el mundo ve porno y hace orgullosa gala de ello. Y casi nadie parece dispuesto a cuestionar nada.

Analía Iglesias y Marta Zein se dieron cuenta de esa laguna. Su libro Lo que esconde el agujero: el porno en tiempos obscenos es un ambicioso trabajo sobre las consecuencias de ese consumo desatado de pornografía. Las preguntas a responder eran muchas y muy variadas. ¿Cómo afecta el consumo de pornografía a nuestra manera de ver, entender vivir la sexualidad? ¿Qué consecuencias tiene en la educación sexual de los jóvenes? ¿El consumo de porno nos libera o, por el contrario, mercantiliza nuestros cuerpos, especialmente en el caso de las mujeres?

“En manos del mercado nuestros deseos generan plusvalías, de ahí que la industria ponga su foco en él”, explica Martha Zein. “Por otra parte, las emociones que nos generan una experiencia son productos en sí mismas. Al entrar en la cadena de producción, nuestros deseos y emociones dejan de pertenecernos. Nuestra imaginación se limita a hacer lo que sabe hacer: adaptar nuestras necesidades a lo que encuentra. Así, si el porno se te ofrece como única vía para acceder a la representación del sexo explícito, a su conocimiento y disfrute, la imaginación lo que hará es adaptar tu imaginario a la fantasía fabricada por el mercado, por nociva que sea. Tú no deseas las fantasías sexuales que te ofrece el porno: lo que haces es adaptar tu deseo a sus ofertas. Amoldas, pues, tu imaginario. Algunas personas llegan a creer que el porno educa, cuando lo que hace es crear un marco de referencia único ante el cual el deseo se moldea”, dice Martha.

‘Pornonativos’

Pese a que el porno es, en su gran mayoría, consumido por hombres, las autoras de ‘Lo que esconde el agujero: el porno en tiempos obscenos’ lo tienen claro: “El porno nos afecta a todos y a todas”, apunta Analía. “Hay ya al menos dos generaciones que han llegado antes al sexo del porno que a la sexualidad propia. Son lo que llamamos ‘pornonativos’, un neologismo que necesitamos para referirnos a los nativos digitales y a sus hijos, los ‘neopornonativos’, que ‘debutan’ en ese sexo voyeur frente a la pantalla en torno a los 10 años. Y esta experiencia es común a todas las geografías religiosas y culturales”, dice Analía.

“Hay ya al menos dos generaciones que han llegado antes al sexo del porno que a la sexualidad propia. Son lo que llamamos ‘pornonativos’" – Analía

Es un hecho: hemos pasado de una educación sexual casi inexistente a otra basada en el acceso ilimitado a las imágenes más duras, sin ningún tipo de filtro. “Sobre la profusión de violencia en televisión o en los videojuegos, los expertos concluyeron que los niños no saldrían a matar gente como consecuencia de tal exposición, pero sí que muy probablemente se volvieran más insensibles frente al sufrimiento ajeno”, reflexiona Analía.

“Estos ‘pornonativos’ se alejan de la empatía, por imitación, o se inhiben casi patológicamente frente al sexo real. Algunas trabajadoras del sexo alertan de las prácticas extremas que solicitan los veinteañeros y treintañeros. Sí: el porno condiciona la manera en que los jóvenes ven el sexo, pero hay más: afianza los valores que ya aprendieron fuera de este contexto, como entenderse como gestores de un cuerpo rentable que genera plusvalías gozosas. De ahí que reivindiquen el derecho a usarlo sin mirar con quien”, añade Martha.

Esta cuestión lleva a otro terreno: la discutida relación entre el rol, casi siempre secundario, que juega la mujer en el porno y la llamada cultura de la violación. “En el discurso de la Historia de los últimos siglos, las mujeres bellas son las que desatan la obscenidad”, apunta Analía.

“Son el juguete que, en el caso del porno, ni siquiera tiene que sonreír y, sí, protagonizar escenas para las etiquetas de género ‘prolapso anal’, ‘brutal dildos’, ‘triple penetración anal’ , ‘fisting’… A la discusión sobre si hoy el sexo se ha vuelto violento o si la violencia se ha sexualizado, podríamos arriesgar como respuesta que el porno es el lugar donde se reflejan los mandatos y los conflictos afectivos de nuestra sociedad. El hombre, al que se le exige potencia (bélica, económica, intelectual o fálica), también resulta víctima del mandato de masculinidad en un mundo en que una minoría concentra todo el poder y la riqueza. De ahí que el cuerpo de la mujer sea el depositario de la última potencia que le queda al macho despojado, impotente en el pornoliberalismo”.

¿Otro porno es posible?

Hay quien ha propuesto el llamado porno ético como posible solución a lo anterior. Y hay quien lo considera un oxímoron de libro. “El acierto del término “ético” es que desliga el porno de los eternos debates morales y lo lleva a un marco de referencia mayor”, apunta Martha. “Tristan Taormino acuñó el término en el año 2006 para desmarcarse de las eternas diatribas sobre si el porno es malo o bueno a ojos de la sociedad, dice Martha.

El porno es el lugar donde se reflejan los mandatos y los conflictos afectivos de nuestra sociedad

El punto de partida era inteligente, pero el desarrollo de su propuesta se ha limitado a reivindicar el respeto de los derechos humanos más básicos para actrices y actores, como el derecho a la salud o a un salario digno. La trampa es que los seres protegidos solo por los Derechos Humanos ocupan el lugar más bajo. Su dignidad está al ras de lo que aspira cualquier persona. Defender estos mínimos señala la precariedad de quienes habitan el porno, y no convierte el porno en ético. Las abanderadas del porno ético suelen ser las directoras y productoras independientes: empresarias que se desmarcan del porno mainstream y, aunque observan los derechos mínimos de los contratos de sus trabajadoras y trabajadores, no olvidan el valor de cambio de sus actores y actrices como mercancías”.

Dicho lo cual, ¿existen alternativas? De ser así, las autoras de este libro tienen claro por dónde deberían ir. Martha reivindica “una representación del sexo explícito desmarcada de la industria del entretenimiento y concretamente de la del porno, que incorpore nuestras sombras y fragilidades y que parta de la premisa de que somos seres vinculados e interdependientes”. Analía apostilla: “Lo erótico es posible desde la conciencia del cuerpo. Proponemos, entonces, rescatar el valor único del cuerpo para salvar a Eros”.

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